La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 45 Desata tu rabia justificada (y el fetiche que tiene tu Señor Oscuro por la destrucción)
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45 Desata tu rabia justificada (y el fetiche que tiene tu Señor Oscuro por la destrucción)

Arabella

M e estás mirando fijamente. —Dejé el tenedor sobre el plato.

Kazimir llevaba varios minutos viéndome comer, con la mirada clavada en mí, como si no supiera decidir si devorarme a mí o a la comida primero.

Un acogedor rincón dentro de su torre escondía un comedor privado que yo no sabía que existía hasta esa mañana, cuando me llevó allí después de agotarnos por completo.

Fuera, la luz del sol se filtraba difusa a través de las nubes, haciendo que todo en la habitación brillara.

Se recostó sobre su silla, con toda una elegancia sombría y una seguridad insufrible.

—¿No tengo permitido mirar a mi esposa?

—No cuando está intentando comer. —Me revolví en el asiento, demasiado consciente del dolor placentero que sentía en el cuerpo—. Es perturbador.

Él se encogió de hombros y esbozó una lenta sonrisa sin remordimientos.

—Me gusta verte disfrutando de las cosas. Eres un poco peculiar: abres mucho los ojos y se te tuerce la boca justo antes de recomponerte.

Sentí que se me calentaban las mejillas.

—No digas tonterías.

Durante un rato, comimos prácticamente en silencio. Me sorprendí a mí misma mirándolo de reojo a pesar de regañarlo por hacer lo mismo.

Estudié cómo la luz del sol atenuaba el brillo de su cabello, los movimientos decididos de sus manos, la sutil barba incipiente que había sentido contra mi piel no hacía mucho tiempo.

Era nuestro primer desayuno juntos. Por lo general, ya se había ido antes de que yo despertara.

No se trataba de un cambio casual en su rutina, sino de una elección deliberada.

Kazimir se dio cuenta de que lo estaba mirando cuando fue a coger la miel.

—Ahora la que me está mirando fijamente eres tú .

—Solo estaba pensando en lo agradable que es esto —dije, desviando el tema—. Aunque me sorprende que el Señor Oscuro se tome tiempo para desayunar. ¿No interfiere eso con tu agenda para aterrorizar las zonas rurales?

—Aterrorizar con el estómago vacío lleva a tomar decisiones equivocadas.

Como decapitar al campesino equivocado y ese tipo de cosas.

—Hizo un gesto desdeñoso con la cuchara—.

Además, ya he completado mis tareas de terror matutinas.

El personal de cocina se alarmó bastante cuando pedí desayuno para dos.

Solté una carcajada y agarré mi taza de té.

—El Señor Oscuro, por fin domesticado.

—Es posible. —Se inclinó sobre la mesa y me rozó la cara interna de la muñeca con la yema del dedo. Una oleada de magia me recorrió el brazo—. Nunca había sentido una magia como esta. ¿La notas? ¿Bajo tu piel?

Asentí con la cabeza. Desde la noche anterior, el poder había estado vibrando a través de mí, con una intensidad y vitalidad que nunca antes había experimentado.

—Es como si… —Busqué las palabras adecuadas—. Como si llevara años conteniendo el aliento sin darme cuenta y ahora por fin pudiera respirar.

La leve sonrisa desapareció del rostro de Kazimir, y apartó su mano de la mía.

—Tengo que decirte algo.

Dejé la taza sobre la mesa, de repente inquieta.

—Qué mal suena eso.

—Es sobre tu padre. —Se detuvo, observándome con cautela—. Y lo que descubrí en la finca Evenfall.

El estómago se me revolvió de una forma desagradable.

—¿Fuiste allí?

—Hace un par de semanas, sí. Necesitaba ver qué clase de hombre piensa que es normal encerrar a su hija en una torre. —Apretó la mandíbula—. Y descubrí algo que mereces saber.

Esperé, sin atreverme a hablar. Los ojos de Kazimir se encontraron con los míos, y me sorprendió la ira que vi en ellos, no dirigida hacia mí, sino por mí.

