CAPÍTULO 3
La primera noche en el apartamento de mi madre duermo cuatro horas y veintidós minutos.
Lo sé porque a las tres y dieciséis estoy mirando el techo, a las cuatro y ocho sigo mirando el techo y a las cinco y treinta y siete decido que continuar fingiendo que intento dormir empieza a parecer una actividad bastante poco digna.
No he tomado el zolpidem.
Todavía.
La doctora Schröder diría que eso es bueno, que debo evitar convertir una ayuda puntual en un hábito. Mi cuerpo, en cambio, parece considerar que pasar la noche escuchando cómo se contraen las tuberías de un edificio de finales del siglo pasado constituye una alternativa perfectamente razonable.
Me levanto, preparo café y me siento junto a la ventana del salón mientras Berlín empieza a aclararse al otro lado del cristal.
Hay algo extraño en observar una ciudad despertar desde una casa que conoces demasiado bien y, al mismo tiempo, sientes como prestada.
Los primeros tranvías pasan a intervalos regulares, alguien arrastra cubos por el patio y, en el piso de arriba, una ducha empieza a funcionar exactamente a las seis menos diez.
Supongo que podría acostumbrarme.
La idea me sorprende.
Ayer, cuando entré, mi intención era permanecer aquí el tiempo imprescindible.
Unos meses, quizá menos. Ordenar las cosas de mi madre, decidir qué hacer con el apartamento, acostumbrarme al nuevo trabajo y comprobar si regresar a Berlín había sido una decisión o simplemente una forma más sofisticada de huir de Hamburgo.
Hoy, con el café demasiado fuerte entre las manos y una manta sobre las piernas, no estoy tan segura.
A las siete y media recibo un mensaje de mi hermano.
¿Primera noche superada?
Le contesto con una fotografía del café.
La respuesta llega enseguida.
Mamá habría dicho que abras las ventanas.
Miro hacia ellas.
Claro que sí.
Mi madre consideraba que prácticamente cualquier problema doméstico podía resolverse ventilando. Un resfriado, una discusión, una mala noticia, una crisis existencial. Abre un poco, Mara, que aquí no se puede respirar.
Me sorprendo sonriendo. Durante unos segundos casi puedo oírla.
Eso es lo peor del duelo. No aparece cuando lo esperas. Puede pasar horas en silencio y luego esconderse dentro de una frase estúpida sobre ventanas.
Dejo el móvil boca abajo.
Necesito moverme.
Durante los dos días siguientes empiezo a fabricar una rutina.
Voy al archivo, aprendo nombres que sigo confundiendo y consigo que mi tarjeta magnética abra ya la mayoría de las puertas, lo cual considero un progreso profesional importante.
Lukas aparece y desaparece por el departamento con la facilidad de quien lleva allí años, aunque técnicamente no pertenece a la plantilla.
No vuelve a mencionar la grabación. Yo tampoco.
La reacción que tuve continúa molestándome más de lo que estoy dispuesta a admitir.
La he revisado varias veces desde entonces, intentando convencerme de que fue cansancio, falta de sueño o simple sobresalto.
Todas son explicaciones razonables y tengo un talento considerable para preferir las explicaciones razonables.
Aun así, cuando recuerdo aquel sonido grave y el silbido metálico, algo en el estómago se tensa.
Por eso procuro no recordarlo.
Al salir del trabajo camino más de lo necesario.
Prenzlauer Berg ha cambiado lo suficiente como para obligarme a mirar y no tanto como para impedirme reconocerlo.
Hay cafeterías donde antes había tiendas, tiendas donde antes no había nada y familias empujando carritos por calles que yo recuerdo llenas de gente fumando a las cuatro de la mañana.
Berlín tiene esa capacidad irritante de transformarse sin admitir que lo ha hecho.
El miércoles entro en un supermercado y compro más comida de la que necesito.
El jueves encuentro una caja con fotografías de mi madre y pierdo una hora que pretendía dedicar a ordenar papeles.
El viernes consigo por fin vaciar un armario entero sin detenerme ante cada objeto como si escondiera una revelación importante sobre nuestra relación.
No la esconde.
Hay bufandas, facturas, cables que nadie sabe para qué servían y tres cargadores de teléfonos que probablemente dejaron de existir antes de la pandemia.
Eso también reconforta.
Los muertos dejan detrás exactamente el mismo desorden absurdo que los vivos.
Por la noche preparo pasta y como en el salón con el portátil abierto, aunque no estoy viendo nada. A mitad del plato escucho un golpe procedente de la pared.
Metal contra metal.
Levanto la cabeza.
Espero.
Nada.
Sigo comiendo.
El golpe se repite unos segundos después, esta vez acompañado por un gorgoteo que recorre las tuberías hasta el radiador del dormitorio.
—No.
Dejo el tenedor.
El radiador responde con otro golpe.
Me acerco y pongo una mano sobre la superficie. Está fría.
La calefacción central del edificio lleva funcionando desde hace semanas y el resto de los radiadores calentaban esta mañana, así que giro la válvula varias veces con esa confianza absurda que tenemos todos cuando fingimos saber cómo funciona una instalación doméstica.
Nada. Voy al salón. El radiador también está frío.
Perfecto.
