La habitación 17 CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

A la mañana siguiente sigo pensando en Vesper.

No de una forma obsesiva, me digo mientras preparo café, aunque reconozco que resulta difícil defender esa teoría cuando lo primero que hago después de encender el ordenador es volver a abrir la última publicación de una DJ desaparecida seis años atrás.

El mensaje continúa allí, tan escueto como la noche anterior. Necesito silencio.

Lo leo una vez más y cierro la página.

La coincidencia con la cassette puede ser casual.

La música de Vesper estuvo en clubes, sesiones y listas durante meses, así que encontrarla de fondo en una grabación de aquella época no demuestra nada.

Lo verdaderamente extraño sigue siendo otra cosa y es que alguien escondió esa cinta detrás de una rejilla en el apartamento de mi madre.

Y eso sí puedo intentar explicarlo.

Empiezo por lo sencillo. Mi madre vivió en este piso durante décadas y, en distintos momentos, alquiló una habitación.

Lo hacía cuando necesitaba dinero extra, cuando viajaba más de lo normal o, según ella, cuando «la casa estaba demasiado silenciosa», afirmación difícil de conciliar con una mujer que se quejaba cada vez que yo dejaba una taza fuera de sitio.

Si la cassette pertenecía a otra persona, lo lógico es que fuese alguno de esos inquilinos.

El problema es que mi madre nunca tuvo especial interés por conservar registros de nada.

Guardaba facturas de hacía veinte años y tiraba contratos que podían resultar útiles la semana siguiente, de modo que encontrar una lista ordenada de quién vivió aquí y cuándo sería pedirle demasiado incluso después de muerta.

Abro uno de los cajones del escritorio del salón. Papeles. Muchos papeles.

Durante la siguiente hora descubro recibos de electricidad, garantías de electrodomésticos que ya no existen, cartas del seguro, sobres sin abrir y una carpeta con declaraciones fiscales que decido cerrar inmediatamente por respeto a mi propia salud mental.

Encuentro también una fotografía mía con diecisiete años y un corte de pelo que debería haber sido ilegal.

Nada sobre inquilinos.

Voy al dormitorio de mi madre. Aún no he terminado de ordenar sus cosas y cada vez que entro tengo la impresión de invadir un espacio que sigue siendo suyo, aunque racionalmente sé que esa sensación acabará desapareciendo.

O quizá no.

Abro el armario, reviso varias cajas y encuentro una carpeta azul en el estante superior. Dentro hay contratos antiguos, fotocopias de documentos y recibos de transferencias. La mayor parte corresponde a reparaciones del piso, pero entre ellos aparecen dos contratos de alquiler de habitación.

Uno de 2014.

Otro de 2017.

Ninguno me sirve. Sigo buscando.

Hay una caja de cartón debajo de la cama. La saco y descubro dentro una colección de objetos que parecen haber sido agrupados según un único criterio. El de que mi madre no sabía dónde ponerlos. Entradas de teatro, postales, una cámara digital, llaves sin etiqueta y varios teléfonos antiguos.

Debajo encuentro otra carpeta. Esta contiene correspondencia. Me siento en el suelo.

No tengo ninguna intención de leer cartas personales de mi madre, al menos eso me digo mientras empiezo a revisarlas una por una buscando nombres y fechas. Hay cartas de familiares españoles, notificaciones médicas, felicitaciones navideñas y algunas notas manuscritas que reconozco como suyas.

Después encuentro una hoja doblada. No es una carta. Es una fotocopia de un documento de identidad. Eva Keller.

Miro la fotografía.

Una mujer de alrededor de treinta años, pelo claro, rostro fino, expresión neutra. La imagen tiene esa mala calidad habitual de los documentos escaneados, pero hay algo en ella que me obliga a acercarla.

No la conozco. Estoy segura. Leo los datos.

Eva Keller, nacida en Leipzig. La fecha de nacimiento la sitúa unos pocos años por encima de mí.

Junto a la copia hay un papel escrito por mi madre.

Eva Keller. Habitación pequeña. 650 € + gastos.

Debajo, varias fechas. Me quedo quieta. Hace seis años.

