54 Miente sobre el dolor (las emociones son inflamables)
Arabella
D ejé que la daga de sombras saliera volando de mi palma, cortando el aire como una cinta color medianoche. Se clavó en el pecho del maniquí de entrenamiento con un satisfactorio golpe sordo; luego tembló en su sitio antes de desvanecerse en volutas de oscuridad.
Kazimir estaba a varios metros de distancia, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Mejor —exclamó—. Ahora prueba con una lanza.
Una oleada de orgullo me recorrió el cuerpo y moví los hombros para aliviar la tensión.
Llevábamos trabajando desde el amanecer y el sol del mediodía era implacable: el cuero se me pegaba a la piel y el sudor me resbalaba por la nuca.
Pero no podía ignorar las siluetas irregulares de los andamios que se aferraban al ala este de la ciudadela como patas de araña gigantes.
Los trabajadores se afanaban a media altura de la piedra dañada, todo porque Kazimir y yo habíamos provocado una demolición mágica cuando nuestra… «resonancia» se nos fue de las manos.
Me miró, luego miró el andamio, con una expresión indescifrable en el rostro. Respiré lentamente y moldeé la oscuridad entre mis palmas, esta vez dejándola estirarse hasta formar una lanza. Apunté a un maniquí lejano, fijé mi postura y…
—Tienes una técnica excelente —murmuró de repente la voz de Kazimir justo detrás de mí.
Casi se me cae la maldita lanza de sombras. No le había oído acercarse, y su hábil sigilo me resultaba tan impresionante como irritante.
—Me estás distrayendo —le dije, obligándome a mantener los ojos en el objetivo, aunque mi cuerpo se puso en estado de máxima alerta con solo sentir su presencia a mi espalda.
—Adelante, concéntrate. Pero en una pelea real, siempre habrá distracciones. —Noté cómo se le tensaba la boca mientras se alejaba. Un destello de dolor que intentó ocultar, sin duda otro brote de las runas que llevaba grabadas en los huesos.
Exhalé, volviendo a centrar mi atención en la lanza de sombras.
Mantén la calma. Respira hondo. Tira del brazo hacia atrás .
Pero su dolor me había afectado y me hizo perder la concentración en el peor momento.
La lanza se tambaleó, disolviéndose en el aire y desapareciendo en forma de inofensivas volutas antes de llegar al maniquí.
Solté una palabrota.
—Estás perdiendo la concentración —señaló Kazimir, con un tono cuidadosamente neutro.
Lo fulminé con la mirada.
—Y tú vuelves a estar dolorido.
—Estoy bien.
Mi sentido de la verdad se activó ante aquella débil mentira, y sentí un desagradable cosquilleo detrás de los ojos.
—Deja de fingir que no pasa nada.
—Estamos con tu entrenamiento —dijo, cambiando de tema—. Céntrate en eso.
Vi que Griffin se dirigía hacia nosotros cruzando el patio.
Llevaba una bolsa de cuero que derramaba un líquido oscuro y brillante por las esquinas, haciendo malabares para no manchar de sangre su túnica.
Se acercó a Nyx, que estaba tomando el sol cerca del muro.
Mi dragona levantó la cabeza con perezosa arrogancia, con sus ojos plateados entrecerrados fijos en mí, incluso cuando Griffin le ofrecía trozos de carne cruda.
—Un ciervo exótico del norte —murmuró Griffin, levantando un trozo ensangrentado y extendiendo el brazo con cuidado—. Espero que te guste más que mis familiares.
Nyx olfateó, lo suficientemente amenazante como para hacer que a Griffin le temblaran las manos, y luego se zampó la carne de un solo bocado. Qué criatura tan malcriada. Aún me sentía culpable por su predilección por las pobres y desdichadas creaciones mágicas del hombre.
—Otra vez —apremió Kazimir, y yo volví a centrar mi atención en él.
