La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 57 Dale donde más le duela (se ve que cuenta como preliminares)
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57 Dale donde más le duela (se ve que cuenta como preliminares)

Arabella

M e desperté antes del amanecer con una inquietud que no se me quitaba. El espacio a mi lado estaba vacío y las sábanas frías. Kazimir no había regresado a nuestro dormitorio la noche anterior.

Después de ponerme la ropa de cuero, atravesé los pasillos silenciosos de la ciudadela.

Cuando llegué a la sala de entrenamiento, él estaba al otro extremo, sin camisa, con espadas de sombras en ambas manos.

Unos aros ondulantes de ébano se enroscaban en sus antebrazos, retorciéndose de forma amenazadora.

Hacía que crear armas de sombra sólidas pareciera exasperantemente fácil.

Me miró cuando entré, nuestras miradas se encontraron durante una fracción de segundo. Un destello de hambre brilló en sus ojos, y mi pulso se aceleró.

—Has llegado temprano —dije.

Él soltó una risita ahogada.

—Necesitaba una distracción que no estuviera hecha de tinta y pergamino.

—¿Has trabajado toda la noche? —Me crucé de brazos—. ¿Por qué no me has despertado?

Tensó la mandíbula, aunque sus ojeras me lo confirmaron.

—Necesitabas descansar.

—¿Y tú no?

Sus espadas de sombras se disolvieron al rotar los hombros.

—Estoy acostumbrado a dormir poco.

Kazimir no estaba diciendo del todo la verdad. La intensidad de su mirada dejaba claro por qué había evitado nuestra cama. No se fiaba de sí mismo para acostarse a mi lado sin hacer algo que pudiera dañar aún más la Reliquia.

—¿Lista para empezar? —preguntó, cambiando de tema.

Asentí y me coloqué en el centro de la sala. Llevábamos días trabajando con armas de sombras. Ya podía crearlas bastante bien, pero usarlas contra Kazimir era otra cosa. Se movía como el agua, anticipando mis ataques antes de que los lanzara.

Exhalé, invocando los remolinos de sombras que se densificaban alrededor de mi puño. Lentamente, se fusionaron y se alargaron hasta formar una espada curva.

—Hoy trabajaremos los reflejos —dijo mientras me arrastraba hasta el círculo de protección—. En una pelea real, las dudas son una muerte certera. Así que no dudes, Arabella.

Se abalanzó sobre mí.

Aunque lo esperaba, apenas logré esquivarlo a tiempo.

El sonido metálico de las espadas efímeras fue más agudo que el del acero.

La siguiente serie de golpes fue rápida, las sombras formaban arcos de electricidad en el aire con cada embestida.

Lo bloqueé, moviéndome hacia un lado y lanzando rápidos contraataques.

Él los esquivó con un movimiento engreído de muñeca.

Un gruñido de exasperación se escapó de mi garganta.

—¿Estás jugando conmigo?

Hizo una pausa, con la punta de su espada conjurada temblando a un centímetro de mi clavícula.

—Esfuérzate más —dijo con calma—. Casi puedo sentir cómo te contienes al atacar.

—Preferiría no matar a mi marido por accidente.

—¿Matarme? —Una carcajada brotó de su interior—. Adelante. A ver si puedes.

Estaba tan seguro de sí mismo que me dieron ganas de darle una paliza allí mismo.

Formé otra espada, pero esta vez también recurrí a mi sentido de la verdad.

No podía leer la mente, pero podía sentir la intención detrás de las acciones, los sutiles cambios que precedían al siguiente movimiento de una persona.

Mientras Kazimir daba vueltas a mi alrededor, sentí un ligero cambio en su peso y un sutil entrecerrar de ojos que indicaba que estaba a punto de atacar por la izquierda.

Formé una pequeña bola de luz en la palma de mi mano y se la lancé a la cara, lo que lo cegó momentáneamente, mientras yo me agachaba y le asestaba un fuerte puñetazo en las costillas.

Gruñó, más por sorpresa que por dolor, y me agarró la muñeca antes de que pudiera apartarme.

—Muy inteligente. —La comisura de sus labios se curvó hacia arriba—. Sigue intentándolo.

—¿No te molesta que haya usado un truco barato?

—En una pelea real, todas las ventajas son válidas. Me preocuparía más si no empezaras a hacer trampas. —Levantó la mano, invitándome a acercarme con un movimiento lento y burlón—. ¿Eso es lo mejor que puedes hacer, entonces?

Gruñí de frustración y volví a lanzarme sobre él, apuntando esta vez más abajo.

Chocamos y entrelazamos los brazos. Mi corazón latía con fuerza mientras su cuerpo se presionaba contra el mío, y el sudor se mezclaba con el olor a ozono de nuestra magia.

La mera cercanía hacía que todo mi cuerpo vibrara.

Cuando intenté escapar, automáticamente me agarró por la cintura, una reacción instintiva para evitar que me cayera.

—¡Deja de hacer eso!

Él levantó ambas cejas.

—¿Prefieres que deje que te estrelles de boca en el suelo?

Me liberé y volví a colocarme en posición.

—Es humillante que me protejas.

—Si te parece que te estoy protegiendo... —Bajó la voz—. Es que lo he estado haciendo mal. —Sonrió con aire socarrón y me miró de arriba abajo—. Tu postura no es la correcta. Separa más los pies… Eso es, así. Mejor.

