73 Reclamaos el uno al otro como es debido (ningún artefacto ha sido dañado) #2
Balanceé las caderas a modo de prueba, sintiendo la inconfundible firmeza entre nuestros cuerpos. Él siseó entre dientes y me agarró con fuerza por la cintura. Nuestro beso se volvió salvaje, urgente, feroz, con sabor a sangre, agotamiento y anhelo.
—He imaginado esto cada noche —jadeó entre besos—. Desde aquel maldito día en la biblioteca…
—¿Aquí varados? —bromeé—. ¿Con el culo congelado y Nyx mirándonos cual carabina escandalizada?
Kazimir sonrió mostrando los dientes, con la respiración entrecortada.
—Sobre todo la parte de la carabina.
Un resoplido de Nyx sugirió que no le hacía ni pizca de gracia. Estaba a punto de reírme, pero Kazimir me acarició el pecho con el pulgar y me quedé sin aliento.
—Dime —exigió, con la voz densa por el deseo—. ¿Qué quieres?
—Todo —confesé—. A ti. Entero.
Se le encendieron los ojos.
—Como ordene mi señora.
Me tumbó sobre su abrigo raído, cubriendo mi cuerpo con el suyo. Me besó la línea de la mandíbula, bajando por el cuello, rozándome con los dientes donde sentía latir con fuerza el pulso. Se me escapó un gemido a la vez que le clavaba los dedos en los hombros.
—Demasiada ropa —murmuré mientras forcejeaba con los cordones medio congelados. Me temblaban tanto los dedos que maldije entre dientes.
Él se rio con aire sombrío.
—Estamos impacientes, ¿no?
—Has empezado tú.
Tenía una sonrisa de lo más maliciosa.
—Pues entonces, seré yo quien lo termine.
Con un movimiento rápido, se arrancó los restos de la camisa y la tiró a un lado.
La luz de la luna resaltaba las runas y las viejas cicatrices que cubrían su torso.
Tenía moretones recientes salpicados por todo el cuerpo, y me invadió la ira hacia el responsable de haberlos causado.
Extendí la mano y tracé una runa irregular cerca de su corazón. Parpadeó cuando la toqué.
Se le cortó la respiración. Él hizo lo mismo conmigo: me ayudó a deshacerme de los últimos jirones de tela hasta que quedé desnuda ante el frío aire nocturno. Pero su mirada ardía tanto que prácticamente me quemaba la piel.
—Tócame —jadeé.
Hizo más que tocarme. Sus manos siguieron la curva de mi cintura, el contorno de mis pechos, y encendieron cada uno de mis nervios.
Me arqueé sobre el abrigo con un llanto de necesidad.
Presionó su boca contra mi pecho, moviendo la lengua hasta que empecé a gemir, medio desquiciada.
Su otra mano se deslizó más abajo, arrancándome un jadeo entrecortado al encontrar el calor húmedo que había entre mis muslos.
—Kaz —le rogué, con los muslos temblando contra su muñeca.
Levantó la mirada, intensa y oscura.
—Repítelo, Arabella. ¿Qué quieres?
Una mezcla entre un sollozo y una risa me sacudió.
—A ti. Dentro de mí… ya.
Me dedicó una sonrisa pícara.
—Exigente. Me gusta.
Se echó sobre mí y me besó con vehemencia mientras yo le desabrochaba los pantalones hasta que me ayudó a quitárselos. Por fin, cerré la mano alrededor de su erección, dura, caliente y gruesa. Él emitió un sonido gutural y grave, tensándose.
Cuando entró en mí, sentí que el mundo se tambaleaba. Sentí un dulce ardor a medida que me llenaba. Se me cortó la respiración y las lágrimas me escocían en los ojos por la intensidad del momento. Él inclinó la cabeza y apretó los dientes.
—Dioses, esto es…
—Muévete —le ordené, con las piernas alrededor de su cintura.
Lo hizo, marcando un ritmo que hizo añicos toda noción del tiempo y el espacio.
Nuestros gemidos rebotaban en las piedras, casi ahogados por el aullido del viento.
Unas pequeñas chispas de magia bailaban sobre nuestra piel, formando una luz dorada entremezclada con sombras y tejiendo un vínculo aún más fuerte entre nosotros.
El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en la garganta.
No me quedaba magia que ofrecer, pero la Reliquia parecía latir con ella.
Como si me devolviera una parte de mi poder.
Vi la sorpresa reflejada en sus ojos, igual que la mía.
—No te resistas —logré decir, agarrándole los antebrazos cuando abrió los ojos asustado por la repentina oleada de energía—. Deja que ocurra… juntos.
Asintió frenéticamente. Nuestra magia se entrelazó de inmediato, como un remolino dorado y oscuro. Se derramó en cada embestida mientras la tensión se acumulaba en mi interior, creciendo demasiado rápido. Le arañé la espalda con las uñas y le animé a seguir.
—Arabella —gimió, perdiendo el control. Sus embestidas se volvieron más profundas, más rápidas, más bruscas—. ¿Te corres conmigo?
—Sí —jadeé, sintiendo cómo se tensaba la última espiral en mi vientre—. ¡Ya!
El orgasmo me golpeó con fuerza. Grité su nombre mientras mi cuerpo se sacudía con oleadas de placer y la visión se me nublaba.
Él se tensó y dejó escapar un gemido entrecortado que brotó de su pecho, rindiéndose a su propio éxtasis.
La magia estalló a nuestro alrededor dibujando un arco brillante, y luego se desvaneció en la quietud de la oscuridad.
Se quedó allí, con la respiración entrecortada contra mi cuello y nuestros cuerpos aún unidos. Finalmente, se giró hacia un lado y me atrajo hacia él con fuerza. Me apartó el pelo de la cara con dedos temblorosos. La Reliquia latía con suavidad en mi cabeza, satisfecha por primera vez.
Tenía la voz grave y ronca:
—Nunca quise ningún tipo de compromiso. Pero la idea de perderte… —Tragó saliva con dificultad—. Sin ti, estaría aún más perdido.
Las lágrimas me ardían tras los párpados.
—Kaz… —Apoyé mi frente en la suya, y respiramos juntos en silencio. En su expresión vi demasiadas emociones como para ponerles nombre, pero también una chispa de picardía que hizo que mi corazón volviera a latir con fuerza.
Entonces me besó despacio, con una ternura indescriptible.
Yo le devolví el beso, dejando atrás el miedo, la resistencia y cualquier cosa que no fuera él.
Enamorarse seguía pareciéndome aterrador, pero tal vez hacerlo juntos no era un salto al vacío.
Puede que significara encontrar por fin un terreno firme.