76 Afronta los giros inesperados (los calladitos son siempre los peores)
Kazimir
E l cadáver a mis pies aún se retorcía, los últimos vestigios de vida escapaban del cuerpo de Edmund, que yacía tendido en el suelo de madera de la mansión Arvoryn.
No había sido yo quien lo había matado. Ese honor le correspondía a mi esposa, que estaba a mi lado con la palma de la mano aún resplandeciente por la explosión concentrada de magia letal que había canalizado a través de ella.
Su expresión era impasible, pero en sus ojos brillaba la satisfacción.
—Eso por Sims —dijo, con una voz inquietantemente calmada, como quien habla del clima.
La observé durante un momento, más intrigado que sorprendido.
La crueldad con la que había ejecutado a Edmund había sido rápida, eficaz, casi hermosa por sus movimientos precisos.
Había pasado de balbucear una confesión patética a que su corazón se detuviera por completo en un instante.
Sin complicaciones, sin torturas prolongadas, solo un juicio limpio y definitivo. Como ejecución, le daría un diez.
—No volveré a mentirte jamás —le prometí, incapaz de ocultar el orgullo de mi voz.
Arabella flexionó los dedos y la luz dorada se desvaneció al absorber la energía residual de nuevo en su interior.
—Antes de esto hasta me daba pena —dijo, con la voz cargada de arrepentimiento—. Parecía tan oprimido, y encima fuiste y te acostaste con su mujer.
Arqueé una ceja.
—¿Me estás culpando de su traición? No puedo responsabilizarme de todas sus aventuras amorosas.
—No. —Bajó la mirada hacia el cadáver de Edmund y endureció la expresión—. Lo que digo es que me daba pena hasta que él mismo reveló ser el autor intelectual del ataque que mató a nuestra gente y estuvo a punto de destruir todo por lo que hemos trabajado tanto.
«Nuestra gente». «Por lo que hemos trabajado tanto».
La naturalidad con la que pronunció esas palabras me provocó una emoción inesperada, casi como si acabara de dar un trago al mejor brandy en lugar de enfrentarme a las consecuencias de un asesinato.
No hacía mucho tiempo que había sido mi rehén, y me había lanzado una avalancha de improperios mientras me apuntaba con una daga al cuello.
Ahora me apoyaba como una verdadera compañera, ejecutando a mis enemigos como si fueran los suyos propios. Cosa que, en ese caso, es lo que eran.
Le di un golpecito al cuerpo de Edmund con la punta de la bota para confirmar lo que ya sabía: estaba completa e inequívocamente muerto.
—No me esperaba este giro en concreto —admití—. El calzonazos resultó ser la mente pensante.
Llegamos a la mansión Arvoryn esperando encontrar a Morana acobardada o tramando su próximo movimiento.
En cambio, nos recibió Edmund vestido de luto y nos contó una historia de traición y abandono: cómo Morana había huido en cuanto se enteró del fracaso del ataque del Gremio, dejándolo solo para enfrentar nuestra ira.
Había interpretado bien el papel de marido afligido y abandonado, que echaba a los lobos a su traicionera esposa para salvar su propio pellejo. Incluso podría haberle creído si no fuera por el sentido de la verdad de Arabella.
—¿Qué crees que le ha pasado a Morana? —preguntó Arabella, rompiendo mi hilo de pensamientos.
Inspeccioné el gran salón de la mansión Arvoryn y observé que no había señales de lucha.
—Hay dos posibilidades. Edmund se la quitó de en medio para deshacerse de los cabos sueltos o estuvo encubriendo su traición y huyó antes de que llegáramos.
—¿Cuál crees que es?
Me encogí de hombros.
—Si Edmund la hubiera matado, se habría regodeado. Es más probable que ella se diera cuenta de lo que estaba pasando y huyera. Al fin y al cabo, Morana siempre ha tenido un agudo instinto de supervivencia.
Asintió y se alejó del cadáver.
—¿Y ahora qué?
—¿Ahora? —Esbocé una sonrisa siniestra—. Dejamos este desastre para que lo limpie uno de mis secuaces y regresamos a Skyspire. Allí nos espera una corona… y posiblemente un montón de asuntos pendientes.
El viaje de regreso a través del portal fue rápido, pero mi mente iba más deprisa que nuestro desplazamiento. El rey estaba moviendo sus piezas sobre el tablero de forma cada vez más desesperada.
Y según la última confesión de Edmund, una de esas piezas permanecía oculta dentro de Skyspire: un espía con acceso a nuestras áreas más confidenciales.
La descripción que había proporcionado no coincidía con nadie de nuestras filas, lo que sugería que quienquiera que fuera usaba un hechizo de camuflaje.
Habíamos neutralizado una amenaza solo para confirmar que otra acechaba mucho más cerca de casa.
La mano de Arabella encontró la mía cuando salimos a la Isla Portal, apretándola con fuerza como si temiera que pudiera salir corriendo.
—¿Cuánto más sabrá Alquimista? —preguntó ella, dando voz a la duda que me había estado atormentando desde que descubrimos la traición de Edmund.
—Me he estado preguntando lo mismo —admití—. ¿Fue la advertencia sobre tu padre solo un intento de sacarte un favor o una jugada para alejarnos de Skyspire en un momento clave?
La expresión de Arabella se ensombreció.
—No me gusta deberle nada a nadie, y mucho menos a alguien del Sindicato.
—A mí tampoco —acordé—. Y las deudas con Alquimista suelen vencer en los momentos más inoportunos. Tendremos que estar preparados cuando nos la reclame.
Vex nos estaba esperando al otro lado del puente de relámpagos con cara seria.
—¿Y Morana?
—Ha huido —respondí—. Sin embargo, Edmund ya no supondrá un problema.
Vex miró a Arabella y notó algo en su postura o expresión que delataba que ella había tenido algo que ver con su muerte.
—Ya veo —fue lo único que respondió—. ¿Y las fuerzas de Auremar?
—Se retiraron por el paso —dije—. El fracaso del Gremio en Skyspire le ha obligado a reconsiderar su estrategia. Eso nos da algo de tiempo, pero no demasiado.
La expresión de Vex cambió ligeramente.
—¿Y la Reliquia?
Intercambié una mirada con Arabella. Vex no sabía dónde estaba, solo que estaba a salvo.
—Esperando a que tomemos el control total.
—¿Crees que está lista? —preguntó mi mujer.
—Creo que nosotros lo estamos —aseguré—. El ritual del Tejido de la Vida reparó el daño, y nuestro vínculo solo se ha fortalecido desde entonces. Es hora de que usemos su poder.
Vex nos miró a ambos, con una expresión cuidadosamente neutra.
—¿Y después qué?
—Después no importará lo que Auremar o cualquier otro esté tramando —dije con sombría satisfacción.