67 Secuestra a tu suegro (al estilo del villano)
Kazimir
S entí cómo el aire se agitaba, enrarecido y con olor a tierra húmeda mezclado con algo repugnantemente dulce: puro Solandris. El aroma a betún para cuero y a acero aún nos envolvía a Arabella y a mí cuando salimos del portal deteriorado y pisamos la carretera de Solandris iluminada por la luna.
Un dolor agudo me atravesó el pecho, irradiando desde la runa principal grabada sobre mi corazón. Contuve un gemido, pero Arabella captó mi expresión tensa y entrecerró los ojos con preocupación.
—¿Otra vez te están molestando las runas? —preguntó, acercándose hasta que nuestros hombros se rozaron. Ese pequeño contacto suavizó la mayor parte del dolor, aunque no se desvaneció por completo.
—No es nada —mentí, comprobando que no hubiera amenazadas en el camino.
—Va a peor. —Frunció el ceño—. No sé por qué sigues negándolo.
—Y yo no sé por qué no dejas de señalarlo. —Maldito fuera su sentido de la verdad. Cada vez era más exasperante. Suspiré—. Puede que se haya agravado más de lo habitual —admití—. Pero ahora no es momento de hablar de ello.
Mantuve la mano en la parte baja de la espalda de Arabella mientras se recolocaba la ropa de cuero. Solo se había atado la mitad de los cordones antes de salir de Skyspire.
—Bueno. —Me miró a los ojos y preguntó—: ¿y ahora qué?
Señalé con la cabeza hacia el carro de un comerciante que se acercaba traqueteando. El cochero tarareaba, completamente ajeno a que el Señor Oscuro y su esposa acababan de materializarse en mitad de la noche.
—Voy a convencerlo para que nos lleve más al oeste.
Ella arqueó una ceja
—¿Convencerlo?
—Puedo ser amable. A veces.
—Ya —dijo cortante—. Vamos, que vas a coaccionarlo.
Solo hizo falta un susurro de dominio para influir en la mente del hombre.
El caballo se detuvo. El cochero parpadeó y se le relajó el rostro, adquiriendo esa calma vacía propia de alguien cuyo único propósito en la vida era llevarme adonde yo quisiera.
Las mentes simples eran gratamente fáciles de manejar.
Dos guerreros de sombras cobraron forma desde la oscuridad debajo de los árboles, unas siluetas lobunas que deambulaban a ambos lados del carruaje.
Convoqué a cuatro más de la noche y los envié a explorar el terreno.
Mantener tantas sombras en Solandris, a pesar del vínculo mágico que compartía con Arabella, era como hacer malabares con cuchillas afiladas mientras me balanceaba en una cuerda deshilachada, pero no quería correr ningún riesgo.
Nos subimos al carruaje y nos sentamos uno al lado del otro. Puse la mano sobre su muslo, más que nada para calmar el ardor que sentía en los huesos, y golpeé el techo del carruaje. Al instante, partimos al trote.
Observé el perfil de Arabella mientras los campos iluminados por la luna se extendían ante nosotros.
Lucía una expresión de determinación en el rostro.
Había visto esa mirada suficientes veces como para saber que ya estaba trazando un plan para hacer frente a lo que la esperaba en la finca Evenfall.
—¿Qué piensas hacer cuando lo veas? —le pregunté con cuidado.
Ella no dejó de mirar al horizonte.
—No lo he decidido todavía.
Mentira. Sus ansias de respuesta (y tal vez de venganza) prácticamente vibraban en el aire. Si quería mantenerlo en secreto, era cosa suya. Lo respetaría.
Las sombras merodeaban a nuestro lado, bestias a medio formar que oscilaban entre lobos y oscuridad sin forma.
Un ardor más profundo me recorrió la columna vertebral, y las runas vibraban contra mis huesos como picaduras de avispa.
Solandris siempre repelía mi magia con su aura engreída y santurrona.
Normalmente, no me habría acercado tanto a los Campos de Rosas Doradas sin una preparación exhaustiva.
Pero con Arabella enredada en mi magia y su sangre heroica mitigando la peor parte, la agonía era… menor.
Mi mente volvió a la visión que ambos tuvimos durante el hechizo. Algo antiguo. Algo hambriento.
