70 Descubre su lado oscuro (y reconoce que te gusta)
Arabella
O bservé con horror cómo Kazimir se desplomaba a mis pies, con cada centímetro de su cuerpo retorciéndose como si un dios vengativo hubiera descargado su ira sobre él.
Un grito desgarrador brotó de su garganta, un alarido animal tan primitivo que me dieron ganas de taparme los oídos con las manos.
Las runas grabadas en su piel brillaban con un color violeta oscuro y latían descontroladas.
—¡Kazimir! —Me tiré de rodillas y lo agarré para que no se partiera la cabeza contra el suelo de piedra.
En el instante en el que mis manos tocaron sus hombros, una descarga eléctrica me recorrió los brazos, un dolor tan agudo que me arrancó un grito de los pulmones.
Nuestro vínculo nos unió, inundando mis nervios con cada gota de su sufrimiento.
Era como si miles de agujas ardientes se clavaran en mis huesos.
Volvió a soltar un grito desgarrador, con los ojos vueltos hacia atrás hasta que solo veía el blanco entremezclado con venas negras.
Una presión se apoderó de mi cráneo: era su dolor, el mío o ambos.
Ya no lo sabía. Me negué a soltarlo incluso cuando mi instinto me gritaba que lo hiciera.
Era Kazimir, el hombre al que no podía soportar perder.
Aunque me supusiera un sufrimiento insoportable, lo sostendría.
Detrás de nosotros, Vex se encontraba junto a la puerta, con las dagas chorreando sangre recién derramada.
—Lleva un tiempo excediéndose —dijo con voz tensa—. Nunca descansaba cuando debía.
Me quedé mirando su rostro contorsionado, con el corazón latiéndome con fuerza debido al miedo. ¿Cuánto dolor se había estado guardando? En todas las veces que habíamos discutido sobre ello durante las últimas semanas, nunca había imaginado que estuviera sufriendo tanto.
—¡Haz algo! —le grité a Vex, hirviendo de rabia y desesperación.
—Yo no soy sanadora —me respondió en voz baja—, pero tú sí, mi señora.
Cierto. Era sanadora. En realidad, algo más que eso. Y la nauseabunda oleada de dolor que martilleaba mi mente me decía que se trataba de un desbordamiento mágico. Si usaba el entrelazamiento que nos unía, tal vez podría absorber parte de su agonía.
Apreté los dientes y me obligué a abrir aquel vínculo. Una horrible oleada de dolor se derramó como un torrente de hierro fundido inundando mis venas. Durante un angustioso instante, temblé al borde del desmayo. Entonces clavé las rodillas en la piedra y aguanté.
Percibía los sonidos como si estuviera bajo el agua.
El mundo entero se redujo a un dolor abrasador en mi cabeza y a la visión de las convulsiones de Kazimir, que finalmente remitieron.
Su respiración se estabilizó, y las jadeos entrecortados se convirtieron en respiraciones más profundas.
Las runas de su piel perdieron aquel resplandor ardiente y se convirtieron en un tenue destello.
Por fin abrió los ojos.
—Arabella… —dijo con voz rasposa. Sonaba desgarrada, quebrada por la fuerza de sus gritos.
—No hables —conseguí decir en un murmullo ronco. El dolor todavía palpitaba en mis músculos, pero me aferré a él decidida a soportarlo—. Cállate y déjame ayudarte un momento.
Lentamente, temblando por el esfuerzo, se incorporó apoyando todo el peso en mi hombro. Me tambaleé por su peso. Aun así, me aferré a esa energía palpitante que había en su interior, suavizando sus aristas más afiladas.
Una explosión retumbó a lo lejos, haciendo temblar las paredes de la ciudadela. Se oyeron gritos en algún lugar más allá del pasillo. Se me revolvió el estómago por el miedo. Aquel lugar se había convertido en mi hogar, y era mi gente la que estaba siendo atacada por esos supuestos héroes.
