La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 74 Celebra que sigues vivo (la barba de varios días es el look oficial poscatástrofe)
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74 Celebra que sigues vivo (la barba de varios días es el look oficial poscatástrofe)

Arabella

A lgo oscuro y ligero rozó mi piel. Una sombra se deslizó por mi clavícula, de una forma que era a la vez posesiva y juguetona. Permaneció allí, trazando un camino por mi cuello y dejando una estela de piel erizada a su paso. El contacto vibró con un suave zumbido de poder, íntimamente familiar.

Sonreí, con los ojos aún cerrados.

—Kaz.

La sombra se retiró y luego regresó, con deliberada lentitud, recorriendo mi mandíbula. Provocadora.

Abrí los ojos a la fuerza, parpadeando ante la tenue luz que se filtraba a través de las pesadas cortinas.

Kazimir estaba sentado en el borde de la cama, mirándome con una intensidad inquietante.

Sin camisa. Las intrincadas runas grabadas en su pecho y brazos resaltaban de forma llamativa sobre su pálida piel.

Tenía el pelo negro revuelto y una barba de varios días que le oscurecía la mandíbula.

No solo era una barba descuidada, era salvaje. Era peligrosa y estúpidamente sexi.

—¿Cuánto tiempo llevo dormida? —Sentía la garganta como si me hubiera tragado la mitad de los escombros de la torre al derrumbarse.

—Tres días. —Tenía la voz ronca del desuso. El alivio luchaba con otro sentimiento más oscuro en su tono. Gritaba «mía» y «por fin» todo al mismo tiempo—. Hemos estado dormidos casi todo el tiempo.

—Tres días —repetí, obligándome a incorporarme sobre mis codos temblorosos.

Mi cuerpo me gritaba improperios. Entre los moretones, los músculos tensos y el sordo dolor de la magia que recuperaba fuerzas desde el vacío, me sentía más descansada de lo que debería.

Y la agonía se había atenuado hasta convertirse en un latido constante, al menos—. ¿Inconsciente?

Se encogió de hombros, sin apartar la mirada de mí.

—Más o menos. Ayer recuperaste el conocimiento. Bebiste un poco de agua y volviste a desmayarte enseguida. —Una leve sonrisa se dibujó en su rostro. Era evidente que mi breve momento de conciencia no había sido especialmente impresionante—. ¿No te acuerdas?

Negué con la cabeza, buscando en la neblina que había dejado el ritual y el derrumbamiento.

Recordaba que Kazimir me había encontrado y que habíamos hecho el amor bajo las estrellas, pero todo lo que había pasado después de abandonar la árida isla rocosa era una mancha borrosa.

Debíamos de haber caído rendidos nada más llegar.

—¿Cómo estás tú? —le pregunté, apartando la mirada de su torso, que me distraía, y fijándola en la tenue línea rosada que se estaba curando en su frente.

Las peores lesiones parecían haberse curado, dejando solo leves secuelas.

Sin embargo, esa espesa barba incipiente… era nueva. E injustamente atractiva.

—Mejor. Lo que es sorprendente. —Flexionó los dedos, una prueba sencilla. Las sombras se enroscaban alrededor de sus dedos, ya no parecían hilos deshilachados, sino más bien víboras al acecho—. Mi magia se ha repuesto más rápido de lo esperado. La tuya parece… menos agotada.

Me concentré en mi interior, explorando el espacio donde residía mi poder. Sentí un alivio agudo y brillante. No estaba plena, ni mucho menos, pero el aterrador vacío había desaparecido. El pozo ya no estaba seco.

Entonces volvió a invadirme un terror helado.

—¿Y los demás? ¿Vex? ¿Griffin? ¿Thorne?

Se le tensó el rostro, mostrando un destello de algo que en una persona normal podría pasar por empatía. En Kazimir, era una señal de reconocimiento controlado.

—Vivos. Recuperándose. Griffin está catalogando los daños estructurales y tomando nota de las protestas detalladas sobre la mampostería antigua.

Exhalé de forma temblorosa. Pero la peor de las preguntas seguía flotando en el aire.

—¿Y Sims?

La mirada de Kazimir se endureció.

—Su muerte fue rápida, pero se llevó al atacante consigo. —Nos quedamos un instante en silencio—. Le honraremos como se merece. Sin sentimentalismos. Solo… respeto.

Un dolor se apoderó de mí bajo las costillas.

Sims. Su cinismo pragmático, su lealtad inquebrantable hacia ese hombre tan complicado.

Se había ido. La pérdida me afectó de forma inesperada y profunda.

No lo conocía desde hacía mucho tiempo, pero formaba parte de esta caótica fortaleza, del extraño círculo íntimo de Kazimir al que llamaba consejeros.

