55 Quédate cerca (y finge que forma parte de una estrategia) #2
—Huyes cada vez que aparezco —dije con tono sombrío—, modificas tus planes para evitarme.
—Estoy siendo cuidadosa —respondió—. Ya tenemos suficiente tensión. Añadir más contacto físico a eso es invitar al desastre.
—Tienes miedo —repliqué en voz baja—. Pero no de la magia. Tienes miedo de esto. —Hice un gesto entre los dos—. No se trata de mi dolor ni de la Reliquia, sino de cómo te hago sentir.
Ella bufó.
—En cuanto me acerco a ti, te quedas sin aliento —continué—. Te sonrojas. No puedes sostener mi mirada más de unos segundos. —Me latía el corazón con fuerza mientras observaba su obstinada actitud desafiante—. Insistes en que necesitas espacio por la Reliquia, pero te estás mintiendo a ti misma.
El rubor le subió por el cuello, pero se acercó aún más mientras luchaba por mantener la mirada fija en la mía.
—¿Eso crees? Todas nuestras interacciones han girado en torno a tu búsqueda por el poder de la Reliquia. ¿En qué otra cosa podría pensar si no?
Acorté la distancia y le levanté la barbilla para que tuviera que mirarme a los ojos.
—Usa tu sentido de la verdad. Dime si miento cuando te digo que para mí eres más que la clave para conseguir poder.
Inhaló y sentí que su don se activaba, un sutil cambio en su mirada mientras sopesaba mis palabras. La irritación, la confusión y el deseo brillaron en sus ojos.
—No eres tan inmune como haces ver —añadí en voz baja—. Yo tampoco soy inmune a ti. La diferencia es que no huyo de ello.
Le temblaba la voz.
—Yo no huyo.
—¿No? —Arqueé una ceja—. ¿Cómo definirías el intento de salir por patas de hace un momento?
—Retirada estratégica —dijo con frialdad.
Sentí unas ganas incontrolables de sonreír. Entonces vi un movimiento detrás de ella. Vex apareció en la entrada y observó el patio con una ceja levantada. Vio a Griffin, quien le hizo un gesto de asentimiento indeciso, y se unió a nosotros.
—Mi señor —saludó Vex, acercándose—. Han llegado más informes fronterizos. El Gremio del Héroe se está movilizando más rápido de lo esperado.
Mantuve la mirada fija en Arabella.
—Los leeré más tarde —dije—. Estábamos discutiendo nuestra apremiante situación.
—Sí, ya veo —dijo Vex, con voz cauta pero mirada divertida—. ¿Os dejo solos?
—No —respondió enseguida Arabella—. Ya me iba.
—¿En serio? —respondí—. No hemos decidido cómo actuar con la Reliquia.
—¿Qué más hay que decir? —protestó, cruzando los brazos—. Griffin insiste en que no podemos arriesgarnos a que se den más resonancias hasta que se estabilice. Así que nada de… contacto físico.
—Parece que crees que eso significa evitarme por completo —señalé.
Griffin, aparentemente reuniendo algo de valor, carraspeó.
—Bueno, la verdadera amenaza reside en determinados actos íntimos, no en todos. Solo en los que desencadenan significativas oleadas mágicas.
Las mejillas de Arabella se encendieron.
—Sí, gracias, Griffin. Ha quedado claro.
Él continuó, ajeno a la vergüenza que sentía:
—Basándonos en unos interesantes datos recogidos en los últimos días, las interacciones más pequeñas, la mera proximidad por así decirlo, ayudan a mantener el vínculo establecido, lo que podría estabilizar el artefacto en lugar de empeorarlo.
Ladeé la cabeza.
—Entonces, nos sugieres que nos mantengamos cerca, pero ¿no demasiado?
Se le calentaron las orejas.
—Así es, mi señor. Los límites exactos siguen siendo… difusos.
Vex tosió, posiblemente para convertir la risa en algo más digno.
—Lo que quiere decir es que, si os evitáis por completo, corréis el riesgo de provocar consecuencias aún más graves la próxima vez que haya contacto.
Arabella exhaló profundo y me miró con resignación.
—Está bien. Dejaré de evitarte. Pero sigo necesitando espacio para lidiar con todo esto.
—Es comprensible —acepté, y una extraña y potente mezcla de alivio y expectación recorrió mi cuerpo—. Reanudaremos el entrenamiento y seguiremos compartiendo las comidas.
Asintió y se dirigió a la salida.
—Te veo en la cena. —Luego desapareció en los Altos Jardines.
Parpadeé al verla alejarse, muy consciente de que podía volver a perseguirla. Pero quizás, por una vez, no lo haría. No tenía sentido tentar a la suerte.
Vex y Griffin intercambiaron miradas. Compartieron entre ellos una complicidad silenciosa.
—¿Algo que queráis compartir? —pregunté con tono severo.
Vex se enderezó.
—No es nada, mi señor.
—Entonces, ¿a qué viene esa miradita?
Griffin tartamudeó:
—Nosotros…, emm… —Dudó, luego trató de no apartar la mirada de mí—. Hemos estado haciendo apuestas.
Levanté las cejas.
—¿Apuestas?
Vex lo miró con el ceño fruncido, pero él siguió adelante.
—Sobre si usted y lady Blackrose serán capaces de aguantar hasta que la Reliquia se estabilice antes de… ceder a la tentación y destruir la mitad de los Reinos Occidentales.
—Griffin —murmuró Vex—, cierra el pico.
Él hizo una mueca arrepentida.
—¿Y qué hago? Si me lo ha preguntado.
Crucé los brazos sobre el pecho, debatiéndome entre la ira y una renuente diversión por lo bien que me conocían.
—¿Qué hay en juego?
La sonrisa del hombre se volvió tímida.
—Yo he apostado tres monedas de oro a que ambos perderán el control antes de que termine la semana.
—¿Y Vex? —Eché un vistazo a mi alrededor con una expresión peligrosamente tranquila—. ¿Te inclinas más por el apocalipsis?
Me miró fijamente, sin pestañear.
—Aposté a que os comportaríais, aunque… por los pelos.
Los miré con exasperación.
—Si Arabella y yo evitamos que el mundo se derrumbe, los dos deberéis cinco monedas de oro al fondo de reparación de la ciudadela.
Griffin se animó.
—Entonces, ¿se une?
—Simplemente estoy reconociendo vuestra insolencia —le corregí, aunque una comisura de mi boca amenazaba con torcerse—. Ahora vuelve a tus abejas, Griffin, y luego ayuda con la Reliquia.
Me alejé con paso firme, oyendo cómo murmuraban con emoción contenida a mis espaldas.
—¿De verdad crees que lo conseguirán? —preguntó Griffin en voz baja.
—Ni por asomo —susurró Vex—. Y no le digas que he dicho eso.
Negué con la cabeza mientras me alejaba, con una mezcla de diversión y temor por si Vex estaba en lo cierto. Porque cada vez que Arabella y yo nos enfrentábamos, corríamos el riesgo de perdernos de nuevo. Y a la próxima, podríamos acabar hundiendo todo el reino con nosotros.