—Kaz —dije apremiante, con voz ronca—. La Reliquia. Si se hacen con ella…
—No lo harán —gruñó, aunque prácticamente se desplomó contra mí. Otro violento estruendo en algún lugar por encima de nuestras cabezas hizo que cayera polvo del techo.
Vex recorrió con la mirada el pasillo, con las dagas en alto.
—Tenemos que llegar hasta allí. Si la torre colapsa, o si traspasan las protecciones…
No me podía creer que hubiéramos dejado aquel artefacto en una torre medio derrumbada.
—¿Por qué no la hemos movido de sitio?
—Por los hechizos protectores —murmuró Kaz, apoyándose en mí—. Construimos esa sala específicamente para protegerla. Incluso aunque Skyspire se venga abajo, esa cámara es la más segura.
Una tercera explosión sacudió el pasillo y apreté la mandíbula.
—Vámonos. Hay varios héroes a los que me gustaría destripar personalmente.
Con Vex a la cabeza, ayudé a Kazimir a avanzar cojeando.
Me rodeaba los hombros con el brazo y con cada paso su peso me aplastaba.
Tenía los sentidos en alerta máxima y la adrenalina me obligaba a adaptarme a la constante quemazón de su dolor.
Por muy aterrador que fuera, no quería soltarle.
No cuando sabía lo cerca que estaba de perder el control.
El pasillo estaba atestado de cuerpos; algunos muertos, otros agonizando. Las asfixiantes espirales de magia y el hedor de la sangre no dejaban de acelerarme el pulso. Notaba el pecho oprimido.
Casi habíamos llegado a la torre este cuando una docena de asaltantes del Gremio doblaron la esquina. Sin pensarlo dos veces, Vex se lanzó hacia delante, con sus dagas relucientes.
—Vete —bramó—. Yo me encargaré de ellos.
—Son demasiados —me quejé.
—Coge la Reliquia —insistió con vehemencia—. Y mata a cualquier desgraciado que se atreva a tocarla.
Me tragué las ganas de rebatir. Kazimir tiró de mí hacia el lado contrario y yo me obligué a moverme. Los gritos de batalla de Vex estallaron detrás de nosotros, seguidos por los alaridos de pánico de los miembros del Gremio.
Kazimir me guio a través de un pasillo para sirvientes oculto tras un tapiz raído.
El estrecho túnel olía a polvo y aire viciado.
Tropezó contra las paredes angostas y sentí cómo cada paso repercutía en nuestro entrelazamiento, un tirón nauseabundo que me hizo tambalearme también.
Me concentré en estabilizarlo, canalizando toda mi energía para aliviar su sufrimiento.
Salimos al patio este, a la sombra de la torre. Se me encogió el estómago al ver a otros tres miembros del Gremio esperando con los bastones en alto. Divisaron la silueta inconfundible de Kazimir, me reconocieron a su lado y se irguieron con fervor justiciero.
—Señor Oscuro —gruñó una mujer canosa—, ¡tu reinado del terror termina en este momento!
Kazimir soltó una risa casi desquiciada.
—Putos héroes —dijo con voz ronca.
—Al menos vienen ataviados para la ocasión —murmuré, avanzando a pesar del cansancio que me invadía las extremidades—. No podéis entrar por la fuerza y matar gente, para luego fingir que sois moralmente superiores.
Ella me miró con ira.
—Lady Evenfall, por favor, apártese. Vamos a liberarla…
—¿Liberarme de la única persona que me ha enseñado a controlar mi poder? —La rabia inundó mis venas—. Ahorraos el discurso moralista. —Chasqueé los dedos y envié una ráfaga de magia curativa invertida que agrietó la piedra a los pies de la mujer. Ella retrocedió tambaleándose.
Kazimir aprovechó la oportunidad. El vínculo entre nosotros latía por el cuidadoso intercambio de energía.
Sus sombras se extendieron en forma de ola negra.
La anciana siseó, tratando de repelerlo.
Otra se abalanzó sobre la espalda desprotegida de Kazimir, pero yo la intercepté, formando una daga de sombras y bloqueando el cetro.
El impacto provocó una lluvia de chispas.
