75 Arrancad confesiones codo con codo (las parejas de villanos comparten aficiones)
Kazimir
A ún trataba de sacudirme el calor fantasma de la piel de Arabella contra la mía que la realidad se empeñaba en exorcizar.
Habían sido tres días sumidos en una recuperación profunda y agotadora donde se desdibujaron el límite entre la vigilia y el sueño, los cuerpos entrelazados y el silencio compartido.
Había sido… placentero. Inmensamente placentero.
Pero el agudo olor a ozono tras el ataque del Gremio, el espacio vacío que antes ocupaba Sims y la innegable puñalada de la traición que se escondía entre esas paredes volvieron a ocupar su lugar en el centro de atención.
La alegría era una bestia efímera.
Thorne había comenzado a ocuparse de nuestros cautivos —de manera eficiente y brutal, según fuera necesario—, pero yo quería a sir Darian Lightbringer, el modelo de cabello dorado y delirios heroicos, solo para mí.
Sentía que mi magia flaqueaba. La batalla me había dejado agotado y me impedía ejercer mi poder de coacción.
Aun así, necesitaba respuestas, y no me importaba lo desagradable que fuera obtenerlas.
Arabella había insistido en asistir a aquel pequeño espectáculo.
En realidad, podría haber reclamado a Lightbringer, pero se había conformado con observar.
Se mostraba tranquila a mi lado, sin que su postura delatara la ferocidad que yo sabía que se escondía bajo esa apariencia.
Pero también era una distracción que ocupaba una parte de mi mente que debería estar centrada en el caballero maltrecho que yacía sangrando en el suelo.
No podía evitar sentirme atraído por ella, pero todo hombre que se precie puede hacer varias cosas a la vez.
Sir Darian estaba arrodillado sobre la piedra resbaladiza, con el rostro ya castigado por los puñetazos, el sufrimiento grabado a base de moratones y cortes.
—Te lo preguntaré de nuevo. —Bajé la voz hasta convertirla en un tono monótono y aburrido, algo que desmoralizaba al enemigo más rápido que un pomposo arrebato de ira—. ¿Qué quiere Auremar de mi esposa?
Escupió una mezcla viscosa de sangre y saliva cerca de mi bota. Una actitud bastante desafiante para alguien que no podía mover la mitad del cuerpo.
—No es tu esposa —dijo—. Es una prisionera. Un juguete.
Prisionera, juguete, novia… Llámala como quieras, hipócrita baboso . Flexioné la mano izquierda y las sombras se reunieron siguiendo mi orden antes de enroscarse alrededor de su cuello hasta que emitió un sonido ahogado.
—Eso sigue sin responder a mi pregunta.
Debería haber sido capaz de doblegarlo más rápido, pero una mezcla vil de convicción sagrada y algo más me impedía acceder a su mente. Quizás fuera la nueva magia de Auremar o los efectos secundarios en mi propia magia tras la batalla. En cualquier caso, reprimí una pizca de frustración.
El rostro de Darian se tiñó de rojo a medida que las sombras apretaban más.
—El rey… Paz… Recuperar a lady Evenfall… —dijo con voz ronca y sofocada.
Le solté el cuello para que pudiera ofrecer una explicación en condiciones.
En su lugar, otra sombra se enroscó en su brazo y se deslizó bajo su túnica andrajosa para clavarse en su piel.
El grito ahogado que brotó de sus labios resonó en las frías y desalmadas piedras.
Arabella lo observaba con expresión impasible. Ni siquiera pestañeó.
—¿Otra vez con propaganda? —dije, apartando ligeramente la sombra—. Estoy harto del discurso oficial del reino. Déjate de rollos heroicos y cuéntame algo útil.
Le extraje una pizca de sangre derretida, una gota espesa que relucía con un brillo aceitoso.
Estaba impregnada de corrupción y zumbaba con un poder disonante.
Me resultaba inquietantemente familiar, como un reflejo distorsionado de mis propias sombras, lo que me indicaba que sin lugar a duda no se trataba de la bravuconería habitual del Gremio.
—Te has estado alimentando de algo interesante —comenté, jugando con el líquido con cierta fascinación—. ¿Magia oscura? Tiene un regusto desagradable para ser de un «héroe». ¿Ahora Auremar se dedica a dopar a sus caballeros?
El miedo finalmente venció su orgullo herido. Se atragantó con una súplica.
—Por favor.
Era un avance. Me agaché para mirarle a los ojos, ignorando el hedor del pánico. Todo su cuerpo temblaba, la abstinencia se reflejaba en cada espasmo.
—Tu sangre heroica está contaminada, Lightbringer. ¿Lo sabías? ¿O siempre lo sospechaste, pero lo aceptaste de todos modos con la esperanza de ganar poder?