Respiré hondo, reprimiendo el dolor hasta que pude procesarlo en condiciones.

Kazimir posó su mano sobre mi cadera, cálida y posesiva a través de la fina tela. Bajé la mirada y me di cuenta de que llevaba puesta una de sus camisas ridículamente suaves y grandes. Nada más. El calor me subió a las mejillas.

—Parece que lleváramos años separados —murmuré, inclinándome de forma instintiva hacia su calor, ahuyentando el frío persistente de la pérdida y la muerte reciente—. Aunque solo estuviéramos comatosos uno al lado del otro.

Sus ojos se oscurecieron, y el hambre que siempre le acompañaba resurgió con sorprendente rapidez.

—Llevo despierto una horas —dijo, bajando la voz—. He intentado mantenerme ocupado porque esperar me resulta… desagradable.

Ah. Esa calma depredadora no había sido solo alivio. Había estado esperando . Sentí un pequeño vuelco de nervios en el estómago.

—Ahora estoy despierta. —Recorrí con la mirada su boca y luego bajé lentamente por su pecho—. ¿Qué tiene en mente, lord Blackrose?

Él respondió con una sonrisa de pura malicia, sin tapujos. Hambrienta. Prometedora.

—¿Por qué contártelo cuando puedo mostrártelo? —murmuró, acercándose a mí, invadiendo mi espacio mientras su aroma a tormenta y acero inundaba mis sentidos.

Más tarde, no sabría decir cuánto tiempo después, yacía tumbada sobre las sábanas empapadas de sudor, sin fuerzas y con la cabeza embotada.

Cada centímetro de mi cuerpo vibraba con energía saciada y lánguida.

Kazimir estaba a mi lado, con el pecho subiendo y bajando al mismo ritmo.

Sentía mi cuerpo completa y gloriosamente destruido.

Usado. Reclamado. Ese pensamiento me provocó una nueva oleada de calor.

Permanecer allí, entrelazada con él, dejando que el sueño me volviera a envolver, era tentador de modo peligroso.

Me estiré, dejando escapar un quejido ante la protesta de mis músculos. Me dolía todo, pero era un dolor delicioso.

—Baño —conseguí decir—. Necesito un baño con urgencia.

Kazimir se giró sobre su costado y se incorporó apoyándose en un codo. La sábana se deslizó hacia abajo, dejando al descubierto más de ese torso injustamente perfecto y marcado por runas.

—¿La heroína no puede andar? Puedo llevarte.

Puse mala cara, aunque, siendo sincera, tenía las piernas flojas como fideos pasados.

—Lo que te faltaba era seguir engordando el ego.

Esbozó una sonrisa burlona que se convirtió en otra más amplia y lobuna.

Se puso de pie, totalmente desnudo y sin ningún tipo de vergüenza, me cogió en brazos sin esfuerzo y se dirigió hacia la sala de baño.

Se me escapó una carcajada de sorpresa. Por instinto, le rodeé el cuello con los brazos y apoyé la mejilla contra la cálida piel de su hombro.

Ridículo. No debería sentirme tan… cómoda al ser transportada como un botín de guerra por el aterrador Señor Oscuro. Y hasta segura. Dioses, estaba perdida.

Me dejó con suavidad sobre un banco cerca de la enorme bañera de mármol, en la que probablemente habría cabido una pequeña batalla naval.

Manipuló los grifos ornamentados y vertió aceites que desprendían un embriagador aroma a especias y alguna esencia oscura y floral.

El vapor se arremolinaba a su alrededor, cubriéndolo como si fueran sus propias sombras.

No pude evitarlo. Sonreí.

—¿Se puede saber por qué pones esa cara? —preguntó, volviéndose hacia mí con una ceja levantada.

Sonreí aún más.

—Solo disfruto de esta imagen tan cotidiana. El Azote de Azroth preparando un baño con sales.

Me roció la cara con unas gotas de agua. Grité entre risas cuando volvió a atraparme.

—¡No te atrevas a dejarme caer!

Me atrajo hacia su pecho y me sujetó con mano firme.

—Me he tomado muchas molestias con las sales de baño. Sería una pena desperdiciarlas derramando toda el agua.

De todos modos, me aferré a su cuello, preparándome para que me sumergiera.

Pero en lugar de tirarme, me bajó con cuidado al agua humeante.

Un largo suspiro de satisfacción se me escapó cuando el calor se filtró en mis músculos doloridos, disipando la tensión.

Una delicia. Al momento, se deslizó detrás de mí, su cuerpo se ajustó al mío como si estuviéramos tallados en la misma piedra.

Me rodeó las piernas con las suyas, con su pecho como una sólida pared a mi espalda. Una comodidad pura y lujosa.

