La habitación 17 CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Berlín me recibe con una lluvia fina que apenas merece ese nombre, una llovizna suspendida en el aire que no justifica abrir un paraguas pero sí consigue, al cabo de unos minutos, que tengas húmedos el pelo, las mangas y probablemente también el humor.

Parece exactamente como lo recuerdo.

—¿Señora?

El taxista ya ha abierto el maletero. Salgo, recojo una de las maletas y consigo que una rueda quede atrapada en el bordillo.

—Déjeme.

—Puedo sola.

No termino de demostrarlo. El hombre libera la rueda con un tirón y me entrega la maleta sin comentar nada. Le doy las gracias, pago y espero hasta que el taxi desaparece al final de la calle.

Entonces levanto la vista hacia la tercera planta.

Las cortinas están cerradas. Naturalmente.

Nadie vive allí desde hace cuatro meses, pero durante unos segundos busco movimiento detrás del cristal, una sombra, una mano apartando la cortina, cualquier indicio absurdo de que mi madre continúa arriba y está a punto de preguntarme por qué sigo bajo la lluvia como una idiota.

No aparece nadie.

Agarro las maletas y saco las llaves del bolso.

—Bienvenida a casa —murmuro.

La frase me resulta tan desagradable que decido no repetirla.

Casa es una palabra complicada últimamente.

Hasta hace unas semanas habría dicho Hamburgo sin pensarlo, pero un piso que ya has dejado, una relación terminada y una planta que probablemente haya muerto durante la mudanza porque olvidaste que existía no forman una definición demasiado convincente de hogar.

Encuentro la llave del portal casi sin mirar.

Entra en la cerradura a la primera y el gesto me resulta extrañamente automático, como si las manos recordaran mejor que yo.

Al empujar la puerta, el sonido del edificio me alcanza antes que cualquier otra cosa.

El golpe seco del muelle, el eco breve del vestíbulo, el zumbido de una lámpara fluorescente y una televisión demasiado alta en algún piso superior.

Me detengo junto a los buzones.

Recuerdo que la tercera baldosa antes del descansillo cede ligeramente al pisarla.

La compruebo.

Cede.

Sonrío. La memoria humana puede extraviar meses enteros de una vida y conservar con precisión una baldosa defectuosa. Parece una administración de recursos bastante arbitraria.

Arrastro las maletas hacia las escaleras.

El edificio no tiene ascensor, detalle que también recordaba perfectamente y que empieza a parecerme menos pintoresco a medida que subo.

A mitad del último tramo pienso que mi madre hacía estas escaleras prácticamente todos los días y la imagino delante de mí, con una bolsa de la compra en cada mano, quejándose porque alguien ha vuelto a dejar una bicicleta en el portal.

El recuerdo duele más de lo que esperaba.

La doctora Schröder diría que debo reconocer el pensamiento, permitir que exista la emoción y dejarla pasar. La teoría funciona mejor en su consulta, con paredes blancas y una caja de pañuelos sobre la mesa, que en unas escaleras cargando dieciocho kilos de equipaje.

Termino de subir.

La puerta del apartamento está al final del pasillo. Introduzco la llave y no gira. En el segundo intento tampoco, pero en el tercero la cerradura cede con un clic que me produce una presión breve debajo de las costillas.

Abro.

El olor me alcanza de inmediato. Madera cerrada, polvo y algo que identifico como el perfume de mi madre, una mezcla de azahar, cítricos y un fondo dulce que nunca supe distinguir.

Sé que un perfume no puede permanecer cuatro meses suspendido en una casa vacía, pero saber algo y sentirlo son actividades bastante diferentes.

Dejo las maletas en el recibidor sin encender la luz. Desde donde estoy puedo distinguir la entrada al salón. A la derecha queda la cocina, a la izquierda empieza el pasillo hacia los dormitorios y al fondo se adivina el ventanal que da al patio interior.

Conozco perfectamente la distribución.

Eso no tiene nada de extraño. He pasado aquí una parte importante de mi vida.

Lo extraño es que no siento que la recuerde.

Siento que la anticipo.

