60 Pon a prueba la contención de tu villano (gota a gota)
Kazimir
L a luz de las velas iluminaba el Gran Salón, dotando al espacio de un brillo aparentemente romántico, siempre y cuando se ignoraran las hachas, las lanzas y las espadas que cubrían las paredes.
Unas rosas negras rebosaban de jarrones plateados, entremezcladas con flores de colores vivos procedentes de los Altos Jardines.
Tamborileé con los dedos sobre la mesa de madera oscura situada al pie del estrado, aún embriagado por la imagen de sir Darian huyendo de Skyspire. La satisfacción me invadió con una sensación cálida y complaciente, y me pregunté qué haría Arabella a continuación.
Un sirviente se acercó a mi izquierda.
—¿Más vino, mi señor?
—Sí. Y hágale saber a lady Blackrose que la cena está servida. Está poniendo a prueba mi paciencia.
—No será necesario —dijo una voz desde la puerta.
Arabella entró con paso tranquilo, vestida con seda azul medianoche, el cabello suelto y una sonrisa que prometía maldad. Los pensamientos sobre el despliegue de tropas se desvanecieron en cuanto me puse de pie.
—Lady Blackrose, estaba empezando a pensar que su dragona se la había tragado entera.
Ella se sentó a mi derecha, con una sonrisa afilada.
—¿Y perder la oportunidad de atormentarte? Ni hablar.
El sirviente llenó su copa de vino y se retiró. Solo dos guardias permanecieron en las esquinas más alejadas, lo suficientemente lejos como para perderse cualquier detalle jugoso.
Levantó el vaso.
—Has llevado el asunto con sir Darian de maravilla. Haberlo visto indignado me mantendrá animado durante meses.
Los ojos de Arabella se iluminaron.
—¿Cómo llaman los villanos a una mujer que amenaza con pudrir a sus enemigos por dentro?
—Preliminares.
Ella se rio y luego dio un sorbito. El sonido hizo que todo mi interior se tensara.
Cuando llegó el primer plato —una torre de setas demasiado elaborada—, dejó el tenedor y se quedó observando la superficie agitada del vino.
—Kaz, sobre lo de antes… Lo que pasó en tu estudio.
—¿Sí?
Exhaló.
—Tenías razón. No iba a ser capaz de controlar mi magia si seguías tocándome así. Ni por asomo.
Un murmullo de satisfacción se me escapó antes de que pudiera evitarlo.
—Soy muy consciente de ello.
—Tampoco te regodees —dijo ella, pero la diversión suavizó su mirada.
—Solo estoy exponiendo los hechos. Tú, sin embargo, deberías tomar nota, porque mantuve mi poder perfectamente controlado cuando me… —dejé que la pausa se alargara, saboreando el rubor de sus mejillas— rodeaste con esa preciosa mano en la sala de entrenamiento esta mañana.
Ella bufó.
—Enhorabuena por tu férreo autocontrol. Disfrútalo mientras dure.
Me incliné hacia delante.
—¿Eso es un reto?
—Una… hipótesis.
Los sirvientes sustituyeron los platos por aves asadas.
Hablamos de las rutas de suministro, la moral de las tropas y la ética de derrumbar los pasos de montaña.
Una conversación solemne, impregnada de insinuaciones lo bastante densas como para ahogarse en ellas.
Cuando llegó una montaña indecente de chocolate como postre, ella cerró los ojos y ronroneaba cada vez que se metía una cucharada en la boca. Sentí envidia de la cuchara.
—¿Intentas emborracharme? —se burló cuando volví a rellenarle la copa.
—Ya eres lo bastante peligrosa sobria —dije arrastrando las palabras—. Solo con verte saborear ese chocolate me dan ganas de hacer todo tipo de cosas indecentes.
Un sirviente se acercó a nosotros para coger los platos, le temblaban tanto las manos que casi se le cae la vajilla. Era un hombre sensato y huyó antes de que pudiera amenazarle con despellejarle solo por existir.
Arabella se levantó con el vino en la mano y se colocó a mi lado, apoyando la cadera contra la mesa de tal manera que tuve que inclinar la cabeza hacia atrás. La seda se tensó. Mi concentración se hizo añicos.
—¿Qué estás haciendo?