—La finca de tu padre está repleta de runas inhibidoras —dijo al fin—. Son muy poderosas y están diseñadas específicamente para atenuar las habilidades mágicas. Las hay sobre todo en la torre donde te tenían prisionera, pero también están por toda la mansión.

Sentí cómo se me helaba la sangre en la venas.

—¿Inhibidoras?

—Supresores vinculados a la sangre. Son antiguas. —La expresión de Kazimir se endureció—. Algunas se han activado recientemente, pero otras llevan ahí décadas. Está claro que tu padre no posee magia propia, así que debe de haber pagado a gente a lo largo de los años para crearlas y mantenerlas.

Me vino a la mente el recuerdo de mi padre agarrándome con violencia del brazo y arrastrándome hacia la torre después de usar mi sentido de la verdad para dejar en evidencia una de sus mentiras en una cena. «Aprenderás cuál es tu sitio», me gritó. «O te quedarás en esa torre hasta que lo hagas».

Pasé un año en esa prisión fría y silenciosa. Un año en el que me vi obligada a aferrarme a ilusiones para encontrar consuelo, con el desolador presentimiento de que a nadie fuera de aquellas paredes le importaba si volvía a salir de allí.

—Le contó a todo el mundo que estaba enferma —dije, las palabras me supieron amargas—. Que necesitaba aislamiento para recuperarme. Y le creyeron porque ¿quién iba a cuestionar las decisiones de lord Evenfall sobre su propia hija?

La magia que había estado vibrando plácidamente bajo mi piel durante toda la mañana ahora rugía con fuerza, respondiendo a mi furia. Podía sentirla fluyendo a través de mí, salvaje e incontrolable, buscando una salida.

—La torre no solo era un castigo —continuó diciendo Kazimir con voz amable—. Cada vez que empezabas a ser demasiado poderosa, te encerraba hasta que las runas hacían su trabajo. Hasta que volvías a ser… débil.

—¿Por qué? —conseguí decir, aunque no estaba segura de estar preguntándole a Kazimir o al universo en general—. ¿Por qué le haría eso a su propia hija?

—Por miedo —sentenció—. Tu linaje tiene un poder inmenso que él no podía controlar ni entender. Así que hizo lo que hacen siempre los hombres débiles cuando se enfrentan a algo más fuerte que ellos. Intentó destruirlo.

Me empezaron a temblar las manos. Las cerré en puños para ocultarlo, pero se dio cuenta. Claro que se dio cuenta.

—Las runas eran específicas para tu linaje —continuó, con voz suave—. No habrían afectado a nadie más en esa casa. Solo a ti.

—No solo a mí. —De repente, la habitación me pareció demasiado pequeña y el aire demasiado denso—.

Mi madre era descendiente del Primer Héroe.

Por eso mi padre se casó con ella. —Me reí, un sonido amargo que me rasgó la garganta—.

Siempre me pareció extraño que nunca mostrara ninguna habilidad mágica.

Solía contarme historias sobre nuestro antepasado, sobre la magia que corría por nuestras venas. Pero nunca la vi usarla.

—Porque no podía. No con esas runas cerca.

—Y entonces hizo lo mismo conmigo. —La vibración bajo mi piel se intensificó, tornándose aguda y apremiante.

Sentí un cosquilleo en las yemas de los dedos.

La taza de té que tenía delante empezó a temblar y después se agrietó, una fisura minúscula recorrió la fina porcelana—.

Me encerraba en esa torre cada vez que mostraba indicios de poder más allá de la magia curativa.

Lo camuflaba de «disciplina» por ser demasiado débil a la hora de controlarme.

—Nunca fuiste débil —afirmó con contundencia—. Incluso con tus poderes inhibidos, eras formidable. Lo percibí en cuanto te vi. Y lo has demostrado en numerosas ocasiones.

La ira punzante y abrasadora se desató bajo mi piel.

