La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 53 Finge que estás bien (mientras te retuerces de dolor) #2
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53 Finge que estás bien (mientras te retuerces de dolor) #2

Me obligué a abrir los ojos.

—Estoy bien —siseé, aunque estaba lejos de lo que se podría considerar «bien» en términos racionales.

—Te traeré algo para el dolor —insistió, corriendo hacia el armario donde guardaba ciertas pociones.

Hice un gesto vago, con la respiración entrecortada.

—El frasco azul. Tercera balda.

Me puso el brebaje en la mano y me lo bebí de un trago. Me quemó al bajarme por la garganta, pero enseguida sentí un gran alivio. El dolor insoportable se convirtió en un latido llevadero.

—Puedes retirarte —jadeé cuando pude volver a hablar.

Se quedó dudando, probablemente a punto de insistir en llamar a Griffin de todos modos.

—He dicho que te retires.

Apretó los labios.

—Como desees, mi señor. Pero dejarte morir no resuelve nada. —Luego salió por la puerta.

Cerré los ojos al reclinarme y dejé que la sensación de entumecimiento se extendiera por mis venas. Quizás debería haberle hecho caso.

Pero no. Tenía un reino que destruir y una Reliquia que arreglar. No había tiempo para debilidades. Intenté ordenar mis pensamientos, pero el respiro duró solo dos segundos antes de que oyera pasos. Los reconocí de inmediato.

Arabella.

Intenté lucir mi habitual actitud tranquila. Me enderecé en la silla y mantuve el rostro cuidadosamente sereno. O al menos eso esperaba. La puerta se abrió, sin la cortesía previa de llamar. Arabella se detuvo en el umbral, escrutando mis rasgos antes de avanzar con paso firme.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, recorriendo con la mirada mi ropa hecha un desastre—. Vex por poco me lleva por delante. Parecía muy nerviosa.

—Nada —mentí, lo suficientemente funcional como para sonar despreocupado.

—Mentiroso —espetó—. Te brilla la camisa.

Bajé la mirada. En efecto, la zona alrededor de mi antebrazo aún brillaba ligeramente.

—Es lo que se lleva ahora. La nueva moda entre los señores de la guerra.

—Kazimir —dijo con tono exasperado, acercándose a mí—, enséñame el brazo.

Negué con la cabeza.

—No.

—O me lo enseñas o te arranco la manga —me advirtió—. Tú eliges.

Sabía que no era un farol. Con un suspiro de resignación, dejé que me arremangara.

Al verlo, dejó escapar un silbido: las runas bajo mi piel palpitaban de un rojo intenso, cada símbolo perfilado con piel infectada y en carne viva.

Se arrodilló junto a la silla, con los dedos suspendidos en el aire, como si quisiera tocarlas, pero no se atreviera.

—¿Por qué te está pasando esto? —preguntó en voz baja—. He visto tus runas brillando antes, pero nunca… así.

—Siempre me duelen después de usar mucha energía —murmuré—. Pero últimamente la cosa ha empeorado.

—¿Cuánto tiempo lleva pasando? —Me miró fijamente.

—Desde el desastre de la sala de guerra —admití—. He sufrido brotes esporádicos antes, pero nunca tan insoportables. La activación parcial de la Reliquia podría estar acelerándolo, o… —Me interrumpí, para no contar más de la cuenta. Especialmente la parte de la visión.

Arabella me rozó el brazo con suavidad con las yemas de los dedos. Incluso ese contacto ligero como una pluma me provocó una ráfaga de dolor, pero lo resistí. Su preocupación me sorprendió, aunque intenté no dejar que se notara.

—¿Qué hiciste cuando me fui de la sala de entrenamiento? —presionó.

Podría haber mentido de nuevo, pero la miré a los ojos y me di cuenta de que no quería.

—Intenté crear un bégimo de huesos. Un constructo. Necesitaba un arma monstruosa. Funcionó durante unos segundos…, hasta que mis runas decidieron que me odiaban.

Su expresión oscilaba entre el horror y la fascinación.

—¿Un bégimo… de huesos? ¿De verdad has construido un esqueleto gigante con tu magia?

Esbocé una sonrisa sin ganas.

—Casi lo tenía bajo control antes de que todo se fuera al garete. Pero entonces se derrumbó y me arrastró con él.

Negó con la cabeza, como si no pudiera creer tal imprudencia por mi parte.

—¿Cuántas veces puedes hacer esto antes de que te mate? ¿Antes de que la magia te destroce por dentro?

