La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 53 Finge que estás bien (mientras te retuerces de dolor)
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53 Finge que estás bien (mientras te retuerces de dolor)

Kazimir

C omenzó como de costumbre, con un dolor sordo en los huesos, una leve molestia que normalmente podía ignorar, pero pronto se convirtió en un martilleo persistente.

El lobo de sombras de Arabella se disolvió en volutas de oscuridad, y sus brillantes ojos dorados fueron lo último en desvanecerse. Había logrado mantenerlo durante casi veinte minutos, una gran mejora en comparación con los tres minutos del día anterior.

—Excelente —le dije, obligándome a ignorar la sensación ardiente que trepaba por mi brazo derecho—. Estás ganando control muy rápido.

Me sonrió de oreja a oreja.

—Me iría mejor si no me distrajeras.

—Si mi mera presencia te distrae, tal vez el problema es tu falta de concentración y no mi influencia.

Se cruzó de brazos.

—Mi concentración está perfectamente. La culpa es la intensidad con la que me miras.

Intenté soltar una risita, aunque el dolor ahora me quemaba el antebrazo.

—Tal vez disfruto viéndote dominar la oscuridad. Es bastante estimulante.

Ella se acercó y presionó apenas su cuerpo contra el mío. No ayudaba mucho cuando mi brazo, grabado con runas, ardía como si estuviera en llamas.

—Y yo que pensaba que eras de los que preferían llevar las riendas —bromeó.

—Todas las reglas tienen excepciones —respondí—. Aunque si quieres otra demostración de cómo domino…

—Yo no he dicho eso —espetó, pero percibí un ligero cambio en su voz. Un destello de interés. Maldita Reliquia.

El dolor se intensificó, como una aguja al rojo vivo atravesando las runas grabadas en mis huesos. Luché por mantener una expresión burlona, incluso cuando los músculos se me tensaron por la agonía.

—¿Nos vemos en la cena? —preguntó.

Asentí con la cabeza, con la esperanza de que mi rostro no delatara lo mucho que deseaba que abandonara la habitación para poder desplomarme.

Arabella dudó, luego se inclinó para darme un beso ligero y breve en los labios.

Habíamos descubierto a través de un… error…

que un beso breve no provocaba el colapso catastrófico de la torre.

—Te veo luego —murmuró antes de marcharse.

En cuanto sus pasos se desvanecieron tras salir de la sala de entrenamiento, me dejé caer contra la fría pared de piedra y exhalé el aire que había estado conteniendo durante la última hora.

—Joder. —Me remangué para mirarme el antebrazo.

Las runas brillaban con un tono rojo vivo bajo mi piel, más intenso de lo que estaba acostumbrado.

Una nueva oleada de dolor me recorrió todo el brazo hasta llegar al hombro.

Normalmente, después de una sesión de magia extenuante, notaba un dolor persistente.

Pero en ese momento, era como si me estuvieran clavando fragmentos de metal fundido bajo la piel.

Había pasado una semana desde que la Reliquia se había roto, y cada día de contención forzada parecía agravar esta tortura.

Entre supervisar las reparaciones, buscar alguna forma de estabilizar esa maldita diadema y andarme con pies de plomo con Arabella para no provocar otra oleada mágica, estaba al límite.

Si ese dolor era una señal de que mi control se estaba desmoronando, no podía haber aparecido en peor momento.

Miré fijamente hacia el rincón más alejado de la sala de entrenamiento, donde varias cajas grandes apiladas unas encima de otras contenían mis últimas adquisiciones.

Fémures de tumbas no identificadas, costillas de criminales, cráneos sueltos de cadáveres olvidados.

Materiales básicos para el arma que pretendía fabricar. Nada demasiado diabólico.

Necesitaba algo que pudiera derribar un ejército.

Nos habían informado de que Auremar estaba reuniendo fuerzas.

Y la Reliquia estaba temporalmente fuera de combate.

¿La solución? Un bégimo de huesos. Sería tan alto como una torre de asedio, una monstruosidad ante la que ningún ejército mortal se atrevería a enfrentarse sin temblar.

Haciendo caso omiso del dolor en el brazo, arrastré las cajas hasta el centro de la cámara.

Resoplaba con los dientes apretados al sentir cómo me atravesaba un dolor agudo.

Me negué a detenerme. Uno a uno, volqué los huesos formando un montón desordenado que evocaba los contornos de unas extremidades monstruosas y una cavidad torácica curvada lo suficientemente grande como para albergar a un guardia.

Coloqué con cuidado el último lote de huesos: los restos que quedaban del guardia de la finca Evenfall que había matado en la torre. Su cráneo serviría de ancla para el pecho de la bestia, un eco de su horror que alimentaría la ira de la criatura.

Di un paso atrás. La retorcida pila de huesos llegó a mi altura, una abominación esquelética a la espera de mis órdenes. Moví los hombros, sin prestar atención a cómo las runas chispeaban bajo mi manga. Bien. Podía hacerlo.

Inhalando despacio, levanté ambas manos.

Las runas talladas en mis huesos brillaron con un intenso color blanco.

Apreté los dientes y convoqué mi magia de dominio.

