47 Desahógate (sin destruir el castillo) #2
Di tal respingo que casi se me escapa el fénix resplandeciente que tenía posado en la punta de los dedos.
Se disolvió en un remolino de motas de color dorado rojizo.
El corazón me dio un vuelco cuando me giré.
Kazimir estaba de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y una expresión cuidadosamente neutra.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —pregunté, de repente consciente de mi vestido destartalado y del caos que me rodeaba.
Se apartó de la puerta y dio unos cuantos pasos adelante.
—El suficiente como para verte destruir la mitad del equipo de entrenamiento, y luego crear algo extraordinario.
—Esto… Reemplazaré esos maniquíes —ofrecí, mirando los restos carbonizados que cubrían la pared trasera.
Hizo un gesto con la mano para descartar la idea.
—Tengo más. Aunque debería encargarlos al por mayor si esto se convierte en un hábito.
No pude evitar sonreír.
—¿Con qué frecuencia te escondes entre las sombras para espiarme?
—Nunca —contestó, y supe que decía la verdad—. Tampoco estaba escondido ahora. Solo estabas tan concentrada que no te has dado cuenta de que he entrado.
—Eso es… preocupante.
—Es algo que debemos trabajar. —Kazimir observó atentamente el suelo quemado y agrietado, luego me miró con una extraña dulzura—. Pero estabas magnífica.
Crucé los brazos sobre el pecho.
—¿No estabas ocupado con la Reliquia? —La pregunta sonaba a la defensiva, incluso para mí.
Una sombra momentánea cruzó su rostro.
—Lo estaba. Pero… te echaba de menos.
Aquella sencilla afirmación me dejó sin aliento. Entrecerré los ojos, tratando de detectar cualquier indicio de manipulación. Solo encontré un cansancio sincero grabado en las arrugas alrededor de su boca.
—¿Que me… echabas de menos?
—¿Tan difícil es de creer? —Se detuvo a unos pasos de mí, respetando mi espacio—. Sí, la Reliquia es importante. Pero… tú también lo eres. No solo por el poder que posees, sino porque… —Respiró hondo, como si le costara admitirlo—. Por esto que tenemos, sea lo que sea. Es… nuevo para mí.
Quizás era la vez que menos elocuente había visto al Señor Oscuro, y, curiosamente, eso hacía que sus palabras tuvieran más sentido. Aunque todavía no sabía si sentirme halagada o enfadada. Sentía un cosquilleo mágico en la piel, sin saber muy bien qué emoción alimentar.
—Yo también te echaba de menos —confesé—. Aunque a veces me saques de quicio.
—Eso he notado. —Desvió la mirada hacia los maniquíes destrozados—. Recuérdame que nunca te enfade de verdad.
—Demasiado tarde para eso. —Pero no lo decía en serio.
Dio otro paso adelante y sonrió, con una mueca sincera y arrepentida en los labios.
—¿Me enseñas otro pájaro?
Dudé, de repente me sentía cohibida.
—Aún no son perfectos.
—Muéstramelo de todos modos.
Respiré hondo y extraje magia de mi interior, dando forma a un pequeño pájaro con brillantes plumas color medianoche. Voló desde mis dedos hasta la mano extendida de Kazimir, donde se posó como si lo estuviera examinando. Le brillaron los ojos con fascinación.
—Lo has hecho en una tarde —murmuró—. Has conjurado una construcción compleja que la mayoría de los magos no pueden lograr ni siquiera tras años de estudio.
El pájaro se acicaló bajo su mirada, luego volvió volando hacia mí y se posó en mi hombro. Alcé la mano para acariciar sus brillantes plumas con la yema de un dedo.
—Esta vez no he usado fuerza vital.
Recorrió con la mirada la falda hecha jirones que dejaba al descubierto mis piernas, las mangas chamuscadas que dejaban mi brazos desnudos. Una oscura lujuria se encendió en sus ojos.
—Sí —dijo, con voz ronca—, solo has usado tu esencia… y es increíble.
De repente me sentí cohibida y dejé que el pájaro se desvaneciera.
—Ahora es más fácil sin las runas inhibidoras. Ni siquiera estoy cansada.
—Te estaban drenando más de lo que creías —dijo—. Probablemente las runas se diseñaron así.
Una nueva ráfaga de ira me encendió el pecho.
—Mi padre lo tenía todo más que pensado.
—Todo no. —Kazimir me tendió la mano—. No me tuvo en cuenta a mí.
Le tomé la mano y sentí el calor de su piel contra la mía, la fuerza serena de su agarre. Entonces me di cuenta de que no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado. Las ventanas en lo alto solo mostraban oscuridad.
—¿Qué hora es?
—Casi medianoche. —Me dio un tironcito en el brazo—. Vamos. Deberías descansar, por más que creas que no te hace falta.
—¿Es preocupación eso que percibo, lord Blackrose? —bromeé, tratando de aliviar el ambiente.
—Un consejo práctico —corrigió, pero había calidez en su mirada—. Tengo planes para ti que requieren un cierto nivel de… resistencia.
El calor me subió a las mejillas y se extendió por mi cuello.
—Ah, ¿sí?
—Mmm. —Me atrajo hacia él, y sus labios rozaron mi oreja—. Unos planes muy concretos.
En ese momento, mi estómago decidió rugir.
Se le arrugaron los ojos por las comisuras.
—¿Cuándo comiste por última vez?
Me encogí de hombros.
—Creo que en el desayuno. —El recuerdo parecía lejano, como si hubiera pertenecido a otro día completamente distinto.
—Inadmisible. —Me empujó hacia la escalera de caracol—. Necesitas comida.
—Está bien. Pero primero quiero darme un baño. Huelo a humo y sudor.
Se inclinó hacia mí e inhaló el aire cerca de mi cuello. Aquella proximidad hizo que se me acelerara el pulso.
—Me gusta cómo hueles después de entrenar. Me recuerda a los campos de batalla.
—Eso es… inquietante.
—¿De veras? —Sonrió contra mi piel—. Fuego, sudor, victoria. Es embriagador. Me ha costado horrores no decírtelo antes.
Una oleada de deseo recorrió mi cuerpo. Enrosqué los dedos en su torso y sentí los rápidos latidos de su corazón.
—Baño —insistí—. Después comida.
—Como ordene mi señora.