La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 52 Rompe el juguetito (y pierde tus privilegios)
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52 Rompe el juguetito (y pierde tus privilegios)

Arabella

C orrí por los pasillos junto a Kazimir, todavía recuperando el aliento tras nuestro temerario experimento en la biblioteca.

Sentía las piernas como gelatina, una humillante mezcla de excitación prolongada y adrenalina pura.

Por dondequiera que miráramos, los sirvientes y guardias corrían presas del pánico, probablemente convencidos de que toda la fortaleza estaba a punto de derrumbarse a nuestro alrededor.

Me aferré a la mano de Kazimir, y él me agarró con tanta fuerza que casi dolía. Esquivamos pasillos llenos de escombros y algún que otro miembro del personal histérico hasta llegar a la escalera de caracol que conducía a la torre este.

Se me encogió el corazón al ver los daños. La escalera se había derrumbado parcialmente y había trozos de piedra esparcidos por el suelo. Kazimir trepó primero por los escombros y luego extendió un brazo para ayudarme a subir.

—Ten cuidado —me advirtió, agarrándome fuerte del brazo cuando una piedra se movió bajo mi bota—. Me cabrearé bastante si te caes y te partes el cuello después de sobrevivir a todo esto.

—Tranquilo, Kaz —murmuré—, o acabaré pensando que de verdad te preocupas por mí.

Conseguimos escalar por los escalones rotos y subimos a trompicones hasta la sala de la torre.

Ahogué un grito. La puerta de madera estaba arrancada de sus bisagras, reducida a astillas.

Un inquietante resplandor púrpura parpadeaba en el aire, crepitando con chispas de energía dispersas que me ponían los pelos de punta.

Griffin estaba de pie cerca del pedestal en el centro de la estancia, iluminado a contraluz por unos brillantes y parpadeantes arcos mágicos. Tenía los ojos tan abiertos que parecían los de un búho. Llevaba el pelo encrespado y la túnica chamuscada.

—¡Mi señor! ¡Lady Blackrose! —exclamó, y casi se cae de bruces con una piedra suelta en el afán por llegar hasta nosotros—. Gracias a los dioses olvidados que están bien. Ha habido… Traté de…

—¿Qué ha pasado? —La brusca orden de Kazimir resonó en el caótico espacio. Se acercó a la Reliquia, dejando a Griffin tras de sí.

Tragué saliva con dificultad cuando lo seguí porque ya imaginaba lo que encontraría. La sangre se me heló en el instante en que llegué al pedestal.

La Reliquia del Dominio presentaba una grieta devastadora que casi la hendía por la mitad. Las fisuras se ramificaron en todas direcciones, formando un entramado de ruina.

—Oh, dioses —susurré, presionando la mano en el brazo de Kazimir—. Está… mucho peor que antes.

Había palidecido.

—¿Cuándo ocurrió? —le preguntó a Griffin, aunque ya lo sabía, por supuesto.

—Hace unos quince minutos, mi señor —afirmó este con una mirada vacilante a Kazimir y, curiosamente, a mí—.

Estaba supervisando las fluctuaciones del artefacto cuando se produjo la sobrecarga.

La energía bruta me lanzó al otro lado de la habitación.

—Señaló una grieta en forma de telaraña en la pared—.

Cuando desperté, la tormenta de fuera estaba en pleno apogeo y la Reliquia estaba, bueno…

Se quedó en silencio al mirar nuestra ropa desaliñada y la marca que tenía en el cuello.

Sentí que se me enrojecían las mejillas.

La cronología coincidía exactamente con nuestro sudoroso encuentro en la biblioteca.

Cómo no. Lo único que nos faltaba era un cartel que dijera: «Acabamos de hacerlo y hemos roto la corona».

Kazimir se aclaró la garganta.

—Entendido, Griffin. Probablemente lo que ya sospechábamos.

Griffin se ruborizó aún más.

—Sí, mi señor. Esos son… datos bastante concluyentes.

Kazimir miró al hombre con indiferencia.

—No hace falta andarse con rodeos. Hemos follado y la Reliquia se ha agrietado todavía más. Eso es todo.

