La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 63 Alimenta a los tiburones de tu bañera (antes de que huelan la sangre)
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63 Alimenta a los tiburones de tu bañera (antes de que huelan la sangre)

Arabella

E l vestido azul medianoche absorbía la luz en lugar de reflejarla, creando la sensación de estar envuelta en un pedazo de cielo sin luna.

Un hilo plateado trazaba sutiles patrones a lo largo del corpiño y las mangas, símbolos arcanos que se asemejaban a algunas de las runas de la piel de Kazimir.

El escote era más pronunciado de lo que me hubiera gustado, y la espalda era aún más escotada, dejando al descubierto la mayor parte de mi columna vertebral ante la gélida brisa que soplaba sobre el puente de relámpagos.

Sin embargo, a esas alturas, solo me preocupaba por llevar capa cuando hacía tanto frío que se me congelaban las últimas neuronas que me quedaban.

De lo contrario, el viento las agarraba o intentaba empujarme por el precipicio.

Vex vino conmigo porque Kazimir ya estaba en el Gran Salón con el Sindicato. Necesitaba más tiempo para vestirme y, si era sincera, también para prepararme para una cena a medianoche en la que me sentía tanto el plato principal como el entretenimiento.

Me miró mientras bajábamos por la escalera de la torre.

—Parece que vas camino al patíbulo —comentó, con el cabello teñido de un intenso rojo sangre.

—Puede que así sea —musité.

Nos detuvimos en un rellano y Vex se volvió hacia mí.

Sus ojos brillaron con un destello plateado antes de volver a su tono gris habitual, algo que, según había aprendido, solo ocurría cuando estaba realmente preocupada por Kazimir.

Su sensibilidad hacia los estados de ánimo de él era asombrosa, pero no era el momento de hacer preguntas.

—El Sindicato valora tres cosas: poder, beneficio y predictibilidad —dijo en voz baja—. Ya saben que eres poderosa… Tu linaje lo deja claro. Lo que no saben es si eres un recurso o un lastre para ellos.

Arqueé una ceja.

—¿Cuál se supone que debo ser?

—Ninguno. —Vex ajustó con delicadeza la pequeña diadema plateada que adornaba mi cabello—. Eres lady Blackrose, esposa del Señor Oscuro y señora de esta fortaleza. No estás por debajo de ellos, y no les tienes miedo.

Traté de esbozar una sonrisa sarcástica.

—Entonces, básicamente, ¿tengo que actuar como Kazimir, pero con mejores modales y menos crímenes de guerra a las espaldas?

Le temblaron los labios.

—No exactamente. Lord Blackrose ya tiene su historia con el Sindicato. A ti no te conocen, lo cual puede ser útil.

Continuó descendiendo por las escaleras, bajando la voz a medida que nos acercábamos a la última curva.

—Hay tres representantes a los que debes prestar mucha atención: lady Zaraiah, quien ocupa la Silla de los Susurros y se encarga de toda la red de inteligencia. —El tono de Vex se endureció al decir—: Ella y lord Blackrose tuvieron una… aventura.

La envidia se apoderó de mí de forma repentina y ardiente. Solté un suspiro de irritación. ¿A cuántas exnovias de Kazimir acabaría conociendo? Primero Morana, ahora Zaraiah. Al parecer, el Señor Oscuro había dejado un rastro de mujeres despechadas por todo el reino.

—¿Y los demás?

Vex bajó el último escalón.

—Alquimista; ocupa la Silla de la Transformación.

Nunca aceptes ninguna comida ni bebida que te ofrezca.

Si es necesario, purifícala con tu magia curativa.

Una vez vi cómo convertía los huesos de un enemigo en cristal en mitad de un brindis.

El hombre pasó varias semanas tintineando… , hasta que murió.

Un escalofrío me recorrió la columna.

—¿Serían capaces de envenenarme en una cena diplomática?

—No lo llamarían envenenamiento —dijo sin rodeos—.

Dirían que fue para «probar tu resistencia».

Creen que el verdadero poder se muestra mejor bajo presión.

—Miró hacia delante y habló entre susurros—.

Y la tercera es lady Vespera, quien ocupa la Silla de los Contratos.

Cada palabra que sale de su boca es vinculante de formas que ni te imaginas.

Sé extremadamente precisa cuando respondas.

Llegamos al final de la escalera y pude oír voces que provenían del vestíbulo. Vex se detuvo por última vez y se volvió hacia mí con una mirada inusualmente seria.

—Recuerda, lady Blackrose, el Sindicato no está aquí para hacerse tu amigo. Están aquí para evaluar una posible amenaza.

—Kazimir —dije.

Ella asintió.

—Y por extensión, tú. Sintieron una ráfaga de magia proveniente de la ciudadela. Saben que algo en el Señor Oscuro ha cambiado, y sospechan que el motivo eres tú.

Sentí la boca seca.

—¿Y qué pasa si deciden que somos demasiado peligrosos?

—Pues nada bueno. —Exhaló con brusquedad y luego me enderezó la diadema por última vez—. Así que concédeles suficiente verdad para mantenerlos satisfechos, no dudes y sonríe como si fueras a destrozarles las vidas y a disfrutar con ello.

Ella abrió las puertas y me hizo pasar. Una ola de magia estática se expandió desde la habitación, siete energías distintas llenaban el aire de tensión.

