La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 77 Domina el poder definitivo (las voces inexplicables de tu cabeza probablemente no sean nada)
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77 Domina el poder definitivo (las voces inexplicables de tu cabeza probablemente no sean nada)

Kazimir

L a Reliquia pulsaba sobre su pedestal improvisado, con un brillo tenue y rítmico que acariciaba mis sentidos como el lento redoble de unos tambores de guerra.

Había elegido esta antecámara estrecha y casi olvidada de nuestra torre para esconder la corona hasta que Arabella y yo estuviéramos preparados.

Ahora, sin embargo, su poder inundaba el espacio con una danza de luces y sombras doradas, las dos energías arremolinándose juntas en una especie de conversación casi consciente.

Rodeé el pedestal, tratando de ignorar la creciente sensación de temor y emoción que sentía en el pecho.

—Tiene más fuerza que nunca —murmuré. Las motas de polvo flotaban en el resplandor del artefacto—. La resonancia volvió a cambiar tras el ritual del Tejido de la Vida.

Arabella se quedó cerca de la puerta, abrazándose el cuerpo con fuerza. Tenía los hombros tan tensos que parecían estar a punto de romperse.

—¿Estás seguro? —preguntó en voz baja—. ¿Crees que es buena idea lanzarse de cabeza a otro ritual después de todo lo que ha pasado?

Dejé de dar vueltas y me volví hacia ella. La luz intermitente marcaba los ángulos de su rostro, creando huecos debajo de sus pómulos. No parecía simplemente precavida, sino atormentada como rara vez la había visto incluso en sus peores momentos.

—¿Se lo está pensando, lady Blackrose? —Traté de suavizar el tono—. ¿O acaso la he dejado exhausta tras nuestras actividades físicas?

Un ligero rubor rosado le tiñó la clavícula, y sentí una familiar oleada de satisfacción al provocar esa reacción en ella. Sin embargo, sus ojos permanecieron fijos en la diadema, ensombrecidos por la preocupación.

—Déjate de bromas, Kazimir. Noto algo raro en la Reliquia.

No se equivocaba. Yo también notaba la diferencia.

Tras el ritual del Tejido de la Vida, ella y yo nos habíamos vinculado de tal forma a la corona que su energía se había convertido prácticamente en una extensión de nuestras almas.

Sin embargo, al oírla admitir que percibía ese cambio inquietante, se me aceleró el pulso sin que pudiera evitarlo.

Me acerqué a ella. Cuando le cogí las manos, las tenía frías.

—Hemos sobrevivido a un asedio, a un espía, a las manipulaciones de tu padre y al desastre de la finca de Morana; es normal que estés nerviosa.

Levantó la mirada hacia mí, escudriñando mi rostro por un momento.

—¿Tú no? Parece que para ti es como otro día cualquiera en la vida de un villano.

Traté de quitarle importancia con una sonrisa.

—Digamos que el caos es mi estado natural. Quizás algún día aprendas a disfrutar de la adrenalina.

Su intento por corresponderme el gesto fue leve y fugaz.

—¿En qué me convierte el hecho de que lo esté disfrutando? —preguntó en voz baja.

—En mi reina —respondí sin pensarlo antes de llevarme una de sus manos a los labios—. Mi cómplice en todos los crímenes de guerra que están por venir.

Esa vez no sonrió. La preocupación se reflejó en sus ojos, una tensión que conocía demasiado bien.

—Kaz —repitió con más insistencia—. Hablo en serio. Algo…

—Lo sé —la interrumpí, dejando caer nuestras manos—. Yo también. Pero no podemos evitarlo para siempre… La Reliquia está lista, y esperar solo la hará más peligrosa. Es para lo que hemos trabajado todo este tiempo.

Sentí cómo me apretaba los dedos mientras la actitud desafiante volvía a apoderarse de su postura al enderezarse.

—Está bien. Hagámoslo.

Nos colocamos en posición, con la corona en el centro, su luz agitada parpadeando como una bestia hambrienta a la espera de ser alimentada.

Acerqué las palmas de las manos y dejé que mi magia rozara la superficie hasta que sentí que las runas de mis huesos cobraban vida.

Arabella hizo lo mismo desde el otro lado.

En ese momento, su presencia se hizo dolorosamente tangible: la pálida línea de su cuello, la determinación de su mandíbula, el miedo agotador que estaba reprimiendo con valentía.

—Concéntrate en las líneas ley —le recordé, fijando la mirada en la suya desde el otro lado del artefacto—. Están ahí, justo bajo nosotros. Un poder bruto que podemos canalizar hacia donde queramos.

Ella asintió con la cabeza, colocó las manos cerca de la corona dorada y llena de sombras, y exhaló.

Yo sincronicé mi respiración con la suya, y el aire se volvió denso por la tensión cuando comenzamos el conjuro.

Las palabras eran más antiguas que la mayoría de las lenguas vivas; habían quedado perdidas en el tiempo hasta que las desenterré de textos prohibidos.

Nuestras voces se entrelazaron en la estrecha habitación, derramando las sílabas en el artefacto para provocar una respuesta.

No tardó mucho. La Reliquia se encendió, el oro y las sombras se entremezclaron violentamente y se fusionaron en un patrón casi hipnótico.

