La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 68 Enfréntate a tu pasado (con amenazas, no con perdón)
89%

68 Enfréntate a tu pasado (con amenazas, no con perdón)

Arabella

N o había podido dormir bien, solo había pasado la noche dando vueltas en la cama y sintiendo un rencor cada vez mayor.

Kazimir se había tirado a mi lado después de llevar a mi padre a las mazmorras, agotado por el desgaste que le había causado Solandris.

Había cumplido mi petición: nada de jaulas colgadas de la roca desnuda, solo una celda con algunas «mejoras» añadidas.

La mágica conexión entre nosotros seguía latente.

El dolor de la proximidad forzada había disminuido lo suficiente como para que ninguno de los dos se desmoronara si nos separábamos, pero yo seguía buscando su presencia en la oscuridad, alarmada por el vacío que sentía cuando se alejaba demasiado de mí.

Kazimir ya estaba despierto cuando me moví.

Recostado contra el cabecero, me contemplaba con una mirada penetrante que parecía traspasar todas mis defensas.

Aunque aún se le notaba una ligera tensión en el contorno de los ojos, consecuencia del uso excesivo de su magia en Solandris, parecía más relajado que la noche anterior.

Aparté las sábanas y saqué las piernas de la cama. Mi padre ya había pasado suficiente tiempo en una celda. Ahora quería respuestas. Y cerrar ese capítulo.

—Vas a ir —dijo Kazimir. No era una pregunta.

—Sí —respondí, escueta, mientras agarraba mi ropa de entrenamiento aún sucia. Vestirme con ella casi era algo ceremonial—. Y tú te vienes conmigo.

El entrelazamiento no le dejaba más opción, pero de todas formas quería que me acompañara. Me dedicó una sonrisa seca.

—No me lo perdería ni loco.

Las mazmorras de Skyspire no eran fosos mohosos ubicados en algún patio olvidado.

Estaban talladas en una isla exterior. Las frías paredes absorbían la luz, lo que hacía que parecieran menos una prisión y más un agujero excavado en el cielo.

Así era el territorio de Kazimir: eficiente, frío e inflexible.

Él caminaba a mi lado, con una mano apoyada en mi espalda.

El interior de la isla más pequeña estaba lleno de hileras de celdas, todas del mismo material liso de obsidiana.

Los guardias con armaduras negras nos miraban tras los yelmos que les cubrían la cara.

La mayoría de las celdas estaban vacías.

Kazimir no creía en el encarcelamiento a largo plazo; lo suyo era el juicio rápido o el aislamiento.

Un sonido estridente y desagradable retumbó por el pasillo: un pobre diablo destrozaba un laúd mientras desafinaba canciones que hablaban de sombras y desamor. Aquellos acordes me dieron ganas de arrancarle las cuerdas de las manos.

—El ala de los incordios menores —me explicó—. Para delitos leves. Anoche tu padre disfrutó de un alojamiento de lujo.

Nos detuvimos frente a una celda. Lord Atticus Evenfall estaba sentado sobre un montón de paja, con aspecto demacrado y marchito. El hedor a sudor rancio y arrepentimiento se aferraba a él. En la celda de al lado, el desventurado juglar entonaba una nota que hacía especial daño a los oídos.

—Está mejorando —comentó Kazimir con fingida alegría, inclinando la cabeza hacia el músico—. Lleva sin cantar el verso de mis «ojos melancólicos» al menos un día.

Mi padre se levantó en un arranque de furia que se reflejó en su rostro.

—¡Arabella! ¡Alabados sean los cielos! Líbrame de la serenata de este lunático. ¿Tienes idea de lo que he tenido que soportar?

Kazimir se acercó a las rejas, irradiando peligro.

—Mi esposa sugirió que lo mantuviéramos… —sonrió con frialdad— lúcido. Ahora estoy reconsiderando esa decisión.

Toda la actitud desafiante que había mostrado mi padre se desvaneció. Palideció, lanzando miradas frenéticas entre nosotros.

Hice una señal a los guardias.

—Abrid la puerta. Lo trasladamos.

Lo sacaron rápidamente, y no pude evitar fijarme en el aspecto patético que tenía mientras se tambaleaba y trata de conservar un poco de dignidad.

El trayecto hasta la siguiente ala se me hizo interminable.

La respiración de mi padre se volvió entrecortada en el momento en que lo llevamos a un cuarto con una fila de instrumentos aterradores alineados en las paredes: artilugios con púas, bisturíes, extraños frascos de cristal con espíritus torturados agitándose en su interior.

La presencia de Kazimir completaba el escenario, apoyado contra la pared con aire amenazador.

Mi padre me miró fijamente.

—Arabella, sea lo que sea lo que te haya prometido —dijo con voz ronca—, te está mintiendo. Los hombres como él no…

—¿Qué supones que quiere, papá? ¿Mi linaje? ¿Mi conexión con el Primer Héroe? ¿En qué se diferencia eso de lo que querías tú? ¿O Auremar? —Endurecí la voz—. Cuarenta mil coronas, ¿no?

Me miró boquiabierto mientras los guardias lo obligaban a sentarse en una silla de piedra. Las esposas cobraron vida y se cerraron alrededor de sus muñecas.

—¿Por qué te quiere muerto Auremar? —exigí saber. No tenía sentido seguir perdiendo tiempo.

Mi padre empezó fanfarroneando: negándolo todo, lleno de indignación moralista. El sentido de la verdad gritaba detrás de mis ojos. Debió de notar algo en mi expresión, porque titubeó, desvió la mirada, y finalmente balbuceó:

—No… No lo sé.

