CAPÍTULO 8
El sábado por la mañana decido que no estoy investigando a una mujer desaparecida. Estoy analizando una grabación.
La diferencia puede parecer pequeña, pero para mí es importante.
Investigar implica obsesión, teorías, expectativas y la posibilidad de que mi hermano tenga razón cuando dice que mi curiosidad nunca termina bien.
Analizar una grabación, en cambio, es trabajo.
Técnica. Señal, ruido, frecuencias, patrones.
Mucho más respetable.
A las nueve y cuarto estoy sentada frente al ordenador del salón con los auriculares puestos, la microcassette guardada en su funda y una copia digital de trabajo abierta en pantalla.
He exportado la grabación del archivo el día anterior, después de convencerme de que no estaba infringiendo ninguna norma porque el original me pertenece, al menos en el sentido jurídico más sencillo.
Estaba escondido dentro de mi casa y nadie ha venido todavía a reclamarlo.
Empiezo por el tren.
Aíslo el fragmento, elimino parte del ruido de fondo y aumento los graves lo suficiente para distinguir mejor la secuencia.
Se escucha primero una vibración profunda, después el rodamiento y, unos segundos más tarde, un cambio claro en la frecuencia que podría corresponder a una aceleración.
Lukas tenía razón en eso, lo cual me irrita ligeramente por razones que prefiero no analizar.
No parece un tren pasando a velocidad constante. Parece salir de algún lugar. O entrar.
Escucho de nuevo el patrón. Hay otra cosa.
Una resonancia corta, casi metálica, que aparece justo antes de que el sonido alcance su máxima intensidad. Podría ser un puente, una estructura cerrada o simplemente una pared cercana reflejando parte del ruido.
Abro un mapa ferroviario de Berlín. Inmediatamente comprendo lo absurdo de mi plan. La ciudad está atravesada por vías.
S-Bahn, U-Bahn en superficie, trenes regionales, mercancías. Pretender localizar un punto concreto porque alguien grabó un tren es aproximadamente tan eficiente como intentar identificar un restaurante de Berlín porque en la grabación se escucha una cafetera.
Necesito el segundo sonido. La campana.
Cargo el fragmento correspondiente. Es más limpio que el tren, aunque muy breve.
Dos golpes graves separados por varios segundos y con una reverberación larga, exterior.
No parece una campana pequeña ni un timbre doméstico.
Podría ser una iglesia, un reloj o cualquier instalación que utilice una campana real.
Escucho otra vez.
Hay algo más. Después del golpe principal aparece una frecuencia secundaria, un poco más alta, un armónico que sigue sonando cuando el golpe ya se ha apagado.
Busco grabaciones de campanas de iglesias berlinesas.
Esto es el momento exacto en que cualquier persona razonable habría salido a desayunar.
Yo abro otra página.
Durante la siguiente hora escucho campanas de iglesias de Mitte, Kreuzberg, Prenzlauer Berg y Friedrichshain.
Descubro que hay gente que dedica una parte significativa de su tiempo libre a grabarlas, clasificarlas y subirlas a internet con una precisión que empieza a hacerme sentir perfectamente normal.
Comparo espectros.
Ninguna coincide exactamente. Algunas tienen un tono parecido, pero la reverberación es diferente y otras presentan más armónicos.
Una campana de Friedrichshain me llama la atención, aunque la grabación disponible es reciente y el entorno acústico podría haber cambiado con los años.
La escucho tres veces y después vuelvo a NACHT 17. Se parecen, pero no son iguales.
Aun así, añado la ubicación al mapa. Primer punto.
La segunda candidata también está en Friedrichshain, lo que me hace detenerme unos segundos. Puede ser casualidad, probablemente lo sea, pero marco el punto de todas formas. La tercera, en cambio, está demasiado lejos y la descarto.
Después busco antiguas líneas ferroviarias próximas a las dos primeras iglesias.
Una de ellas está cerca de una vía de S-Bahn; la otra, de un corredor ferroviario más amplio.
No es suficiente para demostrar nada, pero por primera vez tengo dos localizaciones en las que campana y ferrocarril podrían convivir.
Eso ya es algo. No mucho, pero algo.
Me quito los auriculares y voy a preparar café. Mientras la cafetera trabaja, miro por la ventana. La calle está llena de gente aprovechando una mañana inesperadamente seca. Parejas, niños, bicicletas, un hombre paseando un perro.
Yo estoy comparando campanas de iglesias con una grabación encontrada detrás de una rejilla.
La objetividad científica avanza. El móvil vibra.
Lukas.
—¿La investigación secreta sigue viva?
Miro el mensaje unos segundos antes de responder.
—No es una investigación.
Tres puntos aparecen casi inmediatamente.
—Eso dicen todos los investigadores.
Sonrío.
—Estoy trabajando con la cinta.
—¿En sábado?
No contestes a eso. La respuesta tarda menos de un minuto.
—¿Necesitas ayuda?
Mi primer impulso es decir que no. El segundo también. A las once y media Lukas llama al timbre.
No estoy segura de cómo hemos pasado de «no necesito ayuda» a «trae café», pero sospecho que su capacidad para ignorar negativas poco firmes tiene cierta responsabilidad.
Abro la puerta. Lleva dos vasos y una bolsa de papel.
—He traído soborno.
—Eso no te autoriza a entrar.
—También hay croissants.
Me aparto.
—Adelante.