Nos sumergimos en silencio durante un rato, los únicos sonidos eran el chapoteo del agua y nuestras respiraciones tranquilas.

Sus brazos descansaban relajadamente alrededor de mi cintura mientras su barbilla sin afeitar reposaba sobre mi hombro.

Era casi algo normal. Lo cual, para nosotros, era tremendamente inusual.

Al final rompió el silencio, rozando mi oreja con sus labios.

—Estoy orgulloso de ti.

Giré la cabeza, parpadeando.

—¿Orgulloso? —Esa no era una palabra que yo relacionara con Kazimir. Posesivo, sí. Impresionado, a veces. Pero ¿orgulloso?

—Luchaste —afirmó con rotundidad, con una intensidad inusual y sin reservas en la mirada—.

Como un gato salvaje acorralado. Y llevar a cabo el ritual del Tejido de la Vida…

—Apretó ligeramente su agarre—. Imprudente.

Demasiado imprudente, maldita sea. —Se detuvo un instante—.

Pero lo lograste. Sobreviviste aprovechando todo ese poder.

Tú sola. —Negó con la cabeza, con una mezcla de asombro y desaprobación—. Es asombroso.

Me subieron los colores a las mejillas. Para mi disgusto, una parte de mí se sintió halagada por su apreciación.

—Esto… —balbuceé, hundiéndome más en el agua—. Todo sucedió muy rápido —admití en voz baja—. No tuve tiempo para evaluar los riesgos.

Sentí cómo su pecho subía y bajaba detrás de mí.

—Lo sé —dijo con voz áspera—. Y me… alivia que sigas aquí para poder evaluar cualquier otra cosa.

Una punzada de dolor me atravesó el corazón. Aquella vulnerabilidad por su parte era más extraña que una tormenta de nieve en el desierto.

Cogió el jabón y la esponja y empezó a enjabonarme la espalda.

—¿Has estudiado el ritual por tu cuenta?

—Sí. —Le expliqué rápidamente cómo había memorizado todo a escondidas, incluso mientras él me presionaba para que aprendiera ese control que tanto necesitaba—.

Sin embargo, en el momento de la verdad no estuve sola —dije mientras él pasaba la esponja por mi pecho.

Me giré para facilitarle el acceso, pero también para poder mirarle a los ojos—.

Sin la ayuda de tu magia no habría podido completarlo.

Le puse la mano sobre el corazón, con los dedos extendidos.

—Podrías haber muerto.

—Improbable —murmuró—. Tenía asuntos pendientes.

Con una sonrisa, le quité el jabón y la esponja y empecé a masajearle el pecho y el abdomen.

—¿Cómo sigue Skyspire? —pregunté, deseando concentrarme en algo que no fuera la forma en la que me miraba.

—Hecho un desastre —confirmó, recuperando el tono cortante de su voz—. La torre este ha desaparecido, claro está. Provocó daños colaterales en los pasillos adyacentes. —Hizo una pausa—. Pero la ciudadela sigue en pie. En su mayor parte.

—¿Y el Gremio?

Las sombras titilaron al borde de mi campo de visión, era el poder de Kazimir agitándose por su enfado.

—Thorne se está encargando de los interrogatorios. Se tomó la muerte de Sims… a lo personal.

Tragué con dificultad. Kazimir colocó la mano sobre la mía para impedir que siguiera bajando.

—Había un topo —continuó con tono más severo—. Les estaba pasando información.

Se me revolvió el estómago.

—¿Quién?

—No está confirmado. Pero Pip desapareció durante el ataque sin dejar rastro.

—¿Pip? —La imagen del joven sirviente nervioso y sincero me vino a la mente. El mismo que parecía realmente aterrorizado por Kazimir, pero que aun así intentaba ser amable—. ¿Crees que es él quien nos ha traicionado?

Me parecía imposible. Descabellado.

Kazimir me apretó la mano antes de soltarla.

—Todavía no lo sé.

Una repentina y gélida sospecha se mezcló con la preocupación.

—No me puedo creer…

Me interrumpió con un largo suspiro.

—Ya lo averiguaremos. Por ahora, la Reliquia está a salvo aquí escondida en nuestra torre privada. Protegida al máximo. Solo tú y yo estaremos al tanto de su ubicación. —Bajó la voz, con tono posesivo y tajante—. No voy a correr riesgos hasta saber en quién puedo confiar.

—Siempre tan estratega —bromeé, deslizando mis dedos húmedos sobre las runas de su pecho—. Incluso mientras te das un baño.

—No me ha ido nada mal siendo un estratega —murmuró, de nuevo con un destello de peligro—. Me ha llevado hasta ti, ¿no?