Bien. Otro intento. Estaba de mal humor, pero obligué a la oscuridad a fusionarse una vez más para forjar un hacha en lugar de una lanza. Normalmente parecía más resistente cuando la empuñaba. Los bordes brillaban con un negro imposible, tan denso que parecía absorber la luz del sol.
Me preparé para lanzarla, pero Kazimir volvió a retroceder, flexionando la mano como si un rayo le hubiera recorrido los huesos. Mi concentración se evaporó, sustituida por la preocupación, y sentí cómo el hacha de sombras temblaba en mi mano.
—En serio, deberías descansar —espeté.
Él apretó más la mandíbula.
—No necesito…
—No te molestes en mentirme. —Mi sentido de la verdad había estado protestando toda la mañana ante su negación.
Su habitual ceño fruncido se acentuó, pero intentó mantener la compostura.
Sentí una oleada de frustración en el pecho.
No solo yo estaba peligrosamente alterada, sino que él también.
Y esa tensión entre nosotros se agudizaba cada día más, agravada por el voto de abstinencia que habíamos tenido que adoptar por el bien de la Reliquia. Era desesperante.
—Bueno —murmuré, levantando el hacha—. Demuéstrame lo bien que puedes ignorar el dolor mientras lanzo el siguiente.
Lancé el arma, dejando que la frustración le diera una forma más afilada y pesada.
Pero en el instante en que Kazimir volvió a respirar con dolor, volví a perder la concentración.
La oscuridad se tambaleó, parpadeando en mis manos, y explotó con una ráfaga rápida y violenta.
Un remolino de energía negra brotó en todas direcciones, y me lanzó contra Kazimir.
Me rodeó con sus brazos justo antes de que nos estrelláramos contra el suelo.
Las sombras se arremolinaban frenéticamente por el patio, cortando el aire con silbidos letales.
Una de ellas casi me rozó la mejilla. Otra se estrelló contra las piedras a pocos centímetros de distancia, provocando una lluvia de fragmentos de roca fundida.
Oí gritar a Griffin, y el rugido de Nyx sacudió las paredes. El suelo tembló bajo nuestros pies.
Kazimir rodó de tal manera que terminó encima de mí, protegiéndome con sus brazos. Sus ojos ardían con un brillo intenso mientras levantaba una mano, ordenando a la oscuridad que se sometiera.
—Basta —gritó con tono autoritario, impregnado de magia de dominio.
Las sombras se congelaron en pleno movimiento y luego se desplomaron sobre sí mismas, empujadas por su mano extendida.
El repentino silencio que siguió me retumbó en los oídos, y el aire polvoriento me quemaba los pulmones.
Kazimir se cernía sobre mí, sangrando por la nariz y respirando con dificultad.
Sus anchos hombros se tensaron en actitud protectora, pero un leve temblor recorría sus brazos.
—¿Te has hecho daño? —dijo con voz rasposa.
Negué con la cabeza.
—Estás sangrando.
Se pasó el dedo por debajo de la nariz, sorprendido por la mancha carmesí que se le quedó en los dedos.
—No es nada —dijo con voz tensa. Luego se levantó y me tendió una mano. La acepté y dejé que me ayudara a levantarme.
Nyx se acercó sigilosa, moviendo la cola con cautela. Griffin la seguía, con una expresión nerviosa en el rostro.
—¿Qué ha… pasado?
—Un ligero percance —dijo Kazimir, arrastrando las palabras, aunque pude percibir lo mucho que se estaba esforzando por mantener la calma—. El poder de lady Blackrose se avivó por un momento.
—¿Un «ligero percance»? —respondí—. ¡Podría habernos hecho pedazos a los dos!
Me lanzó una mirada de acero.
—Pero no ha sido así. Esa es precisamente la razón por la que entrenamos. Los errores ocurren.
El corazón se me aceleró, por una mezcla de miedo y enfado.
—¿Eso es lo que dirás el día de mi funeral si pierdo el control?
