La habitación 17 CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

A las ocho y cuarenta y siete de la mañana descubro que mi primera decisión profesional en Berlín ha sido equivocarme de puerta.

No es un comienzo brillante, aunque podría ser peor.

Podría haber llegado tarde, haber llamado director a un técnico de mantenimiento o haber derramado café sobre algún documento del siglo pasado.

De momento solo estoy en un pasillo demasiado blanco, mirando un cartel que dice DEPÓSITO B como si hubiera alguna posibilidad de que se transforme en RECEPCIÓN si lo observo el tiempo suficiente.

Vuelvo sobre mis pasos.

El edificio del archivo ocupa una antigua construcción administrativa rehabilitada al norte de Mitte, una de esas operaciones urbanísticas en las que Berlín conserva la fachada, sustituye prácticamente todo lo demás y después cobra el café como si también hubiese reconstruido la Historia.

Desde fuera parece austero; por dentro, una combinación de hormigón visto, cristal y puertas que se cierran con tarjetas magnéticas.

Mi tarjeta, por supuesto, todavía no abre ninguna.

—¿Mara Vogel?

Me vuelvo.

La mujer que viene hacia mí tendrá unos cincuenta años, pelo corto, gafas redondas y un vaso térmico en una mano.

—Sí.

—Sabine Krüger. Hablamos por videollamada.

La reconozco entonces. En la pantalla de mi ordenador parecía más severa, aunque quizá fuese culpa de la iluminación de Hamburgo o del hecho de que durante aquella entrevista yo estaba convencida de que nadie en su sano juicio me contrataría.

—Perdona. Estaba intentando encontrar recepción.

Sabine mira el cartel detrás de mí.

—Has encontrado el depósito de nitratos. Es una especialidad interesante, pero no creo que quieras empezar por ahí.

—Preferiría conservar todos los dedos durante la primera semana.

Sonríe. Bien. Primera prueba superada.

Me conduce por un corredor donde varias paredes de cristal permiten ver salas llenas de estanterías metálicas, cajas, carretes y equipos que abarcan décadas de historia tecnológica.

Hay magnetófonos de bobina abierta, casetes, DAT, discos de acetato y formatos que cualquier persona razonable habría dado por extinguidos hace años.

Para mí es algo parecido a entrar en una pastelería.

Sabine se da cuenta.

—Puedes respirar.

—¿Se nota mucho?

—Solo un poco.

Seguimos andando mientras me explica el funcionamiento del departamento.

Buena parte del trabajo consiste en digitalizar fondos antes de que el soporte físico se degrade de manera irreversible.

Otra parte, la que me interesa, es restauración.

Grabaciones dañadas por humedad, cinta deformada, ruido mecánico, interferencias, errores de velocidad o simplemente décadas de almacenamiento poco cuidadoso.

Eso sí sé hacerlo.

Es agradable llegar a un lugar donde al menos una parte de mi vida tiene instrucciones claras.

—Te asignaremos primero material relativamente sencillo —dice Sabine—. Quiero que conozcas nuestro flujo de trabajo antes de darte nada delicado.

—¿Relativamente sencillo significa que si lo destruyo solo perderemos cincuenta años de patrimonio cultural?

Me lanza una mirada lateral.

—Exactamente. Por eso hemos reservado los cien años para la semana que viene.

Me cae bien.

Llegamos a una sala más pequeña con dos estaciones de trabajo, monitores acústicos, interfaces, convertidores y un magnetófono Studer que me obliga a reducir la velocidad.

—¿Funciona?

Sabine mira el aparato.

—Me ofende que lo preguntes.

—Tenía que comprobarlo.

—Restaurado hace dos años. Y antes de que preguntes, sí, puedes tocarlo.

Paso la mano por el borde del chasis. No sé muy bien por qué determinados equipos despiertan en mí un afecto que nunca he conseguido sentir por los teléfonos modernos, pero probablemente tenga que ver con que un magnetófono no pretende ser inteligente.

Tiene botones, piezas mecánicas y una función concreta.

Si algo falla, casi siempre existe una razón.

Las personas son bastante menos elegantes.

Sabine me muestra mi mesa, el servidor, el sistema de catalogación y una montaña de procedimientos internos que finjo escuchar con más atención de la que realmente presto.

No es culpa suya. Después de media hora, mi cerebro empieza a separar automáticamente lo importante de lo que puedo leer más tarde.

Entonces escucho el clic. Es muy débil. Uno solo.

Miro hacia la puerta.

Sabine continúa explicándome cómo deben nombrarse las versiones restauradas.

Otro clic.

