55 Quédate cerca (y finge que forma parte de una estrategia)
Kazimir
L a temperatura bajó considerablemente a medida que recorría los pasillos. Los sirvientes se pegaban a las paredes con la mirada fija en sus botas cuando pasaba. Incluso Thorne se apartó cuando nos cruzamos en el patio.
—¿Dónde está lady Blackrose? —pregunté, sin reducir el paso.
—No lo sé, mi señor —contestó Thorne—. ¿Puede que en la biblioteca?
Ya había comprobado la biblioteca. Y la sala de entrenamiento. Y su antigua habitación. Y el observatorio.
Le hice un gesto con la mano para que se fuera, demasiado absorto en las dos frustraciones que me carcomían.
Una era la amenaza externa que se cernía sobre mis fronteras, algo que podía manejar sin despeinarme.
Pero la otra vivía bajo mi propio techo, dormía en mi propia cama y prácticamente había perfeccionado el arte de desaparecer ante mis ojos.
Tres días. Tres malditos días desde que Arabella me pidiera espacio para respirar.
Tres días en los que solo veía el extremo de su falda asomando por una esquina, o entraba en una habitación justo a tiempo para captar el último rastro de su perfume.
No era de los que rehuían las confrontaciones. No. El problema era mucho peor que eso.
Si nos veíamos de verdad, si hablábamos de verdad…
La tensión estallaría.
Acabaríamos en nuestros aposentos.
Nos perderíamos en esa embriagadora avalancha de magia y deseo.
Romperíamos la Reliquia.
Destruiríamos los Reinos Occidentales.
Después de nuestra última discusión, el dolor de mis runas se había convertido en un eco sordo, como si mis huesos aún recordaran el sufrimiento.
Los brotes eran ahora más frecuentes, algo que me negaba a compartir con nadie, y mucho menos con Arabella.
Me correspondía a mí soportarlo, no era una debilidad que debieran analizar los demás.
Me parecía ridículo que se preocuparan por mi dolor.
Yo era el Señor Oscuro Kazimir Blackrose, el Terror de los Reinos Occidentales.
La gente me temía; no se preocupaban por mi bienestar.
—¿Mi señor? —Una voz tentativa interrumpió mi espiral de pensamiento.
Me di la vuelta y vi a Pip parado en la intersección de dos pasillos, con una pila inestable de sábanas en los brazos.
—¿Qué? —espeté.
Él se estremeció, aunque se mantuvo firme.
—S-solo me preguntaba si necesitaba algo, mi señor.
Me obligué a respirar hondo para calmarme.
—Estoy buscando a lady Blackrose. ¿La has visto?
El alivio se extendió por su rostro.
—¡Sí, mi señor! Iba en dirección a los Altos Jardines hace aproximadamente media hora.
Cómo no. El único sitio que apenas visitaba. Crucé una pasarela exterior hacia la torre oeste, subiendo los peldaños en espiral de dos en dos mientras las sombras me seguían. Cuando llegué al final, la oscuridad a mi alrededor se había intensificado hasta convertirse en un negro casi absoluto.
Me detuve ante las puertas de cristal y recorrí con la mirada el exuberante interior.
Una espesa vegetación trepaba por los arcos, las enredaderas estaban cargadas de flores, las frutas exóticas brillaban con un tenue resplandor mágico y las hierbas crecían formando intrincados patrones que potenciaban la magia.
Y allí estaba ella, sentada en un banco de piedra bajo un dosel de hojas luminosas, con el cabello bañado por la luz del sol del mediodía.
Estaba radiante bajo aquella bruma dorada. Preciosa. Irritante.
Casi como si me hubiera sentido, se puso rígida, cerró el libro y se adentró en la vegetación hacia una puerta lateral que daba al colmenar.
Mis sombras se derramaron por las puertas cuando entré, atenuando la cálida luz del sol y haciendo que algunas flores se curvaran hacia dentro. Seguí el camino que ella había tomado.
Unos muros de piedra rodeaban aquel pequeño patio, protegiéndolo de los vientos más fuertes.
Por todo el perímetro estaban repartidas colmenas encantadas.
Griffin se encontraba en el centro, inclinado sobre una colmena con uno de sus dedos absurdamente largos enganchado bajo un panal que goteaba miel.
Y allí estaba Arabella, a su lado, fingiendo un profundo interés por cualquier cosa menos por mí.
Supuse que nadie esperaría que me mostrara temible mientras perseguía a mi esposa por un jardín de abejas dóciles.
—¿… y dices que la miel adquiere propiedades mágicas? —preguntó ella, aunque su postura parecía rígida.
Griffin asintió, completamente ajeno a la tensión que se respiraba en el patio.
—¡Así es, mi señora! Las abejas que se alimentan de rosas negras producen miel impregnada de trazas de magia oscura.
Es muy versátil en pociones… y en otras cosas.
Aumenta el placer, induce sueños proféticos y es un remedio eficaz para el dolor de garganta.
No sé por qué la gente deja de interesarse cuando oye la primera parte.
Arabella vio cómo una abeja se posaba en su túnica.
—¿Aumenta el placer?
Los pómulos de Griffin se sonrojaron y tartamudeó al hablar. Su cuerpo larguirucho pareció encogerse, como queriendo desaparecer. Era evidente que la conversación se le había ido de las manos.
