La habitación 17 CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Paso casi diez minutos sentada en aquella silla mirando una fotografía de mí misma que no recuerdo que exista.

La giro, la acerco a la luz del teléfono y vuelvo a estudiarla desde distintos ángulos, como si el problema fuese óptico y pudiera solucionarse cambiando la inclinación del papel.

No puede. La mujer del fondo sigue siendo yo.

El pelo más corto, una chaqueta negra que no reconozco y la cabeza ligeramente inclinada hacia alguien que queda fuera de la imagen.

No estoy mirando a la cámara y quizá por eso me cuesta más aceptar lo evidente.

Parece una imagen robada de una vida ajena en la que, por algún motivo estoy cometiendo suficientes, alguien ha colocado mi cara.

Intento reconstruir la fecha a partir de lo que llevo puesto, del corte de pelo, incluso de mi peso. Veintinueve años, quizá veintiocho. El margen coincide demasiado bien con la época en que Eva Keller vivió en casa de mi madre y Vesper empezó a actuar en Berlín.

No ocurre nada.

La mesa sigue siendo una mesa, las paredes están cubiertas de restos de espuma acústica y la máscara de Vesper continúa dentro de la caja. Solo hay una diferencia, hace diez minutos este lugar pertenecía a la historia de otra persona. Ahora también pertenece a la mía.

Eso cambia bastante las cosas.

Recojo los dos discos duros y cierro la mochila.

Durante un instante considero llevarme también la fotografía, pero decido dejarla.

No sé quién es el propietario legal de todo esto y ya estoy cometiendo suficientes irregularidades para un sábado.

En cambio hago varias capturas adicionales con el teléfono, una de todo el grupo y otras ampliando las caras.

Cuando salgo de la habitación 17, el pasillo parece distinto.

No porque haya cambiado, sino porque ahora cada objeto encierra una posibilidad nueva, la de que yo ya lo haya visto antes.

La escalera metálica, el giro del corredor, incluso la forma en que reverbera el sonido de mis pasos pueden pertenecer a un recuerdo que no consigo encontrar.

Subo más rápido de lo que bajé.

Al llegar a la antigua pista respiro mejor. La luz que entra por las ventanas rotas no es agradable, pero al menos existe. Cruzo la sala sin detenerme y salgo por la puerta lateral.

Solo cuando estoy de nuevo en la calle me doy cuenta de que estoy apretando los dientes. Saco el teléfono. Tengo un mensaje de Lukas.

¿Sigues viva?

Miro la pantalla.

No quiero contarle lo de la fotografía por mensaje. Tampoco estoy segura de querer contárselo todavía en persona.

Respondo únicamente un Sí.

Él tarda pocos segundos.

Respuesta sospechosamente corta.

Guardo el móvil.

No tengo energía para gestionar también a Lukas.

Camino hasta una cafetería y pido un café que dejo enfriar mientras vuelvo a abrir la fotografía. Esta vez amplio cada rostro por separado. Eva está en el centro, sonriendo. La mujer a su lado no me suena. Hay tres hombres, dos mujeres más y yo al fondo.

Uno de los hombres sí me resulta conocido. No personalmente. Por las búsquedas de los últimos días.

Jonas Becker. Amplío la imagen.

En las fotografías actuales lleva barba más larga, algunas canas y bastante más peso, pero la estructura de la cara coincide. Busco su nombre en internet y encuentro varias imágenes antiguas relacionadas con Nachtwerk.

No hay duda.

Jonas estaba allí.

Eso tampoco debería sorprenderme. Era el propietario del club.

Cierro el buscador y vuelvo a observarme a mí misma.

¿Qué hacía yo con ellos?

Intento ordenar mentalmente lo que recuerdo de aquella época.

Vivía en Berlín, trabajaba en edición y restauración de audio por proyectos y pasaba demasiado tiempo en clubes.

Eso es verdad. Al menos creo que lo es. Podría haber ido a Nachtwerk decenas de veces y haber olvidado una fotografía concreta sin que significara nada.

El problema no es la fotografía. El problema es Eva.

Vivió casi un año en casa de mi madre. Aparece conmigo en un club relacionado con Vesper. Y yo no tengo ni un solo recuerdo de ella.

Eso ya no se parece a olvidar el nombre de alguien conocido en una fiesta.

Busco en el calendario antiguo del teléfono. No llega tan atrás. Abro copias de seguridad, correos electrónicos y archivos que he conservado durante años sin saber muy bien por qué. Introduzco «Eva Keller» en el buscador.

Nada.

Solo resultados recientes, producto de mis propias búsquedas.

Pruebo «Eva».

Demasiados.

Repaso correos de seis años atrás. Facturas, trabajos, conversaciones con mi madre, reservas, mensajes automáticos y una cantidad embarazosa de newsletters a las que nunca recuerdo haberme suscrito.

No aparece ninguna Eva que pueda identificar, así que busco Nachtwerk. Obtengo dos resultados. El primero es un correo promocional que anuncia una fiesta y el segundo, una confirmación de pago por un trabajo técnico para una empresa cuyo nombre no me resulta familiar.

Abro el documento adjunto. Se trata de un servicio de edición de audio de dos jornadas.

La dirección corresponde a Friedrichshain, aunque no al club, y la fecha es de seis años atrás.

Me quedo mirando el archivo unos segundos, pero por sí solo no significa nada, trabajaba en esa zona con frecuencia.

Sigo buscando. Nada más.

Mi biografía parece capaz de acercarse constantemente a Nachtwerk sin tocarlo nunca.

