64 Defiende tu «investigación» con jerga jurídica (y violencia ocasional)
Kazimir
A la mañana siguiente, entré con paso firme en la Cámara de los Acuerdos con Arabella a mi lado, con una mano descansando posesivamente en la parte baja de su espalda.
Las sillas de hueso tallado y la sobria vacuidad de la sala me recordaron por qué rara vez la utilizaba: nadie venía a Skyspire a negociar.
Venían a suplicar o a morir. El Sindicato, por supuesto, no haría ninguna de las dos cosas.
Al menos ese día no.
Las esferas de luz ya estaban encendidas cuando entré, iluminando las imponentes paredes cubiertas con mi escudo: unas rosas negras entrelazadas alrededor de una espada ensangrentada.
Las sillas de respaldo alto formaban un círculo en el centro, cada una tallada en hueso y grabada con runas de poder.
Observé que los representantes del Sindicato ya estaban sentados, lo que me irritó.
Al estar en mi dominio, deberían haber esperado a que yo llegara.
Zaraiah se sentó justo enfrente de mí, con un vestido carmesí que contrastaba con el color pálido de la silla.
Alquimista ocupaba un asiento a su derecha, con sus inquietos dedos siempre en movimiento.
Lady Vespera se sentó a la izquierda de Zaraiah, y los otros tres miembros del Sindicato completaron el círculo.
—Lord y lady Blackrose —Zaraiah saludó con una voz suave como una espada al desenvainarse—. Es un honor que hayáis podido acompañarnos.
Ignoré su sarcasmo y guie a Arabella hasta el asiento a mi derecha. Me acomodé en el mío con calculada lentitud. No era una simple silla hecha de huesos, sino una pieza más grande y elaborada que crujía levemente bajo mi peso. Las sombras a mis pies se agitaban respondiendo a mi estado de ánimo.
—Espero que Skyspire os haya proporcionado un descanso reparador —dije con ligereza—. Algunos huéspedes afirman que las pesadillas desaparecen al cabo de unos días.
Lady Vespera inclinó la cabeza.
—Las habitaciones eran… adecuadas. Aunque las turbulencias mágicas resultaron algo molestas.
Esa fue la primera estocada. Me recosté en mi asiento y le dediqué una sonrisa deliberadamente despreocupada.
—Renovaciones. No son para tanto.
—Renovaciones —repitió Alquimista, con clara apatía.
Arabella permanecía inmóvil como una estatua a mi lado. Habíamos acordado no revelar nada sobre la Reliquia ni nuestros planes para manipular las líneas ley. El Sindicato no merecía estar al tanto de tal información.
—Mis experimentos mágicos son puramente personales —señalé, dejando que mi voz se endureciera—. A menos que os estéis ofreciendo voluntarios como sujetos de prueba.
Las delicadas horquillas de hueso de lady Vespera reflejaron el resplandor de las luces esféricas cuando se inclinó hacia delante.
—Cuando esos experimentos personales amenazan el equilibrio que mantiene el Sindicato, nos vemos obligados a tomar medidas. Tus actividades han activado todas las alarmas.
—Y yo que pensaba que al Sindicato solo el importaban los intereses colectivos —respondí—. No era consciente de que mi investigación privada ameritaba tanta vigilancia.
—Tus acciones repercuten en todos nosotros, Kazimir —dijo Zaraiah—. Cuando liberas descargas mágicas que se ven desde tres reinos de distancia, nos obligas a todos a soportar un escrutinio indeseado.
Reprimí una punzada de irritación. Si preferían a un hechicero discreto, no deberían haberse aliado con un maldito Señor Oscuro.
—Si os preocupan las miradas curiosas —dije con frialdad—, quizás deberíais echar un vistazo a las famosas ampliaciones de lady Vespera.
Vespera entrecerró los ojos.
—Esa operación fue aprobada por unanimidad por el Sindicato. Estamos aquí porque tus repentinos aumentos en la magia de dominio coinciden con este matrimonio tan repentino, y necesitamos determinar si estás usando como arma algo que está más allá de nuestro control.
Arabella se movió, atrayendo las miradas de todos. Con calma, dijo:
—¿Se trata de una pregunta? ¿O simplemente disfrutas haciendo insinuaciones?
Los labios finos de Alquimista se curvaron con deleite.
—Me cae bien. Pero sí, lady Blackrose, tenemos algunas preguntas, empezando por la naturaleza de tu lazo mágico con su suprema oscuridad.
Respondí antes de que pudiera hacerlo Arabella.
