La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 58 Calcular la proporción riesgo-recompensa (de los rituales antiguos y las prácticas de oficina)
76%

58 Calcular la proporción riesgo-recompensa (de los rituales antiguos y las prácticas de oficina)

Kazimir

L as columnas de números se difuminaron hasta convertirse en un sinsentido.

En algún lugar entre «Fondo para la reparación de máquinas de asedio» y «Subsidio para botas (mercenarios)», mis pensamientos divagaron hacia el sabor de la piel de Arabella y se negaron a volver.

Las runas latían bajo mi camisa, vibrando con un ritmo perverso que contrastaba con el de la pluma rasgando el pergamino.

La guerra exigía dinero; mi cuerpo la exigía a ella.

La puerta se abrió sin ni siquiera un golpecito de cortesía. Arabella entró con aire desafiante, sin disculparse ni dudar, con un vestido verde bosque que realzaba cada una de sus curvas. Mis libros de contabilidad tenían todas las de perder.

—Alguien está desobedeciendo las órdenes que le ha dado la sanadora sobre descansar —dijo, dejando caer un delgado libro azul cobalto sobre la mesa.

—Descansaré cuando el tesoro deje de sangrar. —Crucé los brazos para evitar tirar de ella sobre el escritorio—. O cuando invente un impuesto por respirar, lo que sea antes.

Arqueó una ceja.

—La que se va a desangrar es tu cabeza, no las arcas.

Sonreí, pero el título del libro, escrito en letras doradas, me llamó la atención: Restauraciones mediante sacrificios: la carga del sanador. Una cinta escarlata marcaba un capítulo titulado «El ritual del Tejido de la Vida: sanar los vínculos de los receptáculos arcanos».

Arabella se sentó en el escritorio, con los tobillos cruzados.

—Me lo dio el maestro Vellum justo antes de nuestra aventurilla en la biblioteca. No me había acordado de él hasta ahora.

Lo leí por encima. Tercera Edad… Gran Sequía Mágica…

camarilla de guardianes de artefactos… Dioses, esa cosa era más antigua que la mitad de mis pesadillas.

Tal y como prometía el título, se trataba de un ritual para alimentar con magia curativa las fisuras del artefacto, con el fin de unir las fracturas con esencia vital.

La sección de riesgos estaba llena de alegres eufemismos: atadura del alma, drenaje de esencia, espectralización…

Seguidos de encantadores casos prácticos de sanadoras que se arrugaron como pasas o durmieron durante siglos.

Cerré el libro de un golpe.

—Ni hablar.

Arabella ni se inmutó.

—Kaz, todos los demás métodos de reparación que has sugerido implican a lores demoníacos, derramamiento de sangre real o ambas cosas. Esto es más limpio.

—¿Más limpio? —pregunté mientras daba unos golpecitos a la tapa—.

En uno de esos intentos se consiguió restaurar la Corona de las Mareas, pero se consumió la magia del mago de forma definitiva.

Otro usuario pasó a ser un elemento decorativo…

, un cascarón vació, Arabella. Los gemelos de Callahan siguen roncando en un ataúd de cristal. Si la Reliquia te rechaza…

Te pierdo .

Noté un nudo en el pecho. Un pensamiento amenazaba con tomar forma, algo impensable, trascendental, y lo bloqueé mentalmente antes de que pudiera materializarse.

Su mirada se suavizó, pero solo por un instante.

—Y si no hacemos nada, la grieta se expande, la líneas ley se deshacen y la mitad de los Reinos Occidentales desaparecen. El linaje heroico aumenta mis posibilidades, y la Reliquia ya me reconoce en parte gracias al lazo matrimonial. Esta podría ser la única carta que tenemos a nuestro favor.

Me levanté y rodeé el escritorio hasta quedar frente a ella.

—Podrías quedar atada a esa corona para el resto de tu vida. Si alguien la mella, sangrarás. Si alguien la roba, te marchitarás. No pienso permitirlo.

Alzó la barbilla, con un brillo obstinado en sus ojos avellana.

—¿«Permitirlo»? Me secuestraste, ¿lo recuerdas? Me raptaste para activar tu preciada Reliquia. Me he adaptado, he cooperado y hasta he… deseado cosas que jamás hubiera imaginado. Porque así lo decidí. Según mis propios términos. No puedes decidir cuándo puedo hacer uso de mi libertad.

Maldita fuera por tener razón.

—¿Y si falla? ¿Si el ritual te drena hasta que no quede nada más que un cascarón vacío? ¿Se supone que debo quedarme mirando mientras te sacrificas por un artefacto por el que te arrastré a esta ciudadela para activarlo?

