La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 69 Ahuyenta a los caballeros de brillante armadura (tu esposa no necesita que la salven, gracias)
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69 Ahuyenta a los caballeros de brillante armadura (tu esposa no necesita que la salven, gracias)

Kazimir

O bservé a Nyx volar en espiral sobre nosotros, con su elegante silueta negra atravesando las nubes y dejando un rastro oscuro sobre el pálido cielo.

Había crecido considerablemente desde el día en que la traje por primera vez a Skyspire, con la esperanza de seducir a mi nueva esposa.

Ahora, lucía una envergadura de cuatro metros y medio y una precisión en el vuelo que planteaba una pregunta inevitable: ¿cuán poderosa se volvería una vez que alcanzara la madurez?

Bajé la mirada. Arabella estaba apoyada contra la pared exterior del establo, y la tensión de su postura delataba la tempestad que se agitaba en su interior.

No había dicho mucho desde que dejamos a su padre en los calabozos.

En cambio, se había dirigido directamente a ver a Nyx, como si solo la presencia de la dragona pudiera calmar sus pensamientos.

Había muchos asuntos urgentes que requerían mi atención —tropas que reunir, defensas que reforzar, una guerra que iniciar—, pero permanecí a su lado.

Si necesitaba ese momento de calma, no se lo iba a negar.

Y, si era sincero conmigo mismo, no estaba preparado para alejarme de ella, aunque el entrelazamiento me lo permitiera.

Algo feroz brillaba tras sus ojos cada vez que miraba al cielo, la misma mirada que había visto cuando llegó a Skyspire, desafiante y dispuesta a forjar su propio destino. Incluso sin moverse, se veía tan tensa que parecía capaz de romper acero con sus propias manos.

—¿Quieres hablar de ello? —pregunté con cautela. Mi voz sonó un poco más áspera de lo que pretendía, reflejando la mezcla de arrepentimiento y protección dentro de mí.

Negó con la cabeza, sin girarse.

—Todavía no —dijo en voz baja—. No estoy preparada.

Lo entendía perfectamente. En más de una ocasión, yo había hecho lo mismo: tragarme la rabia hasta encontrar el momento adecuado para descargarla. Aun así, si Arabella me hubiera pedido que arrancara la puerta de un calabozo y le entregara una espada, lo habría hecho sin dudarlo.

Entrecerré los ojos cuando vi moretones oscuros alrededor de sus muñecas. Una chispa de ira se encendió en mi interior. Extendí la mano y tomé la suya con delicadeza, inclinándola para examinar la piel amoratada.

—¿Qué es esto? —conseguí decir, con tono grave y calma forzada.

Ella dudó.

—No es nada.

—Arabella —insistí, bajando aún más la voz—, tienes marcas de dedos.

Exhaló y retiró la mano de la mía.

—Son de los hechizos de estabilización de ayer —admitió—. Tuviste aquel… episodio, y me agarraste. No podía soltarme.

El recuerdo me invadió. Fue como si una presencia ancestral surgiera de la nada y arrasara con mis pensamientos. Debí apretarla con fuerza, presa de la desesperación.

—Lo siento —murmuré. Las palabras me parecieron patéticamente insuficientes—. No me había dado cuenta…

—No pasa nada —dijo, cortando mi disculpa—. Sé que no lo hiciste a propósito.

Tuviera importancia o no, odiaba ver aquellos moretones. Se los había hecho yo, aunque hubiera sido sin querer. Me moví para invocar una chispa de sanación, pero ella retrocedió hasta quedar fuera de mi alcance.

—No malgastes energía —insistió. Hizo un gesto vago con la mano para indicar la multitud de guerreros de sombras que había invocado y que patrullaban el bosque bajo la ciudadela—. Ya cargas a tus espaldas suficientes asuntos que requieren de tu magia en este momento.

No se equivocaba del todo. Mantener a sesenta guerreros de sombras con vida me pasó factura y mis runas no habían vuelto a la normalidad después de visitar Solandris. Aun así, que me dijeran que no me preocupara solo aguzó mi sentimiento de culpa y cierta amargura por mis propias limitaciones.

Me aclaré la garganta.

—Las defensas de la ciudadela se vieron reforzadas gracias al hechizo de estabilización. Las sombras son solo una medida adicional.

La mirada escéptica de Arabella se me clavó como un puñal.

—¿Y cuál será el precio que pagues por ello?

Me encogí de hombros, con la esperanza de restarle importancia.

—Sin duda he soportado cosas peores. —Era la verdad, aunque el dolor que sentía en los huesos podía haber demostrado lo contrario. Mi orgullo nunca me permitiría admitirlo en voz alta—. Una vez que termine el entrelazamiento, tengo pensado ir a inspeccionar las guarniciones.

Ella ladeó la cabeza para estudiarme.

—¿Sigues luchando en las fronteras en persona?

Asentí una vez, de forma corta y certera.

—No soy el tipo de señor de la guerra que se esconde detrás de un ejército.

