63 Alimenta a los tiburones de tu bañera (antes de que huelan la sangre) #2
Kazimir me llevó hasta mi asiento a su derecha mientras los miembros del Sindicato se sentaban alrededor de la mesa. Los sirvientes aparecieron en silencio con bandejas colmadas de manjares y decantadores de vino.
—Dime, lady Blackrose —dijo Zaraiah una vez estuvimos todos servidos—. ¿Qué te parece la vida en la Ciudadela Skyspire? Entiendo que te criaron para curar a los enfermos y consolar a los moribundos… No para compartir cama con el hombre que causa gran parte de esas enfermedades y muertes.
Antes de que pudiera responder, noté algo rozándome el tobillo debajo de la mesa, lo que me sobresaltó.
El poder de sombras de Kazimir se enroscó en mi pierna…
No de forma forzada, sino de una manera que resultaba a la vez íntima y extrañamente reconfortante.
Fingió no darse cuenta de la mirada que le dirigí.
—Sin duda lady Blackrose posee una magia de la vida extraordinaria —dijo Kazimir con tono refinado mientras aquella maldita sombra subía cada vez más—. Su ascendencia heroica garantiza esa potencia.
—Qué fascinante —murmuró lady Zaraiah, con los ojos resplandecientes—. Uno podría pensar que has orquestado esta unión con el único fin de capturar dicho poder, Kazimir.
—Es posible —admitió con voz neutra—. Pero el destino tiene un peculiar sentido del humor en lo que a mí respecta.
La sombra me llegaba hasta la mitad del muslo, y traté de no atragantarme con el vino.
Quería estrangularlo o tal vez arrastrarlo lejos para hablarle de los límites.
Sin embargo, desde un punto de vista estrictamente práctico, aquello me impedía pensar en el grupo de depredadores letales que nos observaban.
Solo deseaba que hubiera elegido un método menos recreativo.
Alquimista pinchó un trozo de comida en un tenedor diminuto y se dirigió a mí de nuevo.
—Entonces, según tenemos entendido, llegaste aquí de forma bastante repentina, ¿no es así?
Dejé mi copa a un lado con delicadeza, ignorando la tensión creciente que evaporaba mi autocontrol.
—Lord Blackrose puede llegar a ser muy persuasivo.
La risa de lady Zaraiah fue un poco áspera.
—Oh, recuerdo sus métodos de persuasión. Fueron bastante irresistibles… durante un tiempo.
Sonaba demasiado mordaz. Esbocé una sonrisa tranquila.
—Es curioso cómo algunas cosas duran y otras… no. —Dejé que mi mirada se posara en su mano, que seguía acariciando la manga de Kazimir como un gato que araña un cojín—. A veces, esa conexión desaparece por completo.
La sombra de Kazimir se detuvo bajo la mesa y luego desapareció abruptamente. Al mirarlo, vi que su expresión se había endurecido. Sin embargo, habló con una voz suave, casi afable.
—Mi esposa y yo compartimos un vínculo único.
Lord Dorado, el representante de la Silla de Comercio con piel de oro, interrumpió:
—Eso hemos notado. La oleada mágica de vuestra consumación sacudió tres reinos enteros. Me costó una fortuna en transacciones comerciales.
Kaz me agarró de la mano.
—¿Tu padre aprueba esta unión, querida? —preguntó Vespera—. Tengo entendido que lord Evenfall te mantuvo protegida.
—La opinión de mi padre dejó de importarme hace mucho —dije con un deje brusco—. Seguramente se sintió defraudado al no poder subastarme.
—¿Subastarte? —Alquimista ladeó la cabeza con fascinación—. ¿A otra persona?
—Al rey Auremar —aclaré, notando cómo se me tensaba la voz. No había razón para ocultar lo que seguro ya sabían.
Lady Zaraiah soltó algo parecido a una risita.
—Así que, por si fuera poco, has enfurecido a la corona de Solandris. Típico de Kazimir.
—Eso explica los movimientos del Gremio del Héroe —dijo Vespera, clavando la mirada en Kazimir—. Y los de tu ejército.
Él solo se encogió de hombros.
—Auremar y yo ya éramos enemigos. Solo que ahora es más oficial.
La conversación se desvió hacia rutas de comercio, componentes mágicos y asuntos políticos.
Me dediqué principalmente a escuchar, observando cómo respondía cada miembro del Sindicato a Kazimir.
Se percibía respeto, pero mezclado con aprensión.
Lady Zaraiah se mantenía cerca de él con una confianza inquietante, mientras que Alquimista me estudiaba como si fuera su próximo experimento.
Llegó el postre, chocolate negro y bayas espolvoreadas con oro comestible, y lady Zaraiah volvió a hablar.
—Has estado muy ausente de los asuntos del Sindicato, Kazimir. Nos preguntábamos si habías perdido interés en nuestros esfuerzos colectivos.
—He centrado todos mis esfuerzos en asegurar mi matrimonio y en robustecer algunos temas en Skyspire —respondió con calma.
—Sí, tu repentino interés por el matrimonio nos pilló a todos por sorpresa —apuntó lady Vespera, con la mirada puesta en mí—. Especialmente después de haber rechazado la idea con tanta rotundidad en el pasado.
Dudé si dejar que el silencio se prolongara, pero al final dije:
—La gente cambia —pronuncié cada palabra con determinación—. O tal vez encuentran motivaciones que antes no tenían.
La sonrisa de lady Zaraiah brillaba igual que una espada.
—Las motivaciones de Kazimir por el poder y el dominio siempre se han mantenido constantes. Cabe preguntarse qué podrías ofrecerle tú.
La voz de Kazimir se volvió peligrosamente suave.
—Quizás estás suponiendo demasiado, Zaraiah. Mi esposa no está aquí para que la interrogues.
Ella respondió inclinando la cabeza con un gesto depredador.
—Pero es que salta muy rápido. No puedo evitar sentir curiosidad por sus puntos fuertes… o por sus debilidades.
Me apoyé hacia delante, negándome a apartar la vista de su desafiante mirada.
—Si solo se tratara de poder, Kazimir podría haberlo buscado en otro lugar. Supongo que otros caminos resultaron ser efímeros, ¿verdad?
Dio unos golpecitos en la mesa con sus uñas pintadas de rojo brillante. Kazimir se puso tan rígido que era evidente que no iba a seguir con esa conversación, y Garrick aprovechó la oportunidad.
—Hemos percibido enormes cambios por aquí —comentó, con una voz tan áspera como las bisagras de un ataúd—. La magia se resiente por un hambre ancestral. Es como si algo se hubiera aferrado a esta ciudadela para alimentarse.
Sentí un nudo en el estómago, pero mantuve la expresión neutra.
—El linaje de mi esposa tiene una fuerte resonancia con mi magia de dominio —dijo Kazimir—. Ha dado lugar a consecuencias la mar de interesantes.