49 Reprograma la reunión (porque ella me lo pidió amablemente)
Kazimir
Y entonces le dije: «No es nigromancia si cuando empiezas aún respiran».
La risa de Griffin rebotó en las paredes de piedra.
Pinché la salchicha con el tenedor, sintiendo un dolor sordo detrás de los ojos.
Los dos últimos días me habían dejado completamente agotado y con muy mal genio.
Y esta reunión semanal con mis asesores para desayunar me parecía más una tortura que una comida.
Al otro lado de la mesa, Sims se inclinaba sobre una delgada tableta de obsidiana. Con el dedo trazaba una escritura roja brillante mientras sus labios esbozaban lo que parecía una sonrisa en un rostro pesimista de forma perpetua.
—¿Qué es eso? —Griffin dejó a un lado su desayuno, y prácticamente quedó suspendido en el aire por la curiosidad mientras se asomaba por encima del hombro de Sims—. ¡El texto se mueve!
Sims no levantó la vista de su lectura.
—Mi nuevo Pergamino de Fatalidades —explicó—. Registra los desastres, las muertes y la desesperación de todo el reino en tiempo real. Es extremadamente eficiente.
—Fascinante —murmuré, pinchando otro trozo de salchicha como si me hubiera ofendido personalmente.
Griffin captó mi expresión y le dio un codazo a Sims, como si fueran niños de colegio intercambiando notas.
—¿Tienes los datos de la Reliquia?
Sims dejó sobre la mesa el Pergamino de Fatalidades y revolvió los papeles que estaban junto a su plato.
—La energía del artefacto siguió pulsando a intervalos irregulares durante toda la noche. Y lo que es curioso, con cada fluctuación, la resonancia parecía hacerse un poco más fuerte. Diría que son noticias alentadoras.
Asentí distraídamente. No necesitaba su informe, ya que había pasado las horas previas al amanecer a solas en la torre este mirando de cerca la Reliquia mientras luchaba contra un dolor de cabeza insoportable.
Para mi desgracia, la fisura se había ensanchado a lo largo de la noche.
Mi búsqueda superficial en textos antiguos no me había proporcionado demasiada información.
Quizás formaba parte de algún tipo de metamorfosis, y el artefacto se estaba transformando antes de alcanzar su forma definitiva.
O tal vez se estaba agrietando porque no podía mantener las manos alejadas de mi esposa el tiempo suficiente para que esa maldita cosa se estabilizara.
También pensé en los estallidos de magia que se producían cuando Arabella y yo nos acostábamos.
El incidente de la sala de guerra había sido salvaje, incontrolado…
Pero desde entonces, había logrado desviar los estallidos más destructivos lejos de la ciudadela.
Mis huesos tallados con runas aún gritaban en señal de protesta.
Aunque merecía la pena. De forma dolorosa y gloriosa, pero merecía la pena.
Vex me lanzó una mirada por encima de su taza de té que, de alguna manera, lograba ser a la vez divertida y crítica.
—Alguien se ha levantado con el pie izquierdo.
—Me he levantado exactamente con el pie que me ha parecido —dije, sintiendo cómo el calor recorría mis venas al recordar el cálido cuerpo desnudo de Arabella apretado contra el mío.
Quizás necesitaba llevar a cabo una investigación más exhaustiva (con fines puramente científicos) sobre cómo nuestra resonancia combinada afectaba a la Reliquia durante actividades específicas.
O quizás cada vez que me enterraba dentro de mi esposa, estaba destruyendo el mismo artefacto que me había llevado años encontrar.
Aparté aquel pensamiento. No podía darme el lujo de creer que cada delicioso y emocionante encuentro con ella pudiera estar causando más daño. No cuando la deseaba más cada día que pasaba.
—¿Qué hay de Auremar? —pregunté, desesperado por distraerme—. ¿Ha respondido a nuestro mensaje?
Thorne soltó el cuchillo.