—Perdona —digo—. ¿Ese relé lleva mucho tiempo haciendo eso?

Ella se detiene.

—¿Qué relé?

Señalo un módulo montado en el rack de la pared.

—Ese.

Sabine espera. No suena nada. Después, casi veinte segundos más tarde, vuelve a producirse.

Clic.

Se acerca al equipo.

—Ni idea. Yo no lo había oído.

—Probablemente es la fuente de alimentación.

—¿Por qué?

—El intervalo no es exactamente regular, pero casi. Podría ser un condensador entrando en protección o una conmutación térmica.

Me mira durante un segundo más de lo necesario.

—En la entrevista dijiste que tenías buen oído.

—Exageré.

El clic vuelve a escucharse.

—Ya veo.

Me arrepiento un poco de haberlo señalado. No por nada concreto, sino porque he aprendido que la gente suele dividirse entre quienes consideran esa clase de habilidad interesante y quienes empiezan a observarme como si pudiese escuchar sus pensamientos.

Sabine pertenece aparentemente al primer grupo.

—Eso te va a resultar útil aquí.

—A veces también es una forma estupenda de no dormir en hoteles.

—¿Tuberías?

—Tuberías, ascensores, transformadores, cargadores baratos, ventiladores con rodamientos defectuosos. Una fiesta.

Sabine se ríe y continúa con la visita.

Conozco a tres personas más durante la siguiente hora y olvido dos nombres casi inmediatamente. No debería preocuparme porque siempre me ha ocurrido. Puedo reconocer una voz después de escucharla diez segundos y ser incapaz de recordar cómo se llama su propietario.

A media mañana me dejan por fin delante de una grabación.

Es una entrevista de radio de 1973 almacenada en una cinta que presenta fluctuaciones de velocidad y un ruido continuo de fondo. Nada dramático, pero suficiente para comprobar cómo trabajo.

Me pongo los auriculares.

Y Berlín desaparece.

Eso es lo que más me gusta de mi profesión.

Cuando trabajo con sonido, el mundo se reduce a algo manejable. Una señal, un problema y una serie de decisiones. Puedo ampliar un espectrograma, identificar una frecuencia, comparar patrones y separar lo que pertenece a la grabación de lo que apareció después.

El ruido de fondo está alrededor de cincuenta hercios, con varios armónicos. Red eléctrica. Hay también un roce mecánico intermitente y un ligero bamboleo en las voces producido por la velocidad irregular de la cinta.

Escucho el fragmento otra vez.

La entrevistada habla de una manifestación. Su voz es grave, ligeramente ronca. Detrás de ella se oye tráfico y, en un momento determinado, una campana.

Retrocedo. La escucho otra vez. No pertenece al estudio.

Está en la grabación original.

Una campana distante, probablemente exterior.

Me sorprendo intentando identificarla, aunque no es necesario para la restauración.

Tres notas. Pausa. Una más.

Hay algo agradable en reconstruir un lugar a partir de sonidos que nadie consideró importantes cuando fueron grabados.

—Llevas cinco minutos escuchando los mismos cuatro segundos.

La voz aparece detrás de mí. Me quito un auricular.

El hombre que está apoyado contra el marco de la puerta no estaba durante la visita de esta mañana.

Tendrá cerca de cuarenta años, quizá algo menos, pelo castaño oscuro y una camisa azul con las mangas remangadas.

Sostiene una taza de café y me observa con una expresión que parece oscilar entre curiosidad y diversión.

—¿Me estás controlando?

—Todavía no. Acabo de llegar.

—Entonces tu acusación carece de base estadística.

Sonríe.

—Lukas Hartmann.

Se acerca y me ofrece la mano.

—Mara Vogel.

—Lo sé.

—Eso siempre suena un poco amenazante.

—Sabine ha dicho que hoy empezaba la restauradora de Hamburgo.

—Ah. Entonces retiro la denuncia.

Su apretón es breve. Normal.

No sé por qué reparo en eso.

Lukas deja el café junto a la otra estación de trabajo y mira la pantalla.

—¿Qué has encontrado?

—Nada importante. Una campana.

—¿Y llevas cinco minutos con ella?

—Cuatro y medio.

—Eso cambia completamente la situación.

Le ofrezco uno de los auriculares. Se lo coloca y reproduzco el fragmento.

—¿La oyes?

Lukas asiente.

—Iglesia.

—Probablemente.

—Qué decepción.

—¿Esperabas un código secreto?

—Es tu primer día. Pensaba que podríamos tener al menos un asesinato antes de comer.

Lo miro.