Negué con la cabeza con incredulidad.

—Mentiroso.

Las sombras se abalanzaron sobre él igual de rápidas que un latigazo y le hicieron un corte fino en la mejilla. Él gritó.

—La paciencia no es una de mis virtudes, Evenfall —dijo Kazimir con voz peligrosa.

Mi padre recorrió la habitación con la mirada.

—No puedo decírtelo —susurró con voz temblorosa—. O habrá… consecuencias.

—También hay consecuencias por no hablar.

Las sombras se enroscaban alrededor del antebrazo de mi padre, dejando finas marcas en su piel.

Gimió. ¿Aquel cobarde llorica era el hombre que había gobernado mi vida con mano de hierro? Se había derrumbado nada más sentir el primer atisbo de dolor real.

—No lo entiendes —jadeó, con el miedo reflejado en el rostro—. Hay cosas peores que tus sombras.

—Ponme a prueba. —Kazimir se acercó—. Sea lo que sea lo que temes, te aseguro que puedo hacer que parezca un acto de misericordia —dijo, levantando de nuevo la mano y dejando que más sombras se deslizaran alrededor de mi padre.

A este casi se le salen los ojos de las órbitas.

—¡El rey! —sollozó, con la voz apenas un susurro—. Su magia… no es suya. No nació con ella.

—He visto los hechizos de Auremar en la corte. Si no provienen de la sangre heroica, entonces ¿de dónde?

—De algo antiguo. Terrible. —Mi padre se hundió en la silla—. Las Rosas Doradas ayudan a contenerlo, a contenerlo a él , pero Auremar le ha estado extrayendo poder.

—Continúa —dijo Kazimir, como si aquello le aburriese.

El miedo torció el gesto de mi padre y cuando habló, lo hizo con un susurro entrecortado.

—El Rey de las Sombras… es real, lleva siglos encarcelado bajo los Campos de Rosas Doradas.

Sentí el riguroso silencio de Kazimir. A pesar de antes haber desestimado las leyendas antiguas, ahora se le veía claramente preocupado. Ambos intercambiamos una mirada.

—El Jardín del Héroe. —Las líneas ley. Tal vez estuviera todo conectado.

—¿A qué te refieres? —pregunté—. El Rey de las Sombras lleva muerto siglos. Después de que Soriven lo transformara, pasó una larga vida expiando sus malas acciones.

—Eso es lo que tu madre te contó —respondió mi padre.

La amargura le deformó el rostro—. Ella no conocía la verdad.

Poca gente lo sabíe. Ni siquiera yo debería saberlo.

Por eso… —Se pasó la lengua por los labios—.

Por eso el rey me quiere muerto. Hace mucho tiempo, Auremar me contó que Soriven nunca liberó al Rey de las Sombras, sino que lo selló con magia de sangre.

Las Rosas Doradas nacieron de esa sangre.

—¿Qué? —Me acerqué, con la incredulidad revolviéndome las entrañas—. Todas las historias que contaba mi madre decían que Soriven lo había transformado gracias a su compasión. Que las rosas eran un regalo de la sanación.

Mi padre dejó escapar una carcajada áspera.

—Mentiras adornadas para entretener a los niños. Tu madre también se las creía… Su familia se aseguró de ello. Cada Rosa Dorada que florece refuerza las cadenas.

—El Jardín del Héroe —susurré—. No trataba en absoluto de compasión.

—Se trataba de contención —dijo Kazimir en voz baja a mi lado, con expresión sombría—. Una magia de sangre de tal magnitud necesitaría un ancla, algo vivo que pudiera mantener el hechizo a lo largo de generaciones.

Mi padre asintió, con gotas de sudor en la frente.

—Durante siglos, Solandris ha construido su reino sobre la jaula de un monstruo.

—Y Auremar está trasteando con ello —comprendí—. Obteniendo poder de algo que nunca debería despertar.

—Se ha vuelto codicioso —dijo mi padre en voz baja—. O desesperado. Sospecho que se dio cuenta de que yo sabía demasiado.

Mi sentido de la verdad zumbaba, pero no daba ninguna señal de alarma. Estaba siendo sincero. La voz de Kazimir cortó como una navaja:

—¿Así que ofreciste la sangre mágica de tu hija como moneda de cambio?

Mi padre se tensó.

—Era una oportunidad de engrandecer la Casa Evenfall…

—Una impresionante muestra de devoción paterna —dije con tono seco—. ¿Qué quiere el rey de mí?

—Dijo que quería un heredero.

—Auremar ya tiene herederos —espeté—. ¿No pensaste que podría tener algo que ver con sus turbios planes?

Se quedó mirando el suelo.

—Ya te lo he dicho… Se supone que no debo saberlo.

—¿Y cómo te has enterado de todo esto? —insistió Kazimir.

Mi padre narró una sórdida historia de su juventud: noches de borrachera en la corte, el carácter indiscreto y los oscuros deseos de Auremar, un secreto revelado en confianza que el rey parecía no recordar a la mañana siguiente.

—Sospechaba que yo lo sabía —murmuró—. Mi influencia decayó. Cuando dio a conocer que quería volver a casarse, le recordé que tenía una hija y le hablé de su poder.

—Incluso sabiendo cómo era —dije cargada de desprecio—. Lo que estaba haciendo. ¿Y las runas inhibidoras? ¿La torre?

—Hice lo necesario para mantenerte bajo control —reconoció con frialdad.