Posó su mano sobre mi esternón.

—Entonces, no te quedes mirando —dijo en voz baja—.

Apóyame. Estudiemos juntos el ritual, preparemos medidas de seguridad, elaboremos planes de contingencia.

Tú mejor que nadie deberías ser capaz de mantenerme a salvo.

Si la corona intenta devorarme, tú me rescatarás.

Si vacilo, tú me sostendrás. Lo que no puedes hacer es cerrar la puerta por miedo al riesgo.

Ella volvió a colocar el tomo sobre mis manos.

Dejé escapar un suspiro entre dientes.

—Lo estudiamos en detalle antes de que cualquiera de los dos empape las joyas antiguas con su sangre. ¿De acuerdo?

Asintió apenas con la cabeza. La tensión se alivió lo suficiente como para que aflorara una corriente más oscura y hambrienta. El recuerdo de su mano aquella mañana, y la gloriosa brecha que habíamos descubierto, inundó mi mente.

—Se acabaron los debates —murmuré, dejando caer el libro sobre el escritorio y deslizando las manos por sus pantorrillas—. Ven aquí.

Se le cortó la respiración.

—¿Aquí? ¿Ahora?

—Considéralo una práctica de investigación. Si la Reliquia se opone, puede presentar una queja.

Se río —con una risa profunda y ansiosa— y se subió al escritorio.

Me arrodillé y le subí el vestido a la altura de las caderas.

Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que la había saboreado como es debido.

Su aroma cálido y embriagador ahogaba el olor a tinta y pergamino.

Le aparté la ropa interior, le recorrí la hendidura con un dedo y luego lo sustituí por mi boca.

Ella aspiró bruscamente y se apoyó con las manos en el escritorio.

La agarré con más fuerza por las caderas m ientras deslizaba la lengua por sus pliegues y su clítoris dibujando círculos pausados.

Me agarró del pelo y me atrajo hacia ella.

La recompensé introduciendo la lengua antes de sustituirla por los dedos.

La atracción de su magia salvaje y dorada me envolvió, una tentación dulce y peligrosa. En respuesta, mis runas brillaron débilmente con un placer puro y perverso. Retrocedí un poco.

—Tranquila. Contrólate.

—Eso intento —jadeó, moviendo las caderas—. Deja de sermonearme.

Volví a introducir los dedos en su interior. Su magia se abalanzó sobre la mía, hambrienta y embriagadora, envolviendo mis sombras en oro fundido. La sensación era exquisita… y catastróficamente peligrosa.

Una descarga de energía recorrió mis nervios. Fue demasiado para la Reliquia. Ignorando sus gemidos, me aparté y me puse de pie, recolocándole el vestido con manos temblorosas.

Arabella me agarró con fuerza por la camisa y me atrajo hacia ella. Me miró con ira, las mejillas enrojecidas y los ojos oscuros.

—Pienso matarte mientras duermes.

—Yo mismo te daré la daga —dije, liberándome con delicadeza de su agarre—. Pero hasta que no controles tu magia…

Un golpe en la puerta brutal me salvó de sufrir represalias.

Thorne irrumpió en la habitación.

—Mi señor, un emisario del Gremio del Héroe os espera. Dice que se trata de un asunto diplomático. —Su mirada se posó en el aspecto desaliñado de Arabella, pero el muy canalla, con gran sensatez, guardó silencio.

Primero la guerra, luego el deseo: la maldita historia de mi vida. Me pasé la mano por la boca.

—En diez minutos en el Gran Salón. Séquito de sombras, armadura completa.

Thorne se marchó.

Arabella bajó de un salto, alisándose la falda mientras el fuego ardía tras sus ojos impasibles.

—No hemos terminado con el ritual.

—Ni con lo que has empezado esta mañana —gruñí—. Nos vemos en el puente de relámpagos en cinco minutos. Ponte algo que diga «tócala y morirás entre gritos».

—Negro y plateado, entonces. —Se marchó con el libro apretado contra el pecho.

Mi posesividad se intensificó tanto que sentí un sabor metálico en la boca. El Tejido de la Vida podría salvar la Reliquia… o dejar a Arabella vacía por dentro. Un escalofrío me recorrió la espalda y enterré la razón de ese sentimiento en lo más profundo de mi mente.

Agarré los libros de contabilidad, los metí en un cajón y seguí a mi esposa. La guerra podía esperar. Proteger a Arabella Blackrose no.