Exactamente durante el periodo en que Vesper empezó a hacerse conocida.

Busco más documentos dentro de la carpeta y encuentro dos transferencias impresas a nombre de Eva, además de un correo electrónico que mi madre había imprimido, costumbre que siempre me pareció absurda y que ahora agradezco profundamente.

Leo el mensaje.

«Gracias, Carmen. Llegaré el domingo por la tarde. No tengo muchas cosas. Si todo va bien, estaré unos meses.»

Carmen.

Mi madre.

Me sorprende ver su nombre escrito por otra persona. Durante años fue simplemente mamá, como si careciera de identidad fuera de nuestra relación.

Sigo leyendo.

El correo no contiene nada interesante, salvo una referencia a horarios de trabajo y a que Eva necesitaba cierta tranquilidad durante el día porque solía trabajar de noche.

Trabajo de noche.

Me detengo. Podría significar cualquier cosa. Hostelería, hospital, limpieza, seguridad, clubes. Demasiadas posibilidades.

Saco el teléfono y escribo «Eva Keller Berlín».

Aparecen decenas de resultados. Profesoras, abogadas, una fotógrafa, varias cuentas en redes sociales. Ninguna coincide claramente con la mujer del documento.

Añado el año.

Nada.

Añado «música».

Tampoco.

La ausencia de resultados debería tranquilizarme.

No lo hace.

Llevo la carpeta al salón y extiendo los documentos sobre la mesa. Hay algo incómodo en comprobar que una desconocida vivió aquí durante una época de mi vida que recuerdo de manera especialmente confusa. Intento situarla. Seis años atrás yo todavía vivía en Berlín.

Eso sí lo sé.

Trabajaba por proyectos, sobre todo restauración y edición de audio, y llevaba una vida que ahora describiría como poco compatible con el concepto de rutina. Cambiaba de horarios, de trabajos y, durante un tiempo, también de amigos con cierta frecuencia.

¿Pude conocer a Eva?

Por supuesto.

¿Pude conocerla y olvidarla?

También.

No me gusta la segunda respuesta.

Busco fotografías antiguas en el ordenador. Tengo carpetas desordenadas de aquellos años, muchas descargadas de teléfonos que ya no existen. Empiezo a revisar imágenes. Cenas. Conciertos. Calles.

Personas cuyos nombres apenas recuerdo.

En una foto aparezco en un bar de Kreuzberg con tres mujeres. Ninguna es Eva. En otra estoy delante de un club, con el pelo más corto y una chaqueta que había olvidado por completo.

Sigo.

Nada.

Después de veinte minutos cierro la carpeta.

No quiero empezar a convertir cada rostro borroso en una pista.

Eso es exactamente lo que haría alguien obsesionado.

Me levanto y voy a la cocina. Necesito café.

Mientras la cafetera trabaja, pienso en llamar a mi hermano.

Él podría saber quién era Eva. Vivía fuera de Berlín durante aquella época, pero hablaba con mamá más que yo y quizá recuerde haber oído el nombre.

Lo llamo. Contesta al cuarto tono.

—¿Ya has roto algo?

—Buenos días a ti también.

—Conociéndote, es una pregunta razonable.

—He encontrado unos papeles de una mujer que alquiló una habitación aquí hace años.

—Eso reduce poco el campo.

—Eva Keller. ¿Te suena?

Hay un silencio breve.

—No.

—¿Seguro?

—Mara, mamá alquiló habitaciones varias veces. Yo no llevaba un registro.

—Ya, pero esta estuvo aquí bastante tiempo.

—¿Cuándo?

Le digo las fechas. Al otro lado vuelve a hacerse un silencio que dura apenas unos segundos, pero lo suficiente para que empiece a preguntarme si está intentando recordar o si, por alguna razón, está pensando qué responderme.

—Por esa época yo estaba en Múnich. Tú estabas más por casa que yo.

La frase me molesta de una manera difícil de justificar, quizá porque da por sentado algo que no coincide del todo con la versión que conservo de aquellos años.

—No tanto.

—Bueno, vivías en Berlín.

—Eso no significa que viniera aquí.

—No he dicho que vinieras.

