La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 50 Investiga la Reliquia (y otras infracciones bibliotecarias) #2
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50 Investiga la Reliquia (y otras infracciones bibliotecarias) #2

—No se trata de amabilidad —insistió, fulminándome con la mirada por encima de las gafas—.

Sino de eficiencia. Cuanto antes encuentren lo que buscan, antes se podrán volver a colocar estos libros en sus estantes.

—Dirigió la mirada hacia algo que había detrás de mí y su expresión se agrió—.

Ya viene. Dígale… Dígale que, si vuelve a dañar otro libro, reorganizaré la sección de magia prohibida por colores en lugar de por temática.

Antes de que pudiera responder, el bibliotecario pareció desvanecerse entre las sombras de las estanterías, dejándome con la duda de si solo lo había imaginado.

—¿Arabella? —me llamó Kazimir a medida que se acercaba—. ¿Te has perdido?

Me di la vuelta hacia él, apretando el libro azul contra mi pecho.

—No me he perdido. Solo me estaba haciendo amiga de tu bibliotecario.

Levantó las cejas.

—¿El maestro Vellum te ha hablado? ¿De buena gana?

—Si amenazar con reorganizar tus libros por colores se puede considerar «hablar de buena gana», entonces sí. —Miré hacia donde había estado el hombre—. ¿Es ese su verdadero nombre?

—Es el único que me ha dado. —La mirada de Kazimir se posó en el delgado libro que llevaba en los brazos y lo cogió, abriendo la cubierta antes de devolvérmelo—. Interesante. Rara vez sugiere nada.

—Lo único que hice fue prometerle que no tiraría libros —dije, con los labios temblorosos—. Parecía convencido de que eres una verdadera amenaza.

—Ah, alguna vez me ha mencionado algo al respecto. —Negó con la cabeza—. Hay libros que se merecen que los lance. Sobre todo cuando me han hecho perder horas de mi tiempo.

Me coloqué el libro bajo el brazo.

—Entonces, ¿has venido solo para defender tu costumbre de lanzar libros o para asegurarte de que no estaba prendiéndole fuego a nada?

Se inclinó hacia delante, rebosante de esa confianza aguda y presumida que le caracterizaba.

—Ninguna de las dos cosas. Llevo veinte minutos mirando fijamente la misma página mientras pienso en ti en lugar de intentar descifrar una teoría mágica. Y hay algo a lo que no dejo de darle vueltas…

—¿A qué? —El pulso se me aceleró a pesar de mis esfuerzos por parecer indiferente.

—La Reliquia reacciona a nuestras… actividades —dijo mientras me recorría con la mirada de forma provocativa—. Pero nunca hemos llevado a cabo un experimento controlado para confirmar si la grieta se expande después de cada encuentro, o solo en determinados tipos.

El calor me encendió las mejillas.

—Ajá. Así que lo que me propones es…

—Investigar —aclaró, con aire demasiado triunfante—. Documentar qué actividades afectan al artefacto… y en qué medida.

—Lo que significa que tendríamos que seguir haciendo pruebas. ¿Esto incluye las «diversas superficies» de las que hablabas? —Mis palabras sonaron monótonas, a pesar de que mi corazón palpitaba con una emoción traicionera.

—Naturalmente. Debemos ser minuciosos. —Tenía una sonrisa maliciosa—. Variaríamos la ubicación, la intensidad, las posturas específicas… Incluso las fantasías.

—¿Fantasías? —La voz me salió ligeramente ahogada.

Su sonrisa se volvió lenta, peligrosa.

—Tú también tienes fantasías, Arabella.

Separé los labios, pero no emití ningún sonido. Claro que las tenía. A lo largo de los años, pero en particular en los últimos tiempos, me habían venido a la mente imágenes morbosas, pero de ahí a confesarlas en voz alta…

—¿Puedes enfrentarte a un Señor Oscuro —bajó la voz—, pero no puedes hablar de aquello con lo que fantaseas?

Esas palabras hirieron mi orgullo y negué con la cabeza.

—Es diferente —logré decir—. Es que… no es algo que esté acostumbrada a compartir.

Kazimir se acercó, con la mirada llena de curiosidad.

—Entonces, hagámoslo justo. Yo compartiré una de las mías primero.

Su aliento me rozó la mejilla.

—¿Ves esa estantería baja de ahí? Me he imaginado inclinándote sobre ella, justo entre esos textos prohibidos, con el maestro Vellum merodeando cerca. ¿Te quedarías callada o tendría que taparte la boca mientras te tomo desde atrás?

El corazón me martilleaba en el pecho. La ferocidad de su expresión, la cálida y eléctrica energía que impregnaba el aire… Casi me quedo sin voz.

—Kaz… —susurré.

Me acarició el labio inferior con el pulgar.

—¿Te excita que puedan descubrirnos, Arabella? ¿Saber que pueden pillarnos?

Sí. Por los dioses, claro que sí. Pero intenté usar la lógica.

—Deberíamos estar investigando —dije débilmente, incluso cuando mi cuerpo me traicionó inclinándose hacia él.

—Esto es investigar —murmuró, trazando la curva de mi cuello con los dedos—. O al menos es una necesaria distracción para despejar la mente.

Atrapada en su mirada, recordé todas las razones por las que debía negarme. Pero ese remolino de calor que sentía en el estómago, el recuerdo de sus manos sobre mí, la promesa de peligro… Bueno, eran demasiado potentes.

—¿Qué me dice, lady Blackrose? —Me quitó el libro de los brazos y lo dejó con cuidado en una estantería cercana—. ¿Comenzamos con nuestras pruebas experimentales? ¿Justo aquí?

Intenté decir que no. Debería haber dicho que no. Pero mis traicioneros labios se separaron y logré decir:

—Está bien —susurré—. De acuerdo.