71 Rozad la muerte juntos (es algo romántico, ¿estamos?)
Arabella
H abía planeado este momento desde la primera vez que vi ese maldito ritual.
Incluso después de que Kazimir se negara en rotundo a ponerme en peligro, las instrucciones del Tejido de la Vida no dejaban de rondarme la cabeza.
Mientras él se ocupaba de consejos de guerra y experimentos clandestinos, yo devoraba cada página de aquel antiguo texto, memorizando las runas en los breves descansos entre nuestros percances.
Hasta practiqué a escondidas mi precisión y control, decidida a convertirme en una experta… por si acaso.
Ahora, el resplandor ámbar de la Reliquia del Dominio parpadeaba como un latido débil. La grieta que la atravesaba se había extendido desde la última vez que la vi, y unos hilos de magia negra y aceitosa se filtraban por la fisura, como si el artefacto estuviera sangrando.
El dolor de Kazimir se propagaba a través de nuestro entrelazamiento mágico: él estaba en algún lugar más abajo, con el cuerpo a punto de colapsar mientras los supuestos héroes descargaban sobre él su furia justiciera.
Cada pulso de sufrimiento se clavaba como una lanza en mis nervios, pero me obligué a tragarme el miedo.
—No voy a permitir que mueras por esto —susurré, aunque no lo decía solo por él, sino por mí también.
Al otro lado de los muros de la torre, se oían el choque del acero y el crepitar de los hechizos, que se fundían hasta formar un estruendo ensordecedor.
Otro temblor sacudió el edificio. El polvo quedaba suspendido en el aire al desprenderse de las piedras.
El corazón se me encogió cuando sentí una nueva oleada de dolor que provenía del vínculo, lo que significaba que Kazimir estaba pasándolo muy mal.
Aparté la mirada del caótico remolino de magia el tiempo suficiente para coger un tintero sin tapa de lo que quedaba de la mesa de trabajo de Griffin.
Me temblaban las manos cuando me agaché junto al pedestal de la reliquia y empecé a dibujar amplios círculos de runas que se enroscaban alrededor de la base: símbolos de fuerza vital, de unión, de sacrificio.
Me sabía de memoria cada línea, como si las conociera desde siempre.
Siete runas rodeaban el pedestal formando arcos perfectos. La octava, la más grande de todas, se extendía justo debajo de la reliquia, lo que me obligaba a contorsionarme torpemente para no rozar por accidente el artefacto. La tinta me manchó los dedos y la ropa de entrenamiento.
Entonces oí un rugido que sacudió las piedras.
Otro temblor casi me derribó. La nueva oleada de dolor de Kazimir atravesó el vínculo con la afilada fuerza de una cuchilla, y noté que la visión se me nublaba peligrosamente.
Me mordí el labio para contener un quejido y me esforcé por mantener la calma.
No hay tiempo que perder .
Con las palmas presionadas contra las runas, comencé a recitar palabras antiguas.
Me temblaba la voz, pero las frases brotaban solas de mi memoria.
Un silencio se apoderó del pedestal, seguido de un resplandor dorado que se extendió por cada línea ondulada hasta que toda la secuencia brilló con una luz resplandeciente.
El alivio y el miedo se enredaban en mi pecho. Mi magia reconoció los sigilos; mi sangre heroica respondió. El aura ámbar de la reliquia parpadeó, desincronizada con el círculo dorado, pero seguí recitando cada frase hasta que me dolió la garganta.
Al pronunciar la última palabra, golpeé con fuerza el anillo rúnico.
El poder me inundó, un torrente de magia pura que me abrasó cada nervio.
Jadeé, con la espalda arqueada por el dolor, mientras un hilo de luz dorada brotaba de mi pecho hasta la corona, uniéndonos mediante un único y ardiente cordón.
Esa conexión hizo que la Reliquia cobrara vida en mi mente: antigua, maltrecha y hueca por la grieta que la atravesaba.
A través de ese vínculo resplandeciente, percibí el estado dañado del artefacto mientras los bordes de la fisura palpitaban como una herida abierta.
Toda la torre crujió, como si se opusiera a mi intromisión.
Seguí adelante, canalizando mi fuerza vital a través del vínculo. El texto advertía que este ritual exigiría un gran sacrificio. Recé para que no me matara, pero una vez iniciado, ya no había vuelta atrás. La Reliquia drenaba mis fuerzas a toda velocidad.
¿Cuánto más necesita? Se me nubló la visión. Parecía no tener fin.
El pánico de Kazimir se propagó a través de nuestro vínculo. Se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Sentí el oscuro remolino de su magia de dominio mientras me transmitía su fuerza, a pesar de que podría estar desangrándose allí abajo.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Idiota —susurré con la garganta apretada—. Glorioso y terco idiota.
Dejé que su poder de dominio se entrelazara con mi magia heroica, canalizando ambos hacia ese brillante cordón de luz.
El aura ámbar de la reliquia brilló al mismo tiempo, con tanta intensidad que casi eclipsó todo el círculo rúnico con su resplandor.
Observé cómo los bordes comenzaban a fusionarse, uniéndose de nuevo, en el lugar donde la fractura había dividido el metal.
Abajo, el ruido se volvió ensordecedor. La torre se sacudió sobre sus cimientos, las vigas se astillaron y las piedras se convirtieron en escombros.
Sentí que la magia de Kazimir se debilitaba; estaba perdiendo fuerzas.
Me aferré al control que me quedaba y lancé toda mi fuerza vital contra el artefacto.
Una última explosión de luz estalló entre la Reliquia y yo, retorciéndome el alma como si fuera un trapo empapado.
Entonces, de repente, la fractura se fusionó, dejando solo metal intacto en su lugar.
La reliquia brillaba, por fin estable…, pero no pude saborear la victoria.
Me caí hacia delante y me golpeé la frente contra el pedestal.
El alivio de Kazimir me invadió, seguido inmediatamente por un nuevo temor cuando otra violenta explosión sacudió los pisos inferiores de la torre, haciendo que toda ella se estremeciera.
Intenté levantarme, pero no podía estirar las piernas.
Me sentía aturdida, casi sin fuerzas. Y, de todos modos, ya era demasiado tarde.
La torre se estaba derrumbando. Extendí los brazos en un intento desesperado por encontrar algo que me impidiera caer al vacío.
El suelo se inclinó. La piedra, el mortero y una arquitectura de siglos de antigüedad emitieron un último y tortuoso gemido.
Tuve un momento de lucidez en el que comprendí que nada podría salvarme. La torre se derrumbaba sin remedio y yo estaba atrapada. Extendí la mano, agarré la Reliquia recién restaurada y la apreté contra mi pecho.
El suelo se derrumbó bajo mis pies. Un grito desgarrador se atascó en mis pulmones.
A través del vínculo, sentí el terror descarnado de Kazimir, que se hacía eco del mío.
Mi mundo giró en una tormenta de polvo, destellos dorados y piedras que se derrumbaban.
El vínculo entre Kazimir y yo se estiró hasta alcanzar una finura imposible. Pero no se rompió.
No me quedaban fuerzas. El único pensamiento que se me pasaba por la cabeza, presa del pánico, era usar la Reliquia. Era la última defensa que me quedaba.
La agarré con dedos temblorosos y me coloqué la reluciente corona en la cabeza mientras los restos de la torre me engullían bajo una avalancha de truenos y piedras.
Entonces me sumergí en la oscuridad.