Griffin se quedó inmóvil, como si quisiera fundirse con la piedra. Kazimir, por su parte, permaneció frío e impasible.
—Te has desconcentrado. Le puede pasar a cualquiera que practique con magia peligrosa.
—¡Me he desconcentrado porque es obvio que estás sufriendo! —contesté, ignorando el temblor en mi voz—. Eres demasiado orgulloso para admitirlo y piensas que estoy exagerando.
Él se encogió de hombros con indiferencia, lo que solo sirvió para enfurecerme aún más.
—Mis molestias son irrelevantes. Puedo soportarlas.
—Este extraño purgatorio nos está volviendo locos a los dos.
Exhaló, acercándose y bajando la voz.
—Acordamos abstenernos. Tenemos que proteger la Reliquia.
—Sí, es cierto. Y lo entiendo. Pero no estás cuidándote. Y eso me está afectando a mí, a nuestro entrenamiento… A todo.
Griffin carraspeó con nerviosismo.
—Eh… Debería…
—Quédate ahí —le ordenó Kazimir.
Crucé los brazos, furiosa.
—No permitiré que me eches como a uno de tus lacayos.
Me lanzó una mirada delicada y peligrosa.
—No te estaba echando. Pero no creo que este sea el lugar para tener nuestra pequeña… charla.
—No —coincidí—, no lo es. Pero me he cansado de fingir que estás bien. Tus mentiras me provocan dolor de cabeza literalmente. —Me di un golpecito con los dedos en la sien—. Mi sentido de la verdad no se desvanece sin más, ¿sabes?
—El dolor es soportable. Eso no es mentira.
Sentí el sutil murmullo de la verdad, enfrentándose a la verdad a medias.
—No basta con limitarse a soportar las cosas, Kazimir.
No respondió. En lugar de eso, desvió la mirada hacia Griffin y Nyx antes de volver a mí.
Aunque mi enfado aún no se había disipado, bajé la voz.
—Déjame ayudarte. Como la última vez.
Se puso tenso, como si estuviera listo para contraatacar, pero solo dijo:
—Ahora no.
Suspiré de frustración.
—Seguirán ocurriendo este tipo de accidentes.
—No si trabajamos en tu control —replicó.
Sacudí el estremecimiento que aún sentía en los brazos.
—Si mi «falta de control» supone un problema tan grave —dije, con la voz entrecortada por la ira—, quizás la mejor solución sea que entrene sin tu tétrico… —señalé su tensa postura de villano— aire sombrío.
Kazimir entrecerró los ojos y, por una vez, no respondió con sus habituales comentarios sarcásticos. Tragué saliva para contener el impulso de ablandarme y la furia me llevó a continuar:
—Eres mi mayor distracción. Cada mueca de dolor, cada mirada fulminante que me lanzas, me desconcentra. Entonces, ¿qué tal si me das espacio en lugar de exigirme perfección?
El silencio se extendió entre nosotros, tenso como la cuerda de un arco. Una parte de mí quería que se defendiera. En cambio, inclinó la cabeza en señal de asentimiento seco y distante.
—Muy bien —dijo, cada sílaba impregnada de un frío mordaz. Luego giró bruscamente sobre sus talones y se alejó a pasos largos.
Me quedé allí de pie con una sensación de vacío. Mi magia de sombras casi nos mata y Kazimir no me dejaba ayudarle. Vaya par de tontos.
—Bueno —comenzó Griffin en voz baja una vez que la tensión se había disipado un poco—, ha sido… intenso.
Ignorando el martilleo de mi corazón, me dejé caer sobre un banco de piedra.
—Por poco nos mato a los dos con esa explosión, maldita sea —lamenté, contemplando las grietas que había provocado en las piedras.
Griffin se encogió de hombros con cautela.
—Eso es lo que pasa cuando se manipula magia peligrosa. De vez en cuando hay gente que vuela por los aires. —Se rio con nerviosismo—. O más bien a menudo.