Sus ojos me recorrieron, sopesando mis palabras.

—Supongo que no es nada nuevo.

En lo alto, Nyx lanzó un chillido agudo que atrajo nuestras miradas hacia el cielo.

Descendió en espiral con un elegante movimiento de tirabuzón, batiendo las alas a un ritmo cadencioso.

Cuando finalmente aterrizó, se podían ver ondas de calor alrededor de su escamosa piel.

Plegó con cuidado sus enormes alas y Arabella se acercó para acariciar el hocico de la dragona.

—Va mejorando los aterrizajes —comentó Arabella con orgullo contenido.

Incluso estando de un humor de perros, sentí una pizca de placer al ver cómo Nyx respondía a la caricia de mi esposa.

Al alejarme del establo, Arabella se volvió hacia mí. Mantuvo una mano sobre el hocico de Nyx, pero fijó la mirada en mi rostro.

—Durante la visita del Sindicato —comenzó a decir—, dijiste algo a lo que no paro de darle vueltas.

Me tensé. La visita del Sindicato había revelado más de lo que yo pretendía, gracias a las calculadas pullas de Zaraiah.

—¿El qué?

—Que todo vale en el amor y en la guerra —dijo Arabella—. Dime a qué te referías.

Exhalé despacio.

—Es un dicho bastante común.

—Tú no haces cosas comunes, Kazimir. Mides cada palabra.

Intenté sonreír con suficiencia.

—Se me conoce por tener un cierto talento poético.

Ella bufó, claramente poco convencida. Su intensidad nos envolvió, instándome a hacer una confesión sincera que prefería no revelar.

El corazón me latía con fuerza en señal de protesta.

Hice lo único que se me ocurrió para romper la tensión: acorté la distancia y presioné mi boca contra la suya para darle un beso intenso e inesperado.

Por un instante, se tensó bajo mi contacto; luego sus labios cedieron, fundiéndose con los míos.

La rodeé con mis brazos por la cintura, atrayéndola con decisión hacia mí.

Sentí cómo la preocupación reprimida, la ira, la incertidumbre y la angustia se derretían con ese beso.

Por mí, todo el reino podría haberse incendiado a nuestro alrededor.

Solo quería sus cálidos labios y su cuerpo contra el mío.

Cuando al fin nos separamos, Arabella me miró fijamente, con el pecho agitado. Sus ojos brillaban de modo peligroso y, durante un instante, todo lo demás desapareció.

El repentino siseo de Nyx nos devolvió a la realidad. Estiró su largo cuello hacia la parte principal de la ciudadela, con las fosas nasales dilatadas.

Al mismo tiempo, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Percibí un cambio en los hechizos protectores de Skyspire que alertaban de una emergencia. Una alarma resonó en mi subconsciente y la adrenalina se disparó por mis venas.

—¿Qué pasa? —preguntó Arabella al notar mi postura rígida.

Negué con la cabeza enérgicamente.

—Las defensas de la ciudadela acaban de activarse. —Le agarré la mano—. Tenemos que llegar al Recinto Sagrado. Ya.

Corrimos hacia el puente de relámpagos cercano y estábamos a mitad de camino cuando toda la estructura se oscureció bajo nuestros pies. Sentí cómo la corriente titilaba y desaparecía debajo de mí, dejando solo el cielo y una inquietante sensación de ingravidez.

Arabella jadeó y juntos nos precipitamos al vacío.

Un grito desesperado se atascó en mi garganta mientras invocaba un portal al vacío, ignorando el dolor ardiente que me desgarraba las runas talladas.

En lugar de estrellarnos miles de metros más abajo, caímos en una oscuridad arremolinada y emergimos en el suelo de piedra de la Torre Portón.

Nuestro aterrizaje fue torpe y brusco, pero al menos estábamos vivos.

Ella se tropezó conmigo.

—¿Qué demonios ha sido eso? —logró decir.

—El protocolo de emergencia —espeté, no por ella, sino por todo aquel desastre—. Los puentes se apagan si hay alguna amenaza.

No había tiempo para dar más explicaciones, así que volvimos a echar a correr.

Algo o alguien había provocado un ataque a gran escala.

Tiré de la cuerda mental que me unía a mis guerreros de sombras, convocándolos para que subieran, pero tardarían unos segundos muy valiosos en congregarse dentro de la ciudadela.

Derrapamos al doblar una esquina y casi arrollamos a un soldado del Gremio del Héroe que lucía una brillante armadura.

La sorpresa se reflejó en su rostro. Era evidente que no esperaba que apareciera de la nada.

Reaccioné con rapidez. Una ráfaga de sombras se cerró alrededor de su garganta y el soldado sucumbió antes de poder gritar.

Arabella empezó a respirar con dificultad, pero mantuvo la concentración.

Seguimos adelante. Las alarmas se dispararon en mi cabeza al oír el sonido lejano del acero y el crepitar de los hechizos que retumbaban por los pasillos de la ciudadela.