Encuentro el número del administrador del edificio pegado en el interior de un armario de la cocina y llamo. Una grabación me informa de que la oficina está cerrada y que, para emergencias, debo marcar otro número.
No considero que pasar una noche de octubre sin calefacción en Berlín constituya exactamente una emergencia, pero tampoco estoy dispuesta a convertirme en una persona mejor por ello.
Llamo.
Un hombre con voz cansada me explica que el problema probablemente sea una válvula, aire en el circuito o alguna obstrucción, y que alguien podría pasar mañana por la mañana.
—¿Mañana cuándo?
—Por la mañana.
—Eso es un concepto bastante amplio.
—Entre ocho y doce.
Naturalmente.
Cuelgo y me quedo mirando el radiador con la absurda certeza de que mi madre habría sabido qué hacer, aunque en realidad no tenía ningún talento especial para reparar calefacciones. Habría llamado al mismo número que yo, protestado por el margen de cuatro horas y, después, preparado té.
Voy a la cocina y hago exactamente eso.
Puede que heredemos más cosas de nuestros padres de las que estamos dispuestos a admitir.
Cuando regreso al salón, noto una corriente de aire frío junto a la pared. La ventana está cerrada, así que me agacho junto al radiador y paso la mano por detrás hasta localizar una rejilla antigua, casi a ras del suelo.
La misma que ayer me llamó la atención.
No hay ningún motivo para que me incomode. Es solo una pieza rectangular de metal, repintada varias veces de blanco, con dos tornillos en las esquinas y ranuras horizontales que probablemente pertenezcan a un viejo sistema de ventilación.
Al acercar la mano, noto aire.
Eso explicaría por qué la habitación se enfría tanto.
Busco la caja de herramientas que mi madre guardaba en el armario de la entrada, detrás de los paraguas. Recuerdo el lugar antes incluso de abrir la puerta y esa certeza vuelve a producirme la misma incomodidad de los primeros días.
La caja está exactamente allí.
—Bravo.
Cojo un destornillador. El primer tornillo ofrece resistencia y el segundo parece soldado por capas de pintura, así que tardo varios minutos en soltarlos. Cuando por fin retiro la rejilla, una pequeña nube de polvo cae al suelo y me obliga a toser.
—Fantástico.
Detrás de la rejilla hay un conducto oscuro de unos veinte centímetros de profundidad que no parece conectado a ninguna parte, quizá sellado durante alguna reforma.
Introduzco la mano y no encuentro nada. Estoy a punto de volver a colocar la rejilla cuando mis dedos rozan un objeto pegado al lateral del conducto.
Tiro con cuidado y escucho el sonido seco del adhesivo separándose del metal. Cuando saco la mano, sostengo una pequeña bolsa de plástico transparente cubierta de polvo.
Dentro hay algo negro.
La llevo hasta la mesa sin entender todavía por qué se me ha acelerado el pulso y abro la bolsa.
Es una microcassette.
Hace años que no veo una fuera del trabajo. Es pequeña, rectangular, con dos carretes diminutos visibles a través del plástico, y el modelo parece de los noventa o principios de los dos mil.
Le doy la vuelta.
En una de las caras hay una etiqueta blanca con dos palabras escritas en rotulador negro.
NACHT 17.
Noche 17.
La letra no es de mi madre. Conozco bien su escritura. Inclinada hacia la derecha, letras muy juntas y una forma peculiar de cerrar las aes. Esta es distinta, con mayúsculas rectas y duras, como si alguien hubiera escrito deprisa.
Miro hacia el pasillo, aunque el apartamento permanece en silencio y no existe ninguna razón para esperar que aparezca alguien.
No sé por qué lo hago.
Vuelvo a mirar la cassette.
Puede ser cualquier cosa. Una vieja grabación, notas de voz, algo que perteneció a un antiguo inquilino. Mi madre vivió aquí durante décadas. Es perfectamente posible que alguien escondiera algo detrás de esa rejilla hace veinte años y después lo olvidara.
Eso sería lo lógico.
Lo lógico también sería dejarla sobre la mesa y esperar a mañana, llevarla al archivo y reproducirla con un equipo adecuado para no dañar la cinta.
En lugar de eso, busco en uno de los armarios del salón.
No sé exactamente qué estoy buscando hasta que abro el tercer cajón.
Un viejo dictáfono.
Me quedo mirándolo. Mi madre lo utilizaba para grabarse listas cuando empezó a tener problemas de vista. Estoy casi segura de que aún funciona y, por el tamaño, acepta microcassettes.
Lo saco. Tiene pilas. Pulso play. El motor gira.
Me siento en el sofá con la cassette en una mano y el dictáfono en la otra.
Debería esperar.
Una cinta antigua puede romperse, engancharse o deformarse si el mecanismo está sucio. Lo sé perfectamente. Si alguien del archivo me viera hacer esto, tendría derecho a retirarme el título profesional.
Aun así, abro la tapa.
Introduzco la microcassette.
La etiqueta queda hacia arriba.
NACHT 17.
Cierro.
Mantengo el dedo sobre el botón de reproducción durante varios segundos. Entonces escucho un ruido en la calefacción. Un golpe metálico, profundo. Exactamente detrás de mí.
Me vuelvo.
El radiador sigue frío. Cuando miro de nuevo el dictáfono, tengo la impresión absurda de que la cassette lleva años esperando este momento.
Pulso play.