La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 46 Inspecciona el daño, finge que no pasa nada (que alguien vaya a por más almohadas)
58%

46 Inspecciona el daño, finge que no pasa nada (que alguien vaya a por más almohadas)

Kazimir

C aminé por el pasillo hacia la torre este, moviéndome lo suficientemente lento como para que Arabella pudiera seguirme el ritmo.

Griffin se adelantó, casi vibrando de emoción.

El recuerdo del caos de la noche anterior aún corría por mis venas.

Bajo ese agradable zumbido, mis runas hormigueaban con una incómoda sensación.

Siempre se volvían sensibles después de una intensa actividad mágica, y yo había necesitado una gran cantidad de poder para contener nuestras magias combinadas.

No es que me quejara.

Los sirvientes pasaban corriendo, mirándonos de reojo, sobre todo a mi esposa. Ella se acercó más a mí y bajó la voz:

—¿Por qué me miran así?

Sonreí con suficiencia.

—Tal vez porque media fortaleza te oyó gritar mi nombre anoche. Varias veces, de hecho.

Sus mejillas tomaron un delicioso tono rosado.

—No hice tanto ruido.

—Rompiste una ventana.

—Eso fue la magia —siseó, apretando los puños con tanta fuerza que entre sus dedos saltaban chispas rebeldes, brillantes y hambrientas.

—Sigue diciéndote eso a ti misma. —Dejé que mis nudillos rozaran los suyos, lo que provocó una descarga de poder compartido. Las runas de mi antebrazo ardían bajo la manga por el contacto.

Bordeamos una pared parcialmente derrumbada y subimos por las escaleras de caracol hasta la torre este.

Las marcas de quemaduras ennegrecían las paredes, donde nuestro torbellino mágico había quemado las runas de la piedra.

Griffin empujó las puertas de la sala de rituales y mis consejeros se volvieron cuando entramos.

Sus expresiones iban desde la sonrisa nada sutil de Thorne hasta la astuta mueca de Vex.

—Ah, ya están aquí los tortolitos —dijo Vex arrastrando las palabras—. ¿Hemos perturbado vuestro descanso reparador?

Decidí ignorar sus pullas, aunque Arabella le lanzó una mirada fulminante. Centré mi atención en la Reliquia. La antigua diadema pulsaba con una luz ámbar irregular, brillando con intensidad y luego atenuándose como si se esforzara.

—¿Cuánto tiempo lleva haciendo esto? —pregunté.

Griffin rebotó sobre la punta de los pies.

—Comenzó alrededor de la medianoche, coincidiendo con un enorme aumento de energía mística, más de lo que jamás hayamos registrado en la fortaleza.

Sims revisó sus notas, murmurando:

—Fascinante. —Dio un golpecito en una hoja—. ¿Y ahora?

—Los pulsos se han vuelto más frecuentes —dijo Griffin—. Diría que los intervalos se han reducido en un diecisiete por ciento desde el amanecer.

Apoyé la mano sobre la diadema, buscando la oleada de poder que esperaba sentir al entrar en contacto con ella. Estaba caliente, casi viva, pero aún inestable. Algo en el ritmo de su luz me parecía extraño, como un latido irregular.

Arabella se acercó lentamente, flexionando los dedos como si estuviera a punto de liberar de nuevo la magia salvaje que había en su interior. El resplandor ámbar de la Reliquia brilló en señal de reconocimiento. Exhalé de forma brusca, apartando los recuerdos de la noche anterior.

—Está respondiendo ante ti —dije—. Ante nosotros.

Me miró a los ojos, con una mezcla a partes iguales de fascinación y cautela.

—Pero dices que no están completamente… ¿despierta?

Rodeé el artefacto, con la tensión apretándome los huesos.

—No. Algo se está gestando, pero no ha alcanzado toda su potencia. ¿Por qué?

—Si me lo permiten —se ofreció Griffin—, los textos hablan de un vínculo entre los portadores. ¿Quizás la conexión debe ser…, eh…, reforzada continuamente a lo largo del tiempo?

—Lo que quiere decir es que... —interrumpió Thorne con una sonrisa perezosa—. Tienen que seguir acostándose para que funcione como corresponde.

—La terminología que usan en los textos antiguos es algo ambigua, pero sí, básicamente —balbuceó Griffin.

El resoplido avergonzado de Arabella hizo que Vex soltara una carcajada.

Mientras tanto, yo apreté la mandíbula. La sugerencia pública de que siguiera compartiendo mi cama con Arabella no me resultaba desagradable, pero las miradas penetrantes de mis asesores más cercanos me molestaban.

Aun así, no podía negar la sensación de alivio que se apoderó de mi pecho.

