La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 56 Interroga a tu ex mientras se está muriendo (el veneno les suelta la lengua)
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56 Interroga a tu ex mientras se está muriendo (el veneno les suelta la lengua)

Kazimir

M iré con ira la mesa de roble de repuesto que había en la sala de guerra, maldiciendo en silencio a Sims por haberla conseguido quién sabe dónde.

Hubiera preferido forjar una nueva mesa de obsidiana, pero «fabricar muebles de piedra mítica» aparentemente había bajado algunos puestos en mi lista de prioridades.

Al menos los escombros habían desaparecido, aunque los carpinteros martilleaban y hacían ruido fuera e impedían que me concentrara mientras intentaba planear en paz toda una guerra.

Arabella estaba sentada con las piernas cruzadas en su silla, estudiando un grueso tomo que le había conseguido nuestro querido maestro Vellum. Se había mostrado muy terco a la hora de dejarnos acceder a su preciada biblioteca desde que, ejem, perturbáramos el ambiente que reinaba allí.

Desde nuestro enfrentamiento en el colmenar tres días atrás, habíamos llegado a una tregua precaria.

Compartíamos comidas, entrenábamos juntos y manteníamos la distancia prudente que Griffin había prescrito.

Lo suficientemente cerca como para estabilizar nuestro vínculo, pero lo bastante lejos como para evitar otra catástrofe mágica.

El acuerdo era… tolerable. A duras penas.

Levantó la vista cuando me acerqué, con una expresión entre exasperada y curiosa.

—¿El ruido? —adivinó, señalando con la cabeza los estruendosos golpes que se oían fuera.

Intenté no mirarla demasiado tiempo. La Reliquia podría interpretarlo como un permiso para causar estragos.

—Estoy disperso —murmuré—. Por más razones de las que me gustaría explicar.

Ella sonrió.

—Me ofrecería a ayudarte a concentrarte, pero podría ser peligroso.

Su tono sarcástico no hizo más que aumentar mi irritación y mi deseo.

—Todavía tenemos una guerra que planear —dije en tono seco, haciéndole un gesto para que siguiera leyendo—. Encuéntrame respuestas y consideraré dejarte volver a la biblioteca sin supervisión.

Puso los ojos en blanco.

—Como si fueras tú quien me estuviera impidiendo la entrada.

Las puertas se abrieron y entró Thorne. El ruido del exterior parecía crecer a sus espaldas, marcando un ritmo discordante.

—Mi señor —saludó Thorne con una ligera reverencia—. Lady Blackrose.

Incliné la cabeza para que hablara mientras Arabella cerraba con cuidado su libro.

Las sombras en forma de medialuna bajo sus ojos delataban largas noches de lectura, pero seguía pareciendo irritantemente decidida, como si fuera a morder a cualquiera que le sugiriera que descansara.

A pesar de su agotamiento, parecía llena de vida, vibrante y hermosa, de una forma que no tenía nada que ver con la estética convencional y sí con lo puro…

Maldita sea. Otra vez me había quedado embobado.

Thorne se aclaró la garganta.

—Recibimos un mensaje de uno de los guardias de Morana. Han encontrado a un noble solandriano en el paso. Envenenado, delirante y, al parecer, balbuceando sobre ustedes dos.

Arabella intercambió una mirada conmigo. Yo bufé.

—¿Morana nos está ayudando otra vez? Eso sí que es sospechoso.

—En efecto —dijo Thorne—. Es muy inusual que la vizcondesa se haya mostrado tan cooperativa al avisarnos de inmediato.

Un guardia de los suyos lo ha llevado hasta nuestro puesto fronterizo del sur, por si queríamos interrogarlo.

No saben quién es, pero por el anillo con el sello que lleva parece que pertenece a la corte de Auremar.

Vex ya estaba allí por negocios y nos ha comunicado que está en estado grave.

Arabella se levantó de la silla.

—Iré yo.

—No vas a ir sola —gruñí.

Se tensó, pero asintió.

Le hice un gesto a Thorne.

—Nos veremos en el puesto fronterizo del sur. —Me volví hacia Arabella.

—Déjame adivinar: no vamos a usar la Isla Portal, ¿verdad? —preguntó ella.

—No. No voy a correr ningún riesgo. —Sonreí con aire burlón—. ¿A menos que prefieras cruzar rutas pintorescas con posibles trampas e intentos de asesinato?

Rodeó la mesa de roble y se detuvo a mitad de camino. Incluso desde esa pequeña distancia, sentí un zumbido en los huesos. Sus ojos se posaron en mi mano, como si esperara que la tocara. Al ver que no lo hacía, levantó la barbilla desafiante y se acercó.

—La última vez que viajamos por el portal personal, yo era tu prisionera y tú te comportaste como un auténtico imbécil.

La chispa que había encendido el desastre emocional que se había creado entre nosotros. Cuánto había cambiado todo desde entonces. Había pasado de querer utilizarla a querer…, bueno, seguir utilizándola, pero de una forma totalmente diferente.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Solo estás buscando un motivo para tenerme entre tus brazos —me acusó con suavidad, su voz teñida de humor irónico.

—No te hagas ilusiones —le dije, lo cual era mentira y ambos lo sabíamos.

Dibujé runas en el aire y la energía arremolinada de un portal se formó en un extremo de la sala de guerra.

Murmuré la última palabra y se abrió un vórtice de luz violeta—.

