La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 65 Juega con tu esposa (sin saltarte las normas)
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65 Juega con tu esposa (sin saltarte las normas)

Arabella

E l vapor del baño aún flotaba en el aire cuando volví a la sala principal.

La visita del Sindicato me había dejado con una sensación de inquietud.

Los comentarios sarcásticos de Zaraiah sobre los demonios, la repentina y violenta furia de Kazimir…

Nada de aquello tenía sentido. Después había cambiado de tema, pero el recuerdo de su ira a duras penas contenida no dejaba de repetirse en mi mente.

Fuera lo que fuera lo que escondía su pasado, estaba claro que tenía garras.

Me dejé caer en el taburete frente al tocador.

La puerta se abrió sigilosamente detrás de mí.

Allí estaba Kazimir, apoyado contra el marco como si no tuviera prisa alguna.

Su expresión era una cuidadosa máscara de control, pero sus ojos ardían de intensidad.

No había venido a buscarme justo después de que el Sindicato se marchara, sino que se había retirado al refugio de las sombras que ocupaban sus pensamientos. No sabía si sentir alivio o enfado.

—¿Sigues despierta? —preguntó con aquella voz grave e íntima tan suya.

Extendí el brazo para agarrar el cepillo.

—Estaba ocupada pensando en tus maravillosos compañeros.

Se alejó del marco de la puerta y se detuvo cerca del sofá, manteniendo a propósito unos pasos de distancia entre nosotros.

—A Zaraiah le encanta armar jaleo. Es mejor ignorarla.

—No me digas. —Me di la vuelta sobre el taburete, dejando que se me abriera la bata una pizca a la altura del muslo. No podía evitar provocarle, por muy peligroso que fuera—. Pues tú no la has ignorado que digamos.

Algo titubeó en su mirada, un destello de la tormenta de antes que apareció y luego desapareció tras una calma ensayada.

—Vamos a dejarlo en que… —empezó a decir, bajando la voz hasta que sentí la vibración en la piel—. Te debo una. Por la intrusión del Sindicato. Y por lo… brusco que he sido antes.

El deseo se enroscó en la parte baja de mi vientre.

—Me debes tres, entonces, porque no llegaste a terminar lo que empezaste en el estudio hace unos días.

Se le ensombreció la mirada, y siguió una línea desde mi cuello hasta donde la bata se me abría.

—Ya sabes por qué paré. ¿Tendrás tú los mismos problemas de control esta noche?

Sentí que algo se encendía dentro de mí. El desafío era claro. Estaba atando su disculpa y deseo con mi propio poder en un solo nudo.

—Mi control ha mejorado —respondí, fingiendo más seguridad de la que en realidad sentía—, pero del que no me fío mucho es del tuyo.

La sonrisa lenta que me dedicó hizo que se me erizara la piel de la nuca.

—Yo siempre me controlo. —Seguía sin acercarse a mí—. Pero nuestra difícil situación exige… creatividad.

—¿Te importaría hablar más claro?

Levantó la mano con la palma hacia arriba.

—Como bien sabes, no necesito tocarte para tocarte .

Antes de que pudiera hablar, sentí que algo me rozaba el tobillo. Era como una seda fría, un zarcillo de sombras, más oscuro que el resto de la habitación, que se enroscaba sobre mi piel. Contuve el aliento, apartando la mirada de la sombra para mirarlo a él.

Extendió las manos de forma inocente.

La sombra se movía contra mi pierna, siguiendo la curva de mi pantorrilla, y luego se deslizó por debajo del dobladillo de la bata para envolver mi muslo.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo, no precisamente por el frío, sino más bien ante la mera posibilidad.

Cada centímetro de ella rezumaba poder, como una tormenta a punto de estallar.

—Esto es… peligroso —conseguí decir. Otro lazo de oscuridad se deslizó alrededor de mi cintura e hizo que el corazón se me desbocara.

Él ladeó la cabeza, con una expresión en la mirada temeraria y satisfecha.

—¿En serio?

Un apretón alrededor de mi cintura me levantó del taburete.

Solté un grito de sorpresa cuando las sombras me llevaron, medio a rastras, medio flotando, al otro lado de la habitación y me posaron sobre la cama.

Aparecieron más cuerdas oscuras, que se enrollaron alrededor de mis muñecas y tobillos, inmovilizándome contra las suaves sábanas. La bata se me resbaló y se abrió.