—Aún nada. El encantamiento confirmó la entrega, pero el rey ha guardado silencio. No ha habido movimientos de tropas ni acercamientos diplomáticos.
—Está tramando algo —dije—. Los hombres como Auremar no reciben cabezas decapitadas sin que haya represalias.
Sims alisó el borde del pergamino.
—Tal vez esté reconsiderando su posición.
Negué con la cabeza.
—Está reuniendo fuerzas, decidiendo a qué aliados sobornar o amenazar. Nosotros…
La puerta del comedor se abrió de golpe con tanta fuerza que casi se sale de sus goznes.
Todas las miradas se posaron en Arabella cuando entró, envuelta en un vestido de color púrpura oscuro que se ceñía a cada una de las curvas que había saboreado la noche anterior.
El cabello dorado le caía suelto y salvaje sobre los hombros, y la luz de la mañana reflejaba las motas doradas de sus ojos, dotándolos de un brillo casi sobrenatural.
Se me cortó la respiración. La noche anterior había sido trascendental. Pero esto era algo completamente distinto. Irradiaba un poder abrasador.
—Buenos días —anunció a los presentes, apenas prestando atención a mis asesores antes de fijar en mí esa mirada ardiente—. Enséñame todo lo que sabes sobre magia oscura.
Griffin se atragantó con el té y empezó a toser con el mismo dramatismo de alguien a quien están estrangulando. Vex arqueó tanto las cejas que casi le desaparecieron entre el pelo. Thorne mantuvo el rostro impasible, pero noté cómo se le abrían un poco los ojos.
Dejé con cuidado la taza de café sobre la mesa, ganando tiempo mientras mi cuerpo reaccionaba a su orden de una forma totalmente inapropiada para una reunión de desayuno.
—Eso… —Me aclaré la garganta—. Puede llevarnos bastante tiempo.
Los ojos de Arabella se entrecerraron de forma peligrosa, y las motas doradas se oscurecieron como una tormenta a punto de estallar. Parecía dispuesta a desatar el infierno sagrado, o profano, en cualquier momento.
—¿Cuándo quieres empezar? —me corregí enseguida, de repente la imaginé con ese aspecto mientras esgrimía la magia de sombras.
—Ahora.
Una sola palabra, pronunciada con tal rotundidad que me provocó otra oleada de puro deseo. No era la sanadora indecisa a la que había secuestrado dos meses atrás. Era algo nuevo, algo que hizo que mi oscuridad interior ronroneara de aprobación.
Mi esposa se había despertado y había optado por la violencia. Y vaya si no era lo más excitante que había visto jamás.
Busqué en su rostro cualquier indicio de duda o miedo, pero no encontré ninguno.
Solo determinación, ambición y una inteligencia feroz que igualaba a la mía.
Si no tenía cuidado, acabaría rindiéndome ante ella para siempre.
Esa idea debería haberme aterrorizado. En cambio, hizo que mi sangre se encendiera.
Quizás esto era justo lo que necesitábamos. Si la Reliquia estaba sufriendo por nuestras descargas mágicas descontroladas, enseñar a Arabella a controlar sus poderes podría estabilizarlo todo.
—Muy bien —dije, levantándome de mi silla con la calma deliberada de un hombre que se dirige voluntariamente a su muerte—.
Griffin, sigue vigilando la Reliquia. Sims, redacta respuestas para nuestros aliados sobre posibles escenarios relacionados con Auremar.
Thorne, duplica las patrullas a lo largo del perímetro occidental. Vex…
—Me encargaré de todo lo demás —terminó por mí mientras recogía los papeles con resignación—. Ve a corromper a tu esposa y trata de no arrasar con otra ala de la fortaleza mientras lo haces.
Ignoré el comentario y rodeé la mesa hasta colocarme al lado de Arabella.
—¿Estás segura? —pregunté en voz baja—. La magia oscura tiene un precio.