—Mi esposa y yo compartimos un vínculo, como suelen hacer las parejas casadas, especialmente aquellas bendecidas con ciertos legados arcanos. —Hice una pausa—. ¿Es necesario que detalle cada aspecto de nuestra vida privada?
Zaraiah arqueó sus perfectas cejas.
—Es fascinante. El heroico linaje de los Evenfall fusionado con tu… singular estirpe. Es algo sin precedentes, ¿no te parece?
Llevaba años husmeando en busca de secretos sobre mi pasado. Era evidente que pensó que ese día era el momento perfecto para arrinconarme. Esbocé una sonrisa desdeñosa.
—¿Tiene que haber algún motivo detrás? Tal vez me casé por tener compañía.
—Tú nunca has hecho nada sin razón aparente —afirmó Zaraiah, y desvió la mirada hacia Arabella—. Desde que te conozco, siempre has buscado sacar tajada. Y yo te conocía bastante a fondo, Kazimir.
Me alisé la manga del abrigo, haciendo caso omiso al remolino de sombras que traicionaron mi creciente enfado.
—De eso hace mucho y fue irrelevante. A menos que hayas venido aquí para cotillear sobre la vida privada de los demás, lo cual, francamente, está fuera de lugar.
Ella esbozó una sonrisa envenenada.
—¿Tú crees? Me pregunto si lady Blackrose conoce la magnitud de tu capacidad imaginativa cuando estás debidamente motivado.
Arabella echaba chispas por los ojos, pero yo interrumpí:
—Querías hablar de las perturbaciones mágicas. Sugiero que nos ciñamos al tema.
—En efecto —murmuró lady Vespera, enderezándose—. El Sindicato detectó vestigios de magia de dominio irradiando desde Skypspire. Sospechamos que podrías alterar el equilibrio de poder si continúas por este camino.
—No hay que ser tan dramático —dije arrastrando las palabras—. Nuestros estatutos permiten la investigación independiente, siempre y cuando no suponga una amenaza para otras Sillas.
—¿Investigación o fabricación de armas? —cuestionó Vespera—. Estas energías no se pueden considerar experimentos menores.
Me encogí de hombros, y las sombras se deslizaron desde debajo de mi trono. No me molesté en controlarlas.
—Conjeturas. No veo ninguna prueba concluyente aquí, solo divagaciones sobre preocupaciones sin sentido.
Zaraiah se inclinó hacia delante.
—Si quieres calmar nuestros temores, muéstranos lo que estás haciendo. Sé transparente. Así no tendremos de qué preocuparnos.
Me eché a reír.
—¿Invitar al Sindicato a registrar mis talleres privados? Ni hablar. Mis proyectos siguen siendo míos, bajo la protección de los estatutos.
La expresión de Vespera se tornó más formal.
—Entonces, recurro al Protocolo Siete. Cuando las acciones de una Silla ponen en riesgo la estabilidad de la región, este debe revelar toda la información si así se le solicita por unanimidad, o de lo contrario se enfrentará a una sanción.
La miré con frialdad.
—Si vas a cruzar esa línea, más vale que estés segura. Ambos sabemos que invocar el Protocolo Siete sin motivo conlleva consecuencias. Se me ocurre un antiguo presidente que todavía no puede sostener una cuchara.
—Estamos listos para afrontar cualquier veredicto —dijo Vespera, sin inmutarse—. Lo primero es la estabilidad del Sindicato.
Miré a Arabella. Ella me observaba fijamente, sin perder detalle de cada palabra.
—De acuerdo —dije por fin—. Entonces, me acojo al artículo tres, párrafo cuatro: las investigaciones privadas pueden seguir siendo confidenciales si ofrezco garantías de que no suponen una amenaza directa para el Sindicato o sus intereses.
Los dedos inquietos de Alquimista se congelaron en el aire.
—Entonces, ¿niegas a revelar la información?
—Yo defiendo mis derechos según lo establecido en los estatutos —le corregí—. Mi trabajo es delicado y revelarlo ahora lo comprometería todo.
—Nos estás pidiendo que confiemos en tu palabra —dijo Vespera con escepticismo.
Extendí las manos en un gesto casi de burla.
—Durante casi una década, el Sindicato me ha considerado lo suficientemente fiable como para ocupar un puesto entre vosotros. Mi integridad no ha cambiado.
Zaraiah se rio.
—Qué impreciso y conveniente. Perdónanos si lo consideramos insuficiente.