Contacto total —le recordé, pasando el brazo por su cintura—.

No podemos permitir que tu cabeza acabe en otra parte del reino.

—Lo sé —murmuró, pero se inclinó hacia mí, apoyando una mano en mi pecho—. Te encanta buscar excusas para manosearme.

Con una ráfaga de aire turbulento, el portal se abrió de par en par.

Atravesamos juntos el umbral y el mundo se diluyó en una espiral de oscuridad antes de reconstruirse a nuestro alrededor.

El puesto fronterizo del sur se materializó al instante: una fortaleza achaparrada situada cerca del recodo de un río.

Las nubes de tormenta se cernían sobre nuestras cabezas, como si rindieran homenaje a mi estado de ánimo.

Arabella se alejó de mí en cuanto llegamos antes de alisarse la ropa con un gesto rápido y un tanto avergonzado. Resistí el impulso de atraerla hacia mí de nuevo.

Ella observó la fortaleza y luego el horizonte más allá, con una mirada calculadora. El paisaje abierto se extendía en todas direcciones: no había testigos, menos guardias que en la ciudadela y un camino despejado hacia el río cercano. Prácticamente podía verla trazando rutas de escape.

—Kazimir. —Se volvió hacia mí, entrecerrando ligeramente los ojos—. Si quisiera huir, ¿intentarías detenerme?

Me sorprendió la crudeza de la pregunta, pero aun así la consideré con detenimiento. Antes, la respuesta habría sido sencilla: la habría perseguido hasta los confines de la tierra. Ahora…

—Me sentiría… decepcionado si decidieras no quedarte conmigo —dije al fin, observando su reacción.

Una sonrisa asomó en sus labios.

—Eso no es una respuesta.

—No te equivoques: sigues siendo mi esposa, y no he pasado por todo esto para dejarte marchar sin más.

Me observó durante un rato más, como si estuviera poniendo a prueba mis palabras con su sentido de la verdad.

Suspiré.

—Si tienes pensado marcharte, adelante. No te cortes.

Me aparté y esperé. Arabella me estaba poniendo a prueba, igual que yo a ella, supuse. ¿De verdad la dejaría marchar? Esa incómoda pregunta sacó a relucir algo en mí que solía reprimir y enterrar bajo mi habitual arrogancia posesiva.

Por supuesto, no hizo ningún ademán de marcharse. Sentí un gran alivio, aunque lo oculté.

Señalé hacia el puesto avanzado.

—¿Vamos? ¿O prefieres continuar con este debate filosófico mientras nuestro prisionero agoniza?

Me observó durante un momento más, luego asintió con la cabeza y se situó a mi lado.

Caminamos en silencio y, en cuestión de segundos, llegamos a la puerta.

Estaba custodiada por nuestros hombres y todo parecía normal.

Al parecer, no había trampas. Pero aun así no me arrepentí de haber sido cauteloso, sobre todo porque la información provenía de Morana.

—¿Dónde está nuestro supuesto informante? —le pregunté al guardia más cercano.

Este hizo una reverencia.

—Dentro, mi señor, pero no se encuentra bien. La comandante Vex está con él.

Asentí bruscamente. Arabella y yo entramos en el salón principal del puesto avanzado, donde las antorchas parpadeaban con el viento que se colaba a través de la vieja piedra.

Vex estaba de pie cerca de lo que parecía ser una enfermería improvisada, con los brazos cruzados.

Con su mirada aguda de siempre, se percató de la presencia de Arabella y arqueó una ceja al ver el espacio (o la falta de él) entre nosotros.

Detrás de ella, un hombre estaba desplomado sobre una silla, con las muñecas atadas. Llevaba los restos destrozados de una chaqueta cara. Unas líneas oscuras de veneno se extendían por su cuello, trepando hacia su mandíbula. Con solo echar un vistazo supe que le quedaba poco tiempo.

—¿Perris? —dijo Arabella—. ¿Se puede saber qué haces aquí?

El hombre se sobresaltó al oír su voz y levantó unos ojos lechosos y aterrorizados.

—Lady Evenfall —dijo con voz ronca—. Debes ayudarme…

—Su nombre es lady Blackrose —corté con frialdad.

Una mirada de puro terror se apoderó de su rostro cuando se dio cuenta de quién era yo. Aunque nunca lo había visto antes, me sonaba su nombre.

—¿Lo conoces? —le pregunté a Arabella.

—Por desgracia. —Torció la boca—. Intentó cortejarme por insistencia de mi padre. Era ambicioso, pero no especialmente brillante. Una vez me dijo que las mujeres no debían preocuparse por la política porque nuestras delicadas constituciones no podrían soportar la presión.

—Espero que te divirtieras con él.

Una sonrisa malvada se dibujó en su rostro.

—Le prendí fuego a la corbata.

Ah. Las piezas del rompecabezas encajaron en su sitio. Me habían contado esa historia antes de secuestrarla. Fue la principal razón por la que protegí sus aposentos contra el fuego.

La voz de Arabella se tornó fría mientras observaba a Perris.

—Dime, lord Perris, ¿por qué estás aquí?

Tragó saliva con dificultad, con venas negras recorriendo su cuello mientras luchaba por respirar.

—Porque… eres una sanadora. No… No tuve más remedio que buscarte.

Una leve sonrisa de diversión cruzó el rostro de Arabella.

—No me parece motivo suficiente. Hay otros curanderos mucho más cerca de donde vives.