Pulso el interruptor y la lámpara tarda un segundo en responder.

—Sigues igual.

No sé si se lo digo a la bombilla o a mi madre.

El salón permanece prácticamente como ella lo dejó.

Mi hermano estuvo aquí después del funeral y recogió algunas cosas, pero el pequeño cuenco azul donde mamá dejaba las llaves sigue sobre la mesa, la manta gris continúa doblada en el respaldo del sofá y las estanterías mezclan novelas en español y alemán sin ningún criterio.

Mi madre sostenía que ordenar los libros alfabéticamente era una forma burguesa de controlar la cultura. Yo defendía que servía para encontrar lo que buscabas. Nunca alcanzamos un acuerdo y, viendo ahora las estanterías, tengo que admitir que ganó ella.

Me acerco a la ventana y aparto las cortinas. La lluvia ha convertido los tejados del patio en superficies negras y brillantes. En el edificio de enfrente alguien ha dejado ropa tendida, una demostración de optimismo meteorológico que admiro profundamente.

Saco el móvil.

Tengo un mensaje de mi hermano preguntando si he llegado, otro del archivo recordándome que mañana empiezo a las nueve y uno de Daniel.

No lo abro.

Técnicamente Daniel no me ha abandonado. Necesita espacio. También necesita encontrarse y descubrir quién es fuera de nuestra relación, un proyecto bastante ambicioso para alguien que durante cinco años no consiguió encontrar las llaves del coche sin mi ayuda.

Hace seis semanas habría hecho cualquier cosa por convencerlo de que volviera. Ahora no estoy segura de quererlo. Puede que sea progreso o simplemente cansancio.

Guardo el teléfono y me siento en el sofá.

El apartamento parece silencioso, pero solo para alguien que no presta atención. Yo escucho los tubos de la calefacción, la televisión del piso inferior y un coche pasando sobre el asfalto mojado. En algún lugar del edificio un niño corre por un pasillo antes de que una puerta se cierre.

Siempre he escuchado demasiado.

De pequeña podía reconocer quién subía las escaleras antes de que llamara. Mi padre arrastraba ligeramente el pie izquierdo. Mi madre apoyaba primero el talón y llevaba un ritmo tan regular que habría servido como metrónomo. Mi hermano subía los peldaños de dos en dos y hacía vibrar la barandilla.

Es curioso que conserve esos detalles con tanta precisión cuando otros periodos de mi vida se han vuelto mucho menos fiables.

Hay partes de mis veintitantos en Berlín que existen en mi cabeza como fotografías sueltas guardadas en una caja sin fechas.

Recuerdo clubes, algunas personas, trabajos ocasionales y noches que empezaban un viernes, pero me costaría explicar con exactitud cómo terminaban.

Durante años atribuí esas lagunas a demasiado alcohol, poco sueño y una época en la que regresar a casa antes del amanecer parecía una derrota personal.

La doctora Schröder tiene explicaciones menos dramáticas. Ansiedad, estrés, episodios depresivos, falta de sueño. Nada que no le pase a mucha gente. El cerebro no almacena una vida como un servidor perfectamente organizado. Selecciona, descarta y, en ocasiones, reconstruye aquello que falta.

Lo sé mejor que la mayoría.

Me gano la vida restaurando archivos dañados y llevo años explicando que recuperar un sonido no significa necesariamente recuperar el original. A veces solo consigues una reconstrucción suficientemente buena para que el oído crea que aquello siempre estuvo allí.

Procuro no aplicar demasiado esa teoría a mi memoria.

Voy hasta la mochila y saco el neceser. Dentro está la caja blanca de zolpidem que la doctora me recetó para las noches difíciles.

La sostengo unos segundos antes de devolverla a su sitio.

Son poco más de las cinco y dormirme ahora sería una manera bastante espectacular de rendirme durante mi primera tarde en Berlín.

Abro las ventanas.

El aire frío entra en el salón y con él llega la ciudad.

Un tranvía en la distancia, neumáticos sobre el pavimento mojado, una sirena, el timbre de una bicicleta y dos personas discutiendo varios pisos más abajo.