—¿Lo mataste?

—No. —Sus ojos se oscurecieron con algo que podría haber sido arrepentimiento—. Lo consideré. Pero pensé que era una decisión que debías tomar tú.

La luz del sol parecía intensificarse, rebotando en los cubiertos hasta que resultaba doloroso mirarlos.

Las ventanas comenzaron a traquetear en sus marcos mientras mi magia empujaba hacia afuera, buscando liberarse.

Podía sentir el cristal vibrando, oír el chirrido agudo a medida que la presión se acumulaba contra los cristales.

—Arabella —me llamó Kazimir en voz baja, con precaución en su tono.

Lo ignoré, sumida en la tormenta de mi propia ira. Mi padre le había robado la magia a mi madre. Me la había robado a mí.

La presión alcanzó su punto álgido hasta convertirse en algo insoportable. La magia explotó desde mi interior en una ráfaga de ira pura y sin filtros. Las ventanas estallaron y los cristales salieron volando fuera de la torre. Los platos se rompieron. Las copas se hicieron añicos.

El aire frío entró de golpe e hizo que el pelo me azotara la cara. Jadeé, consciente de repente de lo que había hecho.

Kazimir no se había movido. Estaba sentado frente a mí, completamente tranquilo, como si desayunar en medio de una lluvia de cristales rotos fuera algo normal.

—¿Por qué no me has detenido? —pregunté, confundida al ver que no había reaccionado.

Me quitó una esquirla del hombro.

—Conozco bien la liberación que produce la destrucción creativa. Te hacía falta.

Lo miré fijamente, luego contemplé la destrucción que nos rodeaba. Una risa brotó de lo más profundo de mi ser, ligeramente histérica, pero genuina. Respiré de forma entrecortada.

—Entonces, ¿qué fue lo que ocurrió ayer en la sala de guerra?

Los ojos se le iluminaron de orgullo.

—Lo de ayer no fue solo fruto de la pasión. Creo que las últimas ataduras de tu magia se rompieron y, bueno… —Señaló con un gesto la devastación que nos rodeaba—. Llevas mucho tiempo conteniendo un poder enorme.

Me quedé mirando las manos, que temblaban por la magia que fluía a través de mí, más fuerte y salvaje que nunca. Cuando levanté la vista, Kazimir estaba arrodillado junto a mi silla. Me tomó las manos entre las suyas.

—Eso que estás sintiendo ahora, ¿la constante vibración bajo la piel? Esa eres tú, suelta y sin cadenas. Justo como debe ser. —Me apretó los dedos con suavidad—. En cuanto a la prueba de sangre por la que me gritaste… Descubrí algo.

—¿El qué?

—La magia que has heredado de tu linaje amplifica otras magias hasta alcanzar unos niveles extraordinarios. —Me miró a los ojos, intenso y serio—. Cuando se combina con la mía, el efecto no tiene parangón.

Retiré las manos y me puse de pie.

—¿Ahora soy una especie de anomalía mágica?

—Eres extraordinaria —me corrigió Kazimir, que me siguió.

Los cristales rotos crujían bajo sus zapatos—.

Eres descendiente del Primer Héroe, claro, pero hay algo más antiguo entretejido en tu sangre.

No podría decirte de dónde proviene con exactitud.

Lo único que sé es que tienes la capacidad de llegar a ser mucho más fuerte de lo que tu padre jamás imaginó.

Ahora que las runas no pueden disminuir tu poder, tu magia seguirá aumentando.

Trabajaremos para que puedas controlarla, pero por lo demás…

—Inspiró, con los ojos encendidos por una peligrosa emoción—. Las posibilidades son infinitas.

Por primera vez, advertí un fino hilo de sangre que le resbalaba por la mejilla, donde le había alcanzado un trozo de cristal.

—Estás sangrando —dije, extendiendo una mano hasta su cara.

Kazimir se quedó completamente quieto mientras acercaba los dedos al corte.

—¿Qué estás haciendo?

