50 Investiga la Reliquia (y otras infracciones bibliotecarias)
Arabella
L a grieta de la Reliquia aumentó anoche —dijo Kazimir, sin levantar la vista del texto antiguo que estaba leyendo al otro lado de la mesa.
Me detuve y parpadeé mirando mi propio libro.
—¿Cuánto más? —El estómago me dio un pequeño vuelco traicionero cuando finalmente lo miré. Maldito sea. Incluso agotado y desaliñado tras horas de trabajo seguía tan atractivo que era injusto.
Pasó una hoja con más fuerza de la necesaria.
—Ha pasado de una línea fina a una especie de telaraña.
—Es… preocupante.
Por fin levantó la mirada.
—¿Te preocupa más la grieta en sí misma o lo que ha podido provocarla?
Se refería, por supuesto, a la teoría de que nuestras actividades… nocturnas estaban dañándola. Lo miré con los ojos entrecerrados.
—¿Encuentras algo útil en ese libro o piensas pasarte toda la mañana fastidiándome?
—Nada concluyente —admitió.
Cambié de página.
—No tiene sentido que la Reliquia requiera nuestra unión para activarse y que luego acabe dañada por eso mismo.
—La magia rara vez tiene sentido —comentó—. Por eso prefiero doblegarla a mi voluntad antes que seguir sus normas.
Bufé.
—¿Y cómo te está yendo así?
Me lanzó una mirada fulminante.
—Me iba perfectamente bien hasta que apareció cierta heroína y lo complicó todo.
Suspiré, frotándome las sienes. Era nuestro tercer día consecutivo en la biblioteca.
Cada mañana, llegábamos después del desayuno, dividíamos las tareas y luego desaparecíamos entre las polvorientas pilas de libros de historia y leyendas medio olvidadas.
Llevaba tanto tiempo escudriñando páginas sobre linajes heroicos que sentía que se me iban a salir los ojos de las órbitas.
Gemí y aparté el grueso volumen.
—Esto es inútil. Según este autor, mi tataravetetúasaberquéabuelo podía volar y lanzar rayos con los dedos. Empiezo a pensar que estos historiadores se inventaban cosas cuando estaban aburridos.
Me levanté y fui al final de la mesa con la intención de servirme té y descubrí que Kazimir me siguió.
A veces se quedaba así, rondando a mi alrededor.
Tal vez solo para asegurarse de que no destruyera el resto de su fortaleza con un arrebato de magia descontrolada.
Por raro que fuera aquello, me daba seguridad.
—Tal vez nos estemos haciendo las preguntas incorrectas —dije, y le tendí una taza humeante—.
Hasta ahora, todo lo que he leído sobre el Primer Héroe solo habla de sus triunfos y conquistas o de cuántas veces salvó pueblos enteros.
Nada sobre cómo reparar una corona mágica que se agrieta cuando te acuestas con tu esposa secuestrada.
Kazimir se bebió la mitad del té de una sentada y eso que estaba que pelaba.
—Imagino que ese escenario no se contemplaba en las baladas épicas.
—No, curiosamente los bardos omitieron esa parte. —Cogí otro libro de la pila y examiné el título—. Tiene que haber algo. Solo estamos buscando donde no es.
La voz de Kazimir adquirió un tono en apariencia despreocupado, incluso juguetón.
—Oh, yo he descubierto muchas respuestas.
Lo miré con recelo.
—Acabas de decir que no habías encontrado nada.
—No, he dicho que nada concluyente . —Terminó su té y volvió a sentarse—. Hay un ritual fascinante que implica el sacrificio de doce vírgenes bajo una luna de sangre. El texto afirma que puede reparar cualquier artefacto mágico, independientemente de su origen.
—Mentira. —Extendí la mano—. Déjame ver ese libro.
Con una sonrisa burlona, deslizó el libro hacia mí y pasó la página. Eché un vistazo al texto, de letra pequeña y apretada, y luego miré a Kazimir con reproche.
—El día que me enseñaste la ciudadela, dijiste que las vírgenes no ofrecían ningún beneficio mágico especial.
—Para nada. Dije que, si necesitaba sangre, no iría a por las vírgenes en particular. —Su expresión era irritantemente indescifrable mientras señalaba el libro—. Hay una diferencia.
—¿Cómo vamos a encontrar a doce vírgenes en esta corte?
Se encogió de hombros.
—Podríamos traerlas de fuera.
—No.
—De acuerdo. —Pasó otra página con fingida indiferencia—. ¿Y qué hay de la vinculación espiritual? Atrapamos a una entidad poderosa dentro de la Reliquia para reforzar su estructura.
Volví a mi asiento situado frente al suyo, llevándome el té conmigo.
—¿Y arriesgarnos a tener un espíritu vengativo que nos posea mientras la usamos? No, grac…
—¿Bañarnos en la sangre de su creador?
—El creador lleva muerto siglos —señalé.
—Un impedimento menor —respondió con un gesto de indiferencia—. Hay formas de solucionarlo.
Di un sorbo al té mientras él no dejaba de observarme.
—¿Tienes más opciones?
—Naturalmente. —Sonrió con satisfacción—. Un método consiste en bañar la Reliquia en la sangre de un rey asesinado.
Parpadeé.
—Eso es… Bueno, secuestrar al rey Auremar siempre es una opción, supongo.
—Lo marcaré como «tal vez» —dijo—. Luego hay otro que no implica ningún asesinato: sumergir la Reliquia en esencia de amor verdadero durante tres días y tres noches.
Bufé.
