La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 57 Dale donde más le duela (se ve que cuenta como preliminares) #3
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57 Dale donde más le duela (se ve que cuenta como preliminares) #3

Él emitió un sonido lastimero con la garganta.

—Estoy sensible —admitió—. ¿Por qué?

Extendí la mano y le recorrí la cintura del pantalón con un dedo.

—He estado pensando…

Se puso tenso. Le acaricié suavemente, recorriendo con las uñas los firmes músculos de su abdomen.

—Si somos capaces de sentir cuando nos estamos pasando de la raya con la Reliquia —continué, descendiendo con los dedos—, entonces tal vez podamos encontrar formas de… encontrarle las vueltas.

Su mirada estaba llena de cautela y lujuria.

Presioné la palma de la mano contra su erección.

—Si siento que la Reliquia se agita, pararé.

Cuando no me detuvo, una confianza perezosa y emocionante recorrió mi cuerpo. Metí la mano dentro de sus pantalones para envolver con mis dedos su polla. Estaba caliente y dura contra mi palma.

Kazimir dejó caer la cabeza contra la pared, con los ojos entrecerrados.

—Esta es una idea terrible.

—Puede —coincidí, acariciándole despacio—. ¿Quieres que pare?

—Ni se te ocurra —gruñó.

Sonreí, contemplando su rostro mientras continuaba con mis exploraciones. Varié el agarre y el ritmo, fijándome en lo que le hacía contener la respiración o empujar las caderas hacia delante. Tal y como estaba, era maravilloso: poderoso pero completamente a mi merced.

Buscando un mejor acceso, le quité los pantalones. La tenía gruesa y larga, con la punta ya reluciente de líquido preseminal. Pasé el pulgar por ella, extendiendo la humedad, y fui recompensada con un profundo gemido.

—¿Así? —pregunté, aumentando ligeramente el ritmo.

—Sí —siseó con los dientes apretados—. Aprieta más.

Obedecí, estrechando mi agarre y masturbándolo con más determinación. Él apretó las manos a los lados.

—Puedes tocarme —dije, con voz ronca.

Negó con la cabeza.

—Si te toco, no podré parar.

La confesión me embriagó de emoción. El poderoso Señor Oscuro, obligado a contenerse por lo mucho que me deseaba.

Observé su rostro y noté cómo se le iluminaba por el placer.

Le gustaba cuando giraba la muñeca de cierta manera.

Y si apretaba ligeramente la base, él respondía empujando las caderas hacia delante.

Su respiración se volvió más entrecortada y empezó a impulsar las caderas contra mi mano.

Una oleada de calor empapó mi ropa interior mientras lo veía desmoronarse.

—Dioses —susurró, con las manos apretadas en puños—. Arabella… Eso es…, joder…

Entonces lo sentí: un leve cosquilleo en el fondo de mi mente. Una advertencia lejana. La Reliquia estaba respondiendo a la magia que zumbaba entre nosotros.

Pero no me detuve. Estábamos cerca del límite, pero aún no lo habíamos cruzado.

—Córrete para mí, Kaz.

Perdió el control. Con un sonido gutural, me agarró la cara con ambas manos y se abalanzó para besarme.

La advertencia en mi mente explotó. En ese mismo instante, Kazimir se echó hacia atrás, con los ojos muy abiertos, ya que él también lo sintió.

—Joder —jadeó, incluso mientras se corría con pulsaciones calientes contra mis dedos. Se le escapó un gemido, silencioso, grave y, por ello, aún más delicioso. La tensión residual recorrió su cuerpo mientras yo lo seguía acariciando tras la oleada de placer.

Cuando por fin se calmó, se puso los pantalones y nos quedamos sentados en silencio durante un rato.

—Bueno —dije al fin—. Creo que hemos aprendido algo importante.

Me clavó una mirada oscura y saciada.

—¿Que estamos jugando con fuego?

—Que puede que haya ciertas formas de esquivar nuestras… limitaciones. —Hice un gesto entre los dos—. Esto ha funcionado, más o menos. Hasta que has intentado besarme.

—Sí. —Entonces recorrió mi cuerpo con la mirada, hacia el calor que sentía entre los muslos, y sus ojos se oscurecieron con deseo renovado—. ¿Me dejas devolverte el favor?

El cosquilleo que sentí en el estómago fue inmediato, pero dudé. La Reliquia seguía lanzando ligeras chispas en mi conciencia, como si nos mirara con ira por nuestra travesura.

—Sería forzar demasiado la situación.

Kazimir exhaló lentamente, frustrado, y se obligó a asentir con la cabeza.

—Más tarde, entonces —prometió con voz ronca—. No se me va a olvidar.

Casi gemí ante la intensidad de su voz. En lugar de eso, me obligué a ponerme en pie.

—Creo que ya hemos entrenado suficiente por hoy.

Él asintió, pero no se levantó. Me pregunté si se echaría una siesta allí, apoyado contra la pared, después de que yo me marchara.

—¿Qué tienes previsto hacer hoy? —preguntó con naturalidad. Me sacudí el polvo de la ropa de cuero.

—Seguir leyendo. —Y quizás un baño y un rato de autocuidado—. Tengo un libro nuevo al que quiero echarle un vistazo.

Frunció los labios.

—Y supongo que mañana querrás volver a entrenar, ¿no?

—Sí. —Aunque el siguiente paso en mi entrenamiento sería averiguar cómo seguir mejorando sin que ninguno de los dos acabara en la cama. O en el suelo. O empotrado contra una pared—. Ya sabes, para e vitar que los caballeros de Auremar, con sus brillantes armaduras, me rescaten por accidente.

Él se rio.

—No se preocupe. Lamentarán el día en que intenten salvarla, lady Blackrose.