La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 73 Reclamaos el uno al otro como es debido (ningún artefacto ha sido dañado)
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73 Reclamaos el uno al otro como es debido (ningún artefacto ha sido dañado)

Arabella

E l viento gélido se burlaba de mi traje de entrenamiento hecho a medida, aunque estuviera reforzado con magia.

Azotaba con fuerza el desolado bloque de roca que hacía las veces de isla, y encontraba cada rotura y cada parte desgastada de mi equipo.

Aun así, agradecí mentalmente a Kazimir que me hubiera regalado ese traje, ya que me había salvado de morir aplastada antes de poder colocarme la Reliquia en la cabeza.

Me acurruqué junto al tronco de un árbol retorcido y sin vida, con las rodillas apretadas contra el pecho.

Notaba un dolor sordo en la cabeza y la Reliquia me parecía diferente: ya no era el artefacto frío y exigente de antes, sino que vibraba con una corriente de vida tranquila y constante que resonaba en mis huesos. Quitármela me parecía… inadecuado.

A pesar de ese débil resplandor mágico, sentía un cansancio profundo. Cuando intenté aprovechar mi poder para obtener algo de calor, una patética llama titiló en mis manos ahuecadas antes de apagarse. No me quedaban fuerzas.

A través del vínculo, sentí a Kazimir como un eco lejano. Estaba vivo, pero no sabía si estaba enfadado, herido o ambas cosas. Enfrentarme a su ira después de completar el ritual yo sola no sería precisamente una de mis actividades favoritas.

Un chillido agudo atravesó el viento silbante. Sentí un vuelco en el corazón y luché por ponerme en pie mientras todos mis músculos protestaban. Allí, bajo el crepúsculo cada vez más intenso, vi la familiar silueta de Nyx, con sus alas oscuras extendidas mientras volaba en círculos sobre mi cabeza.

El alivio me golpeó con tanta fuerza que casi me desplomo sobre el suelo rocoso.

Nyx aterrizó en cuclillas con un ruido seco de garras y me dio un empujoncito en la mano, ofreciéndome un soplo de aire cálido y esperanzador.

Entonces levantó la cabeza bruscamente, con las orejas aplastadas, mientras un rugido grave vibraba en su pecho.

Detrás de mí, el espacio se abrió.

Un portal se materializó, desprendiendo chispas violetas, y Kazimir atravesó el umbral.

En el instante en que sus botas tocaron la piedra, ese nudo constante de vacío se disipó.

El alivio me inundó con tanta intensidad que tuve que respirar hondo para mantener el equilibrio.

Tenía cortes ensangrentados en la cara y la mandíbula marcada por el cansancio extremo.

Se agarraba un lado como si fuera a desprenderse si lo soltaba.

Parecía destrozado. Estaba fatal. Y era devastadoramente guapo.

—Arabella —dijo con voz ronca por la fatiga y algo dolorosamente crudo.

—Por fin apareces —logré decir. Mi sarcasmo habitual vacilaba al salir de mis cuerdas vocales resentidas.

La comisura de su boca se curvó hasta formar una leve mueca.

—Había un tráfico terrible. Un montón de caballeros estúpidos estaban redecorando mis pasillos con sus tripas.

Entonces chocamos. Puede que yo me moviera primero, o puede que fuera él.

Me rodeó en un abrazo que no parecía tanto de posesión como de alivio desesperado, y yo me aferré a él como si necesitara sentir los latidos de su corazón para mantenerme en pie.

Nuestros corazones latían al unísono, envueltos en un ritmo frenético y desesperado.

—Estás helada —susurró contra mi pelo.

—Y tú estás sangrando —respondí, mirando fijamente el corte que tenía sobre la ceja. Me preparé para recibir una reprimenda por haber llevado a cabo el ritual sola. Pero sus ojos gris tormenta me devoraron sin disimular su alivio, y sin mostrar enfado alguno.

Me tragué mi propio torrente de emociones y presioné una palma temblorosa contra su herida.

—Quédate quieto. —El hilo de magia que ofrecí tejió la piel lo suficiente como para detener la hemorragia. Él inhaló bruscamente, y la gratitud titiló a lo largo de nuestro vínculo.

—No malgastes energía —murmuró, deslizando la mano por mi nuca. Le temblaban los dedos mientras los enredaba en mi pelo.

—Nunca ha sido un malgasto. —Levanté la mirada y susurré—: Has venido.

Una tormenta de emociones le cubrió el rostro.

—Cuando la torre se derrumbó…, apenas podía sentirte. —Tragó saliva y el recuerdo pareció clavarse en él—. Estaba… preocupado.

Aquella pequeña y sincera confesión acabó con las pocas defensas que me quedaban.

—Yo también estaba preocupada por ti —dije con suavidad.

Nos quedamos en silencio por un momento, abrumados por todas las cosas que estaban sin resolver: la fortaleza en ruinas, la batalla que habíamos sobrevivido, los riesgos que ambos habíamos corrido.

—¿Cómo está Skyspire? —conseguí preguntar.

Él apretó la mandíbula.

—En líneas generales, sigue en pie. —El implacable tono de su voz sugería que todo lo demás se había resuelto con la crudeza habitual de Kazimir—.

Aquellos del Gremio que han sobrevivido están reflexionando sobre las decisiones que han tomado en la vida en las mazmorras. Lightbringer te envía saludos.

Una fría oleada de satisfacción recorrió mi cuerpo.

—Bien.

