51 Sacude las estanterías (y provoca un terremoto)
Kazimir
H abía estado bromeando a medias cuando propuse aquel «experimento»… O, al menos, eso era lo que me decía a mí mismo. Bromas aparte, en el momento en que los ojos de Arabella se oscurecieron con aquella fogosidad dispuesta que me dejaba sin aliento, perdí cualquier atisbo de autocontrol.
Acorté la distancia entre nosotros con un solo movimiento, y la empujé contra la estantería.
Mi boca reclamó la suya en un beso hambriento y exigente.
Ella me correspondió con la misma pasión, enredando sus dedos en mi cabello para atraerme hacia ella mientras yo presionaba mi cuerpo contra el suyo.
—Debemos tener cuidado —murmuré, haciendo todo lo posible por aferrarme a un mínimo de cordura—. Nada de magia.
—Nada de magia —coincidió—. Solo nosotros.
Solo nosotros. Como si eso no fuera lo suficientemente peligroso.
Deslicé las manos por sus costados, recorriendo la curva de su cintura sobre su sencillo vestido azul, demasiado recatado para el efecto que causaba en mí.
Agarré la tela con los puños y la levanté, impulsado por la visión de sus labios entreabiertos.
—Date la vuelta —dije.
Ella se tensó, lo justo para recordarme que no se tomaba las órdenes a la ligera.
—¿Disculpa?
—Que te des la vuelta —repetí, esta vez con más firmeza.
Levantó la barbilla en un gesto desafiante, pero percibí el calor de su mirada. Le agarré la barbilla, atrayéndola hacia mí, absorbiendo la tempestuosa expresión de su rostro.
—Esta es mi fantasía, Arabella. Si tenías tus propias fantasías dentro de una biblioteca, deberías haberlo mencionado. Como no lo has hecho, ahora vas a hacer lo que yo te diga.
Se le dilataron las pupilas y tragó saliva con dificultad. Prácticamente podía ver cómo el deseo y el orgullo libraban una batalla en su mente. Al final, exhaló y se volvió hacia las estanterías.
—Buena chica —gruñí, presionándola contra mi espalda e inclinándome para morderle la sensible piel debajo de la oreja. Rocé mi polla erecta contra ella, asegurándome de que notara con exactitud lo que me había hecho.
—¿Esto es lo que quieres? —Con una mano le acaricié el pecho por encima del corpiño, mientras que con la otra bajé más abajo—. ¿Qué te tome aquí, rodeados de conocimientos prohibidos?
Ella asintió, inhalando bruscamente ante la presión de mi mano sobre su pecho.
—Dilo —le ordené, mordiendo con fuerza la unión entre su cuello y su hombro, lo suficiente como para dejar una marca—. Quiero que me digas lo que quieres.
—Te deseo a ti —susurró, con voz forzada.
—¿Qué quieres que te haga? —Apreté más fuerte su pecho.
Soltó un suspiro entrecortado.
—Que me folles contra esta estantería.
Sonreí contra su cuello.
—¿Tan difícil era?
Metí la mano bajo sus faldas y le acaricié el interior del muslo con la punta de los dedos. Emitió un jadeo rápido y sofocado cuando por fin la toqué. Ya estaba húmeda de excitación, y acaricié su entrada con un lento movimiento antes de apartarme.
La hice girar hasta que quedó de cara a la estantería baja más cercana. Ella emitió un pequeño ruido mientras se estabilizaba.
—Inclínate.
Echó una mirada por encima del hombro, pero obedeció, apoyándose con ambas palmas en el estante.
—Separa más las piernas —le ordené. Cuando solo movió los pies unos centímetros, los separé bruscamente con una patada—. He dicho que las separes más.
Le aparté la ropa interior y me bajé los pantalones, con el corazón latiéndome tan fuerte que ahogaba cualquier asomo de cautela.
—Mantén las manos exactamente donde están. Y recuerda: ni un solo ruido. A menos que quieras que nos descubran.
