La habitación 17 CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

La melodía me acompaña de vuelta a casa.

No literalmente, por supuesto. No llevo los auriculares puestos ni he copiado la grabación al teléfono, aunque durante el trayecto en tranvía me sorprendo reproduciendo mentalmente las cuatro notas una y otra vez, intentando averiguar de dónde las conozco.

No funciona.

Mi memoria musical suele ser mejor que esto.

Puedo escuchar un fragmento de pocos segundos y recordar años después dónde lo oí, qué venía antes o incluso si alguien había cambiado ligeramente el tempo.

Sin embargo, esta melodía se mantiene justo fuera de alcance, reconocible pero imposible de situar.

Eso me irrita.

También me preocupa.

Cuando entro en el apartamento dejo el bolso en el recibidor, me quito los zapatos y voy directamente al salón.

La calefacción vuelve a funcionar después de que un técnico haya aparecido esa mañana, haya golpeado dos veces una válvula y cobrado implícitamente con la satisfacción de demostrar que yo jamás habría podido arreglarla.

Enciendo el ordenador.

Podría esperar a mañana y buscar la melodía con calma en el archivo, pero la paciencia siempre me ha parecido una virtud sobrevalorada cuando existe conexión a internet.

Empiezo por lo más obvio.

Introduzco algunas combinaciones de palabras. Música electrónica, Berlín, seis años atrás, club, melodía sintetizador. Obtengo exactamente lo que merezco por una búsqueda tan precisa. Miles de resultados inútiles.

Cambio de estrategia. Intento reconstruir el patrón con un pequeño teclado virtual. Cuatro notas descendentes, una pausa corta y un pulso grave que en la grabación apenas se distingue bajo el ruido.

Lo reproduzco varias veces. La sensación de familiaridad aumenta. No es solo que haya escuchado esa música. Es que la conozco demasiado bien.

Busco bases de datos, antiguos foros y archivos de música electrónica berlinesa.

Paso de una página a otra mientras se enfría una taza de café que no recuerdo haber preparado.

Encuentro nombres conocidos, sellos desaparecidos, carteles de clubes que cerraron hace años y discusiones interminables sobre sesiones que aparentemente cambiaron la historia de la música durante tres noches de 2018.

Berlín tiene una capacidad extraordinaria para convertir cualquier madrugada en patrimonio cultural. Después de casi una hora encuentro un comentario en un foro archivado.

«Ese motivo de cuatro notas era típico de Vesper.»

Me quedo mirando el nombre. Vesper. No me dice nada durante un segundo.

Luego sí.

Algo se abre. No un recuerdo completo, más bien un espacio donde antes no había nada. Escribo el nombre en el buscador. Los resultados aparecen inmediatamente.

VESPER: LA DJ SIN ROSTRO.

¿QUIÉN SE ESCONDE TRAS LA MÁSCARA?

EL FENÓMENO ANÓNIMO DE LA NOCHE BERLINESA.

Abro el primer artículo.

La fotografía muestra a una mujer detrás de una mesa de mezclas, vestida de negro y con una máscara geométrica que le cubre completamente el rostro. No es una máscara ornamental ni teatral. Tiene líneas angulosas, casi agresivas, y un acabado oscuro que absorbe buena parte de la luz.

Me acerco a la pantalla. Vesper. Ahora sí recuerdo el nombre. No la persona.

El fenómeno.

Durante unos meses apareció prácticamente de la nada y empezó a actuar en pequeños clubes antes de llegar a salas mucho más conocidas. No concedía entrevistas presenciales, evitaba fotografías y, cuando hablaba con medios, su voz se procesaba electrónicamente.

Su identidad nunca llegó a hacerse pública. Eso, naturalmente, multiplicó el interés.

Continúo leyendo.

Vesper no era solo DJ. Producía su propia música, mezclaba grabaciones de campo con sintetizadores analógicos y utilizaba sonidos urbanos como parte de las composiciones. Trenes, maquinaria, respiraciones, conversaciones distorsionadas.

Me detengo.

Trenes.

Vuelvo mentalmente a la cinta.

La respiración de la mujer.

El tren.

La campana.

La melodía.

Me digo que estoy conectando cosas porque quiero conectarlas.

No sirve.

Busco grabaciones de Vesper.

Hay pocas y la mayoría tienen una calidad espantosa. Vídeos hechos con teléfonos, fragmentos de actuaciones, sesiones incompletas subidas por usuarios que probablemente no recuerdan haberlas grabado.

Abro una.

La imagen tiembla. Luces rojas atraviesan humo artificial y la figura de la máscara apenas se distingue detrás de la mesa. El sonido está saturado, con graves demasiado fuertes y voces del público entrando continuamente.

Avanzo.

Entonces aparece.

Cuatro notas descendentes.

Un pulso grave.

Me quedo inmóvil.

Es la misma melodía.

No parecida.

La misma.

Retrocedo y vuelvo a escucharla.

La coincidencia es absoluta.

Siento una satisfacción breve, profesional, casi infantil. He resuelto una pequeña pregunta. El sonido de la cassette pertenece a una pieza de Vesper. La satisfacción dura unos diez segundos.

Después llega la siguiente pregunta.

¿Por qué una grabación relacionada con Vesper estaba escondida detrás de una rejilla en casa de mi madre?