El ceño fruncido que mostraba al exterior no reflejaba ese triunfo interior.

—¿Con qué frecuencia? —pregunté.

Griffin se ajustó la túnica con nerviosismo.

—No se especifica en los textos, mi señor. Pero basándome en el patrón actual de fluctuaciones de energía, yo diría que… ¿a diario?

—Menudo inconveniente para ambos —señaló Vex con sarcasmo.

Le lancé una mirada fulminante.

—Para ya.

Mientras giraba la Reliquia para examinarla más de cerca, vi un brillo tenue que desentonaba con los grabados de líneas ley que cubrían su superficie. La incliné hacia la luz y una sensación de frío se extendió por mi pecho.

Joder .

Una pequeña fisura. Una grieta, apenas visible, corría a lo largo de un grabado rizado.

Sentí un vuelco en el estómago y miré fijamente la fractura casi imperceptible con creciente horror.

Los artefactos como este eran prácticamente indestructibles.

No debería haberse roto a menos que hubiera sufrido un impacto monstruoso, que era evidente que Arabella y yo le habíamos infligido.

Pero ahí estaba. Una pequeña y devastadora imperfección.

Una ira ardiente me atravesó. Las runas me quemaban las costillas y tuve que contener el impulso de lanzar la diadema contra la pared.

Nadie más había percibido la fisura. Estaban ocupados debatiendo la frecuencia del «refuerzo ritual» que se requería. Griffin ofreció más teorías entre frases entrecortadas. El humor irreverente de Thorne avivó la visible irritación de Arabella.

La grieta debió producirse la noche anterior, durante la misma catastrófica liberación que dañó el ala este. Simplemente no había reparado en ella cuando revisé la reliquia familiar por primera vez tras nuestra… entusiasta consumación.

Diez puñeteros años planeando, asesinando, negociando para encontrar este artefacto… para acabar dañándolo con unos orgasmos espectaculares. Me habría reído ante la absurdez de aquello si no fuera por la furia salvaje que se arremolinaba en mi interior.

—Nunca me había topado con un objeto mágico que requiera intimidad física para funcionar —decía Sims—. Aunque existen precedentes en rituales de magia de sangre en los que es necesario un intercambio continuo para…

—¿Lady Blackrose? —La voz de Thorne se impuso—. ¿Se encuentra bien?

Levanté la vista y de repente me fijé en la palidez de Arabella y en cómo tenía apretada la mandíbula.

—Estoy bien —respondió bruscamente, pero enseguida suavizó el tono—. Disculpadme. Solo estoy… Ha sido una mañana muy larga.

—Agotamiento mágico —aportó Griffin con tono servicial—. Es bastante común después de una intensa sesión de hechizos. O de otras actividades igual de extenuantes que impliquen resonancia mágica.

—Si quieres, puedo pedir que te traigan un tónico —se ofreció Vex.

—No —respondió ella, alejándose. Me miró de reojo, con una expresión de frustración que conocía muy bien—. Tengo que darle de comer a Nyx antes de que incendie los establos.

Se dirigió hacia la puerta, y se detuvo lo suficiente para lanzarme otra mirada antes de salir al pasillo.

Debería haber dicho algo, pero tenía la mente absorta en la fisura de la Reliquia.

Si esa grieta empeoraba, la Reliquia podría fallar o, lo que es peor, desatar algo catastrófico.

Tenía que arreglarla o descubrir una forma de mitigar el daño.

Otra preocupación se deslizó tras esa idea: si el artefacto acababa siendo inútil, ¿seguiría teniendo Arabella motivos para quedarse?

El corazón me latía con fuerza en los oídos debido a la incesante mezcla de preocupación y enfado. Maldita sea .

Traté de centrarme en la diadema.

—Sigue controlando los pulsos y registra cada fluctuación. Quiero informes cada hora.

Los consejeros asintieron con la cabeza. Por el rabillo del ojo, vi a Vex escabullirse, probablemente para seguir a Arabella.

Desvié la mirada hacia los mapas de Griffin, pero tenía la cabeza a rebosar de asuntos más urgentes.

Si se rompía por completo la diadema, perderíamos la principal ventaja que teníamos sobre Solandris.

Pero la vergonzosa chispa de pánico que se apoderó de mí no tenía que ver solo con el poder del artefacto.

Sentí una violenta necesidad de destrozar algo, a poder ser Solandris. Pero esos berrinches no aportarían nada en ese momento. Así que exhalé, dejando que la tensión se acumulara bajo mi piel.

Arreglaría el daño. Porque si perdía aquel artefacto, también podría perderla a ella. Y esa era una posibilidad que, según empezaba a darme cuenta, me aterrorizaba más de lo que me atrevía a admitir.