—Kaz… —jadeé, sin estar del todo segura de si le estaba rogando que parase o que continuara.

—Dime, Arabella. —Se colocó a los pies de la cama, de brazos cruzados y con una mirada abrasadora que me fulminaba desde una distancia prudencial. Un depredador saboreando los últimos quejidos de su presa indefensa.

—Esto no es justo —dije con voz ronca.

Dejó escapar una risa grave.

—Nada que tenga que ver con nosotros ha sido nunca justo. Tú, que me tientas con cada mirada. Yo, que no puedo tocarte. ¿No crees que ambos sufrimos?

Antes de poder responder, un nuevo zarcillo de sombras se formó cerca de mi cara y me rozó los labios.

Jadeé y se deslizó dentro, con un ligero sabor a ozono y energía antigua, acariciando mi lengua sin pudor.

Y entonces la sombra cambió, ya no se sentía como un beso, sino que crecía en anchura y longitud hasta llegar a la parte posterior de mi garganta con un ritmo que imitaba otros actos mucho más carnales.

Se me escapó un gemido ahogado. Las sombras que me sujetaban las muñecas se tensaron ligeramente, elevando aún más los brazos por encima de mi cabeza.

—Mírame —me ordenó con voz severa.

Levanté la mirada hacia la suya. Un rubor le cubría las mejillas y su pecho se movía más rápido con cada respiración. Ver cómo perdía aquella compostura impecable me provocó una oleada de humedad entre los muslos.

—No apartes los ojos de mí —ordenó, con palabras cargadas de posesividad—. Quiero verte.

Las sombras tiraron de mis tobillos y me abrieron las piernas. La bata abandonó cualquier intento por cubrirme, dejándome descaradamente expuesta.

La vulnerabilidad colisionó con un placer emocionante. Estaba inmovilizada, sometida a su voluntad, pero el deseo descarnado de sus ojos me hizo sentir que era yo quien tenía el control.

Emitió un sonido de aprobación.

Otra sombra se deslizó entre mis muslos. Forcejeé contra las ataduras, suplicando en silencio un poco más. La sombra que tenía en la boca me impedía hablar, sin embargo, mis gemidos expresaban claramente mi desesperación.

—Paciencia —me reprendió Kazimir, con un toque de oscura diversión en su tono—. Tanta insistencia en enseñarme autocontrol. ¿Ahora te arrepientes?

La sombra rozó los delicados pliegues entre mis piernas antes de buscar mi clítoris, y yo me arqueé hacia el contacto con un grito ahogado.

La sombra accedió a mi silenciosa petición, presionando con más firmeza, alternando entre una presión insistente y una provocación apenas perceptible.

Dejé caer la cabeza hacia atrás contra las almohadas, con los ojos cerrados mientras el placer se acumulaba, agudo y exigente.

—Mírame. A mí —espetó con tono imperativo.

Me obligué a abrir los párpados y a enfocarme en cómo él se deleitaba ante mi respuesta.

Las sombras me sostenían con firmeza, deslizándose por mis pechos, mi cintura, por todos esos puntos sensibles que nunca imaginé que la oscuridad pudiera acariciar.

Era un aluvión de sensaciones enloquecedor, demasiados roces que competían entre sí como para poder pensar con claridad.

Me quedé suspendida al borde del clímax, respirando entre jadeos entrecortados. Entonces, de repente, las sombras se detuvieron. Dejé escapar un sonido de protesta apagado. Por más que me retorcía, no encontraba alivio.

La sonrisita cruel de Kazimir dejaba claras sus intenciones.

—¿Acaso pensabas que te daría lo que querías tan fácilmente?

La sombra abandonó mi boca, dejando que pudiera volver a hablar.

—Kazimir —dije entre dientes, medio suplicando, medio gruñendo—. Ni se te ocurra parar ahora.

Él arqueó una ceja.

—Pídemelo como es debido. Admite que tengo más autocontrol que tú.

Abrí la boca para responderle con algún improperio, pero lo único que salió fue un gemido ahogado cuando las sombras reanudaron su recorrido, trazando círculos perezosos justo en el lugar adecuado. Se me puso la piel de gallina y moví las caderas en busca de más.

—Paciencia, heroína —se burló—. Si quieres que cruce todos tus límites, la próxima vez deberías plantearte más detenidamente lo que significa la palabra «control».