—Al igual que la ignorancia —respondió, también entre susurros—. Estoy lista para aprender.
El enorme potencial que irradiaba prometía convertirse en la pieza clave de mi poder… o en mi perdición.
Sonreí.
—Este puede llegar a convertirse en mi día favorito.
Había algo innegablemente excitante en ver a Arabella prepararse para la batalla.
Se movía por la sala de entrenamiento con una gracia letal y tortuosa, estirando sus extremidades enfundadas en el cuero que le había regalado.
El material se ceñía a cada centímetro de su cuerpo, haciendo alarde de un físico esbelto y tonificado que me ponía los pelos de punta.
Y sus ojos… Dios, esos ojos brillaban con una determinación feroz que me hacía anticipar un desastre en el mejor de los sentidos.
Había cambiado mis túnicas habituales por prendas de cuero negro liso reforzadas con hechizos protectores.
Por si acaso. Al fin y al cabo, el recuerdo de mi camisa ardiendo en llamas durante nuestra primera sesión de entrenamiento seguía siendo lo suficientemente vívido como para mantenerme en guardia.
Y ella se había vuelto más poderosa de modo exponencial desde entonces.
No es que me importara que me quemara de nuevo, siempre y cuando pudiera saborear esa mezcla de horror y deleite travieso que se reflejaba en su rostro.
—¿Te vas a quedar mirándome todo el día o vamos a empezar? —Su pregunta cortó mis pensamientos.
Me apoyé sobre la pared de piedra, con los brazos cruzados.
—Paciencia, mi señora. La magia oscura requiere algo más que fuerza bruta. Se necesita la mentalidad adecuada.
—Llevo con la mentalidad adecuada desde que me desperté —dijo con una sonrisa afilada como una navaja. Estiró un brazo sobre el pecho—. Estoy lista.
Su entusiasmo resultaba divertido. La magia oscura no era como sus artes curativas: limpias, puras e incondicionalmente desinteresadas.
Exigía un tributo. Tomaba tanto como daba, a menudo más.
Era como invitar a cenar a un vampiro hambriento y esperar que se conformara con el aperitivo.
Enseñar a Arabella a ahondar en esa hambre…
Sospechaba que saldría de forma espléndida y peligrosamente fuera de lo previsto.
Me alejé de la pared, luchando contra un atisbo de recelo.
—Antes de empezar, hay algo que deberías saber.
Se detuvo a mitad de otro estiramiento, alerta como un gato con el pelo erizado.
—Adelante. ¿Acaso has secuestrado a otra noble mientras yo dormía?
—No. —Sonreí, acercándome a ella—. Aunque no es un plan de contingencia del todo malo.
—Porque acabo de trasladar mis cosas a tu… —Captó mi mirada y recuperó un poco la compostura—. Bueno, solo digo que no hay sitio para una segunda esposa.
—Tranquila, solo hay una lady Blackrose de momento —bromeé, ignorando la traicionera oleada de satisfacción que sentía en el pecho. Me obligué a poner cara seria—. Ya cometí el error de ocultarte información importante una vez. No volveré a hacerlo.
La sonrisa de Arabella se desvaneció, pero me miró fijamente a los ojos, preparada para lo que tuviera que decir. Fue un cambio agradable, esa… honestidad.
—Es sobre la Reliquia. Ayer me di cuenta de que tenía una pequeña grieta.
—¿Una grieta? —Frunció el ceño.
—Lo noté por primera vez cuando Griffin nos citó en la torre este. Es pequeña, apenas visible, pero está ahí. Y cada vez es más grande.
—¿Es por mi culpa? —preguntó de inmediato con voz tensa.
—No. —Extendí el brazo, incapaz de evitar colocarle un mechón de pelo suelto detrás de la oreja—. En todo caso es por la mía. No entiendo del todo por qué, pero al parecer nuestros encuentros están alimentándola y, al mismo tiempo, dañándola.