Intentó responder, pero en cuanto abrió la boca, deslicé la punta de mi polla contra sus pliegues y se estremeció.
—Kaz —susurró, cada letra impregnada de impaciencia.
Esa única súplica deshizo cualquier moderación a la que me aferraba. Con una embestida salvaje, me hundí hasta el fondo, y ella soltó un grito ahogado que retumbó con demasiada fuerza en el silencio. Le tapé la boca con la mano.
—Shh —le advertí, presionándole las mejillas con los dedos—. ¿No te he dicho que te mantuvieras callada? ¿O es que quieres que todos te encuentren inclinada y con mi polla dentro?
Negó con la cabeza y cerró los ojos cuando comencé a moverme en su interior.
Su estrecho y húmedo calor casi acabó con mi compostura.
La agarré por las caderas y encontré un ritmo implacable, cada embestida la impulsaba hacia adelante, haciendo que los libros de la estantería traquetearan fatídicamente.
Teníamos que darnos prisa. De todos modos, sabía que no iba a durar mucho.
La emoción de tomarla así, el riesgo de que nos descubrieran…
Todo era demasiado emocionante. Recorrí con mi mano libre el camino de su cintura hasta acabar entre sus piernas.
Ella se estremeció cuando le acaricié el clítoris al ritmo de mis embestidas, y cada gemido ahogado me excitaba aún más.
Su cuerpo temblaba, su magia vibraba débilmente a nuestro alrededor, como si intentara liberarse.
Mis propias runas ardían por el poder reprimido.
Apreté los dientes, ignorando el dolor de mis huesos y concentrándome en sus suaves gemidos de placer. Aceleré el ritmo. La estantería crujió y recé a todos los dioses oscuros para que no se cayera.
Entonces sentí ese característico estremecimiento a mi alrededor, la tensión que se apoderaba de sus músculos. Toda mi columna vertebral se estremeció en respuesta, y empecé a sentir cómo se acercaba mi propio orgasmo.
—Córrete para mí —le ordené mientras ejercía más presión con los círculos sobre su clítoris hinchado—. Ahora.
Ella se derrumbó, sus paredes se contrajeron cuando un profundo espasmo de placer sacudió su cuerpo.
Apenas logré taparle la boca con la mano a tiempo para amortiguar un grito.
La seguí hasta el límite, enterrando mi rostro en su cuello para ahogar mi gemido.
La euforia me invadió en oleadas ardientes y, por un instante, olvidé toda estrategia, toda amenaza inminente.
Todo excepto la sensación del cuerpo de Arabella contra el mío.
Nos quedamos perdidos en ese momento más tiempo del que sería prudente.
La biblioteca estaba demasiado tranquila, por lo que el leve estruendo bajo nuestros pies me impactó como una descarga fría.
El suelo temblaba. Levanté la mirada. Los libros se balanceaban en las estanterías y el polvo flotaba formando nubes ligeras.
Arabella abrió los ojos de golpe.
—¿Qué…?
—No lo sé —dije con voz ronca, me retiré rápidamente y me subí los pantalones. La vibración se hizo más fuerte, haciendo traquetear las estanterías y provocando que los libros cayeran en cascada.
Se apresuró a arreglarse las faldas mientras el temblor se intensificaba. Otra violenta sacudida casi nos hizo perder el equilibrio. Me lancé hacia delante y la rodeé con un brazo. Un estruendo ensordecedor rasgó el aire y un relámpago iluminó las altas ventanas.
—Dioses —jadeó, con el rostro pálido—. ¿La tormenta…?
—No viene de abajo —dije, con el corazón retumbándome en el pecho—. Viene de la torre este.
Un gran temblor sacudió el suelo bajo nuestros pies y nos derribó. Giré en el aire para amortiguar la caída, haciendo una mueca al ver cómo los libros se caían de la estantería, lo que me obligó a conjurar un escudo de sombra sobre nuestras cabezas.
—¿Te encuentras bien? —pregunté, buscando alguna señal de que estuviera herida.