La masa de huesos tembló y traqueteó sobre el suelo de piedra.

El sudor me perlaba la frente mientras hacía más fuerza, imponiendo mi voluntad al gigante a medio formar.

Una descarga de energía oscura brotó de las palmas de mis manos, iluminando los huesos con un intenso resplandor violeta.

Las extremidades del esqueleto chocaban entre sí, y las articulaciones iban encajando con torpeza en su sitio.

La caja torácica se expandió y se curvó hasta convertirse en una grotesca réplica del torso de una bestia.

Un brazo huesudo se estrelló contra el suelo con tanta fuerza que este tembló.

El chillido que emitió el cráneo del guardia me taladró los oídos.

Con un último esfuerzo, encajé los huesos en su sitio.

Se unieron con un crujido ensordecedor, formando una criatura imponente de ángulos irregulares, una grotesca imitación de la vida.

Vertí los últimos hilos de mi magia en su pecho para rematar la unión que me daría el control absoluto sobre aquella marioneta monstruosa.

—Arrodíllate —ordené, en mi voz retumbada el poder de dominio.

Al principio obedeció. Las extremidades comenzaron a doblarse y la columna vertebral crujió al agacharse.

Entonces otro dolor abrasador encendió mis runas.

Fue como si alguien me hubiera clavado una barra de hierro al rojo vivo directo en la médula.

Perdí la concentración, y el vínculo entre el gigante y yo se rompió.

La monstruosidad se retorció violentamente, deshaciéndose de mi control.

El agudo gemido del cráneo encendió cada nervio de mi cuerpo con agonía.

Mientras tanto, los huesos gigantes se agitaban con una furia incontrolada, estrellándose contra los pilares y golpeando el suelo con frenesí.

El suelo vibraba peligrosamente bajo mis pies.

Intenté recuperar el control, pero apenas podía ver a causa del dolor abrasador. El chillido de las runas en mi antebrazo me hizo caer de rodillas. Me sangraba la nariz y las gotas salpicaban la piedra.

—No —siseé con la voz desgarrada por la angustia.

El hechizo vinculante terminó por romperse al completo.

El gigante se quedó paralizado en plena embestida y luego se desintegró, dejando tras de sí una lluvia de fémures y costillas.

Levanté un brazo para protegerme la cara, pero una de las costillas me golpeó en el hombro.

El cráneo del guardia rodó por el suelo y puso fin al tormento abrasador.

No podía moverme. El dolor era tan intenso que se apoderó de mí, provocándome espasmos musculares.

Y entonces, sumido en el dolor, vi algo.

No era un recuerdo. Era una oscuridad vasta e infinita, más profunda que la noche, más vieja que el tiempo.

En ella se movían formas, o tal vez era la propia oscuridad la que se agitaba, formando patrones que dolía mirar.

Y en su centro, algo aguardaba. Algo antiguo.

Algo hambriento.

Jadeé, y la visión desapareció tan pronto como había venido.

Empecé a vomitar, atragantándome con la sangre y la bilis.

Era lo peor que había vivido en mucho tiempo.

Conseguí ponerme en pie. Las piernas no me respondían y avancé a duras penas hacia la puerta, sujetándome a las piedras para mantener el equilibrio.

El pasillo estaba desierto, aunque tampoco me quedaban fuerzas para preocuparme por ello.

A mitad de camino hacia la escalera de caracol las piernas me fallaron de nuevo. Me estampé con la mejilla contra la fría pared y me deslicé hasta el suelo sin remedio. Mierda .

—¿Mi señor? —La voz de Vex sonó a mi espalda. No. No me sentía preparado para que me vieran así. Intenté ponerme de pie, enderezarme, pero mi cuerpo se negaba.

Ella llegó hasta mí con dos zancadas rápidas. Su expresión era el pavor personificado.

—¿Qué ha ocurrido?

—Nada… importante —conseguí decir. Cada sílaba me dolía como un alambre de púas en la garganta.

Miró con evidente escepticismo el polvo de hueso y la sangre que manchaban mi ropa.

—Esto no es nada. Voy a llamar a Griffin.

—No. —La agarré por la muñeca con la poca fuerza que me quedaba—. Nadie puede saberlo.

—Apenas puedes mantenerte en pie —rebatió.

—Me da igual —gruñí. El martilleo dentro de mi cráneo amenazaba con partirme en dos—. Tú ayúdame a llegar a mi estudio. Es una orden.

Apretó la mandíbula, me echó el brazo por encima de los hombros y me subió por la escalera de caracol.

Debí de perder el conocimiento durante unos instantes, porque en un momento estábamos en el pasillo y al siguiente estaba desplomado en el sillón de cuero detrás de mi escritorio, temblando tanto que apenas podía respirar.

—Quédate quieto —me advirtió, presionando la palma de la mano en mi frente—. Estás ardiendo.

Intenté concentrarme en sus palabras, pero las runas volvían a quemarme en el brazo. Vi de refilón la imagen aterradora de una masa arremolinada de sombras hambrientas que me llamaban. Casi me desmayo.

Vex me sacudió y su voz sonaba a lo lejos.

—… conmigo.