Se me erizó el vello de los brazos y estuve a punto de levantar mis defensas por instinto.

No eran simples aristócratas, eran superdepredadores, y el aire a su alrededor brillaba con un poder apenas contenido.

Una mesa larga aguardaba en el centro, cubierta con manteles negros e iluminada con esferas flotantes de luz azul pálida.

Reconocí que era la misma mesa en la que había derramado vino sobre la camisa de Kazimir, solo que ahora estaba dispuesta para ocho comensales, con centros de mesa hechos con rosas negras y extrañas setas luminosas.

Kazimir presidía la mesa, vestido a juego con mi atuendo azul oscuro con detalles plateados y una chaqueta a medida que resaltaba su alta estatura. Las sombras se enroscaban alrededor de sus dedos.

Estaba rodeado por seis personas que solo podían ser del Sindicato. Mi sentido de la verdad vibraba inquieto, no porque estuvieran mintiendo, sino porque todo el ambiente estaba impregnado de intenciones ocultas.

Junto a Kazimir había una mujer alta y esbelta, con el pelo corto que acentuaba su porte majestuoso.

Llevaba un vestido carmesí que dejaba al descubierto la mayor parte de sus extremidades y su cuello.

Acariciaba el brazo de Kazimir con la punta de los dedos de una forma que me provocó un nudo de celos en el estómago.

Supuse que se trataba de lady Zaraiah. Pero noté que Kazimir apretaba la mandíbula cuando ella lo tocaba, como quien se obliga a no retroceder ante un hierro candente.

Por alguna extraña razón, esa silenciosa negativa me tranquilizó y avancé con paso firme.

Él levantó la vista cuando me acerqué y una leve sonrisa de aprobación se dibujó en su rostro antes de extender la mano. El gesto le hizo alejarse de Zaraiah con una determinación despreocupada que ella no pasó por alto.

—Aquí está —dijo Kaz, con una voz cálida y un encanto que había pulido hasta la perfección—. Aliados míos del Sindicato, permitidme que os presente a mi esposa, lady Arabella Blackrose.

Era consciente de que todos seguían mis movimientos cuando cogí su mano. Me presentó uno por uno a los miembros del Sindicato.

Lady Vespera, bajita y regordeta, con el pelo canoso recogido en un moño alto, vestía un conservador vestido gris oscuro que brillaba ligeramente gracias a algunos encantamientos. A pesar de su aspecto de abuelita, tenía una mirada afilada como una navaja.

—Lady Blackrose —me saludó, con una voz más grave de la que esperaba. Me evaluó con un solo vistazo y asintió con la cabeza una vez.

Alquimista vestía una túnica caleidoscópica que no permanecía del mismo color más de unos segundos. Una máscara parcial ocultaba todo lo que quedaba por encima de unos finos labios que esbozaban una misteriosa media sonrisa. Murmuró:

—Fascinante. —Sentí una ráfaga de magia que me mareó—. Su aura fluctúa en oposición a la tuya, Kazimir.

Los demás miembros del Sindicato no eran menos llamativos.

El barón Revek, medio mecánico, con engranajes de latón visibles en la cavidad torácica, y Garrick el Desconsolado, envuelto en un traje fúnebre negro y evadiendo mi mirada como quien estaba viendo fantasmas detrás de mí.

El más ostentoso era lord Faustian Dorado, una figura rechoncha con una piel de un dorado antinatural y pequeñas joyas en lugar de poros.

Me observaba con la mirada penetrante de un comerciante que evalúa la mercancía.

Entonces lady Zaraiah se acercó con una elegancia fluida que me hizo despreciar todo de ella.

—Lady Blackrose —ronroneó con un acento melodioso—, es todo un placer conocer a la mujer que ha conseguido someter a nuestro indómito Kazimir. Empezábamos a pensar que sería incapaz de sentar cabeza.

Ella sonrió alegremente, rebosante de falsedad.

Yo mantuve mi propia sonrisa sin pestañear.

—No me atrevería a decir que he domesticado a nadie. Lord Blackrose nunca se somete a la voluntad de otros. Simplemente he aprendido formas más creativas de canalizar su entusiasmo.

Kazimir me acarició los nudillos con el pulgar en señal de aprobación silenciosa, un gesto que decía «bien jugado» y «te lo haré pagar más tarde».

—Por supuesto que no —dijo lady Vespera, con una voz que parecía hacer vibrar el aire—. Pero el matrimonio es una limitación en sí mismo, ¿no crees?

Mantuve la voz firme, recordando la advertencia de Vex sobre el don de Vespera para vincular con palabras.

—Lo considero más bien una asociación —dije con tiento—. Ambos aportamos fuerzas únicas para conseguir un objetivo común.

—¿Y ese objetivo sería…? —preguntó Alquimista con curiosidad cantarina, dando golpecitos con los dedos a un ritmo que me hacía palpitar las sienes.

Miré a Kazimir y él me hizo un leve gesto con la cabeza.

—Explorar mis habilidades mágicas —respondí.

Lady Vespera levantó las cejas.

—Cierto. Los poderes sanadores de tu familia son muy famosos.

—Quizá deberíamos discutir esos asuntos mientras cenamos —sugirió Kazimir amablemente.

—Por supuesto —accedió lady Zaraiah, aunque mantuvo los ojos puestos en mí con descaro.