Abrió mucho los ojos.
—Cuando dices actividades, te refieres a…
—Sí. —Dejé caer la mano, aunque no me alejé—. Cada vez que fortalecemos nuestro vínculo, nos arriesgamos a destruir aquello que más necesitamos.
Dio un paso atrás. Prácticamente podía ver los pensamientos que se agolpaban en su mente. Los mismos que me habían mantenido despierto media noche.
—Necesitamos más pruebas —añadí, esbozando una sonrisa descarada—. Una investigación rigurosa y sin restricciones. Posiblemente contra diversas superficies. Por interés científico.
—¿Has esperado hasta justo antes de enseñarme magia destructiva para decirme esto?
—Me pareció el momento adecuado. —Hice un gesto hacia la sala reforzada—. Quizás podrías dirigir tu primera bola de fuego hacia este problema en lugar de hacia mi ropa.
Para mi sorpresa, esbozó una sonrisa.
—Debe haber sido muy difícil para ti… decirme la verdad. Sobre todo siendo algo que amenaza tus planes.
Me enderecé.
—No te acostumbres. Como villano aún guardo muchos secretos.
—No me cabe duda. —Su sonrisa se ensanchó y sus ojos se volvieron cálidos y peligrosos al mismo tiempo—. Primero muéstrame un poco de esa magia oscura. Después podremos hablar sobre cómo puedo ayudarte con el problema de la Reliquia.
Ayudarme. No culparme, ni acusarme o exigirme. Solo… ayudarme.
Levanté la mano, invocando un pequeño orbe de sombras entrelazado con una onda de energía violeta.
—La magia oscura no concede nada como hace la tuya. Toma prestado, a veces del emisor, a veces del entorno. Incluso de la vida misma.
Arabella se inclinó para observar las sombras que se arremolinaban, parpadeaban y ansiaban acercarse a ella. Las estudió sin pestañear, como si fueran un acertijo que pretendía resolver.
—¿Puedo tocarlas?
—Aún no. —Cerré la mano y el orbe se disolvió—. Primera lección: respeta aquello que invocas. La magia oscura siempre quiere más de lo que tú estás dispuesto a dar.
Más o menos igual que ella, pensé para mis adentros.
Asimiló mis palabras con abierta fascinación y luego levantó la barbilla.
—Quiero todo: no me conformo con escudos y medias tintas. Quiero el mismo poder que tienes tú. Quiero utilizarlo de verdad.
—No será fácil —le advertí—. Y una vez que empieces…
—No hay vuelta atrás —terminó por mí, mirándome fijamente a los ojos—. Lo sé , Kaz.
—Sigue diciendo mi nombre así y pasaremos directo a las lecciones avanzadas —dije, acercándome hasta poder sentir el calor de su cuerpo—. Sé lo bastante de hechicería de alcoba como para hacer que lo de anoche parezca modesto.
Le acaricié con el pulgar la parte baja de la espalda, justo donde había colocado la runa.
Esbozó una pequeña sonrisa ardiente.
—Las lecciones avanzadas deben esperar hasta que domine los conceptos básicos, Kazimir . Pero aprendo rápido, como bien sabes.
A regañadientes, bajé la mano; de lo contrario, ninguno de los dos habría podido hacer nada. Las runas vibraban bajo mi piel, cobrando vida con la misma tensión que la impulsaba a ella.
—Y sospecho que dominarás esto más rápido de lo previsto. Ya has perfeccionado el arte de distraerme.
Extendí la mano, con la palma hacia arriba, y de nuevo invoqué las sombras. Esta vez, dejé que bailaran sobre mi piel, mostrándole cómo se movían, cómo respiraban, cómo pedían más.
—Ahora deja que te enseñe cómo llamar a la oscuridad. Después de todo, si vas a ser mi Dama Oscura, qué menos que sepas cómo hacer una entrada dramática.