48 Piensa en el destino (mientras tu villano duerme)
Arabella
C uando regresamos, nuestros aposentos estaban limpios y relucientes, casi irreconocibles por lo ordenados que habían quedado, con una curiosa sensación de calidez que se había impuesto sobre la habitual penumbra.
Las plumas desperdigadas habían desaparecido, e incluso los huesos de dedos que antes decoraban el escritorio de Kazimir se habían esfumado.
Muchos de los libros antiguos y de aspecto siniestro también habían desaparecido, retirados «por seguridad», según explicó Kaz.
En su lugar había un pequeño jarrón con flores no carnívoras y unos cuantos cojines mullidos nuevos alrededor de la zona de asientos.
No estaba nada mal en general. Tal vez pasaría más tiempo por allí.
Después del baño, comimos sentados con las piernas cruzadas sobre la enorme cama.
Lo observé por encima del borde de mi copa de vino.
A pesar de estar aún húmedo, Kazimir Blackrose irradiaba peligro.
Se notaba en la fuerza contenida de su cuerpo, en la elegancia natural con la que manejaba el cuchillo y el tenedor, como si en cualquier momento pudieran convertirse en armas.
Me fijé en el tenue resplandor rojo que latía bajo la piel de su muñeca, visible solo por un instante antes de que moviera el brazo.
Las runas estaban más activas esa noche, lo que normalmente significaba que había estado canalizando magia en exceso.
La causa no era tan difícil de determinar, teniendo en cuenta todo el esfuerzo que le había supuesto evitar que yo derrumbara la torre sobre nosotros.
—Estás muy callado —señalé.
—Solo cansado —respondió, y extendió el brazo para trazar con la yema del dedo una línea ligera a lo largo de mi mandíbula—. Y… distraído.
—¿Por la Reliquia? —me animé a preguntar.
Desvió la mirada desde mis labios hasta mis ojos.
—Entre otras cosas.
Bufé, poniendo los ojos en blanco con fingida exasperación.
—Solo eres capaz de mantener la atención durante tres segundos en cualquier cosa que no tenga que ver con dominar el mundo.
—Curioso —murmuró mientras me acariciaba el labio inferior con el pulgar—. Contigo las horas pasan como segundos.
Quise responderle con alguna frase ingeniosa, pero la calidez de su tacto convirtió mis pensamientos en una neblina de deseo.
Dejé el plato a un lado y le dejé acercarse.
El beso fue suave como un susurro, un delicado roce de sus labios que apenas rozaron los míos.
Entonces, sediento de más, apretó con más fuerza, provocándome con su lengua hasta que le dejé entrar y probé el vino y ese sabor oscuro de Kazimir que había debajo.
Desató el cinturón de mi bata con los dedos y la abrió hasta que la seda se deslizó por mi cuerpo.
Jadeé al sentir el repentino frío rozando mi piel desnuda, pero la mirada ardiente de sus ojos lo ahuyentó.
Recorrió cada centímetro de mi cuerpo con la mirada, desde mi rostro hasta mis pechos desnudos, y luego inclinó la cabeza para dejar un rastro de besos perezosos sobre mi piel sensible.
Arqueé la espalda, sintiendo una chispa de placer cada vez que se centraba en un punto.
Por fin se detuvo lo suficiente para decir:
—Túmbate de lado.
Me giré sobre un costado y la bata se me cayó por completo.
Kazimir se quitó los pantalones de dormir, dejando al descubierto su erección, gruesa y dura.
La cama se hundió bajo su peso cuando se acostó detrás de mí, una línea de calor inconfundible contra mi espalda.
Recorrió con los labios mi hombro y subió hasta detrás de mi oreja.
—¿Sabes cuánto tiempo he deseado disfrutarte así? —preguntó en un susurro ronco—. Cuando no estás discutiendo conmigo, sino… dispuesta.
Deslizó una mano por mi cadera, bajó entre mis muslos y exploró mi humedad con un movimiento deliberado que me hizo temblar.
—Mojada para mí —murmuró, totalmente encantado.
Después desplazó la mano, deslizándola por mi estómago, mis costillas, hasta que apoyó la palma ligeramente contra mi garganta.
Sus labios reanudaron el recorrido por mi omóplato, depositando allí un beso con la boca abierta antes de descender por mi columna vertebral.
Cada vértebra recibió su atención: un beso, una lamida, un suave roce de dientes que me provocó un escalofrío.
Cuando llegó a la parte baja de mi espalda, se detuvo. Sentí el calor húmedo de su lengua trazando un patrón, no aleatorio, sino deliberado.
—¿Qué estás haciendo? —conseguí preguntar con la voz entrecortada.
Él se río entre dientes.
—Marcándote con una runa temporal. Te gustará lo que hace.
Abrí la boca para pedir detalles y entonces me quedé sin habla cuando un calor radiante se extendió desde ese punto, y todo se volvió más nítido e intenso. Todo mi cuerpo se iluminó con deseo.
—Oh —jadeé, sintiendo cómo mis extremidades se volvían flexibles bajo su tacto.
Sus dedos me encontraron de nuevo y él murmuró en señal de aprobación.