—Sexo mágico —dije con voz monótona, y sentí una satisfacción maliciosa al ver que Arabella se ruborizaba—. Forma una conexión entre la pareja. Si lo aplicas en ciertas zonas, uno puede sentir las sensaciones del otro. —Dejé que mi mirada la recorriera despacio—. Todas y cada una de ellas.
Griffin se puso rojo como un tomate y, de repente, comenzó a prestar una atención casi reverencial a las mangas de su ropa. Una abeja solitaria le daba vueltas alrededor de la cabeza en círculos confusos, pero él se quedó quieto, como si estuviera demasiado avergonzado para moverse.
Arabella me sostuvo la mirada mientras se le dilataban las pupilas.
—¿Y ha confirmado esos efectos usted mismo, lord Blackrose?
—Aún no. Guardo un tarro para cuando encuentre la pareja indicada. —Se le cortó la respiración, lo que me infló el ego—. No sabía que te interesara la apicultura.
Tragó saliva.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí. Si te hubieras molestado en preguntar…
—Apenas he tenido oportunidad —la interrumpí—. Es difícil hacer preguntas cuando mi mujer se escabulle en cuanto llego.
Griffin se quedó allí parpadeando, mirándonos, como si de alguna manera se arrepintiera de existir. Se aclaró la garganta y dio un paso atrás con cautela.
—Debería terminar de comprobar estas colmenas —se atrevió a decir—. Normalmente es mi aprendiz quien se ocupa de ellas, pero está en la enfermería… Le picaron varias. Ha sufrido una reacción bastante grave.
Desvié la mirada hacia el panal ámbar oscuro, impregnado de potencial entretejido con sombras.
—Entonces, ¿estas abejas tienen mal genio?
—Requieren un trato especial —respondió—. Prefiero no dejar ese trabajo en manos de nadie más. —Se encogió apenas de hombros—. A menos que quiera que mueran…
Eché un vistazo al panal brillante.
—No —reconocí—. Pero date prisa.
Griffin reanudó su trabajo, aunque parecía dolorosamente consciente de nuestra conversación. Volví a centrar mi atención en Arabella.
—Te pedí espacio —dijo, con una calma resuelta—. Y tú aceptaste.
—En realidad, me pediste espacio, no desaparecer por completo. —Di un paso decidido al frente—. Y las cosas han cambiado.
Frunció el ceño.
—¿A qué te refieres con que han cambiado?
—El Gremio del Héroe se está movilizando. Morana envió un mensaje ayer y mis exploradores lo confirmaron. Tres compañías, supuestamente para recibir «entrenamiento», pero se están acercando poco a poco a mi frontera. Al parecer, el rey lleva días celebrando reuniones a puerta cerrada con el Gremio.
Griffin se detuvo con la miel goteando del panal.
—Curiosa coincidencia.
A pesar de sus anteriores intentos poco convincentes de amenazarme, Auremar nunca había acudido al Gremio del Héroe.
Esos guerreros de rectitud arrogante, empuñando armas encantadas y con una devoción avalada por el Estado, siempre se habían quedado dentro de las fronteras de Solandris, puliendo sus armaduras y aceptando medallas por matar heroicamente a las plagas de los jardines a las que llamaban «monstruos».
Casi me habría sentido halagado de que al fin me consideraran digno de una visita si no fuera porque resultaba sumamente inoportuno.
Asentí con la cabeza a Griffin.
—Sí, bastante.
Arabella nos miró a ambos.
—¿Estás diciendo que Auremar sabe lo de la Reliquia?
—Es posible. Pero seguro sea por el mensaje que envié con el último espía —le expliqué, observando atentamente su reacción.
—¿Qué mensaje?
—La cabeza del capitán —dijo Griffin muy servicial, pero luego se echó atrás ante mi mirada fulminante.
—Sí —confirmé—. Una declaración inequívoca de que sus planes contigo no me gustaban ni un pelo.
Ella apretó los labios con fuerza.
—Ahora el Gremio viene a por nosotros. Un magnífico ejemplo de diplomacia.
—¿Preferirías que te hubiera devuelto a Auremar? —pregunté con voz baja, aterciopelada y peligrosa—. ¿Quizás con una cinta atada al cuello?
—Por supuesto que no —espetó—. Pero hay una gran diferencia entre «no hacer nada» y enviar cabezas cortadas a modo de tarjeta de invitación.
Griffin intentó reprimir una tos que sonaba sospechosamente como una risa.
Ignoré tanto su sarcástico comentario como la mal disimulada carcajada de Griffin y seguí adelante:
—Tenemos que fortalecer el poder de la Reliquia antes de que el Gremio nos ataque.
—¿Y cómo hacemos eso exactamente?
—Hay que encontrar la manera de mantener nuestro vínculo —dije, acercándome lo suficiente como para sentir su irritación radiando de ella, cálida y eléctrica—. Nuestra conexión influye en la estabilidad de la Reliquia. Cuanto más «desincronizados» estamos, más débil se vuelve.
Ella se mordió el labio inferior.
—No me refiero a repetir lo que causó la última explosión —aclaré—, pero tu estrategia de mantenerte lejos de mí no va a resolver nada.
Los ojos se le iluminaron de enfado.
—Mi «estrategia», como tú la llamas, es precaución. Haces que parezca una estratagema para socavarte.