Las runas me quemaban bajo la piel mientras liberaba más de mi magia de dominio y la canalizaba hacia la corona.

Sentí esa oleada salvaje y temeraria que tanto anhelaba.

Me sentía imparable, listo para devorar reinos enteros si así lo deseaba.

El poder de Arabella se unió al mío con una ráfaga feroz, brillante y pura. Antes se había dedicado por completo a la sanación; ahora, ejercía una mezcla letal de creación y destrucción. Nuestro poder combinado se estrelló contra el artefacto.

Entonces escuché un grito en mi cabeza, como si la corona desatara toda la tensión que había sentido en toda mi vida y me la devolviera. El aire vibraba con un zumbido agudo, de esos que duelen en los dientes.

—Está funcionando —conseguí balbucear. Mi corazón latía con una emoción brutal. Era el momento. Toda una vida de búsqueda y maquinaciones, y estaba a segundos de alcanzar el dominio absoluto.

Antes de que Arabella pudiera responder, todo se fracturó.

En un abrir y cerrar de ojos, ya no estaba en la cámara de la torre.

En su lugar, me encontraba en una llanura inhóspita bajo un cielo desprovisto de estrellas.

El suelo parecía obsidiana agrietada y el aire estaba impregnado de una magia antigua que me calaba hasta los huesos. Era un eco de algo que conocía .

Una sombra enorme se extendió por la llanura, imposible de definir en cuanto a forma o dimensión, una especie de vacío devorador más que una criatura tangible. Pero lo más inquietante fue que la reconocí. No solo vi la oscuridad. Sentí su hambre. Su ira. Su soledad aplastante. Porque eran mías .

Yo era la oscuridad.

Entonces la visión me transportó a una escena diferente. Delante de mí había un hombre con expresión estoica y de una nobleza irritante. Sostenía una rosa dorada que brillaba con un resplandor insoportable.

—Esto se acaba ahora —dijo con voz autoritaria—. Ya has consumido bastante, Rey de las Sombras.

Sentí una risa áspera brotar de mis pulmones, pero era extraña, diferente a mi cinismo habitual. Más caótica y brutal.

—¿Crees que puedes detenerme, Soriven? Soy eterno. Soy el vacío que queda cuando todo lo demás se desvanece.

Levantó la rosa. Su resplandor me atravesó, una explosión de agonía que hizo añicos mi esencia.

Acto seguido, aparecieron los grilletes: una luz dorada se enroscó a mi alrededor y me encerró en una prisión.

Grité, aunque no tenía boca; me rebelé, aunque no tenía forma. Desgarrado, remodelado, encerrado.

Pero no destruido. Eso jamás.

Pasaron los años. Dormí. Soñé. De vez en cuando, recuperaba un destello de conciencia. A veces me aferraba a un niño nacido bajo una maldición, impregnado del tono adecuado de oscuridad.

Siempre el mismo ciclo. Crecer. Despertar. El lento resurgir de antiguos recuerdos. Y luego, la muerte. Un final rápido y violento que me devolvía al vacío. Una y otra vez.

Hasta que mi madre, con las manos manchadas de mi sangre mientras grababa runas en mi cuerpo, desató sin saberlo una parte de las cadenas que contenían al Rey de las Sombras.

Ahora comprendía que cada corte formaba parte de un monstruoso rompecabezas que me convertía en el receptáculo perfecto.

No llegaron a romper mis cadenas doradas, pero las agrietaron lo suficiente.

Skyspire apareció en mi mente. Mi bastión de poder antes de que Soriven y su maldita rosa aparecieran. Siempre mío, a pesar de los incontables intentos por arrebatármelo.

Esa revelación me dejó atónito. Yo era el Rey de las Sombras.

Había renacido innumerables veces, cada vez más cerca de recordar, de recuperar lo que me habían robado.

La Reliquia era el artefacto que Soriven había creado para contener mi oscuridad.

Y ahora, por ironía del destino, estaba a punto de liberarla.

Sentí que algo se agitaba en mi interior, una presencia ancestral que se desplegaba con una fascinación letal. Miró a través de mis ojos y la vio a ella . Arabella… La descendiente de Soriven. La legítima heredera de la magia de la rosa, el linaje que me tenía atado. La enemiga.

Un odio inmediato e inhumano rugía en mis venas.

Destrúyela. Consúmela con tu venganza .

Pero me obligué a ignorar esa voz con todas mis fuerzas. Me imaginé el rostro de Arabella, su sonrisa felina cuando me ganaba al golf, su discreta vulnerabilidad cuando me dijo que no se separaría de mi lado. Mi Arabella. No Soriven.

No es mi enemiga, ella lo es… todo. Es mi…

La palabra brotó y me impactó por lo desconocida que me resultaba. Amor .

El Rey de las Sombras contraatacó, alegando que ese apego era una patética debilidad.

Sentí como si mi cráneo fuera a partirse en dos.

Unas cintas de oscuridad cortaban el aire, entremezcladas con fragmentos dorados de magia heroica.

Oí a Arabella gritar mi nombre, aunque no sabría decir si fue en la visión o en la vida real.

Entonces todo se fundió a negro.