Nyx presionó el hocico contra mi hombro, aparentemente aburrida por nuestra muestra de afecto. El brazo de Kazimir se tensó de forma protectora alrededor de mi cintura mientras yo me tambaleaba, sintiéndome agotada de nuevo.

—Ella me ha guiado hasta aquí —dijo Kazimir, señalando con la cabeza a Nyx.

Le acaricié el hocico a la dragona.

—Buena chica. —Nyx respondió con un leve resoplido con olor a azufre.

Kazimir la observaba con recelo, con el cansancio grabado en cada línea de su rostro.

—Podrías haberte ido con ellos —dijo en voz baja—. Cumplir con el papel de damisela.

Al pensar en volver a Solandris, aislada y encerrada, sentí una oleada de náuseas. Mirando fijamente a Kazimir, le dije:

—Prefiero luchar desnuda contra un kraken que volver a vivir esa vida.

Me apretó la cadera con la mano un poco más fuerte.

—¿Así que eliges ser lady Blackrose? —La pregunta sonó como un desafío… y una invitación. Entonces me di cuenta de que necesitaba oírme decir esas palabras.

El nombre se me quedó grabado con un intenso sentimiento de pertenencia.

—Todavía le tengo que dar una vuelta a las condiciones del puesto —admití—, pero sí. Elijo esto.

Otra violenta ráfaga de viento nos azotó y empecé a temblar. Sin decir nada, Kazimir se quitó el abrigo raído y me lo puso sobre los hombros. Olía a él: a acero, magia oscura y sangre seca. Me abrigué con él.

Recorrió con la mirada el paisaje desolador.

—No me queda fuerza suficiente para formar un portal estable. Nos quedaremos aquí hasta el amanecer.

Asentí con la cabeza, con todo el cuerpo hundido bajo nuevas oleadas de fatiga.

Nos dirigimos al árbol retorcido, donde prácticamente me derrumbé contra la áspera corteza.

Él se acomodó a mi lado, con nuestros hombros rozándose.

Nyx extendió su ala para protegernos del viento.

Su proximidad nos proporcionó el calor que da el fuego, y suspiré aliviada.

El breve silencio se llenó con el aullido del viento y los ocasionales resoplidos de Nyx. Las estrellas lejanas atravesaban la oscuridad, frías e indiferentes.

—No dejaba de luchar contra ello —dije después de un momento, con la voz apenas audible por el viento—. Contra esto… Sea lo que sea que hay entre nosotros.

Él se tensó a mi lado. Yo tragué saliva y continué:

—No porque no lo quisiera. Dioses…, decir que lo quería es quedarme muy corta. Me aterrorizaba la idea de entregarme por completo a ti… De no saber qué sería de mí si no estuviera discutiendo contigo constantemente.

Durante unos segundos, no dijo nada. Luego habló en voz baja:

—Entiendo ese miedo.

Me volví hacia él, hacia su silueta, cuyos rasgos angulosos destacaban bajo la tenue luz de las estrellas.

—¿Sí?

Él asintió.

—Me enseñaron que el poder exige aislamiento, que los vínculos afectivos se convierten en una carga. —Su tono denotaba un ligero resentimiento.

Me dolía el pecho al pensar en los horrores que lo habían moldeado de esa manera. Le tomé la mano y entrelacé nuestros dedos, notando lo fría que estaba su piel.

—Estaban equivocados.

Me miró con un atisbo de esperanza frágil.

Me aclaré la garganta, tratando de no ahogarme en aquellos ojos hipnotizantes.

—Antes pensaba que la vulnerabilidad era sinónimo de debilidad, que preocuparse por alguien era como regalarle una daga para que te apuñalara por la espalda.

Pero después de todo…, de luchar contra ti, por ti y contigo…

No me siento más débil, Kazimir. Me siento…

—La palabra se me atascó en la garganta—. Más.

Buscó mi mirada.

—Igual que yo —susurró con tono vacilante—. Y me asusta más que enfrentarme a todo un ejército de caballeros con ínfulas.

Esbocé una sonrisita.

—¿El infame Señor Oscuro Kazimir Blackrose amedrentado por las emociones?

Dejó escapar una breve carcajada.

—Que los dioses me libren de que esto llegue a oídos de Vex.

—Haría apuestas con Griffin y después te daría lecciones sobre abrirte emocionalmente —comenté con tono seco.

Levantó la mano para tocarme la barbilla, y me inclinó la cabeza para que lo mirara a los ojos. Ese simple contacto despertó el fuego en mis venas.

—Quizás —dijo en voz baja, acariciándome los labios con el pulgar—, solo esté dispuesto a abrirme contigo.

El calor se encendió en la parte baja de mi vientre.

—¿De verdad? —pregunté, bajando la voz en tono desafiante.

Él se inclinó hacia mí, invadiendo lo que quedaba de mi espacio personal.

—De verdad.

Cuando sus labios finalmente se encontraron con los míos, el beso comenzó de forma suave y cautelosa…

Para luego convertirse en algo más intenso.

Me invadió una sensación de alivio total y abrumador.

Le rodeé el cuello con los brazos y sentí la Reliquia apretándose contra mi frente mientras me perdía en él.

Gimió en mi boca, acercándome hasta que acabé sentada en su regazo, a horcajadas sobre él. Mis músculos protestaron por el movimiento, pero mi cuerpo se negó a prestarles atención. Por encima del viento, le oí murmurar mi nombre, con voz áspera y llena de deseo.