CAPÍTULO 7
Durante toda la mañana intento convencerme de que mi teoría sobre Eva Keller es ridícula.
No completamente ridícula, porque las fechas coinciden, la cassette apareció en el apartamento donde ella vivió y contiene música de Vesper, pero sí lo bastante precipitada como para que cualquier persona sensata esperase antes de sacar conclusiones.
El problema es que yo llevo varias horas reuniendo indicios precisamente para demostrarme que no significan nada, y sospecho que eso no es exactamente una señal de objetividad.
A media mañana tengo abiertas en la pantalla tres fotografías de Vesper y una copia escaneada del documento de Eva. No sirven para compararlas. La máscara cubre demasiado, las imágenes son malas y en algunas Vesper lleva capucha. Podría haber cualquier mujer detrás.
Incluso yo. La ocurrencia me hace sonreír por absurda.
Cierro una de las ventanas.
—¿Investigación paralela?
Lukas aparece junto a mi mesa con una taza en la mano. Empiezo a pensar que su verdadera función en el archivo consiste en beber café y sorprenderme cuando tengo algo que ocultar.
—Estoy perdiendo el tiempo de manera muy profesional.
Mira la pantalla.
—Vesper.
No pregunta quién es. Lo dice. Me fijo en él.
—¿La conoces?
—Todo el mundo que salía por Berlín en aquella época sabía quién era.
—Eso no es exactamente lo que he preguntado.
Lukas sonríe.
—No, no la conocía. La vi actuar alguna vez.
La respuesta parece natural, pero llega tan rápido que la guardo mentalmente junto a un grupo de detalles que todavía no sé si merecen existir.
—Estoy intentando averiguar quién era.
—Misión modesta.
—Tengo una candidata.
Le enseño la fotografía de Eva. Lukas se inclina ligeramente hacia la pantalla.
—¿Quién es?
—Eva Keller. Vivió en casa de mi madre durante la época en la que apareció Vesper.
—¿Y crees que era ella?
—No lo sé.
—Pero quieres que lo sea.
Lo miro.
—¿Por qué dices eso?
Se encoge de hombros.
—Porque llevas varios días con la cassette. Si descubres que pertenecía a una DJ desaparecida, la historia mejora bastante.
—Gracias por reducir mi investigación a entretenimiento personal.
—No lo digo como crítica. A todos nos gustan las historias cuando empiezan a tener forma.
Eso me hace callar.
Tiene razón.
Una cassette escondida detrás de una rejilla es extraña. Una cassette escondida por una mujer que podría ser una DJ famosa desaparecida seis años atrás es una historia.
Y yo ya he empezado a construirla.
—Puede ser casualidad —digo.
—Puede.
—Eva pudo trabajar en eventos. O conocer a alguien relacionado con Vesper.
—También.
—O simplemente escuchar su música.
—Perfectamente posible.
Lo observo.
—No estás ayudando.
—Estoy de acuerdo contigo en todo.
—Precisamente.
Lukas deja la taza sobre una esquina de la mesa y mira de nuevo las fotografías.
—¿Qué sabes de Eva?
—Muy poco. Nació en Leipzig, alquiló una habitación en casa de mi madre durante casi un año y parece haber estado relacionada de alguna forma con la noche de Friedrichshain.
—Eso incluye aproximadamente a media población de Berlín entre veinte y cuarenta años.
—Gracias.
—Para eso estoy.
Le enseño la línea temporal que preparé la noche anterior.
—Eva llega al piso en marzo. Vesper empieza a aparecer unas semanas después. Luego desaparecen prácticamente al mismo tiempo.
Lukas la estudia con más atención de la que esperaba.
—¿Desaparece Eva?
—De internet, al menos. No encuentro casi nada posterior.
—Eso tampoco es tan raro.
—Lo sé.
—Hay gente que consigue vivir sin dejar un informe diario de lo que desayuna.
—He oído hablar de ellos.
Sonríe y durante unos segundos se queda mirando el documento de Eva.
—¿Tu madre nunca te habló de ella?
La pregunta me incomoda.
—No.
—¿Vivías ya en Hamburgo?
—No. Todavía estaba aquí.
Lukas levanta los ojos.
No dice nada.
—Ya sé lo que estás pensando.
—No estoy pensando nada.
—Es mentira. Se te nota.
—Solo me parece curioso que una mujer viviera en casa de tu madre casi un año y tú no la recuerdes.
—Mi relación con mi madre no era especialmente buena en esa época. Yo iba poco por allí.
La respuesta sale con facilidad, porque llevo años utilizándola. Lukas asiente. No insiste.
Y, por algún motivo, eso me molesta menos de lo que debería.
Regreso al trabajo, pero durante las siguientes horas avanzo poco.
Estoy restaurando una colección de entrevistas grabadas en cinta abierta a principios de los ochenta y debería estar concentrada en eliminar una interferencia periódica de unos ciento veinte hercios.
En cambio, cada pocos minutos mi cabeza vuelve a Eva.
Si realmente fuera Vesper, muchas cosas encajarían.
El trabajo nocturno, la relación con Friedrichshain, las fechas, la cassette.
También hay un problema. La voz.
He escuchado fragmentos de entrevistas de Vesper, siempre procesadas, distorsionadas y filtradas. No puedo compararlas con la mujer de NACHT 17 porque el tratamiento vocal es demasiado agresivo. Profesionalmente, cualquier intento de afirmar que son la misma persona sería poco más que una fantasía.
Aun así, quiero intentarlo. A la hora de comer salgo sola y camino hasta una cafetería cercana. Apenas he empezado una sopa cuando Lukas aparece con una bandeja.
—¿Está ocupado?
