La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 47 Desahógate (sin destruir el castillo)
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47 Desahógate (sin destruir el castillo)

Arabella

S alí de la torre este y crucé el patio interior hacia nuestra habitación. Me dolía la cabeza por el cansancio. Las noticias de la mañana se habían sumado a la sobrecarga mágica hasta hacerme sentir como una pila de leña seca a la espera de la más mínima chispa para encenderse.

A mis espaldas, continuaba el debate clínico sobre nuestro «refuerzo diario», como si se tratara de una mera nota al pie de página en algún libro de texto arcano.

El recuerdo me dejó un sabor amargo en la boca.

La conversación había sonado tan… impersonal.

Como si fuera una parte de una ecuación mágica en lugar de una persona que apenas se aferraba a la cordura.

Ninguno de ellos había mencionado las runas inhibidoras ni la traición de mi padre.

Al parecer, Kazimir no había compartido lo que descubrió en la finca Evenfall, y había decidido mantenerlo entre nosotros.

Una pequeña parte de mí se sentía agradecida por su discreción.

Otra parte quería gritarle por centrarse en el artefacto mientras mi mundo se desmoronaba.

Luché contra el impulso de dejar que la magia crepitara en mis dedos. Esa ira no del todo controlada seguía zumbando bajo mi piel, amenazando constantemente con estallar en un despliegue incontrolado de fuerza.

—Lady Blackrose.

Casi me tropiezo al oír la voz de Vex. Apareció a mi lado con esa inquietante gracia que la caracterizaba, siguiendo mi ritmo mientras yo avanzaba a toda velocidad por el pasillo.

—¿Podemos hablar? —preguntó.

Me guio hasta un estrecho rincón detrás de una columna. Un par de sirvientes pasaron corriendo sin levantar la vista, sabiendo sin duda que yo era la esposa del Señor Oscuro que, en ocasiones, liberaba dramáticas ráfagas de magia en los arrebatos pasionales.

—Estás molesta —afirmó, sin rodeos.

—Solo estoy cansada —mentí. Me retorcía el dobladillo de la manga, lo que probablemente me delató.

—Y abrumada —añadió, cruzándose de brazos—. Y furiosa con él.

Me dejé caer sobre la piedra fría.

—¿Tanto se me nota?

—Solo si reconoces las señales. Llevo sirviendo a lord Blackrose suficiente tiempo como para estar al tanto de ciertos patrones. —Su tono se mantuvo imparcial—. Esto no se le da bien, ¿sabes? La parte emocional.

Se me escapó una risa vacía.

—Si no me lo dices, no me doy cuenta.

Se le curvó una de las comisuras de la boca.

—Comprende la rabia. Casi vive de ella. Pero la ternura, el apego… Eso le asusta más que la muerte… Siempre ha sido así. Es torpe en los aspectos más importantes.

Parpadeé, sin saber muy bien cómo procesar ese nivel de honestidad por parte de Vex.

—¿Por qué me cuentas esto?

—Porque a pesar de sus infinitos defectos, y créeme que podría elaborar una lista de ellos por orden alfabético, contigo se comporta diferente. Y creo que a ti te pasa lo mismo.

Traté de restarle importancia con un gesto, pero ella se limitó a levantar una ceja de esa forma suya tan irritante. Así que mantuve las manos ocupadas arrancando un hilo suelto de mi falda.

—Tenemos un acuerdo que nos beneficia a ambos —dije.

—Llámalo como quieras. —Soltó una risita ahogada—. Pero nunca le he visto mirar a nadie como te mira a ti.

Solté un resoplido incrédulo.

—¿Cómo si fuera una herramienta útil para encender su artefacto?

—Como si fueras un fuego al que no sabe si apagar o tirarse de cabeza.

Las punzadas eléctricas que sentía en las venas se intensificaron. Si lo que decía era cierto, significaba que Kazimir sentía lo mismo que yo.

—No te rindas con él tan rápido —dijo Vex, apartándose de la pared—. Está aprendiendo. Más despacio que una tortuga atropellada, pero aprendiendo, al fin y al cabo.

Acto seguido, se escabulló por el pasillo y yo me quedé sola con mis pensamientos agitados. Sentía cada latido del corazón demasiado fuerte. Cuando llegué al cruce que conducía a nuestros aposentos, dudé. La magia se acumulaba dentro de mí como nubes de tormenta apretujadas unas contra otras.

—Al infierno con esto —murmuré antes de cambiar de dirección.

Entré irrumpiendo en la sala de entrenamiento y dejé que la pesada puerta se cerrara de golpe detrás de mí. Los símbolos grabados en el suelo de piedra brillaban débilmente, reaccionando a la oleada de poder que pulsaba a través de mi cuerpo.

Todo parecía estar mal. Los asesores de Kazimir discutían nuestra intimidad como si fuera un experimento en curso.

La Reliquia se negaba a estabilizarse. Por momentos Kazimir se mostraba muy atento y al rato estaba completamente absorto en sus objetivos.

Y debajo de todo eso bullía una rabia creciente hacia mi padre.

Centra tu rabia. Úsala . Aquella voz que sonaba en mi cabeza era muy parecida a la de Kazimir. Pero tenía razón. No había forma de escapar de la furia que se arremolinaba dentro de mí, así que más valía canalizarla hacia algún sitio.

