CAPÍTULO 10
Después de todo lo que he hecho para llegar hasta aquí —campanas, trenes, mapas, foros muertos y una entrada ilegal en un edificio abandonado— esperaba al menos una resistencia simbólica.
Un candado, una cadena, algo que justificara sentirme como una investigadora y no como una mujer de treinta y cinco años empujando una puerta oxidada en un sótano donde probablemente debería llevar casco.
La manilla cede con un chirrido.
Empujo.
La puerta se abre apenas veinte centímetros y se atasca contra algo del otro lado. Meto el hombro, hago fuerza y escucho cómo un objeto arrastra sobre el suelo antes de permitir que pase.
El aire interior es distinto. Más seco. También más denso, cargado de polvo y ese olor particular de los aparatos electrónicos viejos. Plástico, metal, aislamiento degradado. Enciendo la linterna del teléfono y recorro lentamente la estancia.
Es más grande de lo que esperaba. No parece un camerino.
Hay una mesa larga junto a una pared, varios estantes, una silla rota y cajas apiladas en una esquina.
Unos cables negros cruzan el suelo y desaparecen detrás de un armario metálico.
En la pared opuesta quedan restos de espuma acústica, buena parte arrancada, pero suficiente para que comprenda qué clase de espacio era.
Una sala de trabajo.
O de grabación.
Entro.
La puerta queda abierta detrás de mí. No pienso cerrarla.
Sobre la mesa hay un monitor antiguo, una interfaz de audio cubierta de polvo y dos pequeños altavoces.
El equipo está desconectado y buena parte de los cables han sido cortados, aunque algunos siguen enrollados con una precisión que contrasta con el abandono del resto del edificio.
Paso un dedo sobre uno de ellos y levanto una capa espesa de polvo. Nadie ha utilizado esto en años.
Debería sentirme más tranquila y, sin embargo, tengo la impresión de haber entrado en un lugar que alguien abandonó deprisa.
Hay diferencias.
Un espacio dejado atrás lentamente se vacía, se ordena, pierde identidad.
Aquí hay objetos que parecen detenidos a mitad de una actividad.
Una taza de plástico volcada, un soporte de auriculares sin auriculares, etiquetas pegadas a una regleta y varias hojas amarillentas que se han quedado adheridas entre sí por la humedad.
Me acerco a la mesa. En una esquina hay restos de cinta adhesiva negra y, debajo, una palabra escrita directamente sobre la madera: TAKE 4.
Me quedo mirando. No significa nada y podría pertenecer a cualquier sesión de grabación, pero aun así mi cabeza reacciona.
Otra vez desde el principio.
La voz masculina que apareció fugazmente en mi memoria regresa durante un instante. No escucho el sonido completo, solo esa frase, y tengo que apoyarme en la mesa mientras intento respirar con normalidad.
Eso es todo. Estoy en una antigua sala de producción musical, llevo días pensando en Vesper y mi cerebro está haciendo exactamente lo que hacen los cerebros. Tomar elementos recientes y construir asociaciones. No tiene por qué ser un recuerdo.
Sigo.
En los estantes encuentro cajas vacías de cintas, fundas de discos y dos discos duros externos. Son modelos antiguos, uno de ellos con la carcasa rota.
Los recojo. Eso ya es más interesante. Podrían no funcionar, pero no pienso dejarlos aquí. Los guardo en la mochila.
En la siguiente balda hay una caja de plástico transparente. Dentro aparecen fotografías impresas, entradas de conciertos y papeles doblados. Tiro de ella con cuidado y la llevo hasta la mesa.
Primero salen los documentos.
Listas de temas.
Horarios.
Nombres incompletos.
Algunas hojas tienen anotaciones técnicas con tiempos, niveles y referencias a mezclas. Reconozco inmediatamente el tipo de trabajo. Alguien utilizaba esta sala para preparar sesiones o producir música.
Encuentro una hoja donde aparecen cuatro temas.
Uno es Nachtlinie.
Vesper.
Siento una descarga pequeña, casi satisfactoria.
Por fin algo objetivo.
No una coincidencia acústica, no una teoría. Vesper trabajó aquí, o alguien trabajó aquí con su música.
Saco el teléfono y fotografío el documento.
Después sigo con las fotografías.
La mayoría son imágenes de fiestas, ensayos y gente que no reconozco. Hay humo, luces rojas, vasos, escenarios, personas abrazadas o haciendo gestos a cámara. Algunas llevan fechas escritas detrás.
Seis años. Todas pertenecen aproximadamente al mismo periodo. Paso a la siguiente.
Vesper.
Está detrás de una mesa de mezclas con la máscara negra y una sudadera oscura. No hay público. Parece un ensayo. La siguiente muestra la misma sala, pero desde otro ángulo.
Otra vez Vesper.
Detrás hay una mujer rubia. Me acerco.
Eva.
La reconozco por la fotografía del documento de identidad, aunque aquí sonríe y lleva el pelo recogido. Es la primera vez que la veo como una persona y no como una imagen administrativa. Está mirando a Vesper, no a la cámara, y hay una familiaridad evidente entre ellas.
