La habitación 17 CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El dictáfono tarda tres segundos en demostrarme que he cometido una estupidez.

Primero escucho el giro irregular del motor. Después un siseo áspero, demasiado fuerte para una microcassette en buen estado, y finalmente un traqueteo mecánico que me obliga a pulsar stop antes de que el aparato decida convertir la cinta en una pieza de arqueología contemporánea.

Me quedo mirando la tapa cerrada.

—Muy profesional, Mara.

Abro el compartimento con cuidado y saco la cassette.

A simple vista no parece dañada, pero eso significa poco.

Una cinta magnética puede conservar un aspecto perfecto mientras el lubricante se ha degradado, el soporte se ha deformado o el mecanismo lleva años acumulando polvo suficiente para destrozarla en treinta segundos.

La giro entre los dedos.

NACHT 17.

Dos palabras que hace diez minutos no significaban nada y que ahora ocupan demasiado espacio en mi cabeza.

Podría ser una grabación doméstica, notas de alguien que vivió aquí, incluso una especie de diario.

Mi madre alquiló habitaciones en varias épocas, aunque nunca fue especialmente constante con los detalles y yo tampoco pregunté demasiado.

Durante algunos años nuestra relación consistió en llamadas breves, visitas todavía más breves y un acuerdo tácito de no examinar con demasiado entusiasmo determinadas partes de mi vida.

Aun así, esconder una cassette detrás de una rejilla no parece exactamente la forma habitual de archivar recuerdos familiares.

Me acerco a la lámpara del salón y examino el plástico. Hay polvo en los bordes, restos secos de adhesivo y una pequeña marca cerca de uno de los tornillos. La etiqueta está amarillenta, pero las letras negras se conservan perfectamente.

No reconozco la caligrafía.

Eso ya lo sabía.

Lo que me molesta es la sensación de que debería reconocerla.

Dejo la cinta sobre la mesa y voy a la cocina.

El té se ha enfriado, pero me lo bebo igualmente mientras intento comportarme como una adulta razonable.

La decisión correcta es sencilla. No tocarla más, llevarla mañana al archivo, inspeccionarla con el equipo adecuado y comprobar primero el estado del soporte.

Cinco minutos después estoy haciendo una fotografía de la etiqueta con el móvil.

La amplío.

NACHT 17.

No hay fecha, iniciales ni ninguna otra indicación.

Busco en internet el modelo de cassette, pero las referencias abarcan demasiados años como para sacar ninguna conclusión. Podría tener diez, veinte o treinta. La única certeza es que alguien la envolvió en plástico, la fijó dentro de un conducto y volvió a colocar la rejilla.

Eso no es guardar algo.

Es ocultarlo.

La palabra me parece melodramática, así que intento sustituirla por almacenar de forma poco convencional, pero ni siquiera yo me lo creo.

Duermo mal otra vez.

A la mañana siguiente llego al archivo con la microcassette protegida dentro de una funda antiestática y la sensación absurda de estar llevando un animal herido al veterinario.

He decidido no contar todavía dónde la encontré.

Prefiero saber qué contiene antes de convertirla en la anécdota del día para todo el departamento.

Sabine habla por teléfono cuando entro y me saluda con la mano.

Lukas aún no ha llegado.

Me sorprende descubrir que había pensado en ello.

Dejo el bolso, enciendo el equipo y examino la cassette bajo una lupa. La carcasa está intacta, la cinta bien tensada y no hay signos visibles de moho o deterioro grave, aunque uno de los carretes ofrece algo más de resistencia.

No parece preocupante, pero tampoco significa que esté bien.

Localizo un reproductor de microcassette, limpio los cabezales, compruebo el arrastre con una cinta de prueba y conecto la salida al sistema de captura. Cuando todo está preparado, introduzco NACHT 17.

Antes de pulsar play, miro alrededor.

Sabine sigue al teléfono. En la sala contigua alguien mueve cajas. Un técnico pasa por el pasillo con un carro.

Nadie me presta atención. Me pongo los auriculares.

Pulso reproducción.

Durante los primeros segundos solo hay ruido.

No el traqueteo mecánico de anoche, sino una capa de hiss bastante intensa, acompañada por pequeñas variaciones de velocidad. La cinta avanza.