Conjuré un fino hilo de sombras, imbuido de un tenue resplandor que imitaba la corrupción de su sangre. El espejismo del alivio.
—Probablemente podría darte lo que necesitas —dije con indiferencia—. Ese poder que tanto ansías.
La esperanza, cruda y fea, brillaba en sus ojos desesperados. Tragó saliva con dificultad, con la mirada fija en el destello de esencia contaminada que giraba en mis dedos.
—Nos prometió… que nos haría fuertes. Pero luego el dolor… es demasiado cuando se pasan los efectos.
Dejé que el remolino negro se acercara. Lightbringer se estremeció, dispuesto a humillarse para volver a probarlo.
—No me extraña que nos atacarais como una manada de lobos rabiosos —comenté—. Háblame del topo, caballero. Alguien dentro de Skyspire os facilitó una vía. ¿Quién fue?
Comenzó a decir:
—Nosotros no… —Volví a clavar las sombras afiladas como agujas y él gritó—. ¡Fichas! ¡Fichas mágicas! Las activamos cuando llegamos a vuestras plataformas elevadoras. Nos permitieron entrar antes de que vuestros guardias nos reconocieran del todo. Pero no esperábamos que vosotros… estuvierais allí.
Fichas de acceso.
El complejo sistema de Griffin, corrompido y vuelto en nuestra contra.
Las fichas de invitado estándar no podían atravesar las barreras del Recinto Sagrado ni conceder acceso a zonas restringidas sin hacer saltar múltiples alarmas.
Eso significaba que alguien con acceso de alto nivel se las había proporcionado.
Alguien que conocía los protocolos de evacuación de emergencia, la red de portales conectados y los puentes de relámpagos.
Alguien que pudiera emitir o duplicar una ficha autorizada para el Recinto Sagrado. ¿Pip? No, cada vez parecía menos probable que hubiera sido un sirviente. ¿Un capitán de la guardia? ¿Uno de los altos cargos? La lista de sospechosos se redujo considerablemente.
Me crucé con la mirada atónita de Arabella. Era evidente que había llegado a la misma conclusión desoladora.
Darian temblaba, con los ojos fijos en la visión de magia corrupta que aún sostenía.
—Por favor —me suplicó—. Solo un poco… No soporto el vacío…
«Solo un poco… No soporto el vacío…». Era patético pero revelador.
El rey había proporcionado al Gremio algo sin lo que no podían vivir, y ahora estaban atados a él gracias a una dependencia que les había creado la magia.
Era brutal pero no especialmente inteligente, teniendo en cuenta que Lightbringer acababa de renunciar a todo por una dosis.
—La vizcondesa Morana —soltó Darian, con el rostro bañado en lágrimas—. Ella nos dejó atravesar el Paso de Arvoryn… sin controles… Teníamos un acuerdo.
Cómo no iba a ser esa zorra carcomida por los celos. Otro cabo suelto más, esperando a que lo corte.
Deseché la oscuridad que había conjurado. Era poco probable que mi coacción, cuando regresara, lograra sacar más información de una mente medio podrida por la adicción. Me alejé de él y me volví hacia Arabella.
—Ya no sirve. Es posible que suelte algo más cuando la abstinencia empiece a hacer mella. Tú decides: ¿lo matamos o lo reservamos para más adelante?
Una determinación fría y pragmática se reflejó en su expresión.
—Enciérralo. Pronto suplicará que lo liberen y tal vez averigüemos algo más. Dejemos que reflexione sobre sus decisiones durante unos días más.
Me encogí de hombros. Dos guardias con armaduras negras emergieron de las sombras más profundas para arrastrar a Darian. Las botas de este rasparon el suelo ensangrentado, dejando tras de sí un rastro de desgracias.
Arabella y yo nos dirigimos hacia la salida, pero al pasar junto a una celda, otra voz gritó:
—¡Arabella! ¡Hija! Tienes que escucharme… ¡Blackrose te ha envenenado la mente! —Atticus Evenfall, desaliñado y medio desquiciado, se lanzó contra los barrotes de hierro, convertido en un espectro pálido y desdichado de lo que había sido—. ¡Él es el villano !
No se molestó en mirarlo. Vi que apretó la mandíbula, pero no dijo ni una palabra.
Le dediqué a Evenfall una sonrisa burlona al pasar. Que se pudriera. Nosotros teníamos asuntos más importantes que atender.
Cuando llegamos al siguiente pasillo, Arabella dijo por fin:
—Nos vamos a Arvoryn. Morana es partícipe de la muerte de Sims y del intento de la nuestra. Quiero estar presente cuando responda por sus actos.
—Sí —dije, fijándome en la actitud decidida con la que levantaba el mentón. Esa determinación inquebrantable solo servía para aumentar mi deseo por ella—. Le haremos una visita a la vizcondesa para recordarle exactamente a quién ha traicionado.