—Sanarte. No te resistas.

Se tensó cuando mi magia entró en contacto con la herida. El corte se cerró bajo mi contacto, dejando la piel sin imperfecciones. Cuando retiré la mano, él la aprisionó entre las suyas y me besó la palma.

—¿Qué pasará ahora? —susurré.

—Eso depende de ti —respondió. No me soltó la mano—. ¿Qué quieres hacer con el asunto de tu padre?

La cuestión me pilló desprevenida.

—No… tengo ni idea.

—Si quieres vengarte, te ayudaré a llevarlo a cabo. Si quieres maldecir sus tierras para que no crezca nada durante cien años, te enseñaré cómo hacerlo. Si quieres su cabeza ensartada a las puertas de nuestras murallas… —Se encogió de hombros—. Tengo varias picas disponibles.

—¿Y si escojo la misericordia?

Exhaló con dramatismo.

—Entonces, supongo que tendré que aceptarlo.

Dejé escapar un suspiro tembloroso.

—Necesito tiempo para pensar.

Se inclinó y me dio un beso delicado en la mejilla.

—Tómate todo el tiempo que necesites. —Luego bajó la voz, a medias entre la seriedad y la ironía—. Pero si se acerca a ti, no puedo prometerte que no le arrancaré la columna vertebral.

—¿Kaz? —dije, con un ligero temblor que delataba el torbellino de emociones que se agitaba en mi pecho.

—Dime.

—¿Sabías que pasaría todo esto cuando nos acostáramos?

Una carcajada retumbó en su pecho y me rodeó la cintura con los brazos en un gesto lento y posesivo.

—¿De verdad crees que habría guardado ese secreto sabiendo que podría haberte convencido antes?

Solté una risa y negué con la cabeza. Deslizó la mano bajo mi barbilla y me levantó la cara hasta que no tuve más remedio que encontrarme con la intensidad que ardía en sus ojos.

—Me alegra no haberlo sabido —confesó en voz baja—. Que lo hayamos descubierto juntos. —Me acarició el labio inferior con el pulgar—. Ahora tu poder es tuyo, Arabella. Nadie volverá a encerrarlo jamás. Y mucho menos yo.

Antes de que ninguno de los dos pudiera decir nada más, la puerta se abrió de golpe. Apareció Griffin y abrió los ojos como platos al contemplar la escena: las ventanas rotas, los cristales esparcidos por el suelo, nosotros dos tan campantes en medio de la destrucción y el torrente de aire frío.

—¡Mi señor! ¡Lady Blackrose! ¿Están…? —Se detuvo, claramente reevaluando la situación—. He oído romperse unas ventanas, pero por lo que veo están… ¿bien?

—Perfectamente —contestó Kazimir, cortante—. Solo era lady Blackrose, redecorando de nuevo.

La mirada de Griffin se movió rápido de uno a otro, con la incertidumbre plasmada en su rostro.

—Ya veo. Bueno, es bastante… creativo.

—¿Necesitas algo, Griffin? —agregó, con un tono que dejaba claro que más valía que la interrupción fuera importante.

—Sí, mi señor. —Se enderezó—. Se trata de la Reliquia. Ha… cambiado desde anoche… Está resplandeciente, rebosante de energía. Nunca había visto nada parecido.

La actitud de Kazimir cambió de cariñosa a afilada en un abrir y cerrar de ojos.

—Iremos enseguida.

En cuanto la puerta se cerró tras Griffin, Kazimir se giró para mirarme.

—¿Estás bien?

No lo estaba. Ni por asomo. Pero asentí de todos modos.

Me agarró del brazo cuando me disponía a salir por la puerta, con un gesto suave pero firme.

—Quiero que sepas que tienes todo el derecho a sentir rabia. Y que, cuando decidas qué hacer con ella, estaré a tu lado.

Me apretó el brazo una vez más antes de soltarlo.

—Ahora, veamos qué le ha hecho tu magia a la Reliquia.