Su tono cambia ligeramente y me apoyo contra la encimera, pendiente ahora no solo de lo que dice, sino de esa pequeña vacilación que creo haber escuchado.

—¿Qué?

—Nada.

—Has hecho esa pausa.

—¿Qué pausa?

—La pausa que haces cuando sabes algo y decides si quieres contarlo.

Mi hermano suspira antes de contestar, con esa paciencia resignada que utiliza desde hace años cuando considera que estoy convirtiendo una conversación sencilla en un interrogatorio.

—Solo recuerdo que en aquella época tú y mamá discutíais bastante. Pensaba que por eso no venías mucho.

Eso sí lo recuerdo, o al menos creo recordarlo, porque cada vez me cuesta más distinguir entre los recuerdos propiamente dichos y las explicaciones que he repetido tantas veces que han terminado ocupando su lugar.

—¿Por qué discutíamos?

—No sé. Tú estabas en tu fase intensa.

—Gracias por la precisión histórica.

—Ya sabes a qué me refiero.

Sí. Más o menos. Vida nocturna, trabajos inestables, demasiada gente entrando y saliendo de mi vida. También hubo meses en los que apenas hablaba con mi madre y que ahora recuerdo como una sucesión confusa de discusiones cuyo origen no sabría explicar.

—¿Y Eva?

—No me suena. ¿Por qué te interesa?

Miro hacia la mesa, donde la cassette permanece junto a los documentos que acabo de encontrar, y durante un instante considero contarle la verdad antes de decidir que todavía no sé muy bien cuál es.

—Curiosidad.

—Eso en ti nunca termina bien.

—Gracias por la confianza.

Nos despedimos poco después. Me quedo unos segundos con el teléfono en la mano.

Hay algo en lo que ha dicho que me incomoda, pero no consigo decidir qué. Quizá solo sea la confirmación de que aquellos años están peor definidos de lo que me gusta admitir.

Regreso al ordenador.

Esta vez busco a Eva de otra manera. Redes antiguas, foros, archivos de páginas desaparecidas, versiones guardadas de perfiles. Nada concluyente.

Hasta que encuentro una mención en un foro de música. No es un mensaje suyo. Alguien pregunta en 2020:

«¿Eva Keller seguía trabajando con la gente de Friedrichshain?»

No hay respuesta. Me inclino hacia la pantalla.

Friedrichshain.

El último club de Vesper estaba allí. Copio el nombre y sigo buscando.

Aparecen dos referencias más, ambas vagas.

En una lista de invitados de un evento privado figura una Eva Keller.

En otra página, un comentario menciona a una «Eva K.

» vinculada a organización de noches electrónicas.

Puede ser ella. También puede ser otra persona con el mismo nombre.

Abro la fotografía del documento de identidad y la comparo con algunas imágenes antiguas de eventos.

No consigo identificarla. La tarde empieza a oscurecer sin que me dé cuenta.

Enciendo una lámpara y miro la mesa. La fotocopia de Eva, las fechas de alquiler, la microcassette y el ordenador abierto en una página sobre Vesper.

Hasta ayer eran historias separadas. Ahora ya no estoy tan segura. Tomo una hoja y escribo las fechas.

Eva Keller entra en el apartamento en marzo.

Vesper empieza a aparecer en clubes unas semanas después.

Eva permanece aquí durante casi un año.

La actividad pública de Vesper crece durante ese mismo periodo.

Después ambas desaparecen de los registros prácticamente al mismo tiempo.

Me quedo mirando la línea temporal. No demuestra nada. Eva podría haber trabajado en promoción, producción, organización de eventos o simplemente frecuentar los mismos ambientes. Pero la cassette estaba en su casa.

En la casa de mi madre. Y contiene música de Vesper.

Vuelvo a mirar la fotografía de Eva.

Por primera vez dejo de preguntarme quién escondió la cinta.

La pregunta que aparece es otra.

¿Y si Eva Keller era Vesper?

Abro de nuevo uno de los artículos antiguos. Vesper nunca mostró el rostro, nunca habló sin modificar la voz y nadie logró confirmar su identidad.

Miro la foto de Eva. Después la máscara negra en la pantalla.

Las fechas coinciden casi exactamente.