Hamburgo suena diferente, más abierta, con más espacio entre los ruidos.

Berlín siempre me ha parecido una ciudad incapaz de permanecer en silencio incluso cuando lo intenta.

Empiezo a deshacer las maletas. Llevo ropa al dormitorio y dejo sobre una mesa el ordenador, los auriculares y la pequeña interfaz de audio que me niego a facturar porque confío menos en las aerolíneas que en la humanidad en general.

Al guardar unos vaqueros, veo mi reflejo en el espejo del armario. Treinta y cinco años, el pelo oscuro recogido sin demasiado criterio, ojeras que todavía puedo atribuir al viaje y varios kilos menos que hace seis meses.

Recojo el pelo y descubro detrás de la oreja izquierda una pequeña cicatriz blanca.

Paso un dedo sobre ella.

No recuerdo cómo me la hice.

No debería significar nada. Todo el mundo tiene golpes y cicatrices cuyo origen ha olvidado. Aun así, mantengo el dedo sobre la piel más tiempo del necesario, intentando localizar un recuerdo que no llega.

—No empieces —murmuro.

Solo después me pregunto qué es exactamente lo que no debo empezar.

Regreso al pasillo. Podría llamar a mi hermano, abrir el mensaje de Daniel o bajar al supermercado, porque la nevera está completamente vacía. En lugar de hacer cualquiera de esas cosas, continúo recorriendo el apartamento.

Supongo que necesito acostumbrarme a estar aquí.

Entro en mi antigua habitación. Ha cambiado bastante. La cama es distinta, el escritorio desapareció hace años y ahora hay una cómoda blanca, varias cajas y una pequeña estantería.

Una marca rectangular en el parquet llama mi atención. La madera es allí un poco más clara, como ocurre cuando un mueble permanece durante mucho tiempo en el mismo sitio.

Antes de pensarlo, sé qué había encima. Un mueble bajo, negro, con dos puertas. La certeza llega con tanta claridad que durante un instante casi puedo verlo.

Frunzo el ceño. Mi madre nunca tuvo un mueble así en esta habitación, o al menos no recuerdo que lo tuviera. Podría haber sido cualquier otra cosa, desde una estantería hasta unas cajas apiladas durante una temporada.

Me agacho y paso los dedos por la marca. Cuando vuelvo a incorporarme, miro hacia la esquina junto al radiador y noto una presión repentina en el pecho.

Allí no hay nada salvo la pared blanca, el rodapié y una vieja rejilla de ventilación.

Sin embargo, durante un instante he esperado encontrar otra cosa.

Una mesa llena de cables, unos auriculares apoyados encima y una pequeña luz roja.

No es exactamente una imagen. Se parece más a esa sensación que aparece cuando sabes cuál será la siguiente nota de una canción antes de escucharla.

El radiador produce un golpe metálico y me sobresalta.

Tengo explicaciones de sobra para sentirme como me siento. El viaje, el cansancio, el duelo, Daniel. Y volver a esta casa después de tantos años. No necesito inventarme ninguna más.

Salgo de la habitación, pero al pasar junto al salón vuelvo a detenerme.

Observo la ventana, el sofá, las estanterías y la mesa baja. Todo parece estar exactamente donde debería y, sin embargo, tengo la impresión de que la habitación está mal colocada, como si los muebles hubieran sido devueltos a su sitio después de que yo conociera otra distribución.

Cierro los ojos.

La sensación se vuelve más clara. La mesa debería estar más cerca de la ventana. Junto a la pared tendría que haber un equipo de sonido y, en algún lugar que no consigo precisar, una lámpara roja.

Abro los ojos.

El salón permanece vacío y perfectamente normal. Me digo que conozco estas paredes desde niña, que la memoria mezcla épocas, habitaciones y muebles con facilidad y que seguramente estoy recordando otro lugar y superponiéndolo a este.

La explicación debería bastarme.

Pero mientras continúo mirando la esquina vacía comprendo qué es exactamente lo que me inquieta.

No siento que haya vuelto al apartamento donde crecí.

Siento que regresé aquí muchos años después.

Y de eso no recuerdo nada.