56 Interroga a tu ex mientras se está muriendo (el veneno les suelta la lengua) #2
La expresión de Perris se torció, la rabia compitiendo con el pánico.
—Resultaste ser una traidora. Te casaste con el Señor Oscuro. Eres… peor de lo que tu padre decía.
La temperatura de la sala se desplomó cuando mi magia respondió a una oleada de ira. Las sombras a mi alrededor se oscurecieron, listas para arrancarle la carne. El terror se apoderó de los ojos de Perris cuando se dio cuenta de lo suicida de ese insulto.
Arabella me negó con la cabeza sutilmente.
Luché conmigo mismo, pero dejé que ella dirigiera la conversación. Aunque me aseguré de que Perris viera la verdad en mis ojos: que si mi esposa no hubiera intervenido, él estaría pidiendo perdón a gritos justo antes de morir.
—Las opiniones de mi padre nunca me han importado —le dijo a Perris—. Pero siento curiosidad por las tuyas. ¿Por qué estás envenenado? ¿Y por qué vienes a buscarme para que te cure cuando la última vez que te vi pedías que me encarcelaran por haberte atacado?
—Porque si me curas te diré todo lo que sé.
El rostro de Arabella era una máscara fría y calculadora. Me fascinaba esa versión oscura de su misericordia. La sanadora que decidía quién merecía la salvación.
Ella me miró.
—Supongo que no tienes inconveniente en que lo cure a cambio de información.
—Siempre y cuando entienda que mentirnos hará que yo mismo vuelva a envenenarlo. Con intereses. —Dirigí este último comentario a Perris, quien abrió los ojos de miedo.
Ella volvió a mirar a nuestro cautivo.
—Entonces, más te vale ir soltando o no podré hacer nada por ti.
—Me han envenenado —empezó a decir Perris.
—¿Quién? —pregunté.
—El rey Auremar. Teníamos un acuerdo. —Jadeó en busca de aire, y pensé que se moriría antes de sernos de utilidad.
—Escupe ya —le ordené. Por mucho que quisiera acelerar este interrogatorio, probablemente mi magia de dominio sería demasiado fuerte para él en este estado. Moriría antes de poder revelar nada útil.
Perris se encogió.
—Si no lo hubiera hecho yo, lo habría hecho otra persona. El rey necesitaba a alguien que se reuniera con los bandidos y les hiciera saber que las defensas fronterizas se habían… retirado.
Las sombras a mi alrededor se oscurecieron aún más, y mis runas vibraron.
—Así que tú eres quien está proporcionando oro a los bandidos —dije en voz baja—. Incendiando aldeas por orden del rey.
Arabella no apartó la mirada de Perris.
—¿Cuántas vidas has arruinado? —le presionó, con voz calmada pero nada amable—. Podría dejar que te pudrieras. A menos que tengas algo más que merezca la pena compartir. Algo más de lo que ya sabemos.
Dejé que mis sombras se arremolinaran alrededor de él de forma amenazante.
—Debería matarte en este mismo instante por todos los problemas que me has causado —dije con voz grave.
Tosió con un sonido húmedo, y una saliva negra le salpicó los labios.
—Juro que hay más. Escuché decir al rey que está planeando hacer algo contigo, lady Even… Blackrose. Algo sobre una ceremonia, no habló solo de boda.
Ella dio un paso al frente.
—¿Qué tipo de ceremonia?
Él la agarró de la manga, entre suplicante y furioso.
—Desconozco los detalles. Yo… Por favor…
Me puse tenso, listo para tirar de ella hacia atrás. Pero Arabella levantó la mano, indicando que esperara. Un brillo en sus ojos me dijo que quería ver qué más podía confesar. Se inclinó hacia delante.
—¿Sabes algo más?
Perris asintió frenéticamente, con los ojos enloquecidos.
—Sí, sí, mucho más… Te lo contaré… Pero cúrame.
Sin embargo, los ojos de Arabella ardían con rabia e indignación.
—Sabes… —dijo con una dulzura engañosa—. Siempre me han dicho que mi deber es curar. —Inclinó la cabeza—. Pero creo que por fin me he dado cuenta de algo importante.
—¿De qué? —jadeó Perris, ahora las venas negras del veneno le trepaban hasta las sienes.
La sonrisa de Arabella era lo bastante fría como para rivalizar con la mía.
—Yo elijo quién merece mi don.
La expresión del hombre se contrajo con incredulidad.
—Pero… no puedes…
—Oh, por supuesto que puedo —dijo Arabella.
—Por favor… —suplicó, extendiendo la mano hasta su manga de nuevo.
Ella se apartó donde no pudiera alcanzarla.
—Que te den, Perris. Vas a morir, igual que aquellos a los que has traicionado.
Sentí una oleada de… algo. ¿Orgullo? ¿Excitación? Si era sincero, de ambas cosas. Esa faceta más oscura de Arabella era exquisita. Podría haberle recordado que quizá él tuviera más información, pero quería observar cómo ella aceptaba esa parte de sí misma sin entrometerme.
Perris alternaba entre maldiciones y súplicas mientras el veneno se extendía por su organismo. Su cuerpo se convulsionaba y una espuma negra brotaba de sus labios.
—Eres una zorra desalmada —jadeó—. No eres mejor que él. —Desvió la mirada hasta mí.
—Puede ser —dijo Arabella con calma—, pero yo no soy la que va a salir con los pies por delante de esta habitación.
La última de sus maldiciones murió con él, dejando un cuerpo desplomado en la silla.
Levanté una ceja mirando a Arabella.
—Eso no me lo esperaba.
Ella se encogió de hombros, aunque percibí un leve temblor en sus manos.
—Merecía algo peor.
—Estoy de acuerdo —dije con cautela—. Aunque quizá hubiéramos necesitado más información de él.
—Mi sentido de la verdad me decía que ya había compartido con nosotros todo lo que nos podía servir —respondió con severidad—. El resto solo habrían sido súplicas patéticas. Además, pensé que apreciarías la eficiencia.
No pude evitar soltar una carcajada.
—Vámonos —agregó, yendo hacia la puerta—. Tenemos una guerra que planear.
La seguí, incapaz de reprimir el orgullo feroz que inundaba mi pecho. Mi esposa, mi brillante y despiadada esposa, cada día era más peligrosa.
Y yo estaba absolutamente encantado con ello.