La habitación 17
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PRÓLOGO
Lo primero que oigo es mi propia respiración. Demasiado rápida. Demasiado cerca.
Durante unos segundos no existe nada más, salvo un zumbido eléctrico que aparece y desaparece sobre mi cabeza. Después abro los ojos y comprendo que estoy tumbada en el suelo de una habitación que no reconozco.
Un fluorescente parpadea en el techo. Cada vez que se enciende alcanzo a distinguir paredes de hormigón, una silla volcada y polvo acumulado sobre el suelo gris. Cuando se apaga, todo vuelve a desaparecer.
Intento incorporarme, pero una punzada en la nuca me obliga a detenerme. No sé dónde estoy ni cómo he llegado hasta aquí, y cuando intento recordar qué estaba haciendo antes de abrir los ojos solo encuentro un vacío.
Apoyo una mano para levantarme y noto humedad bajo la palma. Pienso en agua hasta que vuelve el fluorescente.
Miro mis dedos.
Sangre.
También tengo manchada parte de la manga. Me examino deprisa, buscando una herida que explique esa cantidad, pero aparte del dolor en la cabeza no encuentro nada.
Entonces veo a la mujer.
Está tendida a pocos metros, boca abajo, con el pelo cubriéndole parte de la cara. Uno de sus brazos ha quedado atrapado bajo el cuerpo, el otro se extiende hacia mí, como si hubiera intentado alcanzar algo antes de caer.
O alcanzarme a mí.
La idea aparece antes de que pueda detenerla.
Me acerco.
—¿Me oyes?
No responde. Me arrodillo a su lado y busco el pulso en el cuello. La piel sigue caliente. Cambio los dedos de posición, presiono un poco más y vuelvo a intentarlo.
Nada. El fluorescente se apaga.
Durante unos segundos me quedo en completa oscuridad junto al cuerpo de una mujer que no conozco, con su sangre en las manos y ningún recuerdo de cómo he llegado hasta allí.
Busco el teléfono. No está en mis bolsillos ni en el suelo. En la muñeca llevo un reloj con la pantalla agrietada que marca las seis y diecisiete, aunque no sé si es de la mañana o de la tarde.
Obligo a mi cabeza a ordenar lo poco que tengo.
Sé quién soy. O creo saberlo. No sé dónde estoy. No sé quién es la mujer. No sé por qué hay sangre en mi ropa. Y no sé qué ocurrió antes de despertar.
Entonces escucho los pasos.
Vienen del otro lado de la puerta.
Lentos. Pesados.
Se acercan.
Me pongo en pie demasiado deprisa y una oleada de mareo me obliga a apoyarme contra la pared. Los pasos se detienen justo al otro lado.
Miro la puerta. Es metálica, sin ventana, con una manilla horizontal que por algún motivo me resulta familiar.
La sensación me inquieta más que el propio ruido. Estoy segura de no haber visto nunca esa puerta.
O necesito estarlo.
Busco algo con lo que defenderme y encuentro junto al cuerpo una pequeña pieza metálica. No sé qué es ni si serviría de algo, pero la cierro entre los dedos.
Al otro lado suena un roce. La manilla empieza a bajar.
Retrocedo.
Y entonces una imagen me atraviesa la cabeza. Una escalera metálica iluminada por una luz roja. Música golpeándome el pecho. Una mano cerrándose alrededor de mi brazo.
Y una voz masculina.
—Otra vez desde el principio.
Parpadeo. La habitación vuelve. La manilla se detiene.
Durante un instante no ocurre nada y después regresa lentamente a su posición. Los pasos se alejan por el pasillo hasta desaparecer.
Me quedo inmóvil con la pieza metálica apretada en la mano.
No sé si lo que acabo de ver ha sido un recuerdo.
Pero mi cuerpo ha reaccionado como si lo fuera.
Miro otra vez a la mujer.
Hay algo en ella que me resulta familiar. No su cara, todavía oculta bajo el pelo, sino la forma de su cuerpo, una pulsera en la muñeca, quizá incluso la manera en que tiene los dedos.
Me agacho y aparto con cuidado el cabello. No sé quién es.
Y, sin embargo, la visión provoca algo.
Una habitación roja. Auriculares sobre una mesa. Una máscara negra. La misma mujer mirándome y diciendo algo que no consigo escuchar.
Después, otra vez, la voz masculina.
Mara.
Se me corta la respiración. No sé si la voz pertenece al recuerdo o a la habitación en la que estoy ahora.
Mara.
La palabra abre algo dentro de mi cabeza.
Mara Vogel.
Mi nombre.
Lo repito mentalmente hasta que deja de parecer una información recién descubierta y vuelve a sentirse mío.
Entonces miro mis manos manchadas de sangre y a la mujer inmóvil frente a mí.
No sé dónde estoy. No sé qué ha ocurrido aquí.
No sé quién está al otro lado de esa puerta ni por qué una parte de mí reconoce este lugar.
Pero hay algo que, por fin, sí recuerdo.
Esta vez sí recuerdo quién soy.