Las sombras lamían los brazos de mi trono, respondiendo a mi temperamento.
—No recuerdo haber pedido tu permiso. Si no estás conforme, puedes hablar con mis guerreros de sombras.
Zaraiah y Vespera intercambiaron una mirada cómplice, manteniendo una conversación tácita entre ellas.
Entonces Zaraiah siguió metiendo cizaña.
—Eres tan divertido cuando te sientes acorralado, Kazimir. Me resulta casi nostálgico.
Suspiré.
—No me siento acorralado…, estoy aburrido. ¿Hay algo más que queráis decir, o terminamos con esta patraña?
Le lanzó una mirada engreída a Arabella y prosiguió:
—Recuerdo tu fascinación por la anatomía demoníaca. ¿Tu nueva esposa ha oído hablar de ese incidente?
El pulso se me aceleró cuando una chispa de terror se encendió bajo mi ira. De todo lo que podría haber mencionado, eso era lo peor. Arabella captó mi reacción, con evidente confusión en el rostro, pero Zaraiah esbozó una sonrisa de satisfacción.
—Confundes la desesperación con la estrategia —le dije con crudeza—. Pero nunca has sido especialmente avispada en lo que a comprender las cosas se refiere.
La sonrisa de Zaraiah se tornó amarga.
—¿Estrategia? Así que así es como llamas a dejar que ese monstruo…
CRAC.
Unas espinas brotaron de su silla, astillando los huesos antiguos.
Zaraiah saltó a un lado justo a tiempo, pero se le enganchó el dobladillo del vestido.
Tiró de él para soltarlo mientras una gota de veneno resbalaba por la punta de la espina, chisporroteando y dejando una marca de quemadura en la piedra.
Me quedé de pie, con las sombras arremolinándose a mi alrededor formando arcos violentos.
—Vete. Ahora mismo. A menos que quieras que las enredaderas te envuelvan las entrañas.
—Eres mucho más divertido cuando estás enfadado —dijo ella, intentando adoptar un tono burlón, pero sin conseguirlo del todo.
Los demás miembros del Sindicato se levantaron. Nadie parecía sorprendido, lo que daba a entender que sabían cuál era su plan. Lady Vespera me dirigió una mirada fría.
—Esto no se ha acabado. Han quedado muchas preguntas sin respuesta.
—Pues buscadlas en otra parte —dije con rabia. Mi magia golpeó el suelo en forma de gruesos y retorcidos zarcillos—. Mi hospitalidad ha llegado a su fin.
Alquimista me dedicó una media reverencia, sin borrar la sonrisa de la cara.
—Un placer como siempre, lord Blackrose. Lady Blackrose. —Su inquietante atención se centró en Arabella—. Espero que podamos volver a hablar en el futuro, quizá tomando un té y sin amenazas de por medio.
No dije nada más mientras dejaba que las sombras se densificaran hasta que se marcharon. Zaraiah se detuvo para lanzar una última mirada triunfante antes de cruzar la puerta. Una vez que se hubieron ido, permanecí de pie, con el pecho oprimido por la mezcla de rabia, miedo y antiguos fantasmas.
—¿Kazimir? —La voz de Arabella atravesó la neblina. Se acercó a mí, aunque no demasiado—. ¿Qué ha sido eso? Zaraiah ha mencionado algo sobre demonios…
—Nada —dije, tenso e incapaz de mirarla a los ojos—. Siempre anda buscando meter el dedo en la llaga.
Arabella me observó con atención.
—Entonces, ¿por qué te ha afectado tanto?
Me giré, girando alrededor de mi silla, con las sombras siguiéndome como humo negro.
—Porque a Zaraiah se le da muy bien echar sal en viejas heridas, eso es todo.
—¿Tan malo es que no puedes contármelo?
—No es un tema abierto a debate —respondí con brusquedad. Apreté los dientes y moderé mi tono—. Debemos centrarnos en los próximos pasos. Con vino o algo más fuerte.
Sus ojos se iluminaron de preocupación, pero asintió con la cabeza.
—Está bien. ¿El Sindicato se marchará después de esto?
—Sí. Han conseguido lo que querían: pruebas de que escondo algo. Ahora se volverán a reunir para aprovecharlo. —Me obligué a encogerme de hombros con calma, a pesar de que mi corazón seguía latiendo con fuerza—. No atacarán abiertamente todavía.
Ella suspiró, apartándose un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Parecían en verdad preocupados por lo que estamos haciendo.
Esbocé una sonrisa salvaje.
—Deberían estarlo.