Nada más.

A los doce segundos aparece una respiración.

Me inclino hacia la pantalla.

Es débil, casi enterrada bajo el ruido, pero está ahí. Una inhalación rápida, después otra. No puedo determinar todavía si pertenece a quien sostiene la grabadora o a otra persona que está cerca.

Aumento ligeramente el nivel. La respiración continúa. Entonces aparece una voz.

Tan baja que al principio pienso que la he imaginado.

Retrocedo cinco segundos.

Reproduzco otra vez.

Esta vez la escucho con claridad suficiente. Una mujer.

—No sé cuánto tiempo me queda.

Me quedo inmóvil.

La frase es apenas un susurro, pero el miedo no necesita volumen. Está en la velocidad de la respiración, en la forma en que las palabras salen demasiado juntas y en una vibración mínima al final de la frase.

Vuelvo a reproducirla.

No sé cuánto tiempo me queda .

Hay personas que suenan asustadas y personas que intentan sonar tranquilas cuando están asustadas. Esta mujer pertenece al segundo grupo.

Eso me inquieta más.

Detengo la cinta y me quito los auriculares. Sabine ha terminado la llamada y está revisando unos documentos. Podría acercarme, enseñársela y convertir el asunto en algo profesional, objetivo, compartido.

No lo hago.

Me vuelvo a poner los auriculares.

Sigo escuchando.

Después de la primera frase hay casi veinte segundos de ruido, un golpe distante y algo parecido a una puerta. La mujer respira muy cerca del micrófono. En un momento determinado parece moverse y el roce de tela contra la carcasa satura la señal.

Luego vuelve a hablar.

La primera parte queda enterrada por una interferencia.

Capto apenas dos palabras.

«...si alguien...»

Avanzo y retrocedo varias veces, pero el resultado no mejora.

Necesito limpiar la grabación.

Creo una copia de trabajo, separo una muestra del ruido de fondo y aplico una reducción mínima. Demasiado procesamiento podría eliminar información útil, así que prefiero conservar defectos antes que inventar claridad.

La voz reaparece un poco mejor.

—Si alguien encuentra esto...

Pausa.

Hay otro sonido detrás.

Un golpe.

La mujer baja todavía más la voz.

—...buscad la habitación diecisiete.

Dejo de mover el ratón. Habitación diecisiete.

Miro la etiqueta de la cassette, colocada junto al teclado.

NACHT 17.

La reproduzco otra vez.

«Buscad la habitación diecisiete.»

El plural me llama la atención. Buscad.

No «busca».

No parece dirigida a una persona concreta.

Puede ser un mensaje para cualquiera que la encuentre.

Eso explicaría esconderla.

O puede no explicar absolutamente nada.

Intento seguir.

Los siguientes treinta segundos están casi destruidos por una combinación de ruido mecánico y saturación. Hay fragmentos de voz, pero no consigo reconstruir ninguna frase completa. En un punto la mujer parece llorar; en otro podría estar hablando con alguien, aunque no escucho respuesta.

Después la grabación cambia.

La respiración se aleja y aparece un sonido grave, continuo, que crece lentamente.

Me concentro.

No pertenece al aparato.

Es exterior. Un tren.

No tengo ninguna duda. Primero llega la vibración de baja frecuencia, después el rodamiento y finalmente ese ritmo metálico irregular que producen las ruedas al atravesar juntas de vía.

Por la intensidad, pasa relativamente cerca.

Marco el segmento.

El tren dura casi veinte segundos.

Después se desvanece.

Me quito un auricular y miro la hora. Llevo más de una hora trabajando en algo que no pertenece al archivo.

Eso debería preocuparme. No lo hace lo suficiente.

—Eso no parece 1973.

La voz de Lukas me sobresalta. Giro la silla. Está detrás de mí con una taza de café en la mano.

—Tienes una tendencia preocupante a aparecer sin hacer ruido.

—Trabajo en acústica. Sería humillante que me oyeras desde el pasillo.

Miro automáticamente la pantalla.

—¿Cuánto llevas ahí?

—Lo suficiente para saber que estás escuchando un tren.

—Impresionante.