—Paso.
Kaz me miró con curiosidad.
—¿No cree en el amor verdadero, lady Blackrose?
Tiré del libro hacia mí, y por poco derramé el té en el proceso.
—¿Estás sugiriendo todo esto en serio o solo lo haces para fastidiarme?
—Ambas —admitió con soltura—. Tus reacciones son la mar de entretenidas. Además, es bueno considerar todas las opciones, incluso las absurdas.
—Tú sí que eres absurdo —murmuré, volviendo a mi libro.
Respondió con ese tono indolente y seguro:
—Anoche no pensabas lo mismo. Si mal no recuerdo, tus palabras exactas fueron…
—Si terminas esa frase —le advertí—, vuelvo a prenderte fuego.
—Eso no es precisamente lo que dijiste. —Se rio entre dientes, con una risa cálida y grave—. Estás disfrutando con esto, ¿verdad?
—¿Con qué? ¿Vetando tus sugerencias cada vez más espantosas?
—No. —Hizo un gesto hacia las estanterías—. Con los libros. El ambiente. Todo este ritual en la biblioteca. Te gusta.
Dudé. Era inquietante lo perspicaz que podía llegar a ser a veces.
—Así es —admití—. Cuando mi padre no me vigilaba, leía todo lo que encontraba. Prefiero esto antes que dominar habilidades tan triviales como el bordado. —Me estremecí—. Al menos, leer no suele hacerte sangrar.
Durante un rato, ninguno de los dos habló. El silencio de la biblioteca nos envolvía, solo roto por el susurro de las páginas y el roce de la pluma de Kazimir sobre el pergamino. Al final, todo lo que leía se volvía borroso. Me levanté de mi asiento y me dirigí hacia las filas de estanterías.
Kazimir levantó la vista brevemente, siguiendo con la mirada mis movimientos antes de volver a su texto.
—Intenta no prenderle fuego a nada importante.
—Llevo años sin quemar nada por accidente .
—Mantengo lo dicho.
Paseé entre las filas de estantes altísimos, recorriendo con los dedos los lomos desgastados. Ya teníamos más que suficientes textos sobre la mesa como para mantenernos ocupados hasta que acabáramos bizcos, pero ansiaba echar un vistazo más por si había algo nuevo.
Un leve ruido de forcejeo me erizó el vello de la nuca.
Me giré a tiempo para ver el borde de una túnica oscura desapareciendo entre las estanterías.
El bibliotecario. En realidad, nunca había hablado con él, si es que era un hombre y no una de las creaciones mágicas de Kazimir.
Pip me había dicho que el bibliotecario prefería permanecer invisible y que rara vez hablaba con alguien, a menos que trataran a un libro de forma irrespetuosa.
Nunca lo había visto de cerca, aunque a veces sentía su mirada fija en mí.
La curiosidad me pudo. Me asomé por la esquina, pero solo encontré un espacio vacío. Más estanterías, más libros y la certeza de que alguien me estaba juzgando en silencio desde las sombras.
Oí otro ruido y volví a girarme. Esta vez, vislumbré una figura anormalmente delgada con la piel como un pergamino descolorido.
Sobre su nariz descansaban unas enormes gafas que le agrandaban los ojos hasta que parecían los de un insecto.
Sus dedos larguiruchos manipulaban con reverencia el lomo de un grimorio encadenado.
—Hola —me atreví a decir.
El bibliotecario se quedó paralizado y tensó los hombros, visiblemente cohibido por mi atención. Se dio la vuelta despacio, con los labios fruncidos en señal de desaprobación. Luego, sacó un trapo de la manga y limpió la cubierta del libro, como si mi propia voz lo hubiera contaminado.
Me miró fijamente, detrás de aquellas inquietantes gafas.
—Usted es la… adquisición de lord Blackrose.
—Soy lady Blackrose —respondí con forzada cortesía.
Él emitió un sonido a la vez comprensivo y desdeñoso.
—Tira los libros.
Parpadeé ante aquella frase tan extraña.
—¿Disculpe?
—Cuando no encuentra en ellos lo que busca —aclaró mientras continuaba con su limpieza meticulosa—, los lanza contra las paredes.
Arranca las páginas. Rompe los lomos. El volumen rojo sobre nigromancia oriental tiene un desgarro en la página setenta y tres de cuando lo arrojó contra la pared hace dos años.
El grimorio negro sobre transmutación de almas tiene una esquina doblada por haberlo tirado al suelo en un arrebato de frustración. El…
—Me hago a la idea —le interrumpí, un tanto avergonzada.
—En total he registrado cuatrocientos treinta y siete episodios de malos tratos —concluyó mientras terminaba de limpiar y guardaba el paño en su túnica con un gesto elegante—. ¿Usted también lanza libros, lady Blackrose?
Negué con la cabeza.
—Jamás.
Asintió de forma escueta, todavía disgustado, pero un poco menos.
—Bien. El Señor Oscuro piensa que por ser dueño de la ciudadela también es suyo el conocimiento que hay en ella. Pero el conocimiento solo se pertenece a sí mismo.
Me sentí extrañamente cautivada por su férrea actitud protectora.
—Tendré cuidado.
Satisfecho, o al menos dejando de lado su desdén, volvió a meter la mano en la túnica y sacó un delgado volumen encuadernado en cuero azul medianoche.
—Esto podría ayudarle en su búsqueda. Describe detalladamente cómo reparar artefactos sin necesidad de sacrificios.
Acepté el libro, sorprendida.
—Gracias, es muy amable.