Abro más artículos.

Vesper apareció en la escena berlinesa unos seis años atrás y su carrera fue tan breve como intensa. Durante varios meses actuó con una frecuencia casi absurda, pero después empezó a cancelar fechas, desapareció de algunos carteles y dejó de conceder incluso las pocas entrevistas que aceptaba.

A partir de ahí surgieron todo tipo de explicaciones. Drogas, una enfermedad, una disputa con un promotor, una crisis psiquiátrica o incluso una estrategia publicitaria.

La gente siempre prefiere una buena explicación a admitir que no sabe algo.

Sigo leyendo.

Hay una periodista llamada Helena Roth que publicó varios textos sobre Vesper.

El primero es casi una celebración. Habla de anonimato, identidad, la tradición de los clubes berlineses y la idea de que la música importe más que quien la produce.

Un artículo posterior cambia completamente de tono y menciona comportamiento errático, cancelaciones y una creciente inestabilidad.

«Personas de su entorno expresan preocupación.»

La frase me hace arquear una ceja. En lenguaje periodístico viene a significar que alguien le ha contado algo, pero no piensa decir quién. Busco fotografías.

Siempre la máscara.

Negra.

Geométrica.

A veces con una capucha.

En una imagen aparece entrando en un club por una puerta lateral acompañada por dos personas. Una mujer rubia se gira justo cuando se toma la foto, pero está demasiado desenfocada para distinguirle bien la cara. El hombre que camina detrás queda casi completamente fuera de cuadro.

Amplío la imagen, aunque no sé qué espero encontrar. Nada me resulta familiar o quizá, después de tanto mirar, todo empieza a parecérmelo.

Cierro la fotografía.

Son casi las diez y me digo que debería parar. Voy a la cocina, abro la nevera y confirmo que mi sofisticado plan de alimentación consiste en queso, yogures y una zanahoria comprada tres días antes con un optimismo difícil de justificar.

Preparo algo rápido y regreso al ordenador.

Error.

La página sigue abierta y Vesper continúa esperándome detrás de la máscara.

Como casi todas las obsesiones, esta empieza de una forma perfectamente razonable. Solo quiero saber un poco más.

Busco dónde actuó por última vez.

El nombre del club aparece en varios artículos. Era una sala de Friedrichshain que cerró tiempo después y las versiones sobre aquella noche se contradicen. Algunos aseguran que Vesper abandonó el local antes de terminar la sesión; otros, que nunca llegó a subir al escenario.

Los comentarios son todavía mejores.

Una persona afirma haberla visto salir por la puerta trasera, otra asegura que permaneció dentro hasta las seis de la mañana y una tercera sostiene que aquella noche ni siquiera era ella quien llevaba la máscara.

Internet en estado puro.

Continúo.

Después de aquella actuación —o no actuación—, Vesper desapareció de la vida pública. No hubo comunicado oficial porque, aparentemente, tampoco existía un representante oficial, solo un promotor habló de «motivos personales» mientras las actuaciones previstas empezaban a cancelarse.

Nadie volvió a verla de forma verificable.

Durante unas semanas aparecieron teorías y supuestos avistamientos. Londres, Praga e incluso un blog que aseguraba que Vesper era en realidad un productor masculino que utilizaba a distintas mujeres sobre el escenario.

Eso tiene, al menos, imaginación.

Después el interés se apagó. Llegaron artistas nuevos, clubes nuevos y escándalos nuevos. La noche berlinesa tiene una memoria bastante selectiva y Vesper terminó convertida en una leyenda.

Hasta hoy, al menos para mí.

Miro la microcassette que he llevado a casa dentro de su funda protectora.

NACHT 17.

La mujer aterrada no menciona a Vesper ni habla de música, solo de una habitación diecisiete. La melodía podría haber estado sonando de fondo por pura casualidad y no existir ninguna relación entre ambas cosas.

También podría ser casualidad que alguien escondiera esa grabación en casa de mi madre.

Me apoyo en el respaldo y empiezo a sospechar que estoy abusando bastante de la palabra casualidad.

Abro otro resultado. Se trata de una recopilación de las últimas publicaciones asociadas a Vesper, con fotografías promocionales, anuncios de actuaciones e imágenes abstractas acompañadas de frases breves.

Sigo bajando hasta encontrar una imagen completamente negra.

Solo texto blanco.

La fecha corresponde a seis años atrás, la mañana siguiente a su última aparición conocida.

El mensaje tiene dos palabras.

Necesito silencio.

Lo leo otra vez.

No hay explicación, despedida ni referencia a las actuaciones canceladas.

Solo eso.

Necesito silencio.

Miro la cassette.

Pienso en la respiración de la mujer, en su voz intentando controlar el miedo y en los sonidos enterrados bajo años de ruido.

Un tren. Una campana. Cuatro notas de Vesper.

Me levanto y voy hasta la ventana. Abajo, la calle sigue viva. Un tranvía atraviesa la intersección, alguien ríe junto a la entrada de un bar y una bicicleta pasa sobre el pavimento mojado.

Berlín no está en silencio. Nunca lo está.

Regreso al ordenador y vuelvo a mirar el último mensaje de Vesper.

Necesito silencio.

Esta vez no me parece una despedida.

Me parece una petición.