No respondí porque no lo sabía; lo único que tenía claro es que no podía parar. Auremar se nos echaba encima y la Reliquia seguía rota. Solo tenía un único camino por delante: seguir luchando, seguir forjando nuevas criaturas infames para defender mi territorio y a las personas que lo habitaban.

Examinó las runas más de cerca.

—Déjame ayudarte. Tal vez pueda mitigar el dolor.

—No funcionará —advertí—. La magia sanadora normal no tiene efecto sobre estas runas. Están grabadas en mi esencia.

—Suerte que yo no soy normal —respondió, con la mirada cargada de decisión—. Déjame intentarlo.

Dudé, debatiéndome entre hacer un comentario sarcástico y ceder al dolor punzante. Al final, asentí con la cabeza.

—Adelante.

Arabella colocó la mano sobre el entramado de runas.

Un dolor agudo me recorrió el brazo, pero no me moví.

Ella cerró los ojos e invocó un delicado remolino de magia.

Se me cortó la respiración cuando sentí una cálida sensación fluir dentro de mí, muy diferente de la quemazón que solía acompañar a mis propios hechizos.

Su poder adoptó una forma diestra y persuasiva, como si creara canales para una cascada embravecida.

El furioso resplandor de las runas comenzó a disminuir, reduciéndose a un dolor profundo que podía soportar.

Respiré temblorosamente y flexioné los dedos.

Era… soportable. No había desaparecido, pero ya no amenazaba con destruirme. La miré, asombrado y a la vez inquieto por su habilidad.

—¿Cómo has hecho eso?

—Escuchando —respondió sin más—. La magia me ha dicho que estas runas están destinadas a canalizar el poder, pero que algo las está bloqueando. Algo externo. Solo les he proporcionado una salida, he dejado que redirijan una parte de la energía.

Me sequé el sudor de la frente, desconcertado por sus palabras. Si una fuerza externa había comenzado a alterar mis runas, tenía problemas más graves que las grietas de la Reliquia.

—Gracias —dije con voz ronca—. Te lo… agradezco.

Una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro.

—De nada. Pero quiero una explicación detallada sobre ese bégimo de huesos. Suena… alucinante.

A pesar de mi agotamiento, esbocé una ligera sonrisa.

—Era lo suficientemente alto como para aplastar a un batallón. Si no hubiera perdido la concentración, se habría sometido a mi voluntad.

—Y ahora es una pila de huesos —señaló con sequedad, con una ceja arqueada—. La próxima vez, empieza por algo más pequeño. Un gatito de huesos, ¿tal vez?

Esa frase me pilló desprevenido y se me escapó una carcajada antes de poder evitarlo. Hice un gesto de dolor cuando mis costillas protestaron.

—Sí, eso sin duda mantendría mi aterradora reputación.

—El lado positivo es que un gatito de huesos es menos propenso a mutilarte o derrumbar el techo. —Me apartó un mechón suelto de la frente. Aquel sencillo gesto provocó que el corazón me latiera más rápido de lo normal.

Intenté disimular la incomodidad que me producía su tierna actitud.

—Lady Blackrose, ¿está usted preocupada por mí?

Su expresión se suavizó.

—Sorpresa. Por ahora no me apetece ver cómo te destruyes a ti mismo.

Me aclaré la garganta. Quería burlarme de ella por mimarme, pero, irónicamente, apreciaba su sinceridad.

—Siento haberte decepcionado al no morir esta noche —dije con tono ligero, aunque mi tono carecía del veneno habitual.

Se puso de pie, con la mirada fija en las runas que cubrían mi brazo.

—¿Algún día me contarás lo de tu madre? Lo de cómo… te hizo esto.

Me quedé helado. Nunca nadie me había hecho esa pregunta. Solo mencionar los viles hechizos de mi madre me trajo recuerdos que prefería enterrar. Cerré los ojos por un momento.

—Tal vez —murmuré, una tranquila concesión que me resultaba extraña—. Algún día.

Asintió despacio, sin insistir más. En el pasillo, se oían lejanamente unos pasos: eran los sirvientes que se dedicaban a sus tareas. Mientras tanto, aún sentía un cosquilleo en el brazo debido a su magia curativa.

—¿Quieres que te ayude a subir a nuestra torre?

Negué con la cabeza.

—Preferiría quedarme un rato aquí… A ver si encuentro mi orgullo.

Arabella me miró fijamente a la cara y, en lugar de responder, posó su mano suavemente sobre la mía. Le apreté los dedos una vez y la miré mientras salía del estudio.