—Solo tienes que decirlo, Kaz, y estrenamos esta mesa.
Era evidente que todavía estaba disfrutando de la euforia de nuestra reciente victoria contra el emisario del Gremio del Héroe. Tomé una nota mental de organizar más exhibiciones espectaculares ante mi corte para ella. Mi mujer se alimentaba de ese poder tanto como yo.
—Una oferta tentadora. —Me quedé mirándola un poco más—. Pero sigo con ese asuntillo del «apocalipsis de las líneas ley» detrás de la oreja.
Se lamió el labio inferior y se giró como para alejarse.
—Entonces, quizá no deberíamos tentar más a la suerte…
El pie se le enganchó en mi silla. La copa se vertió. El líquido rojo oscuro me salpicó la camisa y se derramó sobre mi regazo.
—¡Oh! —jadeó y se llevó una mano a la boca… Puro teatro. La observé mientras dejaba el vaso a un lado y extendía la mano para coger una servilleta.
La agarré por la muñeca.
—Con la servilleta no —dije con voz rasposa.
Levantó las cejas con expresión interrogativa.
—Lámelo. —La solté.
Por un momento, abrió mucho los ojos, pero vi que debajo de la sorpresa había emoción.
—¿Es una orden?
—Sí.
Se detuvo, observándome con atención. Arrastré la silla hasta alejarla de la mesa, la madera arañó la piedra con un chirrido discordante. Pocas veces me había sentido tan nervioso, pero lo oculté. Con una sonrisa triunfante, se arrodilló ante mí, con la seda cayendo a su alrededor.
—Presumes de tener un control impecable —susurró, rozándome los muslos con las yemas de los dedos—. ¿Seguro que quieres ponerlo a prueba?
Arabella se inclinó y presionó su lengua contra mi camisa, saboreando la tela empapada de vino con un lametón deliberado. Se me cortó la respiración y apreté los puños contra los reposabrazos hasta que crujieron por la presión. Cada lánguido movimiento de su lengua me encendía por dentro.
—Te noto tenso —ronroneó—. ¿Debería ir más despacio?
—No te contengas.
Me desabrochó los botones uno a uno, rozándome la piel con cada pequeño tirón, hasta que me dejó la camisa abierta.
Observó las manchas en mi piel y luego inclinó la cabeza.
La sensación de su lengua sobre mi piel desnuda era una tortura, unos suaves lametones que seguían los regueros de vino que descendían por viejas cicatrices.
Cuando me rodeó el ombligo, contuve el aliento, tratando de no gemir.
Todos mis sentidos se redujeron al cálido contacto de su boca contra mi piel.
—Ya casi he terminado —murmuró, aunque ambos sabíamos que no tenía ninguna prisa.
Deslizó las manos más arriba de mis muslos.
Sus manos se deslizaron más arriba por mis muslos.
La presión de sus pulgares se acercaba cada vez más a un territorio realmente peligroso.
Cada roce de su boca despertaba mi magia, retándola a desbordarse.
No estaba del todo seguro de poder contenerla, pero me moría de ganas de descubrir hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Ya tenía la polla dura como una piedra. Deslizó la mirada hasta allí y esbozó una sonrisa de satisfacción al darse cuenta de lo afectado que estaba.
—Mmm —musitó, con los labios peligrosamente cerca—. ¿Sigues manteniendo la compostura? Quizá debería seguir.
Quería dejar que lo hiciera. Quería sentir sus labios sobre mí, quería hundir mis manos en su cabello y follarme esa preciosa boca suya hasta que quedara mancillada por completo.
Las líneas ley temblaron, solo un poco, pero lo suficiente como para hacer saltar mis alarmas.
—Basta —ordené, con la voz crispada.
Se sentó sobre los talones, sin despeinarse.
—Adiós a su impecable control, Señor Oscuro. —Con una sonrisa burlona, se puso de pie y se alisó el vestido—. Tengo que dar de comer a Nyx. Si me disculpas.
Me dolía la mandíbula de apretarla.
—Por supuesto.
Al llegar a la puerta, miró por encima del hombro con los ojos en llamas.
—Gracias por la cena. Estamos en paz.
—Te odio con toda mi alma —grité mientras se alejaba.