A primera hora de la tarde regreso al apartamento. Extiendo sobre la mesa la fotografía impresa de Eva, las fechas del alquiler y las imágenes del club. Después abro una carpeta antigua con fotografías personales y empiezo a avanzar mes a mes.

Me veo en cenas, terrazas, trenes y calles que no recuerdo haber fotografiado.

Hay personas cuyos nombres llegan inmediatamente, otras que necesito varios segundos para situar y algunas que ya no forman parte de mi vida o que ni siquiera sé quiénes son.

Eso debería tranquilizarme. La memoria no es una base de datos y puedo haber conocido a Eva superficialmente sin conservar ningún recuerdo claro de ella.

Pero entonces vuelvo a la imagen de Nachtwerk. No parecemos dos desconocidas coincidiendo por casualidad en el mismo encuadre, es que estamos dentro del mismo grupo.

Amplío la zona donde aparezco. Hay alguien delante de mí, fuera de plano, y por mi postura parece que estoy hablando con esa persona. Tengo la mano derecha levantada a la altura del pecho y llevo una pulsera roja en la muñeca.

La observo y algo se mueve en mi cabeza.

Luz roja sobre una mano. Música demasiado alta. Alguien cerrándome una pulsera alrededor de la muñeca.

El destello desaparece antes de que pueda retenerlo. Me quedo inmóvil e intento recuperarlo, pero cuanto más esfuerzo hago, más evidente resulta que estoy fabricando posibilidades en lugar de recuerdos.

Cierro la fotografía. Necesito información externa, algo que no dependa de mi cabeza.

Vuelvo a Jonas Becker.

Su rastro es bastante fácil de seguir. Nachtwerk cerró hace cuatro años, después de varios conflictos relacionados con licencias, ruido y propiedad del edificio.

Jonas aparece mencionado en artículos antiguos como fundador y administrador del club, además de promotor de algunos eventos.

Hay fotografías suyas con artistas, entrevistas breves y referencias poco halagadoras en foros de la época.

«Becker se cree dueño de todo.»

«Si eres mujer y trabajas allí, no te quedes sola con él.»

«El tipo que arruinó Nachtwerk.»

Los comentarios de internet no son exactamente pruebas judiciales, pero tampoco ayudan a mejorar su imagen. Encuentro además una denuncia por una pelea fuera del club, aunque el artículo no especifica cómo terminó, y otra noticia menciona una investigación por incumplimientos de seguridad.

Sigo buscando hasta que aparece algo más interesante. Un reportaje sobre la desaparición de Vesper que menciona directamente a Jonas. Según el artículo, fue uno de los últimos responsables de un local que tuvo contacto profesional con ella antes de que dejara de actuar.

Abro la entrevista. Jonas asegura que Vesper era «brillante pero imprevisible», que cancelaba actuaciones y que su entorno estaba preocupado por su comportamiento. Cuando le preguntan si conoce su identidad real, responde que no.

«Nunca quise saber quién había detrás de la máscara.»

Me río sin humor. Resulta difícil de creer si una de las artistas más importantes de tu club trabaja en una sala privada del sótano.

Continúo buscando y encuentro una fotografía de Jonas delante de Nachtwerk, con la misma chaqueta de cuero que lleva en la imagen de la habitación 17. La fecha es aproximadamente la misma, así que guardo la página.

A las cinco tengo una carpeta digital con todo lo que he encontrado. Nada demuestra que Jonas hiciera nada a Eva ni a Vesper, pero es la primera persona real que puedo relacionar de forma directa con el club, la habitación y aquella fotografía.

Y quizá conmigo.

Eso último es lo que más me importa ahora, así que intento localizarlo.

No encuentro ninguna página profesional activa, aunque aparece asociado a una empresa de organización de eventos que cerró hace dos años.

Después de varios intentos doy con un perfil social prácticamente abandonado y, desde allí, con su negocio actual.

Becker Veranstaltungstechnik, una empresa de alquiler de equipos para eventos con dirección en Lichtenberg.

También hay un número de teléfono.

Lo copio y durante un rato me limito a mirarlo.

¿Qué pienso decirle?

Hola, soy Mara Vogel. He encontrado una fotografía en el sótano de tu antiguo club en la que aparezco con una mujer desaparecida a la que no recuerdo. ¿Te apetece tomar un café?

La opción tiene margen de mejora.

Busco una excusa profesional. Podría decir que estoy investigando material sonoro relacionado con Nachtwerk, lo cual no es completamente falso.

Antes de que pueda reconsiderarlo, marco.

Suena cuatro veces.

—Becker.

La voz es grave y áspera.

—¿Jonas Becker?

—Sí.

—Me llamo Mara Vogel. Estoy intentando localizar información sobre Nachtwerk.

Hay un silencio, no muy largo, pero sí lo suficiente para que note que algo ha cambiado al otro lado.

—¿Para qué?

—Trabajo con archivos sonoros. He encontrado material antiguo relacionado con el club y quería hacerte unas preguntas.

Vuelve a hacer una pausa.

—¿Qué material?

La pregunta llega demasiado rápido.

—Grabaciones. Fotografías.

Jonas no responde. Escucho un ruido metálico al otro lado de la línea, quizá herramientas o cajas.

—¿Señor Becker?

—Sí.

—¿Podríamos hablar?

Su respiración cambia ligeramente antes de contestar.

—¿Cómo has dicho que te llamas?

Miro la fotografía extendida sobre la mesa.

—Mara Vogel.

Esta vez el silencio dura más y, cuando Jonas vuelve a hablar, su tono ha cambiado.

—Ya sé quién eres.