Miro la silla frente a mí.
—Depende. ¿Vas a seguir cuestionando mi teoría?
—Puedo fingir entusiasmo.
—Entonces adelante.
Se sienta. La conversación empieza con el trabajo y termina en Hamburgo sin que sepa muy bien cómo.
Le cuento lo suficiente para satisfacer una curiosidad razonable.
Siete años allí, varios proyectos de restauración, una relación que se terminó y la sensación creciente de que necesitaba cambiar algo antes de convertirme en una persona que compra siempre en el mismo supermercado porque conoce la disposición de los pasillos.
No le hablo de la terapia. Ni de las noches sin dormir. Ni de mis lagunas.
Hay niveles de sinceridad y acabamos de compartir sopa.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Siempre has vivido aquí?
—Casi siempre.
—Respuesta sospechosamente imprecisa.
—Pasé temporadas fuera. Viena, Praga, unos meses en Londres.
—¿Trabajo?
—Casi siempre.
Vuelvo a mirarlo.
—Te gusta esa expresión.
—Me permite ocultar una juventud delictiva.
—Ahora sí estoy interesada.
—Llegas tarde. Los delitos han prescrito.
La conversación con Lukas tiene algo cómodo.
No intenta impresionarme ni convierte cada frase en una oportunidad para explicar su vida, y cuando hay un silencio no se apresura a llenarlo.
Había olvidado que algunas personas pueden sentarse frente a ti sin exigir constantemente una versión concreta de quién eres.
Daniel sí lo hacía. No al principio. Pero supongo que nadie empieza una relación entregándote el contrato completo. Aparto el pensamiento.
—¿Qué haces esta tarde? —pregunta Lukas.
—Trabajar.
—Después.
—Mi vida social todavía está en fase de reconstrucción.
—Entonces tengo una propuesta de bajo riesgo.
—Eso suena exactamente como algo de alto riesgo.
—Una cerveza.
Levanto una ceja.
—¿Una?
—Podemos negociar una segunda si la primera supera la auditoría.
No debería darle importancia. Dos compañeros que toman algo después del trabajo no constituyen un acontecimiento, y mucho menos teniendo en cuenta que hace seis semanas estaba intentando convencerme de que mi relación con Daniel aún podía arreglarse.
Pero noto algo. Una especie de interés pequeño y molesto.
—Vale.
—¿Vale a qué?
—A una cerveza.
—Perfecto. Dejaré preparado el contrato.
Después del trabajo caminamos hasta un bar pequeño en una calle lateral de Mitte. No es uno de esos locales cuidadosamente diseñados para parecer decadentes; simplemente parece viejo, lo cual en Berlín resulta casi refrescante.
Nos sentamos al fondo. Lukas pide cerveza. Yo también.
—Por tu regreso —dice, levantando el vaso.
—Todavía no sé si merece un brindis.
—Entonces por haber sobrevivido a la primera semana.
—Eso sí.
Chocamos los vasos. Durante la siguiente hora hablamos de casi todo menos de Eva.
Cine, música, ciudades en las que ninguno de los dos viviría, la incapacidad de Sabine para admitir que una reunión podría haber sido un correo.
Descubro que Lukas sabe imitar sorprendentemente bien a uno de los técnicos del archivo y que tiene una opinión ofensivamente firme sobre el café italiano.
Me río más de lo esperado. Eso me pone ligeramente a la defensiva. No por él.
Por mí.
Hace demasiado poco que Daniel era todavía una presencia física en mi vida, aunque al pensarlo me doy cuenta de que llevábamos meses convirtiéndonos en dos personas que compartían un piso y discutían por motivos cada vez menos importantes.
—Te has ido —dice Lukas.
—¿Qué?
—Hace diez segundos que no estás aquí.
—Eso es imposible. Sigo sentada.
—Físicamente, impecable.
—Estaba pensando.
—Mala costumbre.
Sonrío y miro alrededor. Hay música baja, casi tapada por las conversaciones. Una lista electrónica bastante genérica que cambia de tema mientras Lukas me cuenta una historia sobre un trabajo en Viena. En algún momento dejo de escucharlo.
La canción nueva tiene algo. No sé qué hasta que aparece el sintetizador. Cuatro notas. No exactamente las mismas de la cassette, pero el sonido es parecido. Levanto la cabeza.
—Espera.
Lukas se calla.
—¿Qué?
—La música.
Escuchamos. Después de unos segundos reconozco la pieza. No es Vesper, aunque pertenece a la misma época. Aun así me recuerda otra canción que encontré la noche anterior, una de las pocas producciones atribuidas con seguridad a ella.
—¿Te suena Vesper? —pregunto.
—Claro.
Lo dice sin pensarlo.
—¿Mucho?
—Lo normal.
Saco el móvil y busco la canción. Encuentro una grabación antigua y la reproduzco a volumen bajo. Lukas sonríe antes de que pasen cinco segundos.
—Esta era Nachtlinie.
Lo miro.
—Sí.
—La pinchaban mucho.
—No tanto.
Su sonrisa se mantiene, aunque algo cambia en ella.
—Yo salía mucho.
—Eso ya lo has dicho.
—Berlín era más divertido entonces.
Aparto el teléfono. Podría no significar nada. Quien frecuentara determinados clubes podía reconocer aquella canción, y Lukas ya me ha dicho que vio actuar a Vesper alguna vez.
Todo encaja. Sin embargo, mientras él retoma la conversación, yo sigo pensando en la rapidez de su respuesta.
No necesitó llegar al estribillo.
Ni siquiera al motivo principal.
Reconoció Nachtlinie en los primeros segundos.
Exactamente igual que yo.