Me moví hasta el centro del círculo, me arrodillé y coloqué las palmas de las manos contra el suelo frío. Una energía caliente y agitada pulsaba bajo mi piel.

—No necesito a nadie —susurré—. Lo averiguaré yo misma.

Primero, intenté formar el pájaro de energía tal y como había hecho ya una vez.

Pero en esa ocasión, lo haría sin extraer la esencia de ningún ser vivo.

Quería demostrar que podía crear algo solo con mi magia.

Cerré los ojos. El poder se encendió en lo más profundo de mi ser, ardiente y brillante.

Le di forma, lo persuadí, le exigí que obedeciera.

Una chispa titiló entre mis manos, a punto de formar unas alas, y luego se desintegró con una explosión de magia salvaje.

Caí de espaldas con fuerza. El vestido que antes era tan bonito colgaba a mi alrededor hecho jirones, con la tela azul chamuscada y desgarrada sin remedio. Eso me pasaba por irrumpir en la sala para montar una rabieta mágica sin molestarme en ponerme la ropa de entrenamiento.

—¡Maldita sea! —Estampé el puño contra el suelo. La piedra se agrietó formando una red de fisuras que se extendían hacia afuera. Contemplé el daño con incredulidad. El poder bruto resonó en mi interior.

Lo intenté de nuevo. Y otra vez. En cada ocasión, estuve a punto de conseguirlo antes de que la construcción se desestabilizara. La fuerza residual rebotó por toda la cámara, salvada solo por los gruesos escudos que Kazimir había instalado precisamente para este tipo de reacciones.

Al séptimo intento, por fin conseguí dar forma al pájaro. Flotó con sus alas brillantes durante unos milagrosos segundos, lo suficiente para ver cada pluma perfilada con una suave luz púrpura y blanca, antes de disolverse en destellos.

—¿Por qué te deshaces? —grité al vacío, luchando contra el escozor de mis ojos. Me puse en pie de un salto y me sequé el sudor de la frente. Las manos me temblaban por el exceso de energía que aún recorría mi cuerpo.

Encendí la fila de maniquíes de madera para entrenamiento que había junto a la pared, todos con cara indiferente y burlona.

Mi magia prácticamente rugía por liberarse.

Gruñendo, lancé una oleada de energía contra el maniquí más cercano.

Este explotó en una lluvia de paja y astillas.

Las llamas alcanzaron al siguiente. El aire se llenó de paja quemada, humo y energía crepitante.

Era agradable .

Avancé hacia el final de la fila, dando rienda suelta a mi ira.

Los maniquíes se rompieron, se quemaron y se retorcieron.

Uno se derrumbó y quedó reducido a un montón de restos humeantes.

Las brasas flotaban por todas partes. El corazón me latía con fuerza en los oídos.

Cuando llegué al final de la fila, respiraba con dificultad por la emoción.

Todo mi cuerpo vibraba con energía, más vivo que nunca.

La sala de entrenamiento parecía un campo de batalla. Había trozos de paja flotando en el aire. Las paredes estaban ennegrecidas por las marcas de quemaduras. El olor acre del humo impregnaba el ambiente.

Volví al círculo central, decidida a dominar el pájaro de energía. Esta vez, en lugar de forzar la magia para que tomara la forma que yo quería, la visualicé ya completa y perfecta. Mantuve esa imagen en mi mente, nítida y clara, y luego simplemente… invité a la magia a llenarla.

Poco a poco, se fue fusionando. Sentí un calor agradable en mi interior y un cosquilleo en las yemas de los dedos.

Cuando abrí los ojos, vi un pajarito hecho de luz resplandeciente posado en mis manos ahuecadas.

Se me cortó la respiración. Cada pluma brillaba con toda una gama de colores, que cambiaban como si captaran la luz de las estrellas.

El pájaro se quedó ahí, formado por completo, batiendo sus alas en perfecto silencio.

Era más hermoso que el que había creado a partir de la fuerza vital del ratón, porque este provenía exclusivamente de mí.

De mi magia. De mi voluntad. Era tan ligero que apenas se notaba su peso, pero podía sentir la conexión entre nosotros: un hilo mágico que unía al creador y a la creación.

Me dio la sensación de que susurró un «bien hecho».

Tres segundos. Cuatro. Cinco. Luego se disolvió y su esencia regresó a mí. En esa ocasión, el pájaro dejó tras de sí un suave eco. Atónita, lo volví a crear, más rápido, más fuerte. Voló en perezosos círculos alrededor de mi cabeza y luego se posó sobre mi dedo.

Perdí la noción del tiempo que estuve practicando. Cada pájaro conjurado se volvía más elaborado que el anterior, algunos cantaban canciones que solo resonaban en mi mente. Otros revoloteaban entre el humo que se arremolinaba sobre mi cabeza antes de desaparecer.

Apenas me di cuenta de que mi vestido estaba chamuscado o de que había paja esparcida por toda la estancia. Solo sentía… libertad. Poco a poco, la ira y el miedo se desvanecieron, sustituidos por una alegría pura por lo que era capaz de hacer cuando nadie me frenaba.

—Son preciosos.