Lukas entra y mira alrededor con una curiosidad discreta. Es la primera persona ajena a mi familia que entra en el apartamento desde que volví, y durante un momento noto algo parecido a incomodidad. No porque él esté aquí, sino porque el piso sigue pareciendo demasiado de mi madre.
—Bonito —dice.
—Era de mi madre.
—Lo sé.
Se detiene apenas un instante.
—Lo siento.
—Gracias.
No añade nada más.Otra cosa que agradezco.
Nos instalamos en el salón. Le enseño lo que he hecho con el tren y la campana, aunque omito el número exacto de horas que llevo dedicadas al asunto por razones de dignidad profesional. Lukas escucha el fragmento del tren.
—Definitivamente está cerca de una estructura.
—¿Por la resonancia?
—Sí. Podría ser un puente o una nave industrial. Algo grande.
—Eso reduce muchísimo Berlín.
—Intento ayudar.
Le enseño las campanas.
—Tengo dos candidatas. Ambas en Friedrichshain.
Lukas mueve el cursor por el mapa.
—¿Y las vías?
—Aquí y aquí.
Se queda mirando unos segundos.
—Esta zona.
Señala la segunda.
—¿Por qué?
—Había muchos edificios industriales alrededor. Algunos clubes también.
—¿Había?
—Hace años.
No sé si es la rapidez con que responde o el hecho de que el capítulo anterior todavía esté demasiado reciente en mi cabeza, pero me fijo en él.
—Conoces bastante bien la zona.
—Ya te dije que salía mucho.
—Te estás convirtiendo en una fuente histórica.
—Gracias. Creo.
Amplío el mapa. La iglesia está a menos de un kilómetro de las vías. Si la grabadora estaba en un edificio situado entre ambos puntos, la combinación acústica sería posible. No suficiente para demostrar nada, pero al menos nos da un área manejable.
—Falta la música —dice Lukas.
Abro el fragmento. Las cuatro notas de Vesper aparecen entre el ruido.
—Eso no localiza nada —digo—. Podría sonar en cualquier parte.
—No necesariamente.
Lo miro.
—Explícate.
—Si era una grabación hecha en un club, podemos intentar averiguar qué temas estaban asociados a qué salas.
—Eso es bastante especulativo.
—Tú has pasado la mañana comparando campanas de iglesias.
—Buen argumento.
Buscamos listas de sesiones, carteles antiguos y vídeos de actuaciones de Vesper. Hay más material del que encontré la primera noche, sobre todo en foros abandonados y cuentas antiguas. Varias salas se repiten.
Una está en Kreuzberg. Dos en Friedrichshain. Otra cerró antes de la fecha probable de la cassette. Anoto las dos de Friedrichshain.
—Esta —dice Lukas señalando una— ya no existe.
El nombre es Nachtwerk.
—¿La conocías?
—Fui un par de veces.
—¿Vesper actuó allí?
—Creo que sí.
Busco hasta que aparece un cartel antiguo. Vesper figura en la programación y la fecha es de seis años atrás, así que me acerco a la pantalla para comprobarlo mejor.
—Interesante.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de alguien que acaba de encontrar una pista.
—No estoy investigando.
Lukas se ríe.
—Claro.
Busco la dirección exacta del club. Está en Friedrichshain, cerca de las vías y a menos de ochocientos metros de una de las campanas que he marcado. Me quedo mirando el mapa y los tres sonidos dejan de ser elementos separados. Tren, campana, Vesper. Caben todos en el mismo sitio.
Lukas también lo ve.
—Podría ser.
—Podría.
—Eso te entusiasma mucho para alguien que no investiga.
Ignoro el comentario y busco imágenes del club.
Nachtwerk ocupaba parte de un antiguo complejo industrial.
Hormigón, ladrillo, ventanales enormes, salas con techos demasiado altos.
Cerró unos años después por problemas con la propiedad y desde entonces el edificio ha pasado por varios proyectos que nunca llegaron a nada.
En las fotografías del exterior reconozco la vía elevada al fondo. Abro otra y distingo una iglesia parcialmente oculta detrás de varios edificios. No necesito comprobar cuál es, porque ya lo sé.
La segunda campana. La que marqué.
Siento esa pequeña descarga que aparece cuando varias piezas empiezan a alinearse y todavía no sabes si estás construyendo una respuesta o una equivocación muy convincente.
—¿Qué sabemos del interior? —pregunto.
Lukas se encoge de hombros.
—Varias salas, almacenes, camerinos. Era bastante grande.
—¿Habitaciones numeradas?
—Ni idea.
Busco fotografías antiguas del club. Hay cientos del escenario y de la pista, pocas de las zonas privadas. Encuentro un foro en el que antiguos asistentes hablan del cierre, de fiestas ilegales y de un sótano que aparentemente no estaba abierto al público.
Sigo leyendo. Un comentario menciona «los cuartos de abajo» y otro habla de camerinos, aunque ninguno hace referencia a números. Vuelvo entonces a mirar la cassette.
NACHT 17.
Lukas permanece en silencio a mi lado.
—Si la mujer grabó esto allí —digo—, el tren encaja, la campana encaja y la música también.
—Sí.
—Y Vesper actuó en el club.
—Sí.
—Poco antes de desaparecer.
Lukas asiente. Abro el mapa una vez más.
El antiguo Nachtwerk queda marcado en el centro de la pantalla. Hasta esta mañana tenía una voz, tres sonidos y una frase que podía significar cualquier cosa.
Ahora tengo una dirección. Y el lugar lleva años cerrado.