—¡Kazimir! —siseé, avergonzada y enfadada a partes iguales. Él ladeó la cabeza como preguntando si prefería una versión más poética. Reprimí una carcajada. Incluso ante una catástrofe inminente, tenía el don de provocarme ganas de estrangularlo y de besarlo al mismo tiempo.

Se puso serio mientras observaba la corona.

—Esto es incluso peor de lo que anticipaba.

Se me revolvió el estómago. Si era irreparable, todos esos retorcidos planes de dominación, toda la venganza de Kazimir, mi oportunidad de forjar mi propio poder…, se esfumaban.

—¿Podría repararse si encontramos el método adecuado? —pregunté con suavidad.

—No lo sé. —Tensó la mandíbula—. Griffin, ¿alguna idea?

Manteniendo una distancia prudente del artefacto, Griffin examinó los bordes quebrados.

—La huella energética sigue presente, pero es increíblemente volátil. No recomendaría… Digamos que es mejor no hacer nada.

—A menos que entre en mis planes mandarnos a todos al inframundo de una explosión —dijo Kazimir con expresión sombría.

Antes de que ninguno de los dos pudiera procesar más esa encantadora imagen mental, se oyeron botas pisando los escombros de la puerta. Me volví y vi a Vex, Sims y Thorne abriéndose paso entre los cascotes, todos ellos cubiertos de polvo y agotados.

—Hablad —ordenó Kazimir.

Vex tomó la iniciativa. Echó un rápido vistazo a la puerta destrozada, luego a mí y a Kaz, sin duda interpretando toda la historia en nuestras caras.

—Los daños son considerables, pero la estructura principal de la ciudadela permanece intacta. Se han registrado heridos, algunos de ellos graves, pero ninguno mortal. El maestro Vellum se encuentra en la enfermería con un chichón en la cabeza y una pila de libros destrozados.

Hice una mueca de dolor. Por lo que fuera, después de aquello no sería tan rápido a la hora de hacer recomendaciones.

Thorne y Sims intervinieron. Los puentes de relámpagos eran inestables, iban y venían sin cesar. Las protecciones estaban al límite de su capacidad. Si la Reliquia volvía a arremeter, podríamos perder algo más que unas cuantas paredes y escaleras.

La expresión de Kazimir se ensombreció. Se sacudió polvo de la camisa, prestando la atención justa. No le culpaba. No podía dejar de pensar en las posibles consecuencias. Toda la fortaleza podría derrumbarse si la Reliquia decidía explotar.

Griffin se aclaró la garganta a nuestras espaldas.

—Hay algo más, mi señor.

Todos nos dimos la vuelta hacia él.

Griffin tragó saliva, jugueteando con el borde chamuscado de su túnica.

—Tal y como usted me pidió, he estado investigando la inestabilidad de la Reliquia desde las primeras fisuras. Basándome en su reacción actual, sospecho que la única forma de evitar daños mayores es que usted y lady Blackrose… Bueno, por decirlo de forma delicada… Es mejor que se abstengan.

Kazimir miró fijamente al mago.

—Que nos abstengamos.

El hombre tosió.

—Así es, mi señor. De mantener cualquier tipo de intimidad física.

Si la corona está respondiendo a su vínculo mágico, cualquier oleada adicional podría resultar catastrófica.

La próxima podría no solo destruir la ciudadela, sino también desestabilizar las líneas ley de todos los Reinos Occidentales.

Se me hizo un nudo en el estómago.

—¿De qué nivel de catástrofe estamos hablando?

—Potencialmente devastadora —dijo Griffin en voz baja—. Podríamos perder regiones enteras. Quizás incluso más. Este artefacto es tan antiguo y está tan interconectado que, si se rompe mientras está activo, la reacción podría ser imparable.

El miedo me vació por dentro. Hacía bromas sobre querer que Solandris ardiera, pero no a costa de la destrucción de todo un reino. Kazimir parecía igualmente nervioso. Noté cómo apretaba y aflojaba los puños a los lados.