—Te está gustando, ¿verdad?
—Sí —susurré.
Se movió detrás de mí. Entonces sentí su polla, caliente y dura, presionando contra mi entrada. Me penetró despacio, centímetro a centímetro. Me agarré de las sábanas con fuerza.
—Dioses —musité, sintiéndome increíblemente llena, apretada en torno a él de la forma más deliciosa.
—No —dijo Kazimir, con la voz tensa por el esfuerzo de mantenerse quieto—. Solo yo.
Antes de que pudiera responder a su arrogancia, comenzó con embestidas lentas y profundas que provocaron oleadas de placer que se extendieron por todo mi cuerpo.
La runa amplificaba cada mínima sensación, como si todo mi cuerpo fuera un nervio al descubierto.
Me rodeó la cintura con un brazo, manteniendo nuestros cuerpos pegados, y yo me derretí con el ritmo constante de sus caderas presionando con firmeza contra mí, con ese movimiento exigente en mi interior.
Sentí cada uno de sus relieves, cada una de sus venas, llevándome hacia un clímax vertiginoso y estremecedor.
Cuando bajó la mano por mi vientre, estuve a punto de morderme el labio hasta partirlo por la mitad.
Acompañó el movimiento de sus caderas con el insistente círculo que trazaban sus dedos, lo que me llevó a un orgasmo abrumador.
Me contraje a su alrededor y él gimió profundamente, con un ritmo cada vez más irregular.
Sus embestidas se volvieron frenéticas hasta que su cuerpo se tensó y sentí cada uno de sus espasmos y latidos dentro de mí.
La sensación desencadenó otro orgasmo. Jadeé contra el colchón, sin apenas poder creer lo increíblemente intenso que había sido. Kazimir apoyó la frente contra mi hombro, y nuestras respiraciones agitadas se mezclaron en el silencio de la habitación.
Se quedó pegado a mí, sin separarse, y me rodeó la cintura con un brazo, como si no pudiera separarse de mí. Me habló con voz cansada y entrecortada.
—Quédate así.
Su respiración se volvió más lenta y profunda a medida que se sumía en el sueño.
Me pregunté sobre qué estaría soñando. ¿Poder?
¿Conquistas? O tal vez algo más mundano.
La idea me hizo sonreír. El temible Señor Oscuro soñando con pasteles dulces o cachorritos.
Parecía absurdo, pero…, bajo las sombras y el poder, era humano.
Me dolían los músculos de la manera más placentera, pero mi mente se negaba a calmarse. Me moví apenas. Su brazo se tensó por reflejo alrededor de mi cintura, pero siguió respirando profunda y uniformemente.
Las cicatrices del brazo de Kazimir brillaban en la oscuridad. Su sabor aún perduraba en mi lengua: vino, oscuridad y algo antiguo.
Afuera, la luna estaba en lo alto. La ciudadela dormía a nuestro alrededor, flotando, suspendida entre el cielo y la tierra, un ente vivo de piedra y sombras, que guardaba en sus cimientos secretos más antiguos que cualquiera de nosotros.
Sentí que se avecinaban tormentas dentro de esos muros, dentro de mi pecho.
Mi poder crecía, disminuía y volvía a crecer de nuevo.
La Reliquia brillaba, hambrienta. La sangre de mi linaje latía bajo mi piel, por fin libre. La sombra del Primer Héroe se extendía a través de los siglos para tocarme.
El gran proyecto de Kazimir se estaba transformando a mi alrededor, a nuestro alrededor.
Rosas negras que se despliegan en la oscuridad, rosas doradas que se marchitan bajo la luz del sol. La sangre llama a la sangre. La magia llama a la magia. La oscuridad llama a la oscuridad. Sus runas y mi linaje hablan idiomas que ninguno de los dos comprende del todo.
Todo ello fundido en una espiral, un torbellino de destino y azar en el que estaba envuelta, que estaba impulsando, en el que me estaba convirtiendo.
Mi padre temía tanto mi poder que había decidido encerrarlo. Kazimir lo apreciaba y quería liberarlo.
Había mucho más, muchísimo más , esperando en los espacios entre lo que me habían enseñado y lo que podría aprender. Lo que él podría enseñarme.
Lo que yo podría exigirle que me enseñara. Todo. Absolutamente todo. Cada rincón oscuro, cada texto prohibido, cada ritual de medianoche.
El poder que me corresponde por derecho, por sangre, por elección.
Me incorporé de golpe, apartando el brazo de Kazimir y rompiendo nuestra íntima conexión. Él se movió, murmurando algo ininteligible antes de darse la vuelta y quedarse boca arriba, todavía dormido.
No estaba segura de si había estado pensando o soñando, pero ahora que lo tenía en mente, quería decírselo.
Bajé la mirada hacia mi temible villano, tan tranquilo mientras dormía.
Más runas brillaban débilmente, y por un instante imprudente, quise trazarlas con mis dedos hasta que se moviera y volviera a posar esa intensa mirada en mí.
En lugar de eso, me senté a su lado y sonreí. Dejaría que el Señor Oscuro descansara. Al día siguiente necesitaría toda su fuerza.