Ella lanzó un rayo de luz hacia Kazimir justo cuando aparté la daga y le aplasté la garganta con la mano.
Nada de ilusiones en esta ocasión. Dejé fluir mi magia letal. Ella se quedó rígida, con los ojos muy abiertos, y luego se desplomó. Se me revolvió el estómago al ver lo fácil que había sido. Otra parte de mí se regocijaba por el poder, una satisfacción salvaje por haber sobrevivido.
Kazimir acabó con otros dos atacantes con una velocidad brutal. La última mujer intentó asestarle un último ataque con el cetro, pero la lanza de sombras de Kazimir la atravesó con un sonido húmedo y repugnante.
El gemido ahogado hizo eco y luego se apagó. El patio se quedó en silencio, salvo por nuestras respiraciones entrecortadas. Kazimir casi se cae al suelo, pero lo agarré.
Me dedicó una sonrisa cansada y delirante.
—Ahora mismo estás muy sexi.
El corazón se me contrajo.
—Céntrate, capullo. La torre. —Si me dejaba llevar por su cumplido, podía venirme abajo.
Seguimos avanzando, sin prestar atención al caótico revuelo que se estaba produciendo a nuestras espaldas.
Las puertas dobles de la torre este seguían en pie, aunque una nueva horda de tropas del Gremio se acercaba a toda velocidad.
Kazimir me empujó hacia delante, con los ojos encendidos por una determinación febril.
—Vete —gruñó—. Coge la Reliquia. Si se hacen con ella…
—No —susurré, apretando el brazo alrededor de su cintura. Me parecía injusto dejarlo allí como una bestia acorralada.
—Ya, Arabella —me ordenó con la voz quebrada. Como para reforzar su argumento, tres caballeros magos irrumpieron en el patio, con espadas y hechizos relucientes.
Odiaba aquello con todas mis fuerzas, pero sabía que Kazimir estaba en lo cierto. Si conseguían llegar hasta la Reliquia, estaría muerto de todas formas. Apretando los dientes, lo agarré por el cuello de la camisa y aplasté mi boca contra la suya para darle un beso salvaje.
—Ni se te ocurra morirte —susurré contra sus labios. Me temblaba todo el cuerpo.
Exhaló con fuerza, en lo que podría haber sido un suspiro de alivio o de deseo. Entonces me aparté de él, salí corriendo por las puertas de la torre y las cerré de un empujón. La cerradura encajó con un ruido sordo. A pesar de los hechizos protectores, no aguantaría mucho tiempo.
En el interior, la escalera de caracol estaba medio derrumbada. Ya había subido antes con la ayuda de Kazimir, pero ahora tenía que hacerlo sola. Me daba vueltas la cabeza, mis músculos pedían a gritos un respiro y todavía sentía en la sangre las secuelas de su dolor. Avancé a duras penas.
Donde los escalones se habían desprendido, conjuré plataformas de sombras temblorosas para saltar los huecos.
Di gracias a los dioses porque Kazimir me hubiera obligado a practicar.
Cada vez que vacilaba o tropezaba, imaginaba su rostro contorsionado por el dolor.
Me juré que no dejaría que muriera defendiendo un cacharro inútil si podía evitarlo.
Parecieron horas, pero en realidad solo fueron unos instantes los que tardé en llegar a la gran sala de la parte superior.
El resplandor ámbar de la Reliquia parpadeaba de forma errática, como si estuviera afligida.
Las paredes temblaban debido a los repetidos ataques que se producían abajo, y las grietas se extendían por las piedras.
Me agarré las costillas, tratando de calmar los latidos atronadores de mi corazón.
Recorrí la habitación con la mirada. Si fracasaba, si el Gremio destruía la Reliquia o la manipulaba para sus propios fines, Kazimir no sobreviviría.
No podía perderlo ahora que por fin había admitido lo mucho que lo necesitaba.
Por poco se me doblan las piernas, pero me obligué a mantenerme en pie. Solo quedaba una opción para salvarnos a los dos.
Y yo me encargaría de llevarla a cabo.