La habitación 17 CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El antiguo Nachtwerk resulta menos impresionante de día. Eso debería tranquilizarme.

No lo hace.

Estoy al otro lado de la calle, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, mirando un edificio de ladrillo oscuro que parece haber sobrevivido más por abandono que por resistencia.

Parte de las ventanas están tapiadas, otras han perdido los cristales y en la fachada aún se distingue, bajo capas de grafiti y suciedad, la estructura metálica donde debió de colgar el nombre del club.

A unos cientos de metros pasa un tren.

El sonido llega amortiguado por los edificios, pero reconozco inmediatamente la vibración grave y el ritmo metálico. No puedo afirmar que sea exactamente el mismo de la cassette, aunque se parece lo suficiente como para que note una pequeña presión en el estómago.

Miro el móvil. Son las once y veintitrés. He venido sola.

Lukas se ofreció a acompañarme y yo dije que no con una firmeza que probablemente tenía más que ver con demostrarme algo a mí misma que con cualquier argumento razonable.

Su reacción fue un simple «avísame si necesitas que pague la fianza», lo cual consiguió irritarme y hacerme gracia al mismo tiempo.

Cruzo la calle.

La entrada principal está cerrada con una cadena gruesa y un candado reciente. Hay un cartel de propiedad privada, otro que prohíbe el acceso y un tercero que advierte de riesgo estructural. Tres motivos perfectamente válidos para dar media vuelta.

Rodeo el edificio.

No tengo intención de entrar ilegalmente. Mi plan consiste en observar el exterior, comprobar la proximidad de las vías, escuchar la campana y quizá preguntar en algún local cercano si alguien recuerda el club. Todo muy sensato, muy legal y muy adulto.

Cinco minutos después encuentro una abertura en una valla lateral.

Me quedo mirándola. No es exactamente una entrada.

El metal está doblado hacia dentro, probablemente por personas que han utilizado el recinto para fines tan responsables como el mío.

Al otro lado hay un patio cubierto de maleza, botellas rotas y restos de madera.

Podría pasar, aunque eso no significa que deba hacerlo.

Entonces escucho una campana. Una nota grave se extiende por encima de los edificios y, unos segundos después, llega otra. Me quedo quieta. La reverberación es distinta al aire libre, pero el tono se parece mucho al de la grabación.

Miro el edificio y después la abertura.

—Fantástico.

Paso. El patio está más deteriorado de lo que parecía desde fuera. Hay restos de pintura, piezas metálicas oxidadas y un viejo sofá cuya presencia en mitad de un solar abandonado plantea preguntas que prefiero no resolver.

Camino hacia la parte trasera del edificio.

Una de las puertas laterales ha perdido el panel inferior. Alguien ha colocado una tabla delante, aunque apenas está apoyada. La retiro lo suficiente para pasar y me encuentro en un corredor oscuro.

El cambio acústico es inmediato.

El ruido de la ciudad queda detrás, amortiguado por los muros, y mis pasos empiezan a devolverme pequeñas reflexiones desde ambos lados. Hormigón, ladrillo, espacios amplios más adelante.

Enciendo la linterna del teléfono.

—Cinco minutos —me digo.

Solo voy a comprobar la distribución. Naturalmente. El pasillo desemboca en una sala enorme.

Reconozco la antigua pista por las fotografías.

El escenario sigue al fondo, aunque ha perdido gran parte del revestimiento, y del techo cuelgan restos de instalaciones eléctricas.

El suelo está cubierto de polvo, cristales y latas, mientras las paredes conservan grafitis recientes sobre otros mucho más antiguos.

Intento imaginar el lugar lleno de gente y no me cuesta, lo que me sorprende más de lo que debería. Cierro los ojos un momento y aparecen los graves, las luces, los cuerpos moviéndose demasiado juntos y el calor acumulado en el aire.

Cuando vuelvo a abrirlos, la sala está otra vez vacía.

Me digo que he visto suficientes fotografías de Nachtwerk durante los últimos días como para que mi cerebro pueda reconstruir el ambiente sin ayuda. Aun así, la facilidad de la imagen me molesta.

Camino hacia el escenario.

Mis pasos producen un eco corto. Cerca de una de las paredes hay una barra destrozada, y detrás encuentro restos de estanterías y una puerta que conduce a otro corredor.

No hay números. Continúo.

El edificio es más grande de lo que parecía desde fuera. Algunas zonas están completamente bloqueadas por tablones o escombros mientras que otras conservan puertas, cables, tuberías y restos de señalización. En una pared distingo una flecha casi borrada junto a la palabra PERSONAL.

Eso sí me interesa.

La sigo. El corredor se estrecha y desciende ligeramente.

Apenas hay grafitis, señal de que la mayoría de los visitantes no llega hasta aquí o, simplemente, de que los grafiteros también poseen instinto de conservación.