—Gracias. He estudiado muchos años.

Lukas señala los auriculares.

—¿Trabajo?

Dudo un segundo.

—Algo que encontré en casa.

—Eso siempre es una buena introducción.

—Estaba detrás de una rejilla.

Su expresión cambia ligeramente, aunque enseguida vuelve a sonreír.

—Eso mejora bastante la introducción.

Le explico lo mínimo. Una microcassette antigua, sin fecha, una voz femenina y una referencia a una habitación.

No menciono todavía mis problemas de memoria ni la extraña familiaridad del apartamento, porque existe una diferencia importante entre conocer a alguien y entregarle un catálogo completo de tus rarezas.

Lukas escucha el fragmento con el tren.

—Cercanías —dice.

—¿Por qué?

—Por la aceleración. Parece estar saliendo o entrando en estación.

No estoy segura de que pueda deducirse tanto con una grabación de esa calidad, pero no discuto. Vuelvo al principio y le dejo escuchar la voz. Cuando la mujer dice «buscad la habitación diecisiete», Lukas frunce el ceño.

—¿La conoces?

La pregunta me sorprende.

—No.

—Parecía que sí.

—¿Qué significa eso?

Se encoge de hombros.

—Tu cara.

No sé qué cara estaba poniendo, lo cual me parece una desventaja importante en cualquier conversación.

—No la conozco.

Lukas me devuelve los auriculares.

—Entonces quien la escondió tenía sentido del drama.

—Gracias por tu análisis técnico.

—Cuando quieras.

Se aleja hacia su mesa. Espero hasta que se sienta antes de continuar. No sé por qué su pregunta me ha molestado. Quizá porque, durante un instante, he pensado lo mismo.

La voz de la mujer no me resulta reconocible, pero sí hay algo en su manera de respirar, en la cadencia de algunas palabras, que provoca una sensación difícil de colocar.

No es memoria. Al menos no una memoria completa.

Es más parecido a escuchar desde otra habitación una conversación que sabes que ya ocurrió.

Sigo restaurando.

Después del tren hay una pausa bastante larga y, durante casi un minuto, únicamente escucho hiss. Estoy a punto de pensar que la grabación termina cuando aparece otro sonido. Una campana. Una nota grave. Después otra.

Espero.

Se repite con un intervalo irregular. No parece un reloj doméstico. Tiene demasiada reverberación, probablemente exterior, y el ataque es limpio.

Marco también ese fragmento.

Tren. Campana. Si ambos sonidos fueron grabados simultáneamente, podrían ayudar a identificar el lugar. La idea resulta tan obvia que inmediatamente me digo que no estoy investigando nada.

Solo estoy escuchando.

Hay una diferencia. Una diferencia pequeña, quizá, pero suficiente para mantener la conciencia tranquila.

Avanzo.

Los últimos segundos están muy degradados. Aparece un sonido electrónico débil bajo el ruido, tan enterrado que necesito ampliar el espectrograma para comprobar que realmente existe. Veo una estructura tonal. Música.

Aplico un filtro suave para reducir el ruido de fondo y aumento unos decibelios la banda relevante. Entonces aparece una melodía. Solo cuatro notas. Sintetizador. Un patrón descendente, seguido por un pulso grave.

Me quedo quieta.

La vuelvo a escuchar.

Cuatro notas.

Pulso.

Otra vez.

Algo en mi cuerpo cambia.

No es como ayer con la grabación de Lukas. No hay mareo ni imagen repentina. Es una certeza mucho más tranquila y, precisamente por eso, más incómoda. Conozco esa melodía.

Estoy segura.

La escucho una tercera vez intentando localizar dónde, cuándo, en qué contexto. Podría ser una canción comercial, una sintonía, algo que sonaba en un club. Mi memoria musical almacena demasiadas cosas como para que reconocer cuatro notas tenga necesariamente importancia.

Pero esta no es una melodía cualquiera.

Lo sé antes de recordar por qué.

Miro la pantalla, mientras el pequeño patrón vuelve a repetirse bajo el ruido de la cinta.

Cuatro notas.

Un pulso.

Y de repente tengo la absoluta certeza de que no solo la he escuchado antes.

Durante años, la supe de memoria.