—Estás pensando en lo que vimos —señaló con tono neutral.
La miré a los ojos. Negarlo era inútil.
—Sí.
—¿Qué era exactamente?
—No tengo ni idea —admití—. Pero todo me resultaba muy familiar. Como una llamada a las runas de mis huesos.
La expresión de Arabella se suavizó un poco.
Uno de mis guerreros de sombras parpadeó antes de desvanecerse, el hilo que lo unía a mí se partió en mi mente. Me estremecí.
—Tu magia te está haciendo daño.
—Puedo soportarlo.
Se volvió para contemplar la silueta de la finca Evenfall envuelta en una lejana bruma bajo la luz de la luna. Apretó los puños contra los muslos.
—Tal vez debamos llevarlo a Skyspire.
Arqueé una ceja.
—¿Quieres arrastrar a tu padre desde la finca hasta la ciudadela?
—No quiero que Solandris acabe por drenarte —dijo, mirándome—, y prefiero no precipitar la inevitable conversación que tendré con él.
Resultaba irritantemente sensato. Otro guerrero de sombras desapareció.
—Tú decides —dije con la mayor serenidad posible.
Me lanzó una mirada, como si acabara de entregarle algo precioso.
—¿Me darías esa opción?
—¿Por qué no? —Me encogí de hombros—. Después de todo, se trata del miserable de tu padre.
Sus dudas se disiparon con un rápido movimiento de cabeza.
—Está bien. Pues lo quiero en Skyspire.
Me acerqué más y apoyé el brazo en el respaldo del asiento, dejando que mis dedos rozaran su hombro.
—Hecho —susurré, bajando aún más la voz—. Lo que tú quieras.
Ella soltó una breve carcajada.
—Cuidado, Kazimir. La gente podría sospechar que te estás convirtiendo en un héroe.
Obviamente, no esperaba que yo aceptara tan rápido. Pero se trataba solo de dejar que Arabella dirigiera nuestro siguiente movimiento. Se lo merecía.
Cuando llegamos a las afueras de la finca Evenfall, la luna ya brillaba alta en el cielo. Me retumbaba la cabeza de dolor, pero sentí ese familiar deseo de protegerla para que no me viera sufrir.
—Quizás debería agradecer que tu padre sea un capullo monumental. Sin él, nunca me habrías encontrado tan interesante.
Inclinó la cabeza y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Aunque hubiera sido un padre decente, yo seguiría sin encajar entre esos pavos reales solandrianos. Nunca he pertenecido a ese mundo.
—Ellos se lo pierden —dije, y la besé en la sien.
El cochero nos dejó justo delante de las puertas. Salí primero, arrastrando a Arabella conmigo. El zumbido de nuestra magia entrelazada nos rodeaba. Una parte tonta de mí sintió orgullo al ver cómo mis sombras se deslizaban sobre ella como si fuera su lugar natural.
Colarse por el perímetro de la mansión fue tan sencillo que hasta daba vergüenza.
Las medidas de seguridad eran irrisorias y los guardias seguían rutas predecibles.
Dos de mis guerreros de sombras tenían astucia más que suficiente para encargarse de todos ellos.
El verdadero problema era que los asesinos de Auremar llegaran primero.
Llevé a Arabella por una estrecha puerta lateral, la misma que utilicé la noche en que descubrí las runas inhibidoras de su padre. No había mejorado sus defensas ni siquiera después de perder misteriosamente a uno de sus guardias. Necio.
Los pasillos de los sirvientes olían a brandy barato y betún viejo.
De repente, me invadió un recuerdo de mi propia juventud: otro conjunto de salones iluminados con velas, otra figura paterna a punto de ser despachada.
Recordé el peso de la espada, el satisfactorio sonido sordo del acero al golpear el hueso, las salpicaduras calientes en mi mejilla.
Aquella noche, el fantasma de ese momento me siguió hasta el estudio de Atticus Evenfall.
Solo había un guardia dormido en una silla. Un ligero movimiento de sombras alrededor de su garganta y los ojos se le pusieron en blanco. Se desplomó en el suelo emitiendo un suave suspiro. Arabella pasó por encima de él con expresión decidida.
La puerta se abrió de golpe. Evenfall estaba sentado detrás de aquel espantoso escritorio dorado. Se quedó paralizado en mitad de un garabato y cuando levantó la vista lentamente, su expresión cambió de desconcierto a terror absoluto cuando Arabella y yo entramos.