Asintió con la respiración acelerada.
—Sí, pero la Reliquia…
—Lo sé. —Mantuve un brazo sobre ella, lamentando la adrenalina que aún fluía tras nuestro frenético encuentro. Me oprimía el pecho, en parte por el miedo y en parte por el desbordante deseo. Alcé la voz por encima del estruendo—. No te separes de mí. Cuando cesen los temblores, nos moveremos.
Por fin, las sacudidas amainaron, sustituidas por truenos que retumbaban amenazadoramente en el exterior. El último relámpago iluminó las ventanas con un resplandor inquietante y antinatural: un remolino púrpura atravesado por ámbar. El color ámbar de la Reliquia. Solté una maldición.
Arabella se apretujó contra mi pecho.
—¿Se va a derrumbar la fortaleza?
—No —respondí, forzando mi voz para que trasmitiera más seguridad de la que sentía—. Tenemos protecciones contra las tormentas. Está construida para resistirlo todo… O, al menos, eso esperamos.
El silencio se apoderó de la biblioteca.
Mi escudo se desvaneció y ayudé a Arabella a ponerse en pie, ambos nos arreglamos la ropa desaliñada lo mejor que pudimos.
Era imposible ignorar la marca que le había dejado en el cuello o la forma en que el cabello se le pegaba a la frente húmeda. Mi cuerpo aún vibraba por la tensión.
—Si muero ahora —murmuré, pasándome una mano por el pelo—, al menos fue justo después de follarme a mi mujer como un poseso.
Ella se echó a reír, con la respiración entrecortada.
—Hubiera pensado que el poderoso Kazimir Blackrose preferiría una muerte gloriosa en combate.
—Sobrevalorado. Esto ha sido mucho más agradable. —Recorrí su rostro con la mirada, deteniéndome en sus mejillas sonrosadas y en el brillo de sus ojos—. Y me encanta verte así de… extasiada.
Me lanzó una mirada que expresaba a partes iguales excitación y enfado.
—Siempre eliges el peor momento para hacer cumplidos.
Un último y violento temblor sacudió la biblioteca, provocando que algunos libros más cayeran al suelo.
La sostuve por la espalda con la mano mientras examinaba los restos.
Al menos la estructura no se había derrumbado.
Aun así, no podía dejar de pensar en el peligro que corría el resto de la ciudadela.
—Vámonos —dije, guiándola hasta la puerta.
El suelo de la biblioteca estaba ahora cubierto de tomos esparcidos y páginas sueltas. El maestro Vellum se pondría furioso, si es que había sobrevivido. Eso esperaba. Encontrar otro bibliotecario igual de hábil habría sido terriblemente engorroso.
Salimos a un pasillo repleto de guardias y sirvientes.
Muchos corrían de forma frenética en círculos, transportando herramientas o suministros.
Sims nos vio y se acercó de inmediato, haciendo un trabajo espectacular al no fijarse demasiado en el pelo revuelto de Arabella ni en las marcas de dientes claramente visibles de su cuello.
—¡Mi señor! —gritó por encima del trueno que se iba apagando—. ¿Están heridos?
—Estamos bien —respondí, lacónico—. ¿Y el resto de la fortaleza?
Negó con la cabeza.
—Por lo que puedo ver, ha sufrido algunos daños estructurales, pero le está pasando algo a la…
Le interrumpí.
—Sí, vamos para allá. Reúne a los demás de inmediato. No hay tiempo que perder.
Sims asintió con la cabeza y salió corriendo.
Arabella y yo nos pusimos en marcha a paso ligero, uno al lado de la otra, pero en silencio.
No podía dejar de pensar en que habíamos provocado todo aquello con nuestro «experimento».
La grieta en la Reliquia, la tormenta, el terremoto…
Todo apuntaba a que existía un vínculo peligroso y estrecho entre nuestra magia y el antiguo artefacto.
Y aquello era, en términos cósmicos, de lo más inconveniente.