La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 62 Evita las conversaciones incómodas (mientras estás rodeado de tiburones)
81%

62 Evita las conversaciones incómodas (mientras estás rodeado de tiburones)

Kazimir

L a sala de guerra quedó sumida en un silencio casi total después de la medianoche, salvo por el susurro de las llamas de las velas y los murmullos cansados de Griffin.

Nos habíamos retirado allí tan pronto como se marcharon los trabajadores, ansiosos por disfrutar de la quietud de la noche para dedicarnos a tareas burocráticas y diagramas de encantamientos a medio terminar.

Me incliné sobre la mesa para examinar las runas minuciosamente que había dibujado Griffin: complejos enlaces y arcos que me hacían daño a los ojos si los miraba fijamente durante demasiado tiempo.

—Esta matriz de estabilización debería funcionar —dijo Griffin, dando unos golpecitos en el pergamino con un dedo manchado de tinta—. En teoría.

Fruncí el ceño.

—Odio esa frase.

Una de sus lentes se había roto a principios de semana, lo que le daba un aspecto permanentemente contrariado.

—Me está pidiendo que arregle un artefacto que nunca se había roto, usando un método que no se ha probado antes para garantizar que no explote y que aniquile la mitad de los Reinos Occidentales. Así que sí, «en teoría» es lo mejor que puedo ofrecer.

Reprimí el impulso de responder de mala manera y volví a examinar el diagrama. Parecía elegante: hechizos superpuestos con patrones entrelazados, diseñados para que la magia inestable de la Reliquia se retroalimentara a sí misma.

—¿Cuánto falta para que puedas probarlo?

—Dos o tres días —respondió.

Pasé un dedo por las runas dibujadas, medio convencido de que estábamos abocados a la catástrofe.

—¿Y no interferirá con la función de la Reliquia?

Suspiró con aire angustiado.

—No podré saberlo hasta que el encantamiento esté terminado y se haya probado como es debido… Lo cual no será posible si sigue hostigándome, mi señor.

Abrí la boca para soltar una reprimenda autoritaria, pero la puerta se abrió antes de que pudiera hacerlo. Arabella entró, vestida con mi bata sobre un fino camisón. El pelo le caía sobre los hombros, y esa imagen me provocó un sentimiento posesivo en lo más profundo de mi ser.

—No cogía el sueño —dijo, con voz suave.

Sentí un nudo en el pecho. Durante la última semana, me había sumergido en planes de guerra y detalles de encantamientos, con la esperanza de mantener mi mente alejada de ella y del efecto que ejercía sobre mí.

Seguíamos entrenando y comiendo juntos, pero, aparte de eso, nuestras interacciones se veían moduladas por la presencia de otras personas.

Parecía lo más sensato, dadas las circunstancias.

Griffin carraspeó.

—Bueeeeno…

—Quédate —le ordené, sin apartar la mirada de Arabella—. Estamos terminando el debate sobre la estabilización.

Ella se acercó a la mesa, recorriendo con los ojos las runas.

—¿Algún avance?

—Alguno —respondió Griffin, visiblemente agradecido por la distracción—. Estamos cerca.

Arabella se volvió hacia mí, con mirada desafiante y firme.

—¿Y qué hay del ritual del Tejido de la Vida? ¿Ya has tomado una decisión? ¿O sigues esperando a que la Reliquia termine de romperse?

La columna se me puso rígida. Llevaba días posponiendo esa decisión.

—Tenemos otras opciones que estudiar primero —dije, imponiendo un tono de voz tajante.

—Ah, ¿sí?

Forcé una exhalación controlada.

—Sí.

Cuando Griffin intentó (sin éxito) mirar hacia otro lado, Arabella le lanzó una pregunta directa:

—Responde con honestidad: ¿es el ritual la mejor baza que tenemos para reparar la Reliquia de forma permanente?

Se quedó allí de pie, con la lealtad y la honestidad librando una batalla en su mirada. Luego suspiró.

—Sí. La estabilización podría hacer que siguiera siendo utilizable de forma limitada, pero el ritual del Tejido de la Vida es el único método que podría reparar por completo esa fractura.

Arabella asintió levemente.

—Gracias, Griffin.

Fulminé al hombre con la mirada por su traición, pero él se puso a recoger sus notas.

—Voy, eh, a continuar con mis cálculos en otra parte —farfulló, y salió corriendo antes de que pudiera enviarlo a las criptas infestadas de escorpiones.

El silencio envolvió la habitación y yo me giré hacia la ventana. Un destello de luz iluminó el cielo. Detrás de mí, Arabella controlaba su respiración.

—Me estás evitando —dijo.

Me quedé mirando fijamente al reflejo de mi propia cara en el cristal de la ventana.