—Fantástico —dije, con la voz rebosante de un ácido sarcasmo—. Así podremos destruir grandes extensiones de civilización y, al mismo tiempo, cumplir el sueño de Kazimir de castigar a Solandris. Con eso matamos a dos pájaros de un tiro, ¿no?

Me lanzó una mirada de reojo, aunque percibí una leve mueca de diversión en su boca.

—No es momento para bromas macabras, Arabella.

Me encogí de hombros.

—Es mi mecanismo de defensa.

Kazimir dejó escapar un suspiro.

—¿Durante cuánto tiempo tenemos que… abstenernos? —pronunció la palabra con expresión de dolor.

Griffin se estremeció.

—Semanas, puede que meses… Hasta que consigamos estabilizar la Reliquia o descubramos un nuevo método de contenerla.

Kazimir y yo intercambiamos una mirada significativa. Sentí una profunda sensación de pérdida que me sorprendió debido a su intensidad. Por absurdo que fuera, me había acostumbrado a la idea de entregarme a él, en especial después de que finalmente hubiéramos sucumbido a lo inevitable.

Se volvió hacia mí con una expresión que era una mezcla de frustración y resignación.

—Bueno, esto complica las cosas.

—Por decirlo de forma suave —murmuré.

Me sostuvo la mirada durante un largo rato.

—Lo solucionaremos —dijo en voz baja, para que solo lo escuchara yo—. Aunque me temo que tendremos que posponer el explorar algunas de tus fantasías.

Tragué saliva, muy consciente de que no estábamos solos.

—¿Quizás deberíamos centrarnos primero en la crisis que podría acabar con el mundo?

Suspiró con dramatismo.

—Tú siempre tan práctica. —Pero se volvió hacia el resto.

Sims le susurró algo a Thorne sobre un «Pergamino de las Fatalidades», pero Kazimir recuperó su actitud de líder antes de que pudiera hacerle preguntas.

Delegó órdenes con gran eficiencia: le dijo a Vex que supervisara las reparaciones, le ordenó a Thorne que duplicara la guardia para compensar las protecciones dañadas y le sugirió a Sims que alertara a nuestros puestos avanzados.

Todos se dispersaron, dejándonos solos con la Reliquia fracturada.

Me quedé mirando los bordes irregulares de la corona.

Esa grieta bien podría haberme atravesado a mí también.

Mi vida entera había acabado moldeada por este artefacto: mi matrimonio, el oscuro poder que bullía en mis venas e incluso la conexión primitiva que Kazimir y yo compartíamos. ¿Qué ocurriría si se rompiera?

—Entonces —dije en voz baja, abrazándome a mí misma—, ¿eso significa que no podremos volver a…, ya sabes?

El suspiro de Kazimir acompañaba las líneas de agotamiento de su rostro.

—No si yo puedo evitarlo. Pero, por ahora, tenemos que seguir las reglas de la Reliquia.

Por una vez, dejé de fingir indiferencia.

—Entonces, tenemos que solucionar esto cuanto antes.

Bajo esa familiar actitud arrogante con la que levantaba la barbilla, vi una preocupación genuina.

—En efecto —dijo, agarrándome la mano. Incluso ese pequeño contacto se volvió más intenso—. Encontraremos una solución, Arabella. Y después de eso… —Se le curvaron los labios en una sonrisa pícara—. Tengo una lista bastante larga de fantasías que quiero cumplir contigo.

A pesar del apocalipsis que se avecinaba, sentí un entusiasmo innegable al pensar en ello.

—Cierto —respondí, con voz entrecortada—. Fantasías.

Nos quedamos allí, ignorando el aura púrpura parpadeante que nos amenazaba a todos, atrapados en un retorcido juego de tensión sexual. Entonces, como si el universo necesitara recordarnos que estábamos ante problemas más graves, un temblor sacudió las paredes de piedra.

Nos separamos de golpe.

—En marcha —dije, enderezando los hombros—. Tenemos un reino que salvar para poder destruirlo a nuestra manera.

Su risa sonó baja a la par que afectuosa a su pesar.

—Qué sentimiento tan práctico. Sin duda es usted la persona ideal para mí, lady Blackrose.