Habían irrumpido en la fortaleza. Mi dominio, mi bastión, había sido profanado.

Casi chocamos de frente con Vex. Tenía un corte profundo en la mejilla y sangre seca incrustada en la parte delantera de la túnica. Al vernos, contuvo el aliento.

—Mi señor —dijo con voz ronca—. Lady Blackrose. Han utilizado las plataformas elevadoras de emergencia.

Quería ponerme a rugir. Habíamos instalado esas plataformas para que nuestra gente pudiera evacuar en caso de catástrofe, no para que el enemigo las aprovechara. Solo un puñado de personas sabía de su existencia, y menos gente aún sabía cómo activarlas.

—Vienen a por la Reliquia —afirmé con frialdad—. Y a por Arabella.

—Sí —respondió Vex, acelerando el paso—. Creen que pueden llevarse ambos.

La furia me invadió. Juré que encontraría a quien hubiera filtrado esa información y lo ahorcaría.

—¿Dónde están los nuestros?

—Thorne está defendiendo la Torre Portón. Griffin se ha encerrado en su taller; la última vez que lo vi se dirigía hacia allí. Sims está… —Vaciló, con la voz temblorosa—. Está muerto.

Una gélida bola de ira se solidificó en mi interior. Por muy irritante que fuera Sims, me pertenecía. Y ahora ya no estaba por culpa de esos idiotas que habían irrumpido con su falsa rectitud moral.

Pasamos otra curva y nos topamos con otros tres caballeros.

El que iba delante rugió y levantó la espada.

Mis sombras se abalanzaron sobre él. Se le salieron los ojos de las órbitas cuando le corté la mano.

Un segundo caballero conjuró un escudo dorado, pero mi oscuridad se arremolinó detrás de él y le atravesó el costado desprotegido. Cayó al suelo con un gemido ahogado.

La tercera, una maga con túnica, comenzó a recitar un cántico para disipar mis sombras. Casi lo consigue, pero me abalancé sobre ella y la agarré por el cuello, lo que interrumpió el conjuro.

—¿Quién os ha dejado entrar? —gruñí.

Ella soltó una maldición.

—Vete al infierno —dijo con voz rasposa.

Apreté con fuerza hasta sentir que se le rompía la tráquea.

Cayó al suelo, ya sin vida. Arabella pasó junto a mí sin decir nada, sin mostrar ni una pizca de disgusto en su expresión.

Apenas tuve tiempo de disfrutar de una macabra satisfacción antes de seguir corriendo.

Después de mi esposa, la Reliquia era el mayor tesoro que se encontraba entre aquellas paredes, e indudablemente era allí donde se dirigía el Gremio.

Al pasar por la sala de guerra, vi las puertas abiertas de par en par y a media docena de soldados del Gremio revolviendo mis mapas. Nos vieron y uno con insignia de comandante le hizo una señal a Arabella con un brillo casi triunfante.

—¡Lady Evenfall! Hemos venido a re…

—Soy lady Blackrose —dijo con vehemencia—. Y no he pedido ningún rescate.

Esa última palabra rezumaba desprecio. Volví a perder los estribos.

Ya estaba bien. Hice un gesto con las manos y desaté una ola de oscuridad que sumió la habitación en una penumbra intermitente.

Se oyeron gritos de alarma cuando tropezaron con algunas ilusiones que se escondían entre las sombras arremolinadas.

Un caballero se abalanzó sobre mí con una espada llameante.

Me aparté y le clavé una espada invocada en la espalda.

Otros dos atacaron a Vex, pero ella se apartó con ágil eficacia, con sus dos dagas relucientes.

Un último caballero se lanzó contra Arabella, pero cayó fulminado por un rayo de magia dorada.

Se derrumbó en el suelo con la armadura echando humo.

Su comandante intentó ordenar la retirada, pero aparecí detrás de él antes de que pudiera reunir a su tropa.

Se giró blandiendo una espada que rozó la oscuridad que me envolvía.

Mi mano se transformó en garras afiladas como cuchillas y lo rajé de arriba abajo.

Su armadura se rasgó como si fuera papel.

Se desplomó con la boca abierta, presa del horror.

El silencio que siguió estuvo salpicado de respiraciones entrecortadas.

Apreté los dientes, ignorando el intenso ardor de mis runas.

No podíamos parar. Teníamos que proteger la Reliquia.

Vex se volvió hacia mí, probablemente para esperar órdenes, pero en ese momento un dolor punzante estalló detrás de mis ojos.

Algo antiguo y voraz se retorcía en mi mente.

La misma presencia que había sentido otras veces atacaba mi conciencia con un hambre frenética.

Las runas me causaban un dolor insoportable y solté un grito ahogado y desgarrador.

El mundo se tambaleó y el dolor me atravesó todos los nervios.

No podía ver, no podía mantenerme en pie.

A lo lejos, oí a Arabella gritar mi nombre. Entonces todo se sumió en la oscuridad.