—Joder.
La palabra se pierde en la habitación.
Mi teoría sobre Eva igual a Vesper acaba de complicarse.
Podría seguir siendo ella, claro. La persona detrás de la máscara podría ser otra en ese momento, quizá utilizaban sustitutas o Eva gestionaba una parte del proyecto.
O quizá llevo días intentando obligar a las piezas a encajar donde no corresponden.
Sigo revisando. En otra fotografía Eva aparece junto a tres hombres y una mujer que no reconozco.
En la siguiente está sentada en el suelo con una botella de cerveza, riéndose.
Hay algo extrañamente íntimo en mirar imágenes de personas cuyos problemas conozco solo por fragmentos, y por primera vez me pregunto qué le ocurrió sin sentir que la pregunta pertenece únicamente a una investigación.
Hasta ahora Eva era un nombre vinculado a un misterio. Aquí tiene gestos, ropa, expresiones. Existió, tuvo una vida y, en algún momento, tuvo miedo.
La voz de la cassette podría ser la suya. No tengo forma de demostrarlo, pero ahora la posibilidad pesa más, así que continúo revisando hasta vaciar prácticamente la caja.
Entonces veo algo negro en el fondo y lo saco.
Es una máscara.
No necesito compararla con ninguna fotografía. Es geométrica, oscura, con las mismas líneas angulares.
Vesper.
La sostengo entre las manos. Pesa menos de lo que esperaba y está hecha de algún tipo de resina o plástico rígido, con un sistema de sujeción en la parte trasera. Por dentro quedan restos de espuma deteriorada y una pequeña pieza metálica que podría haber servido para fijar un micrófono.
Suelto la máscara sobre la mesa y el golpe resuena demasiado fuerte en la habitación. Retrocedo con la respiración acelerada.
—Basta.
Mi voz suena pequeña en la habitación, pero no voy a empezar con esto. Llevo días viendo fotografías de Vesper y estudiando la máscara. Tal vez mi cerebro puede haber memorizado detalles sin que yo sea consciente. Eso ocurre. Tiene que ocurrir.
Recojo la máscara y la dejo dentro de la caja. Entonces escucho un ruido en el pasillo y me vuelvo, aunque no veo nada. Apago la linterna un instante y permanezco escuchando hasta que llega un golpe distante, quizá metal moviéndose con el viento.
O alguien.
Recuerdo de pronto que estoy sola en un edificio cerrado al público y mi entusiasmo investigador pierde bastante intensidad. Decido llevarme únicamente los discos duros y fotografías de los documentos. No pienso robar objetos, por muy discutible que sea la propiedad de todo esto.
Estoy guardando el teléfono cuando descubro una última fotografía debajo de la caja.
Está boca abajo y, al darle la vuelta, aparece un grupo de ocho o nueve personas delante de una pared cubierta de grafitis.
Eva está cerca del centro, con el brazo alrededor de otra mujer.
Vesper no aparece o, al menos, nadie lleva máscara.
Reconozco a Eva inmediatamente y, a su lado, distingo a un hombre alto de barba corta que podría ser Jonas Becker, aunque solo he visto fotografías recientes de él y no estoy segura. Las demás caras no me dicen nada.
Doy la vuelta a la fotografía, pero no hay fecha. Cuando vuelvo a mirarla, algo en el fondo me llama la atención. Se trata de una persona parcialmente oculta detrás del grupo, visible solo desde el pecho hacia arriba. Es una mujer de pelo oscuro.
Me acerco la fotografía. La luz del teléfono produce reflejos, así que cambio el ángulo. La mujer no mira a cámara, sino que está de perfil, hablando con alguien que queda fuera de la imagen. Me fijo en la nariz, los pómulos, el pelo, y siento un vacío súbito en el estómago.
No.
Acerco todavía más la fotografía. La conozco, aunque durante un instante me niego a aceptar de dónde. Busco el teléfono con una mano, abro la cámara frontal y alterno la mirada entre mi rostro y la imagen.
No hay duda. La mujer del fondo soy yo. Más joven, con el pelo más corto, tal vez veintinueve años. Exactamente la edad que tenía cuando Eva vivía en el apartamento de mi madre.
Me siento en la silla y durante varios segundos no consigo pensar.
Miro a Eva, después a mí. Estamos en la misma fotografía, en el mismo club, seis años atrás.
Intento encontrar algún recuerdo que corresponda a esa imagen, pero no llega nada.
Ni el lugar, ni la gente, ni Eva. Solo una presión creciente en el pecho y la certeza insoportable de que la fotografía no puede estar equivocada.
Yo estuve aquí.
Conocí a esas personas y, probablemente, conocí también a Eva Keller, aunque mi memoria insiste en que no.
Vuelvo a mirar mi propio rostro, congelado al fondo de una fotografía que nunca había visto. Hasta este momento la pregunta era qué le ocurrió a Vesper.
Ahora hay otra mucho peor.
¿Qué me ocurrió a mí?