—No pienso… —La negación se convirtió en un gemido agudo cuando una sombra rozó mi clítoris con deliberada crueldad.

—¿No? —Sonrió aún más. Se movió contra el poste de la cama y no pude evitar fijarme en la evidente protuberancia que se marcaba bajo la tela de sus pantalones—.

Puede que necesites un poco más de persuasión.

Pronto podré reemplazar estas sombras por mis manos, por mi boca.

—Bajó la voz y se volvió más áspera—. Por fin te saborearé como es debido.

Te haré gritar mi nombre hasta que los cimientos de esta ciudadela se derrumben.

Las imágenes que dibujaban sus palabras casi me hicieron perder el control de mi magia. Casi. La cautela luchaba violentamente con el ardiente deseo que sentía entre las piernas.

Negó con la cabeza, con los ojos brillantes de admiración.

—Por los dioses, qué carácter. Incluso inmovilizada y suplicando.

—Tú deseas esto tanto como yo —le acusé, arqueándome de nuevo mientras las sombras volvían a atormentarme con círculos cada vez más rápidos.

—Innegablemente —dijo arrastrando las palabras, ahora con la mirada fija entre mis piernas. Otra sombra se deslizó entre mis muslos, recorriendo el contorno de mi trasero antes de rozar con una intimidad impactante la delicada piel de mi apertura trasera. Me arqueé con fuerza sobre la cama.

Él dio un paso adelante. Su presencia irradiaba puro dominio, haciendo que cada nervio bajo mi piel vibrara. Mientras tanto, las sombras duplicaron el ritmo, cada ráfaga me tensaba más por dentro.

—Dilo, Arabella —insistió, bajando la voz—. Dime que te rindes. Déjame darte lo que necesitas.

Me mordí el labio con tanta fuerza que me sangró, luchando entre el orgullo y la necesidad imperiosa de dejarme llevar. La tensión fue tan intensa que me dolía. Quería resistirme, pero un calor húmedo latía entre mis piernas, transformando cada respiración en un gemido.

—Me… —intenté hablar, sin saber si las palabras serían de rechazo o de rendición. Tal vez no le importaba. En la cara de Kazimir se reflejaba algo parecido al triunfo. O al deseo.

No esperó. El ritmo de esas caricias de las sombras se aceleró, implacable y certero.

El cuerpo se me estremeció con una sacudida apasionada, el clímax recorrió cada uno de mis músculos.

Grité en silencio, tensándome contra las ataduras mientras el orgasmo me invadía como una onda expansiva de colores y sensaciones.

Poco a poco, las sombras se retiraron, desapareciendo entre los rincones oscuros. Yo permanecí allí tumbada, temblando, con el corazón acelerado y las sábanas arrugadas debajo de mí. Cada parte de mi cuerpo vibraba de placer.

Kazimir rodeó la cama y el colchón se hundió cuando se sentó a mi lado. Esa diversión perversa de antes fue sustituida por algo más dulce. Me apartó con suavidad un mechón de pelo sudado de la cara. El calor de sus dedos me sorprendió tras el frío contacto de las sombras.

—¿Mejor? —preguntó con ternura, acariciándome la mejilla.

Sentía la garganta seca como para hablar, así que asentí, inclinándome hacia su mano.

Inclinó la cabeza. Su aroma me envolvió: a invierno y al filo de una espada, entretejido con magia.

—Pronto —susurró con voz ronca—. Pronto estabilizaremos la Reliquia y no harán falta estas ridículas restricciones. —Acercó los labios a mi oído y me estremecí cuando añadió—: Y tengo muchas formas de compensarte por el tiempo perdido.

Se apartó, sus ojos brillaban con una inquietante mezcla de triunfo, posesión y algo que me pregunté si alguna vez sería capaz de expresar con palabras. Sin decir nada, se puso de pie y se alisó la ropa como si nada hubiera pasado. Luego cruzó la habitación y desapareció por la puerta.

Me quedé allí tumbada, con el cuerpo aún palpitando por las sacudidas, y la mente dando vueltas al frágil vínculo que nos unía. Ahora era más fuerte, tal vez lo suficiente como para reducir todo lo demás a cenizas si no lográbamos controlarlo.

Pero en ese momento, me dediqué a recuperar el aliento, todavía con el tenue regusto de las sombras en mis labios.