La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 72 Sobrepasa tus límites (los señores oscuros no mueren hasta que encuentran a sus damas)
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72 Sobrepasa tus límites (los señores oscuros no mueren hasta que encuentran a sus damas)

Kazimir

A travesé la garganta del estúpido héroe con mi daga. Abrió los ojos como platos, sorprendido de esa forma tan típica y digna con la que suelen morir los héroes, como si no lo hubieran visto venir. Sin embargo, apenas fui consciente de que lo había matado.

Mi concentración pendía de un hilo, dividida en mil direcciones.

Cada rincón del patio rebosaba de caos, y la magia latía con fuerza a través del entrelazamiento que me unía a Arabella.

Estaba intentando llevar a cabo el ritual del Tejido de la Vida, cómo no.

Más allá de mi propio terror desesperado, su voluntad retumbaba a través de nuestro vínculo, alimentándome incluso cuando parecía que iba a acabar conmigo.

Arranqué la hoja de un tirón. El cadáver del guerrero del Gremio se desplomó sobre la piedra con un sonoro gorgoteo.

Mis huesos palpitaban al ritmo de la poderosa oleada de energía que provenía de Arabella.

Estaba canalizando su propia fuerza vital hacia esa maldita Reliquia y, de alguna manera, seguía reforzándome a través de nuestra conexión.

Odiaba imaginar lo alto que sería el coste para ella.

Un segundo necio del Gremio se abalanzó sobre mí.

Siseé una orden y mis guerreros de sombras lo destrozaron antes de que pudiera pestañear.

Normalmente, me producía cierta satisfacción verlos devorar a mis enemigos, pero apenas presté atención a las salpicaduras de sangre.

En cambio, me tambaleé cada vez que una nueva oleada de desesperación de Arabella me desgarraba las entrañas, retorciendo mis runas de puro dolor.

La ciudadela tembló con tanta fuerza que me castañearon los dientes.

Tropecé hacia atrás y volví la mirada hacia la torre este.

Tenía que llegar hasta ella, para detenerla o ayudarla, para hacer cualquier cosa menos quedarme allí parado.

Otro temblor fracturó la piedra. Di dos pasos antes de que Thorne me agarrara del brazo.

—¡Mi señor! ¡La torre se está derrumbando!

Lo aparté de un codazo agresivo.

—¡Está ahí dentro!

El pánico se apoderó de mí. Lancé una oleada de fuerza que hizo que Thorne se tambaleara y salí corriendo.

Entonces el arco que tenía delante se partió en dos, dejando al descubierto el precipicio infinito que había bajo Skyspire.

Estuve a punto de caer al vacío. Thorne me empujó hacia atrás justo cuando la torre soltó un último y violento gemido y se derrumbó, piso a piso.

Una ira fría y letal se apoderó de mí. Miré a Thorne con los ojos inyectados en sangre, jadeando con dificultad.

—¿Qué has hecho?

Tenía una expresión sombría bajo los regueros de sangre.

—Mi señor, si siguiera viva, el entrelazamiento se lo diría…, ¿no?

Tenía razón. Aún sentía ese vínculo a través de una neblina de dolor inconcebible, pero seguía ahí. Si se hubiera marchado por completo, lo habría notado. Así que tenía que seguir respirando. No había otra opción.

El polvo que flotaba en el aire lo cubría todo. La torre había desaparecido y ahora era solo un cráter irregular. Me negaba a creer que estuviera enterrada debajo.

Thorne tosió.

—Las fuerzas del Gremio se están dispersando. Necesitamos órdenes.

Órdenes. Claro. Me obligué a pensar como un señor de la guerra otra vez, aunque sentía un nudo en el pecho.

—Tomad prisioneros y metedlos en las mazmorras. Todos los demás, buscad a lady Blackrose. Destruid la fortaleza si es necesario.

Asintió con la cabeza bruscamente y salió corriendo, dando órdenes a gritos.

Yo avancé a trompicones, ignorando el dolor punzante en el costado.

A mi alrededor había pasillos derrumbados, hierro retorcido y una carnicería sangrienta.