Se me escapó una risa leve y triste.
—No se trata solo por estar al borde de la muerte. Es que todo es complicado. Y Kazimir no quiere admitir su propio dolor.
—Sospecho que es lo que ha estado haciendo durante la mayor parte de su vida —dijo Griffin, alisándose las arrugas de la túnica.
Sus pantorrillas peludas sobresalían por debajo del dobladillo corto—.
Es un brillante maestro del engaño, en particular con las mentiras que se cuenta a sí mismo.
—Hizo una pausa y me miró—. Pero usted, por otro lado, es un detector de mentiras terriblemente preciso.
Supongo que es inevitable que eso provoque roces.
Me hundí con un suspiro, dejando que los acontecimientos se arremolinaran en mi mente. La crueldad de mi padre, la intrusión de Kazimir en mi vida, el hecho de que la mitad de su personal pareciera animarle en silencio a que me dejara entrar…
—¿Alguna vez acepta vuestros consejos?
—Casi nunca —admitió—. Odia mostrar debilidad delante de los demás, incluso cuando esos «demás» ya han visto todas sus debilidades. —Jugueteó con un hilo suelto—. Si le sirve de ayuda…, nunca lo había visto así.
—¿Eso es bueno o malo? —pregunté en voz baja, frotándome los brazos.
Me miró con detenimiento.
—Puede que ambas cosas. —Se levantó y recogió su maletín ensangrentado—. Debería retomar mi investigación. Estoy trabajando en un encantamiento que podría impedir que la Reliquia siga deteriorándose, e incluso permitir un uso limitado de su poder.
Me dieron ganas de abrazarlo, pero me lo pensé mejor.
—Eso es increíble, Griffin.
Él sonrió con timidez.
—No solucionará la brecha existente, pero quizá…, eh…, consiga que todos podamos respirar un poco más tranquilos.
Solté una risa con pesar.
—Desde luego. Gracias por todo.
Hizo una pequeña reverencia antes de marcharse y dejarme a solas con Nyx. La dragona emitió un sonido grave y gutural para apaciguarme.
Le acaricié el hocico.
—Al menos entre nosotras nos entendemos, ¿verdad?
Ella parpadeó, poco impresionada. Luego me dio un golpecito en el hombro. Para entonces la criatura había crecido tanto que casi me tiró al suelo. No pude evitar esbozar una sonrisilla.
—Vamos. Te has ganado otra siesta junto a los establos.
Caminamos juntas y, mientras observaba las imponentes torres de la ciudadela, reflexioné sobre la aterradora oleada de miedo que había sentido segundos antes de la explosión.
No podía permitirme ningún descuido con un poder tan potente como el mío.
Y eso solo me hacía ser más consciente de la imprudencia de Kazimir.
Si se destruía a sí mismo, todos los Reinos Occidentales se derrumbarían.
Y él era la única persona capaz de enseñarme a controlar mi magia; lo necesitaba en plena forma.
En el fondo reconocía que me estaba mintiendo a mí misma. Puede que quisiera algo más que una «alianza» o que me ayudara con mi poder. Puede que deseara al hombre que me protegía, que me defendía de las sombras fuera de control incluso mientras sangraba por la nariz.
¿Había reaccionado de forma exagerada? Tal vez. Pero el miedo, tanto a mi propio poder como a lo que le estaba pasando, era sincero.
No. Yo no era la villana de la historia, pero tampoco iba a ser la víctima. Lo que necesitaba era justo eso, espacio.
Y quizás unas horas más lanzando armas de sombras a paja inanimada.
Con un gruñido que se parecía demasiado a los suyos, di media vuelta y me dirigí hacia la sala de entrenamiento.
Si no podía desentrañar los secretos de Kazimir, al menos podía perfeccionar mi magia hasta que pensar en él dejara de quemarme el pecho.
Era más seguro que dejar que sus mentiras y mi propio deseo volvieran a estallar.