Al fondo aparece una escalera metálica y me detengo.

Durante un segundo no veo la que tengo delante, sino otra.

Luz roja. Una barandilla. Una mano. La imagen desaparece antes de que pueda identificar nada más y aprieto el teléfono con fuerza.

—No.

Mi voz resuena en el corredor.

La reacción es tan rápida que me enfada. He visto una escalera metálica en el prólogo absurdo que mi cabeza decidió fabricar cuando escuché aquella grabación con Lukas. Desde entonces, cualquier escalera parecida puede activar la misma asociación. No necesito convertirlo en una revelación.

Bajo.

Cada peldaño produce un sonido diferente. El tercero vibra ligeramente, el quinto está cubierto de polvo y el último devuelve un golpe hueco. Al llegar abajo me encuentro en otro pasillo, más frío y con un olor distinto, mezcla de humedad, yeso y metal oxidado.

La linterna ilumina varias puertas, algunas abiertas. Entro en la primera y la encuentro vacía. En la segunda hay restos de muebles rotos y una montaña de botellas, mientras que la tercera parece haber servido como almacén. Ninguna tiene número, así que sigo avanzando.

A mitad del corredor escucho algo y me detengo. Es un roce que no viene de fuera. Apago la linterna y me arrepiento de inmediato, porque la oscuridad es casi completa.

Permanezco inmóvil, escuchando. El ruido se repite, esta vez más cerca, como si algo arrastrara contra el suelo. Mi corazón acelera.

—¿Hola?

No hay respuesta. Espero unos segundos y, cuando vuelvo a encender la linterna del teléfono, una rata cruza el haz de luz.

Doy un salto hacia atrás, golpeo la pared con el hombro y suelto un «joder» bastante poco heroico, mientras el animal desaparece por una grieta con la dignidad de quien considera que la intrusa soy yo.

Respiro y me río un poco, aunque no ayuda demasiado. Miro la hora. Llevo dentro casi veinte minutos, lo que contradice mi plan inicial en aproximadamente quince. Debería salir, pero en vez de hacerlo continúo hasta el final del pasillo.

Allí encuentro otra puerta metálica. Está cerrada, aunque no con llave, y al empujarla aparece una estancia más amplia, quizá un antiguo vestuario o una zona técnica. Al fondo se abre un segundo corredor.

Este sí tiene números.

Los veo pintados en blanco junto a las puertas: 3, 4, 5. Me acerco y enseguida compruebo que no siguen un orden normal. En la pared opuesta hay un 8 y, más adelante, un 11.

Siento cómo el pulso empieza a acelerarse, aunque intento recordarme que no significa nada.

Los números podrían corresponder a instalaciones, camerinos, almacenes o cualquier sistema interno del club.

Sigo avanzando y aparece un 13, después una puerta sin número, un 15 y, a continuación, un hueco donde la siguiente puerta ha desaparecido por completo.

Me acerco al marco, pero no hay placa ni ningún rastro que permita saber qué número ocupaba.

Más adelante el corredor gira y me detengo antes de doblar la esquina.

Por primera vez desde que he entrado pienso seriamente en marcharme, no porque haya visto nada, sino porque todo empieza a parecer demasiado conveniente.

El tren, la campana, el club, los números.

La clase de secuencia que en una película hace que el personaje avance mientras el espectador piensa que es idiota.

Yo soy ahora ese personaje.

Doblo la esquina. El pasillo continúa unos diez metros y termina en una pared de ladrillo con tres puertas. La primera está abierta, la segunda cerrada, la tercera tapiada con una plancha de madera. Me acerco y distingo un 16 pintado sobre la pared, junto a la puerta abierta.

Miro la segunda. Al principio no veo nada porque buena parte de la pintura se ha desprendido, pero al pasar la linterna por encima aparece una forma blanca, dos cifras medio ocultas bajo el polvo y la suciedad. Me acerco y froto la pared con la manga.

Primero aparece el uno. Después el siete.

Me quedo inmóvil.

La luz del teléfono tiembla ligeramente porque mi mano ha empezado a hacerlo.

No debería sorprenderme. Estaba buscando precisamente una habitación numerada así y el edificio tiene suficientes puertas como para que existiera una posibilidad razonable de encontrarla.

Aun así, durante unos segundos no consigo moverme.

Observo la puerta. Es de metal oscuro, más pesada que las anteriores, y está cerrada. Paso los dedos sobre el número y noto cómo la pintura se desprende ligeramente bajo la yema.

En algún lugar, muy por encima de mí, pasa un tren y la vibración atraviesa la estructura del edificio. Poco después, a lo lejos, escucho una campana.

Miro otra vez el número.

NACHT 17.

La voz de la cassette regresa con una claridad incómoda: «Buscad la habitación diecisiete».

Apoyo la mano en la manilla y, esta vez, no tengo que preguntarme si he encontrado el lugar correcto.