—¿Arabella? ¿Cómo…? ¿Qué haces…?
—Déjate de teatros, papá —dijo con voz concisa—. Te vienes con nosotros.
Lo miré fijamente, haciendo que mi voz sonara fría y amenazante.
—Te recomiendo que cooperes. La comida de la ciudadela se disfruta mucho más cuando sigues pudiendo usar las rodillas. —Las runas se encendieron, quebrando mi compostura. Me resistí, ya que el Señor Oscuro no mostraba signos de debilidad.
Evenfall se puso de pie de un salto y apartó la silla de un empujón.
—¡Esto es un secuestro! El rey…
—Ya ha enviado a varios asesinos para encargarse de ti —terminé la frase por él.
Palideció al comprenderlo. Intentó lanzarle a Arabella una mirada paternal, como si aún pudiera surtir efecto.
—¡Querida, te han hechizado! Este demonio te ha corrompido…
Los ojos de ella brillaban con un remolino dorado y violeta. Evenfall apretó los labios con tanta fuerza que por un momento pensé que se le romperían los dientes. Lo sabía. Esas runas inhibidoras ya no servían de nada contra ella.
—Yo decido a quién le entrego mi lealtad —le dijo ella—. Y nunca ha sido a ti.
Chasqueé los dedos para invocar unas sombras que se enroscaron para atarlo a la silla. Él gritó presa del pánico.
—Lleváoslo —le ordené a mis guerreros de sombras.
Levantaron la silla con él sentado y lo arrastraron hasta la puerta. Emitió un chillido agudo.
—¿A que son eficientes? —le pregunté a Arabella con tono ligero, sin apartar la mano de su espalda.
Bajamos por la escalera de servicio, con las estridentes protestas de Evenfall a la cabeza, pero o bien los sirvientes tuvieron el buen tino de quedarse en sus habitaciones, o bien se alegraron de verlo marchar.
Me aseguré de que su silla chocara contra cada pared y cada esquina hasta llegar a la puerta.
Me incliné para susurrar:
—¿Te arrepientes?
Ella negó con la cabeza.
—Ni un poco.
Afuera, mis sombras inclinaron la silla hacia adelante y lo dejaron caer sobre un cojín de terciopelo dentro del carruaje del comerciante. Él soltó un grito ahogado cuando le quité las ataduras. Sin embargo, antes de que pudiéramos montarnos, algo se movió entre los árboles.
Se acercaron cinco figuras con espadas que reflejaban la luz de la luna. El equipo de limpieza de Auremar. Así que el aviso de Alquimista no había sido una treta después de todo.
—Quédate detrás de mí —le ordené a Arabella. Apoyó la palma de la mano sobre mi espalda, transmitiéndome una dosis extra de magia que mitigó en gran medida el dolor. Lord Evenfall gimió y trató de esconderse entre los cojines como un topo asustado.
No me anduve con rodeos. Mis sombras destrozaron a dos asesinos con un aluvión de mordiscos.
Otro gritó cuando un guerrero le desgarró el pecho.
Lancé un rayo de dominio al cuarto, pero el aire empapado del aroma amargo de las rosas de Solandris frustró mi ataque.
Un dolor agudo y abrasador me atravesó las costillas.
Una daga se precipitó hacia Arabella, pero ella levantó la mano y conjuró un destello de luz dorada que desvió la hoja. Me invadió un orgullo tan intenso que casi se me olvida que estábamos en medio de una batalla.
En menos de medio minuto, los atacantes yacían ensangrentados sobre la grava decorativa. Disipé a mis guerreros de sombras restantes, y la abrupta liberación de poder casi acabó por derribarme. Arabella apretó con más fuerza su mano contra mi espalda, tratando de mantenerme en pie.
—No estás bien —murmuró.
El mundo se tambaleó.
—Me he visto en peores —jadeé—. Vámonos ya de aquí —dije mientras nos subíamos a trompicones al carruaje, con Evenfall encogido en el asiento de enfrente. Golpeé el techo con los nudillos temblorosos—. ¡Arreando!
El carruaje salió disparado. Por consideración hacia ella, me contuve de prender fuego a toda la mansión.