—¿Acaso pretendes que ignore el hecho de que Auremar está reuniendo tropas en nuestras fronteras? ¿Que el Gremio del Héroe está planeando un ataque por el frente? Prefiero dedicar mi tiempo a anticiparme a ellos que a complacerte a ti.

Bajó la voz una nota.

—Prefiero tu honestidad a tu complacencia. ¿Por qué no quieres hablar del ritual del Tejido de la Vida?

Un escalofrío de terror me recorrió la espalda.

—Es demasiado peligroso.

—¿Para quién?

Me giré, medio tentado de lanzar un pisapapeles para liberar la tensión.

—Al conectar tu linaje y el poder de sanación de forma directa con el artefacto dañado podrías morir. Tenemos alternativas…

—Deja de mentirme. —Se acercó a mí, con los ojos encendidos por el enfado—. Llevas toda la semana escondido en la sala de guerra para no tener que tomar una decisión. Admite eso al menos.

La llama de la ira que ardía en mi interior casi prendió fuego a una esquina del mapa. Respiré hondo con los dientes apretados.

—Sí. El riesgo que correrías es inaceptable. Y sí, al parecer eso me importa. ¿Contenta?

Ella asimiló aquellas palabras y su enfado se desvaneció.

—Difícil —murmuró.

Dejé escapar una risa amarga.

—Yo diría que eso es quedarse corto. —Para cambiar de tema, señalé los movimientos de las tropas—. Morana se ha quejado otra vez esta mañana de que mis fuerzas están obstruyendo sus fronteras. Pero teme que Auremar vaya primero a por ella.

—¿Estás atrayendo a propósito la cólera del rey hacia Arvoryn?

—Por supuesto —dije—. Ella es una pieza estratégica. Además, estoy cansado de sus intentos por cubrirse las espaldas. Edmund es más maleable.

Me miró con cierta diversión.

—Esa es una forma elegante de decir que planeas deshacerte de Morana.

—Ha dejado de ser útil —admití—. No tiene sentido fingir lo contrario.

Arabella cruzó los brazos, al parecer sin inmutarse frente a mi indiferente crueldad.

—¿Ya te has cansado de cambiar de tema?

Le sostuve la mirada.

—¿Qué quieres, Arabella? No puedo pensar con claridad cuando se trata de ti. Ya no estoy dispuesto a correr el riesgo de sacrificarte. Ahí tienes la verdad que buscabas.

Abrió la boca, quizá para responder, tal vez para insistir, pero una helada descarga mágica atravesó mis runas. Los hechizos protectores se encendieron en señal de advertencia.

—Tenemos visita —musité—. Quédate aquí.

Como era de esperar, me siguió cuando salí a toda prisa hacia el pasillo y me pregunté por qué me molestaba en dar órdenes en absoluto. Casi me llevo por delante a Thorne, que estaba tan nervioso que parecía capaz de arrancarse las uñas.

—Mi señor —dijo, con una reverencia—. El Sindicato está aquí.

—¿A quién han enviado?

El rostro de Thorne se tensó.

—Están todos.

—Creía que el Sindicato había asistido a nuestra boda —dijo Arabella.

—Enviaron a unos representantes —la corregí—. Los miembros reales rara vez abandonan sus santuarios. Esto de que todos ellos aparezcan juntos y sin previo aviso…

Es como si de repente hubieran aparecido seis tiburones hambrientos en mi bañera.

Thorne bajó la voz.

—Exigen una audiencia inmediata.

Mantuve una expresión impasible.

—¿Así que con exigencias? —Entonces le di a Thorne una orden seca—: Acompáñalos al Gran Salón y manda a preparar comida.

Se marchó de inmediato. Arabella se volvió hacia mí.

—Tú ocupas un puesto entre ellos, ¿verdad? —preguntó—. Es lo que sospeché cuando nos colmaron de regalos de boda.

—La Séptima Silla —confirmé.

—¿Están al tanto de la Reliquia?

Golpeé con el dedo mi anillo de bodas.

—Puede que sospechen algo, pero nada concreto. Probablemente por eso están aquí.

Contrabando, asesinatos, tráfico de información, artefactos mágicos…

Nada se movía sin el conocimiento o la aprobación del Sindicato.

Pero yo había mantenido en secreto mi búsqueda por el poder, y si descubrían mis verdaderos planes antes de que se hicieran realidad, me vería obligado a luchar en dos frentes.

Sin el beneficio del artefacto que había desencadenado todo aquel embrollo.

Me di la vuelta y dije en voz baja mientras nos guiaba hasta nuestros aposentos:

—No dejaré que saboteen nuestros planes. O que te hagan daño a ti, Arabella. Pero ten cuidado. Son un nido de víboras.