—No sé qué clase de archivos manejáis aquí normalmente.

—Los jueves son peores.

Me río y vuelvo a la grabación.

Lukas trabaja, según me explica, como ingeniero acústico externo para varios proyectos del archivo.

Interviene cuando hay problemas de digitalización, acondicionamiento de salas o soportes particularmente complicados.

Habla de ello sin intentar demostrar que sabe mucho más de lo que dice, cosa que agradezco porque he trabajado con suficientes hombres convencidos de que una tarjeta de sonido es una extensión de su anatomía.

—¿Has localizado el origen del zumbido del rack? —pregunta de pronto.

Lo miro.

—¿Cómo sabes que lo he oído?

—Porque llevo tres semanas intentando convencer a Sabine de que existe.

—Fuente de alimentación.

—Eso pienso yo.

—Conmutación térmica, quizá.

Lukas levanta la taza en mi dirección.

—Gracias. Ya somos dos locos.

Hay algo fácil en hablar con él. No necesito medir demasiado las respuestas ni llenar los silencios, y cuando hace una broma no parece esperar que yo la celebre. Simplemente la deja ahí.

Me doy cuenta de que hace bastante tiempo que no conozco a alguien sin preguntarme inmediatamente qué espera de mí.

La conclusión me resulta ligeramente deprimente.

—¿Primera vez en Berlín? —pregunta.

—Nací aquí.

—Entonces retiro la pregunta.

—Llevo siete años fuera.

—¿Hamburgo?

Asiento.

—¿Y qué tal el regreso?

Miro la pantalla antes de responder.

—Acabo de llegar. Todavía estoy dentro del periodo de devolución.

Lukas sonríe, pero no insiste.

También agradezco eso.

A la hora de comer bajamos con otras dos personas a una cafetería cercana. La conversación gira en torno al edificio, a una subvención que nadie parece entender y a un sistema nuevo de catalogación que, por lo que deduzco, ha conseguido unir a todo el departamento en un odio común.

Lukas se sienta frente a mí.

No hablamos demasiado, aunque varias veces descubro que estamos escuchando simultáneamente conversaciones ajenas. Una camarera deja caer una cuchara. Un niño llora al fondo. La máquina de café libera vapor con un silbido agudo.

—Lo haces todo el tiempo, ¿verdad? —pregunta.

—¿Qué cosa?

—Escuchar.

Me encojo de hombros.

—Todo el mundo escucha.

—No así.

No sé qué contestar.

Él tampoco parece necesitar una respuesta.

Por la tarde regreso a la cinta de 1973 y consigo corregir buena parte de la fluctuación sin deformar las voces. Cuando por fin me quito los auriculares, tengo esa agradable sensación de haber arreglado algo, aunque nadie vaya a notar nunca que estuvo roto.

Lukas aparece otra vez cerca de las seis.

—¿Sigues aquí?

—Técnicamente, tú también.

—Yo tengo una excusa.

—Yo soy nueva. Tengo que fingir entusiasmo durante al menos dos semanas.

Recoge una carpeta de la mesa contigua.

—Sabine me ha dicho que tienes memoria acústica.

—Sabine habla demasiado.

—¿De verdad puedes reconocer sonidos después de años?

—Depende del sonido.

—¿Voces?

—Sí.

—¿Música?

—Normalmente.

Lukas se queda pensando un instante y después abre un cajón del que saca un pequeño reproductor portátil.

—Entonces prueba esto.

—¿Es un examen?

—Curiosidad científica.

Conecta el aparato a los monitores y reproduce un fragmento de apenas unos segundos.

Al principio solo escucho ruido, una grabación de baja calidad. Después aparece un golpe grave, repetitivo, acompañado por una especie de silbido metálico.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Una presión violenta me atraviesa el pecho. Me quedo sin aire. Durante una fracción de segundo veo rojo.

No una cosa roja. Luz roja. Y algo más.

Metal.

Una escalera.

Aparto la mano de la mesa. Lukas detiene la reproducción.

—¿Mara?

Lo miro.

—¿Qué era eso?

Mi voz no suena como esperaba. Él frunce ligeramente el ceño.

—Una prueba de resonancia que grabé hace años en un edificio industrial. ¿Estás bien?

Asiento demasiado rápido.

—Sí. Solo me ha sorprendido.

Lukas observa el reproductor y después vuelve a mirarme.

—Curioso.

—¿Qué?

Tarda un instante en responder.

—Que te haya afectado justo esa frecuencia.

Intento sonreír.

—¿Por qué?

Lukas señala el aparato.

—Porque casi nadie la oye.