Resoplé y di un paso adelante para recolocarme, vislumbrando el sudor que brillaba en su pecho.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada —espeté—. Concéntrate en tu propia postura, oh, poderoso señor de la guerra.

Nos lanzamos uno contra el otro de nuevo, chocando puños y sombras conjuradas.

Esquivó con facilidad mis ilusiones, obligándome a adoptar un estilo de lucha más directo.

Le rodeé los hombros con los brazos e intenté hacerle una zancadilla.

Él respondió enganchando mi pierna con la suya, y casi me tira de lado.

—Deja de contenerte —gruñó, con su aliento caliente en mi oído mientras apretaba nuestros pechos uno contra el otro—. ¿Quieres ser más fuerte? Deja de luchar como una chiquilla tímida. Lucha como… lo hiciste cuando te rapté.

Aquello me pilló desprevenida.

—Yo…

—No pienses. —Bajó la voz, casi hasta convertirla en un susurro íntimo—. Lucha.

Una descarga eléctrica me recorrió el cuerpo.

Con un giro brusco, me zafé y me lancé hacia un lado.

Kazimir vino tras de mí, aprovechando la oportunidad que le brindaba mi apresurado giro.

Volví a pivotar en un último intento por esquivarlo, pero en el suelo de la sala de entrenamiento había un charco de sudor que me hizo resbalar.

Mierda.

Caí con fuerza, pero me levanté rápidamente al verlo avanzar.

Se detuvo.

—¿Sigue pareciéndote buena idea que te deje caer?

Moví el hombro e hice una mueca de dolor. Después de ese día, mi cuerpo estaría cubierto de moretones nuevos.

—Estás incluso más gilipollas de lo normal.

Él me dedicó una sonrisa.

—Me pregunto por qué. ¿Podría ser que estoy tratando de evitar lanzarme encima de ti y hacer algo realmente estúpido?

Formé una espada curva.

—Otra vez.

Mi siguiente golpe estuvo impulsado por una confusa mezcla de excitación provocada por sus palabras.

Seguimos intercambiando golpes durante unos minutos más, con las sombras chocando y las botas arañando el suelo.

El sudor me resbalaba por la espalda. Todo mi cuerpo vibraba de emoción.

Necesitaba concentrarme en otra cosa, o la sesión de entrenamiento acabaría muy mal.

—Sobre Perris —comencé a decir. Si algo podía calmarme, era ese tema. Me lancé y Kazimir me esquivó—. No debería haber llegado tan lejos desde Solandris en esas condiciones.

Kazimir atacó de nuevo y tuve que desviar el golpe. Intenté asestarle un tajo en el abdomen, pero se apartó con una pirueta.

Finalmente, al comprobar que me había quedado sin aliento, redujo la velocidad lo suficiente como para hablar.

—Continúa.

—¿Qué pasa si no vino envenenado desde Solandris —dije, con la respiración entrecortada—, sino que se lo hicieron en Arvoryn para luego enviarlo a tu puesto fronterizo haciéndolo pasar por un gesto de cooperación?

Kazimir hizo una pausa, pensativo.

—Te refieres a Morana.

—¿Quién si no? —insistí—. Contaba con los medios y la oportunidad.

—Es posible. Morana tiene un buen arsenal de armas letales. Pero ¿cómo iba a saber ella que el hombre tenía información? ¿Por qué no mantener su visita en secreto y utilizar esa información para su propio beneficio?

—Pues puede que lo invitara —dije, pensando en voz alta—, y luego lo envenenara, todo por orden de Auremar.

Una sonrisa se dibujó en las comisuras de sus labios.

—Te estás esforzando mucho por culpar a Morana.

—Es una tarántula. Atrae a todo el mundo hacia su red —repliqué, con los músculos doloridos al tiempo que dábamos vueltas en círculo—. Como a ti, por ejemplo. Se acostó contigo, ¿no? Así que tal vez pensó que le resultaría fácil manipular a otro cortesano ingenuo.

Una furia repentina se apoderó del rostro de Kazimir, pero eso le hizo detenerse durante medio segundo.

—Yo… —logró decir.

Y, en aquel momento de vulnerabilidad, le di una fuerte patada en las pelotas.

Emitió un sonido ahogado y cayó al suelo.

Con fuerza. Por un momento, temí haberme pasado de la raya.

Atacar la virilidad del Señor Oscuro podría ser cruzar un límite, incluso en un entrenamiento.

La respiración se me aceleró mientras Kazimir me miraba desde el suelo, claramente furioso consigo mismo por haberme dado esa oportunidad.

Una oleada de salvaje satisfacción recorrió mi cuerpo.

—Has dicho que dejara de contenerme —dije—. Considera esa misión cumplida.

—No puedo creer que haya caído en eso —contestó con voz ronca.

—Créelo. —Entonces me acerqué, planté los pies a ambos lados de sus piernas y le apunté con mi daga de sombras—. Podría matarte ahora mismo si quisiera.

Me miró entrecerrando los ojos, con una expresión en la que se mezclaban el dolor y una renuente admiración.

—¿Te lo estás planteando?

—Si murieras, no me quedaría nadie que pudiera ocuparse de la Reliquia. —Suspiré dramáticamente, dejando que las sombras alrededor de mis dedos se desvanecieran—. Así que… no. Supongo que prefiero mantenerte con vida.

Dejó escapar un leve resoplido que podría haber sido una risa.

—Se me ocurren formas más agradables de expresar tu afecto, pero agradezco el gesto.