Mis guerreros de sombras parpadeaban en los bordes de mi campo de visión, desvaneciéndose a medida que yo me debilitaba.

Griffin estaba de pie junto a un montón de escombros, con la mitad de la cara quemada. Cuando me vio, se tambaleó hacia delante, apoyándose en un pilar destrozado.

—Han utilizado algún artefacto para incapacitar nuestras defensas —dijo—. He conseguido dejar fuera de combate a uno de sus magos, pero…

—Después nos preocupamos por eso —espeté, andando a pasos forzados—. ¿Has visto a Arabella en alguna parte?

Él negó con la cabeza a modo de disculpa.

—No. ¿Estará en el observatorio?

—Vente conmigo.

Avanzamos con dificultad entre más escombros y gruesas capas de polvo.

La cúpula del observatorio se había agrietado como una cáscara de huevo, y los cristales que alimentaban los puentes de relámpagos parpadeaban.

En el suelo yacía inconsciente sir Darian Lightbringer, cuya adorada rectitud le había fallado al intentar manipular los escudos.

Una risa áspera se escapó de entre mis labios.

—Está vivo. Por desgracia para él. —Lo amarré con un remolino de sombras—. Dejaré que mi esposa decida su destino.

Me dolían las costillas con cada respiración.

Había hecho algo descabellado y yo debería haberla protegido de tomar esa decisión.

Ahora sentía su presencia revoloteando a mi alrededor.

Me mantenía en pie, pero a duras penas. Me tragué una maldición e ignoré las filas de soldados heridos que se tambaleaban por los pasillos destrozados.

Me llovían informes de todas partes: no había rastro de Arabella ni aquí, ni allá ni en ningún sitio.

Parte de la fortaleza se había derrumbado y se había convertido en un montón de escombros intransitables.

El pánico que se apoderaba de mí amenazaba con estallar.

La siguiente a la que me encontré fue a Vex. Estaba magullada y le faltaba el aire, pero seguía viva. Miró a mi alrededor como si esperara encontrar a Arabella a mi lado.

—Skyspire está prácticamente bajo control. Hemos ido capturando o matando a todos los miembros del Gremio que hemos encontrado. No hay rastro de ella por ninguna parte. —Noté un ligero temblor en su voz—. ¿Y la Reliquia?

—Puede que restaurada, puede que destruida, no tengo ni idea. —Sentí un nudo en el pecho—. Pero a ella puedo sentirla.

Vex se quedó en silencio, con la mirada fija en mí y una inquietante mezcla de simpatía y temor.

Intentando no hacerla pedazos por pura frustración, miré más allá de la ventana del observatorio.

A través de la penumbra, vislumbré la oscura silueta de Nyx atravesando las nubes, dirigiéndose hacia un fragmento de roca flotante lejano, uno que se cernía más allá de los puentes habituales cuando estos funcionaban.

—Griffin —bramé, señalando la consola de cristal parpadeante—. Hazme un puente. Está buscando a Arabella.

Él hizo una mueca.

—Está destrozada, mi señor. Necesitaría horas.

—Entonces, abriré un portal. —No era difícil si estaba dispuesto a arriesgarme a borrar hasta la última runa grabada en mi cuerpo. Ignoré la nueva ráfaga de mareo.

Vex se colocó delante de mí con los brazos extendidos.

—Es un suicidio —me advirtió—. ¿Cómo le digo que acabaste muerto por intentar hacerte el héroe?

Una risa burlona se escapó de mi garganta mientras levantaba las manos para lanzar el hechizo. Necesitaba la ira para seguir adelante.

—Dile que estaba preocupado por la Reliquia —gruñí—. Puede que eso le saque una sonrisa.

Forzando cada gesto y cada palabra, sentí el sabor de la sangre mientras respiraba pese al agudo dolor que sentía en los pulmones.

El portal se abrió ante mí con un crujido, un salvaje remolino de manchas violetas y negras que me ardían en las palmas de las manos.

Las rodillas me fallaron y oí a Vex gritar mi nombre alarmada.

Me lancé de todos modos. El dolor recorrió cada nervio cuando esa sensación desesperada y obstinada explotó en mi pecho. Mantente con vida, Arabella. Ya voy .